Dor |GoYuu|

Summary

Itadori Yuuji es ese tipo de persona que encantaba a todos con su rebosante alegría y amabilidad. Menos Gojou Satoru, quien parece inmune a la personificación del sol. Yuuji no entiende porque Satoru lo ignora, pero eso no es impedimento para que siga anhelándolo.

Genre
Romance/Drama
Author
Gojo
Status
Complete
Chapters
1
Rating
5.0 1 review
Age Rating
16+

Parte Única

Yuuji suspira triste por quinta vez en la mañana, divisando a los estudiantes de cuarto año en su entrenamiento. Recargó la espalda contra el firme tronco del árbol de cerezo y seguidamente cogió una deliciosa fresa cubierta con chocolate de un recipiente de plástico para darle un mordisco, el sabor de la fruta no era tan dulce para sus papilas gustativas, no porque tuviera un mal sabor, al contrario, la fresa es exquisita, el problema era él. Esta mañana se levantó con rebosante alegría y, aprovechando que su profesor ese día no estaba disponible para impartir clases, se dispuso a preparar un manjar simple, pero sabroso.

Con alegría, se encontró con sus senpais en el campo de entrenamiento y los saludó con esa sonrisa afable que se convirtió en su marca personal. Desafortunadamente, para él, solo Geto Suguru e Ieiri Shoko devolvieron el saludo, mientras que Gojo prefería ver una mosca volar a su lado que prestarle atención a su kouhai. Ignorando la punzada de decepción, Yuuji le ofreció a los senpais las fresas; sin embargo, Gojo bufó y dio media vuelta para alejarse. Geto frunció el ceño en dirección a su amigo, mientras que Shoko rodó los ojos y tomó el recipiente con las fresas.

—Es un idiota —expresó Geto—. No te preocupes por eso, Itadori. Él se lo pierde. —Le ofrece una sonrisa y enseguida se apresura a comer las fresas antes de que Ieiri se las devoré todas.

Pese a las palabras del azabache, Yuuji no deja de sentir una soga enrollándose en su corazón.

Yuuji está acostumbrado a este tipo de trato por parte de su senpai. Desde que se conocieron, Gojo pasa totalmente de él y él no comprende el porqué de aquella actitud de animosidad. Le estuvo dando vueltas al asunto hasta que la migraña lo obligó a dejar de pensar en eso. Yuuji siempre se caracterizó por ser un joven sincero, divertido y amable. Para el adolescente nunca fue un problema socializar con el resto de personas; de hecho, se podría decir que Yuuji poseía un imán que los atraía. En su antigua secundaria tuvo cierta popularidad por lo increíble que es en, pero, sobre todo, fue por su personalidad deslumbrante y esa misma personalidad había conseguido que los estudiantes de Jujutsu Tech formaran parte de su círculo de amistad.

Sin embargo, Gojo Satoru fue la excepción evidente.

El único defecto que pudo ver en sí mismo es que es el recipiente de una maldición de mil años, pero eso fue descartado luego de que por descuidado le confesara esta inseguridad a Geto, y él le aseguró que Gojo no tenía ningún inconveniente con ese asunto. Es más, Gojo le tiene un poco de lástima por el futuro oscuro que lo rodea. Por supuesto, esto nunca debió decirlo y cuando Geto se percató de su error era demasiado tarde para que se tragara sus palabras. Yuuji estuvo bastante incómodo con la revelación y optó por mantenerse en silencio.

El chico deglutió la última fresa y observó embelesado la forma en que Gojo detuvo con facilidad el ataque de una de las maldiciones de Geto activando la técnica Infinito. Suspiró amartelado, dejando el recipiente vacío a un lado para enseguida aferrarse a sus piernas y colocar su mentón sobre sus rodillas.

Yuuji nunca fue quisquilloso o caprichoso. Rara vez pedía algo, pero si llegara a encontrar una lámpara mágica, la primera cosa que le pediría al genio es que Gojo deje de apartarlo.

Lo que más anhelaba era que Gojo lo aceptara.

«Este estúpido enamoramiento te hace cada vez más patético. Ríndete».

