El Ladronzuelo
Pese a sus esfuerzos por disimular las evidencias físicas de su cansancio, debido a haberse pasado buena parte de la noche anterior sin dormir, Cade no pudo contener el bostezo que se le escapó. Y en cuanto abrió los ojos alarmado por su propia indiscreción y retornó la vista al pizarrón, se enfrentó allí a lo que más había temido que pasara. El maestro Wilson lo taladraba con una mirada llena de reproche.
Supuso que aguardaba por la respuesta a alguna pregunta que él no se había molestado en oír y miró a su alrededor en busca de un alma piadosa o alguna pista que le sacara del aprieto; pero todos le hurtaron la mirada con nerviosismo. Nadie querría enfadar a Wilson tan pronto en el periodo.
—Uh... ¿disculpe? —tuvo que mascullar.
—He dicho, Señor Bowen —repitió el maestro—, que si sería tan amable de despertar a su compañero.
Cade parpadeó sin comprender. Después giró sobre su silla, alertado por el inconfundible sonido de un ronquido, y vio la alborotada melena rubia de su mejor amigo vertida entre sus brazos cruzados sobre la mesa, los cuales ocultaban su rostro dormido.
—Alex… —lo llamó Cade, y lo movió por el hombro.
Aquel despertó de golpe con un sonoro ronquido que desencadenó un intenso barullo de risas contenidas a su alrededor, y cuando Alex levantó la cabeza, tenía los cristales de los anteojos para leer pegados a la frente, y en la mejilla una larga raya de bolígrafo.
—Parece que ninguno de los dos durmió lo suficiente anoche. —El señor Wilson parecía estar de mejor humor que de costumbre, pero todos los maestros lo estaban al comienzo del periodo. Eso cambiaria pronto—. Presten atención. Cuando se vayan a casa podrán dormirse en el autobús y rogar por despertar en la parada correcta —los reprendió con poca energía, antes de volverse al pizarrón, meneando la cabeza—. Me encanta el entusiasmo de mis estudiantes el primer día de clase. Va a ser un año fenomenal...
Terminadas las clases, desde que habían cruzado la puerta del salón; después de seis largas horas sin hacer mucho más que un rápido repaso de las materias a tratar durante el año y revisar el calendario de exámenes; y durante todo su trayecto hasta la salida, Alex no dejó de quejarse:
—Te lo juro por dios. Ni siquiera podía pasearme en calzoncillos por mi propio salón a gusto con el calor que hacía; porque allí estaban las amigas de Gwen, pintándose las uñas y cotorreando. Y ni siquiera salí de vacaciones.
Cade movió la cabeza con una sonrisa. Alex siempre estaba especialmente malhumorado al término de las vacaciones. Lo escuchó pacientemente, aunque en el fondo envidiaba la suerte de su amigo:
—Al menos tú tenías a gente en casa —no pudo evitar señalarle.
Su madre había pasado los últimos tres meses encerrada en su estudio, ocupada en un gran proyecto, y su padre había estado en el mar todo el verano, y no regresaría sino hasta términos del otoño. De manera que él tampoco había salido a ningún lugar de vacaciones; aparte de ir de campamento al lago a las afueras de la ciudad con Alex y Nathan casi al comienzo del verano.
Este último se sumó a ellos en silencio cuando casi llegaban a la salida. Cade lo advirtió gracias a la sombra que proyectó junto a la suya.
—¡Hey, Nate! —Le rodeó brevemente los hombros con un brazo, y Nate se agachó para permitírselo— ¿Qué tal el primer día de tu último año?
—No lo digas así; suena como si se fuera a morir —se quejó Alex.
—Aburrido —dijo Nate—. ¿El suyo?
—Típico primer día. No hicimos absolutamente nada.
—Vinimos a calentar sillas con el culo, y eso haremos toda la semana, ya verás —añadió Alex—. Ni siquiera quería venir, pero mi mamá opinó que no podía perder ni un solo día de clases. Claro, pero cuando Gwen, su hijita bebé, le pidió faltar a clases, las dos le dijeron que sí enseguida. Ni siquiera está tan enferma; sólo tenía un poco de tos.
En lo que Alex se lamentaba, Cade contempló discretamente a Nathan, quien permanecía mudo, y algo más reflexivo de lo que le era habitual.
—¿Cómo va la mudanza? —preguntó.
—Va bien. —Pero no había ninguna convicción en su mirada; solo resignación.
Cade se abstuvo de seguir indagando. Conocía sus motivos. Pero Alex era menos discreto:
—¿Ya saben dónde van a vivir cuando tengan que dejar la casa?