El adolescente rechazó el comentario burlesco de la maldición. Aunque algo de razón tenía Sukuna, sus intentos por acercarse a Gojo fueron en vano, incluso Kugisaki y Fushiguro le recalcaban casi todos los días que un tipo tan arrogante e insufrible como el albino no merecía su atención. Maki indirectamente le dijo que retrocediera e Inumaki y Panda coincidieron con ella. Okkotsu nunca opinó, pero se veía a leguas que pensaba igual que sus compañeros. Nanami fue directo diciéndole que se alejara de él, y Haibara simplemente le daba palmaditas en el hombro, un gesto de consolación. Ijichi expresó que sería difícil llevar a cabo una relación con Gojo. Hasta Mei Mei y Utahime expusieron sus pensamientos, concordando con el resto de los estudiantes. Sobre todo Utahime, quien no dejaba de despotricar los cientos de imperfecciones de Gojo.

Imperfecciones que él jamás vio.

Porque ante esos ojos almendrados de pureza benévola, Gojo Satoru es maravilloso.

Lástima que, para los ojos azules resplandecientes de Gojo, Yuuji era una partícula insignificante en su mundo.


Yuuji caminaba por los corredores de los dormitorios de estudiantes. Su uniforme se hallaba sucio y un apósito cubrió una cicatriz en su mejilla izquierda, realizada por una maldición de Tercer Grado. A medida que avanza, los tendones de sus piernas se tensan. Ser arrojado de un noveno piso y salir casi ileso fue una pequeña victoria. Solamente quería darse una ducha y luego echarse a la cama para hibernar como un oso polar. Iba a cruzar un pasillo hasta que escuchó las voces de Gojo y Geto. Por alguna extraña razón, su cuerpo quedó inmóvil junto a la pared y, sin querer, terminó escuchando la conversación de sus senpais.

Tragó en seco al comprender que el tema de la conversación era él.

—Solo digo que deberías ser amable, el chico no te ha hecho nada. —Frunció el ceño—. ¿O sí? —preguntó, vacilante.

Gojo chasqueó la lengua.

—Él es tan molesto, Suguru —espetó aquellas palabras con desazón, sin tener idea de la terrible puñalada que le acaba de dar a Yuuji—. Es un gritón, inmaduro y fastidioso. No entiendo por qué todos están encandilados con él.

—¿Estás seguro de que describiste a Itadori? Porque la descripción encaja perfectamente contigo, Satoru. —Su amigo lo mira ofendido—. Itadori es un buen chico. Los demás lo aceptaron por su naturaleza gentil y divertida. —Se cruza de brazos y arquea una ceja—. Algo de lo que tú careces.

—¡¿Huh?! ¡Soy una persona divertida, Suguru! ¿Qué me estás contando? —refutó, sintiéndose agraviado por el criterio hacia su persona.

—Eres irritable, Satoru. Tienes suerte que Shoko y yo te hayamos seguido el ritmo, caso contrario estarías solo. No tomes esto como un ataque, simplemente estoy expresando lo que los otros piensan de ti. Nanami y Utahime no te soportan. Tus kouhais piensan que eres un idiota, y no están equivocados. La única persona que realmente te admira y no piensa lo peor de ti es Itadori. El chico jamás tomó represalias por tu comportamiento y siempre se mostró amable contigo. Resaltando esto, ¿cuál es tu puto problema?

Tanto Geto como Yuuji se encontraban ansiosos, esperando la respuesta de Gojo.

Gojo alargó un suspiro.

—Cuando él haya consumido los dedos restantes de Sukuna… —Tensó la mandíbula y sus puños se apretaron con impotencia—. Yo seré el encargado de ejecutarlo.

—¿Qué?

«¿Qué?».

La rubatosis se sintió perturbadora, arrastrando consigo el apiñamiento de los temores acerca de su ejecución que él pensó que ya había vencido. Entró al mundo del Jujutsu con la finalidad de consumir los dedos de Sukuna y posteriormente sería ejecutado; librando al mundo de una gran amenaza. Yuuji aceptó su cruel destino desde el principio, sin embargo, conforme el paso del tiempo fue conociendo y conviviendo con las personas de Jujutsu Tech, se dio cuenta de algo. No quería morir.

Quería seguir acompañando a Kugisaki a sus ataques de compras, cargando sus bolsas y después detenerse en una cafetería para comer una rebanada de pastel.

Quería seguir molestando a Fushiguro con sus ocurrencias y jugar con sus shikigamis, a pesar de que él le ha aclarado hasta el cansancio que ellos no son mascotas.

Quería seguir participando en las bromas de Inumaki y Panda.

Quería seguir entrenando con Okkotsu y Maki.

Quería seguir viendo películas con Haibara y —si ambos elevaban al máximo sus ojos de cachorro— Nanami.

Quería seguir recibiendo los consejos de Geto y reducir el consumo de tabaco de Ieiri.

Pero lo que más quería es seguir viendo a Gojo.

Parpadeó como el débil aleteo de una mariposa, permitiendo el escape de una lágrima. ¿De todos los hechiceros de Grado Especial justamente tenía que ser su amor imposible el encargado de ejecutarlo? Él supone que hizo algo horrible en su vida pasada para que en esta lo estén castigando con unos padres que desaparecieron, su abuelo muerto y un temporizador de muerte que se situaba sobre su cabeza. ¿Cuánto más necesita la vida para verlo destruido?

—Pensé que Tsukumo Yuki se encargaría. —La voz anonadada de Geto trajo de vuelta a la realidad a Yuuji.

—Ella se negó y Yuta también. —Enarcó una ceja—. Y esos vejestorios intuyeron que les darías una respuesta negativa así que me dieron la tarea.

—Entonces…, lo estás alejando para evitar apegarte a él y de esa forma no dudarías en ejecutarlo. Sin sentimentalismo de por medio, terminar con la vida de Itadori no será un problema. ¿Verdad?

—Sí —bisbiseó, oteando el piso de madera y de seguida levantó la mirada—. Así es mejor. ¿O no te parece una crueldad que la persona con quien compartiste mucho sea el encargado de quitarte la vida? —negó con la cabeza—. El resto de estudiantes y tú pueden pensar que soy un frívolo, pero soy consciente de que Itadori no puede involucrarse conmigo. —Sus lentes oscuros se inclinan lo suficiente para mostrar unos ojos azules tan cristalinos como un manantial—. Después de todo, soy su verdugo.

Con cuidado de no revelar su presencia, Yuuji se alejó del lugar, mientras tanto, sus mejillas se empapaban de lágrimas e ignoraba las sádicas risas de Sukuna resonando en su mente.


El destino es una perra y Sukuna es su cómplice maquiavélico.

La huesuda y gélida mano de la parca se hallaba en su cuello bronceado y, de forma veloz, el pánico se apoderó de sus sentidos, eliminando cada rastro de valentía y reemplazándolo por miedo. La brecha entre aceptar su muerte y estar listo era gigantesca. Por eso, bajó la guardia en el momento preciso en que escuchó el aullido del perro divino de Fushiguro, se sintió aliviado de que sus amigos estuvieran a salvo y entonces cayó a la inconsciencia. Pero cometió un grave error al permitirle a Sukuna encargarse de la maldición de Grado Especial.

Confió en que la situación se inclinara a su favor y lo único que consiguió fue que Sukuna le arrancara el corazón.

Dentro de las profundidades de su subconsciente, Yuuji luchaba por recuperar el control, y por más que se esforzaba, no lo lograba. Hasta que finalmente el esclarecimiento de Megumi sobre haberle salvado la vida fue el impulso que necesita para recobrar la consciencia.

Es una cruel ironía cómo la lluvia comenzó a descender en el instante en que las marcas oscuras se desvanecieron de su tersa piel. Le brindó una suave sonrisa a Fushiguro y les deseó una larga vida a sus demás compañeros hechiceros.

El chapoteo producido por unas pisadas hizo que Itadori girara la cabeza. Sus ojos ambarinos se abrieron por la impresión de ver a su senpai.

Una vez más el destino jugaba con él. La última persona que vería sería su amado.

—Adiós, Gojo-senpai.