Le arrojó a su amigo una mirada llena de reproche, a la que Alex hizo caso omiso. Pero Nathan apenas se inmutó:
—Sí —fue todo lo que dijo, casi en un suspiro. Y después añadió, solo ante la insistencia de la mirada de ambos, en espera de saber más detalles—: Mi padre encontró una casa a buen precio en «Sauces Poniente», cruzando el puente. Firmó hace unos días el contrato del traspaso de la propiedad, así que este fin de semana nos mudaremos.
Cade y Alex intercambiaron una mirada discreta.
Las zonas residenciales al otro lado del río que atravesaba la ciudad dividiéndola en dos, Sauces Poniente, no tenían la mejor reputación. Apenas cruzar el puente, los índices de crimen se disparaban y se elevaban un poco más con cada bloque.
Cade se apresuró a hablar antes de que Alex lo hiciera, seguro de que el poco tacto de este le llevaría sin duda a hacer algún comentario desconsiderado al respecto, con lo cual solo desalentaría más a Nathan.
—Me alegro por eso. Apuesto a que tía Emma está más tranquila.
Nathan exhaló un suave respiro.
—El barrio no le convence; pero no tenemos más opción. Además, tiene espacio para un jardín. Mi madre podrá distraerse con eso.
—¿Podemos ir a verla cuando te hayas cambiado? —preguntó Alex.
—Tengo una mejor idea —terció Cade—. ¿Y si te ayudamos, Nate?
Aquel levantó la cabeza, perplejo.
—No hace falta. Ya tengo todo empacado.
—Podemos ayudarte a desempacarlo cuando te instales. Y a subir y bajar cosas del camión de mudanzas. Va a ser un trabajo pesado.
Cade volteó para mirar a Alex. Aquel sólo se encogió de hombros, un tanto menos entusiasmado que él.
—Seguro. Cuenten conmigo —aceptó—. Puedo avisarles a Jude y a Shawn, y pueden venir también a echarnos una mano.
Nate les quitó la mirada y la dirigió al piso. Cade pudo ver en sus ojos y en el alivio de su expresión que estaba conmovido y apreciaba la ayuda. Nathan era fuerte; con un carácter implacable... por lo que las únicas ocasiones en que apartaba la mirada, era cuando algún sentimiento que no estaba acostumbrado a exteriorizar amenazaba con traicionarlo.
—¿A qué hora empezarán con la mudanza? —le preguntó Cade.
—Temprano en la mañana, el sábado. Les avisaré a mis padres que vendrán.
—Perfecto, ahí estaremos
—Temprano en la mañana. Un sábado —repitió Alex mordazmente, y fusiló a Cade con la mirada. Cade lo retó con la suya a decir algo, y Alex suspiró, derrotado—. Seguro. Ahí estaremos.
—Te veré en la parada —le dijo Cade con una sonrisa desafiante, y una evidente intención de añadir: «te mataré si no estás allí».
Nathan se los agradeció a ambos, y Cade pudo sentirse algo más tranquilo. Parecía como si su amigo se hubiese deshecho de otra pequeña parte del peso que llevara sobre los hombros desde el comienzo del año.
La familia de Nate no pasaba por una buena época. Su padre era trabajador de construcción y no tenía un trabajo fijo. Y debido a una lesión que le había incapacitado de trabajar por una larga temporada, las deudas habían comenzado a acumularse y su familia se vio obligada a vender la casa en la que habían vivido toda la vida para mudarse a un barrio mucho más modesto. Todo sucedió muy rápido, de manera que todavía tenían algunas dificultades para adaptarse al cambio. En especial Nathan.
Al momento de cruzar la puerta de salida y en cuanto Cade leyó el nombre del colegio en el cartel de bienvenido sembrado en el césped de la entrada, «Escuela secundaria Sauces del Este», cayó en cuenta de un detalle que habían pasado por alto por completo.
—¡Nate! —prorrumpió— No irás... a cambiar de colegio, ¿verdad?
Ante su pregunta, Alex levantó una mirada expectante, la cual trasladó a Nathan, aguardando por su respuesta.
Pero para el alivio de ambos, aquel negó con la cabeza:
—Es mi último año aquí. Así que mi padre reservó algo del dinero de la venta de la casa para costear la matrícula.
Cade y Alex suspiraron casi al unísono. Entonces, Alex fingió estar hastiado y se adelantó, caminando con las manos en los bolsillos:
—Qué mal. Otro año teniendo que soportar a este sujeto.
Cade estuvo a punto de reprochárselo, pero Nathan se le adelantó:
—Si no te gusta, puedes cambiarte tú. Nadie te echará de menos.