Su cuerpo cayó duro sobre el pavimento, representando una escena tan lúgubre y atribulada.

Satoru se encuentra paralizado de la estupefacción, con sus labios entreabiertos y sus Seis Ojos contemplando la atroz imagen de su kouhai muerto. El petricor se adentró en sus fosas nasales a la vez que ingresaba a un estado de ambedo. Se encaminó despacio hacia el cuerpo, luego se posicionó sobre sus rodillas para enseguida atraer el cuerpo con cuidado y depositar la cabeza sobre sus muslos. Todo eso ante la mirada apesadumbrada de Megumi, quien prefirió guardar silencio.

—Itadori —murmuró, desactivando Infinito para acariciar la mejilla de Itadori con delicadeza; permitiendo que las gotas de lluvia se impregnen en su ropa y cabello—. Itadori, despierta. —Siguió insistiendo, esperando inútilmente que él abriera los párpados para que esos luceros marrones bañados en oro lo observaran con esa admiración que ninguna otra persona sentía por él—. Vamos, Itadori, es una orden de tu senpai —gruñó entre dientes, deslizando su mano sobre el agujero de su pecho, manchándose con la sangre. Maldijo en su mente porque la Técnica Maldita Inversa servía para curar heridas, no para revivir a la gente—. ¡Despierta, maldita sea! ¡Dame esa estúpida sonrisa y mírame! ¡Estoy dispuesto a escuchar tus divagaciones y probar tus dulces! ¡Nunca más volveré a ignorarte! —Sin darse cuenta, los sollozos empezaron a escucharse y sus luceros semejantes a glaciales refulgieron de suplicio y remordimiento—. Itadori, senpai te está mirando. Senpai está aquí —continuó con voz temblorosa.

Nada.

Pese al distanciamiento, Itadori Yuuji logró encajar dentro del corazón de Satoru.

—¡YUUJI!

Lamentablemente, es demasiado tarde.


Itadori no podía explicar con exactitud cómo es estar muerto. Tampoco podía recordar las palabras de Sukuna, ¿o quizás la maldición nunca le habló? Su torpe mente está absurdamente confusa y sus ojos se irritan ante la luz del lugar donde se encuentra. Un extraño frío metálico se filtra a través de su epidermis e ipso facto se sienta.

Su primer pensamiento es: ¿Qué carajos?

Su segundo pensamiento es: ¿Estoy desnudo?

Jadeos desconcertantes se oyeron y volteó el rostro, observando las expresiones conmocionadas de sus senpais.

Los estudiantes de cuarto quedaron boquiabiertos y el cigarrillo que Ieiri mantenía en su boca terminó cayendo al piso. El silencio gobernaba en la habitación, entre tanto, los tres jóvenes siguieron en shock, con Geto balbuceando monosílabos incongruentemente, Ieiri dándose una sonora palmada en el pómulo, confirmando que no estaba delirando, y Gojo a punto de sufrir de desfallecer.

Si un artista pintara esa escena, la llamaría Catatonia.

Todavía con el ritmo cardíaco alterado, Satoru cogió osadía, encauzando sus largas piernas hasta llegar a Yuuji. Ambos adolescentes enfrentaron sus miradas e inopinadamente Satoru atrapó a Yuuji en un fuerte abrazo, provocando que el joven suelte un chillido agudo de la impresión.

Las mejillas de Yuuji ardieron como un volcán en erupción. Él cuestionó la posibilidad de hallarse en el paraíso a la vez que cerraba sus ojos y disfrutaba de la calidez que emanaba Gojo. Restándole importancia al suceso de retornar de la muerte y aprovechando el momento íntimo con la persona por la que ha estado suspirando desde su llegada a Jujutsu Tech.

Que Gojo se aferrara a él con vehemencia era demasiado surrealista, y Yuuji esperaba que el abrazo durara más tiempo.

—Yuuji —dijo su nombre con voz meliflua, inundando de terneza su reconstruido pecho—. Bienvenido de nuevo.

Una sonrisa se dibujó en los labios de los dos.

—Es bueno estar de regreso.


Entonces, Yaga-sensei creyó que lo ideal es que aún se desconozca que Yuuji está vivito y coleando, por lo tanto, él fue llevado a una propiedad bastante acogedora y se ocultaría allí por dos meses. Mientras tanto, Yuuji entrenaría para ser más fuerte y que no se repitiera el incidente de la correccional. Se sorprendió de que uno de sus senpais se quedaría junto a él para cuidarlo y entrenarlo. Por un instante pensó que se trataría de Geto-senpai, pero el destino de nuevo le dio una bofetada cuando Yaga le aclaró que Gojo permanecería con él durante esos dos meses.

Los primeros días conviviendo juntos, se encasillaron en una rutina que consistía en desayunar, luego Yuuji se encerraría en su dormitorio para controlar su energía maldita con la ayuda de películas y una muñeca maldita llamado Tsukamoto que disfruta bastante golpearlo con una fuerza brutal, y al caer la noche cenarían. Cabe destacar que Gojo solo se dirigía a Yuuji para verificar su rendimiento en el entrenamiento, jamás se esforzó por entablar una conversación, lo que entristecía a Yuuji.

En ciertas ocasiones, Gojo se le quedaba mirando fijamente y de inmediato desviaba el rostro cuando él lo atrapaba, exhibiendo su típica expresión disgustada. Por instantes, él planeaba iniciar una conversación, pero cada que abría la boca, las palabras desaparecían y retrocedía como un cobarde.

Pero al parecer esta noche Gojo ha tenido suficiente de la jodida incomodidad que se ha calado en la casa. Yuuji lavaba los trastos y Gojo seguía sentado, cruzando los brazos sobre la isla de la cocina. Sin dirigir la mirada a Yuuji, comenzó a hablar.

—Lamento que te hayas enterado de esa forma abrupta. Pero pensé que así no insistirías en buscarme. —Por el rabillo del ojo pudo apreciar cómo Yuuji detuvo su labor—. Ahora me doy cuenta lo desalmado que fui. —Inhala, agarrando el valor para decir lo siguiente—: Discúlpame, Itadori.

Yuuji queda perplejo por la disculpa, no es para menos, porque cualquiera que tuvo el infortunio de presenciar la arrogancia y ego de Gojo Satoru sabe que las disculpas no están en su sangre. Sin embargo, aquello estaba sucediendo, Gojo se acaba de disculpar por soltarle bruscamente la bomba de que él lo ejecutaría.

—Sabías que estaba escuchando —habló con voz firme.

—Alguien como yo detecta fácilmente la energía maldita de otros. —Hace una mueca—. Aproveche el momento para confesártelo y desestimes crear un vínculo conmigo.

—De ese modo no existiría culpabilidad de por medio durante la ejecución.

Ninguno de los dos habló y Yuuji continuó lavando los trastes.

Varios minutos transcurrieron y Yuuji retomó la conversación, girando su cuerpo y escrutando el semblante alicaído de Gojo.

—El único culpable de mi ejecución soy yo. —Ante aquello, Gojo levantó el rostro, sorprendido por el ácido comentario—. Elegí tragarme el dedo de Sukuna, consciente del peligro que eso conllevaba. Pero en ese momento no me importó, solamente quería proteger a mis senpais y a Fushiguro. —Colocó una mano sobre su cuello—. Yo elegí este camino, Gojo-senpai. Estoy dispuesto a morir, pero hasta entonces me esforzaré día a día para ayudar a los demás y cuando llegue la hora de ser ejecutado, espero que muchas personas me acompañen ese día.

Satoru apretó los dientes, experimentando una oleada de impotencia por el jodido destino de su kouhai.

—Tú no perteneces a nuestro mundo. Eres demasiado bueno para manejar una terrible carga. Una persona como tú merece vivir normal, no exponiendo su vida, exorcizando maldiciones y morir para liberar este pútrido mundo de Sukuna —dice con un ápice de irritación, pensando en lo injusto que es el destino con una persona tan buena como Yuuji—. Idiota, no debiste tragarte ese dedo.

—Es demasiado tarde para sermones y arrepentimientos.