Y en cuanto Nathan pasó por su lado para seguir a Alex, Cade alcanzó a notar que estaba sonriendo.
Se detuvieron los tres a la parada de autobuses en la que Nathan tendría que tomar el que le llevaría a su nueva casa a partir del próximo lunes y se quedaron a acompañarlo.
Este tecleaba algo en su móvil mientras esperaban.
—¿Tienen algo que hacer ahora? —preguntó de pronto.
Alex negó, inmerso en su propio teléfono.
—¿Por qué lo preguntas? —quiso saber Cade.
—Mi papá está ahora mismo en la nueva casa. Ha estado haciendo un par de arreglos antes de que nos mudemos y yo le he estado ayudando, así que voy para allá ahora mismo. Querían verla... ¿no?
Cade no había estado nunca en Sauces Poniente, por lo que el momento en que cruzaron el puente sobre el río y arribaron del otro lado de la ciudad, al recibirlos la vista del extenso parque que contemplaba todo el tiempo por la ventana de su salón, contuvo el aliento y una sensación extraña y cálida se asentó en su pecho.
Había pasado tantos años mirándolo que pensó que verlo de cerca le resultaría familiar; no obstante, era muy diferente ver los árboles a lo lejos y desde las alturas, a contemplarlos desde el sitio bajo la sombra enjaretada de los mismos.
El parque en sí no era la gran cosa, salvo un extenso campo de hierba crecida, senderos poco definidos de gravilla serpenteante, tapias incontinuas y bancas viejas desperdigadas de forma desordenada a los costados de los caminos. No había niños jugando, juegos infantiles, carritos de comida, fuentes de agua ni estatuas de piedra, como en la plaza de armas de Sauces del Este, y sin embargo le pareció a Cade el lugar más bello que hubiera visto nunca.
Los sauces que colmaban el parque eran tan altos que no podía ver la cima por la ventanilla del autobús; y al cobijo de sus largas ramas, en las que se desplazaban los pájaros de un lado a otro, se desplegaban frondosos arbustos sin podar, el césped crecía libre, igual que las flores silvestres, y uno de los brazos del río, la cual se abría camino atravesando el parque, reflejaba los matices de la tarde resplandeciendo como una grieta brillante.
¿Cómo había podido perderse de eso durante tanto tiempo?
No obstante, su fascinación duró poco...
Específicamente, el mismo tiempo que tardó el autobús en llegar al final del parque, cuando empezaron a aparecer las primeras casas, y Cade se encontró de frente con otro tipo de escenario, el cual le borró la sonrisa del rostro.
Desde luego que sabía que del otro lado del río la vida era un tanto diferente a la que él conocía; pero nunca se hubiese imaginado cuánto, pues el tipo de cosas que saltaron a su vista, aquellas que habían permanecido hasta ese momento ocultas bajo las ramas de los gigantescos sauces, no se veían desde la ventana de su salón de clases.
Las primeras casas que aparecieron ante él fueron un cambio violento de aquellas que Cade estaba acostumbrado a ver, incluso en los suburbios. Eran diminutas, adheridas unas a otras sin una división clara, y se iban haciendo más pequeñas y viejas conforme más avanzaba el autobús. Algunas estaban anteladas por jardines descoloridos, repletos de hierbajos, o bien inexistentes; verjas anaranjadas, cubiertas de herrumbe; paredes de pintura craquelada; aceras desgastadas y desiguales; y calzadas tan roídas que el autobús no cesó de traquetear ni por un instante.
Pronto empezaron a aparecer los dibujos en aerosol en las paredes, y las calles comenzaron a colmarse de basura, animales flacos y personas tan descoloridas como las viviendas.
Cade examinó los alrededores sin convencerse de que aquella nueva realidad, tan diferente y gris, fuera a formar parte desde ahora de la vida de Nate, el muchacho con quien prácticamente se había criado. Desde luego que ya no podrían verse con tanta frecuencia, pero el hecho de que ahora tendría que cruzar un largo puente para poder visitarlo, cayó sobre él con la fuerza y la gelidez de una baldada de agua fría.
Tuvo la súbita urgencia de avisarle a su madre en dónde estaba. Sin embargo, al intentar llamarla, su teléfono móvil sonó apagado. Debido a su trabajo, Elia Bowen era muy solicitada, por lo que apagar su móvil en cualquier momento del día era impensable para ella; incluso cuando comía, dormía... o cuando estaba con él. Por lo que el hecho lo desconcertó lo suficiente como para dejarlo inquieto todo el resto del recorrido. Sin embargo, empezaba a gestar una segunda sospecha; pero no tuvo tiempo de ahondar en ella, pues Nathan se puso de pronto de pie y les avisó a él y a Alex que se bajarían en la siguiente parada.