—Lo sé. —Él se pone de pie y carraspea—. Yuuji. —Capta la atención del aludido y siente que sus mejillas le arden por la petición que está a punto de hacerle—. ¿Quieres ver una película juntos? —le pregunta con tranquilidad, controlando los rápidos latidos que demuestran su nerviosidad.

En el exterior, Yuuji luce tan relajado, pero en su interior se manifiesta un Yuuji chiquito gritando, saltando y echando confeti a su alrededor.

Él se quita el delantal que usó para no mojarse mientras lavaba los trastes y le sonríe con suavidad a Gojo.

—Por supuesto.


Si Yuuji creyó que no podía enamorarse más de Gojo, estaba muy equivocado. Los días posteriores a esa charla nocturna, los dos adolescentes se volvieron unidos, como si nunca hubiera existido un distanciamiento desde el inicio. Ambos fueron una combinación inaudita de calma y caos. Desde los entrenamientos hasta las tareas hogareñas, los dos hechiceros demostraron una química perfecta; para Yuuji fue fácil acostumbrarse a la energía extrovertida y engreída de Gojo, mientras que Gojo quedaba deslumbrado con la alegre y dulce energía de Yuuji.

Durante el entrenamiento, Yuuji apreció mucho mejor el poder de Gojo y entendió que los alardes de grandeza que se daba él mismo estaban justificados. También su trasero generoso —palabras de Gojo, no de él— se relacionó varias veces con el piso de madera de bambú. A veces Gojo dejaba salir su lado sádico y Yuuji perdió la cuenta de las veces que le pateó el trasero tan duro que tuvo que sacar bandera blanca.

En cuestiones del hogar, Yuuji se encargaba de las tareas en la mañana debido a las clases de Gojo y no hubo queja alguna de su parte. Después de todo, en la época en que convivía con su abuelo, aprendió a realizar las tareas domésticas. Cocinar no fue complicado y el resto de deberes los hizo al ritmo de la música que sonaba de su teléfono.

Satoru nunca desaprovechó la oportunidad de resaltar que Yuuji se veía como una ama de casa, ocasionando que el rostro de este se coloreara de escarlata. Honestamente, cualquiera pensaría que son un joven matrimonio.

En el período de la tarde, Gojo apareció de manera inesperada en la entrada de la casa gracias a su teletransportación dominada. Al principio, el hechicero hacía acto de presencia en la cocina, causando que Yuuji se espante y suelte la vajilla. Con el estrepitoso ruido que se producía al romperse en el piso.

El corazón de Yuuji tuvo suficiente y, después de un regaño, Gojo prometió no causarle un paro cardíaco.

Las noches de cine fueron una cosa y jamás se quejaron si uno de los dos se arrimaba al otro.

También hubo momentos en los que Yuuji manifestaba su torpeza.

—¿Cómo mierda quemaste el cereal? —preguntó Gojo, viendo con incredulidad el desastre hecho por el muchacho.

—Lo dejé cerca de la estufa, perdón. —Se rasca la mejilla nerviosamente.

—Yuuji, qué mierda.

Momentos en los que Gojo se comportaba como la pequeña mierda que es.

—Este es tu amable recordatorio de que no debes consumir demasiado azúcar. —Yuuji se cruzó de brazos—. Entrégame ese chocolate.

No obstante, Gojo sonríe ladino y rápidamente se come la barra de chocolate.

—Lo siento, se fue —espetó, cantarín. Actuando como un completo mocoso.

—¡Gojo-senpai!

Y otros momentos que sirvieron como prueba para demostrar que por ellos Dios abandonó esta línea de tiempo.

—Yaga-sensei nos va a matar —declaró Yuuji

—Por supuesto que lo hará. Pero ve el lado positivo.

Yuuji lo mira con el ceño fruncido.

—¿Cuál?

—Hicimos un favor al destruir un edificio que prácticamente estaba en terribles condiciones.

—Gojo-senpai, ¿esa es una patrulla que se acerca aquí?

—Oh, mierda.

Lo dicho, una combinación inaudita de calma y caos.


Ensimismado en la ataraxia, Yuuji se deleitaba con el impacto musical que recibió de parte de sus audífonos. La melodía de la canción es despreocupada, pero con un compás enardecido que elevaron al joven hechicero a un estado de euforia. Movía la cabeza con ritmo a la par que tarareaba. Abstraído en su propio mundo, Yuuji no se percató de que la puerta del dormitorio se abrió y un Gojo vistiendo pantalones oscuros un poco holgados y una sudadera gris se recargó en el marco de la puerta; contemplándolo con ternura.

Sigilosamente, Gojo se desplazó hasta acostarse al lado izquierdo de Yuuji. Con el movimiento de la cama, Yuuji por fin prestó atención a su alrededor, sobrecogiéndose y observando al responsable de que miles de mariposas empezaran a revolotear en su estómago. Sin los lentes oscuros de Gojo de por medio, Yuuji no fue privado de esas hermosas joyas de tonalidad venetus que brillaban con intensidad. Esos ojos siempre lo cautivaron, un efecto exclusivo del mejor hechicero de la historia moderna.

Intrépido, Satoru cogió un auricular y lo colocó en su oído derecho. El adolescente tiró una sonrisa de las comisuras de sus labios.

—No sabía que te gustaba este tipo de música. Creí que serías más de rock —comentó.

—Al igual que con la comida, no soy quisquilloso con el género musical. Además, esta es una de mis favoritas.

—¿En serio? —entonó con sorpresa y Yuuji asintió—. También es una de mis favoritas. De hecho, es una de las tantas canciones en inglés que puedo pronunciar correctamente.

—¿De verdad? ¡Yo igual! No soy tan bueno en ese idioma y mi historial académico lo prueba, pero he escuchado miles de veces esta canción que la pronunciación fluye por sí sola.

—En ese caso.

La sonrisa socarrona de Gojo no pasó desapercibida. Así como tampoco su siguiente movimiento: agarró el celular de su Yuuji y reprodujo de nuevo la canción.

A continuación, los dos adolescentes se miran entusiasmados y Gojo es el primero en cantar.

I don’t wanna be the one to tell you the world is broke

But you’re so innocent you cannot separate fire from the smoke

Words drip like honey dear how sweet it is to hear

La armoniosa voz y la pulcra pronunciación del chico deja perplejo a Yuuji. Sonríe jovial y disfruta del canto de su adorado Gojo antes de que se una en el estribillo.

Oh, you think he’s looking lovingly at you

But it’s nowhere near the truth

His mind is up to no good

La habitación se sumerge en el canto de ambos; entre tanto, Satoru reflexiona acerca de la arrolladora e inconmensurable sensación de satisfacción por compartir un momento tan entrañable con Yuuji. A escasa distancia entre ellos, él llega a la conclusión de que Yuuji posee una belleza pura y esas marcas de media luna en la parte inferior de sus ojos le otorgan un aire exótico. Súbitamente, se siente hechizado y al instante siguiente se posiciona encima de él, admirando cómo esos ojos de color similar a la miel centellan de emoción.

Los labios se unen en un delicado toque, enviando un aluvión de sensaciones infinitamente placenteras. Titubeante, los labios suaves de Satoru se mueven y Yuuji no tarda en hacer lo mismo. Al ser su primer beso, sus labios crean un compás parsimonioso, probando la calidez que transmite el otro, flotando sobre las aguas mansas y dejando que el amor brote desde sus corazones.

La mano zurda de Satoru se desliza por debajo de la sudadera rosa pastel de Yuuji, patinando las yemas de sus dedos sobre los abdominales bien formados. Yuuji gimotea en medio del beso por el contacto y guía sus manos hacia su sedoso cabello, enredando sus falanges entre las hebras.

Luego de unos segundos se separan con cautela, contemplándose con mejillas ruborizadas y sonrisas cargadas de emoción.

—¿Quieres hablar de esto o prefieres que sigamos besándonos? —propone Gojo, pícaro.

—Elijo la segunda —responde con la misma picardía.

Es así como otra vez se pierden en el ambrosíaco beso.

El pecho de Yuuji está pletórico de felicidad, meses de espera y finalmente Gojo no se está alejando, sino que se encuentra sobre él, correspondiendo sus sentimientos.