El barrio era humilde, sin duda; pero la casa que Nate les mostró, aunque no se parecía en nada a su vieja casa tampoco era una casucha. Y desde luego que no era como nada como lo que Cade se había imaginado después de solo unos minutos en Sauces Poniente.
Pensó que no tenía nada de malo; al menos a simple vista. Es más, le pareció incluso bonita. Y lo sería aún más en cuanto el padre de Nathan arreglara la fachada, la cerca que estaba un poco maltrecha, les diera a los muros una mano de pintura y su madre, amante de las plantas, hiciera de las suyas en el descuidado jardín frontal.
El padre de Nate, Evan Tyler, estaba allí, haciendo arreglos al alfeizar de una de las ventanas. Tenía un par de clavos entre los labios, los cuales se quitó al ver a su hijo y sus amigos, para poder saludarlos, martillo en mano.
—Déjame a mí —le dijo Nathan al aproximarse a él, y sujetó el alfeizar suelto de la ventana que su padre intentaba mantener en su sitio para que él pudiera asegurarlo.
—¡Hola, señor Tyler!
—Hola, tío Evan —saludaron ambos.
—Hey, Alex, Cade, ¿Qué tal el verano? —los recibió aquel con una de sus más cálidas sonrisas, mirándolos apenas de soslayo, absorto en su labor—. ¿Cómo está Elia? —preguntó al segundo.
Cade se frenó antes de admitir que no sabía nada de su madre desde hacía horas, y solo sonrió:
—Ha estado bien.
Evan terminó de clavar el alfeizar e hizo un gesto con los brazos abiertos hacia la casa:
—¿Y? ¿Qué opinan del chalet?
Ambos se rieron de su broma. El padre de Nathan era todo lo contrario en carácter a su reservado y taciturno hijo, aunque compartiera todas sus características físicas: su gran estatura, la piel atezada y el cabello negrísimo. Siempre estaba de buen humor y no tenía problemas en mostrarlo. Al mismo tiempo... no podía ser más distinto de su propio padre.
Cade se había pasado toda su niñez soñando con que John Bowen fuera como el padre de Nathan. Consideraba en cambio a Evan Tyler como un padre sustituto; pues le conocía desde que era muy pequeño, y era él quien había estado siempre al pendiente de ellos, y más veces allí con él y para él, que el suyo propio, quien por su trabajo estaba siempre ausente.
—Qué pedazo de piscina tiene —bromeó Alex, echando un vistazo por un estrecho pasillo exterior aledaño a la casa, al patio trasero, baldío y seco,
Evan Tyler se rio con ánimos:
—¿Verdad que sí? Tengo pensado hacer una barbacoa para celebrar el cambio. Están todos invitados a broncearse. Nate —dijo, un poco más serio, dándole a su hijo una suave palmada en la espalda—. Sube. Puedes elegir tu cuarto, hijo. El que tú quieras.
Nate dejó lo que estaba siendo para examinar a su padre, perplejo.
Cade se reservó una sonrisa, conmovido. El señor Tyler debía ser perfectamente consciente de lo duro que resultaba el cambio para Nathan, y aunque seguramente también era el doble de difícil para él, que llevaba en la espalda las cargas de toda la familia, aun así se esforzaba haciendo lo posible por animar a su hijo.
Viendo que Nathan no respondía nada, Cade le rodeó los hombros con un brazo, con la dificultad que esto le suponía debido que su amigo le sacaba varias pulgadas, y lo animó a caminar dentro de la casa:
—Vamos, Nate. Alex y yo te asesoraremos.
Por dentro, la casa vacía parecía más espaciosa de lo que se podía apreciar desde fuera, pero posiblemente se hiciera más pequeña cuando se metieran los muebles. Aun así, a Cade le pareció que tenía un tamaño adecuado. No era diminuta, y tampoco era enorme. Le gustaba más conforme más la miraba.
Subieron los tres por una escalera rechinante hasta el segundo piso, y allí encontraron tres dormitorios. Uno de ellos era más amplio y tenía un closet empotrado, pero Nate no quiso quedarse con ese.
—¡Tiene armario, Nate!, ¡y es grande! mira, podríamos jugar aquí con la consola —comentó Alex, agitando una raqueta imaginaria en el aire.
—No necesito un cuarto grande. Sólo voy a dormir en él.
—Tiene razón, y el otro tampoco es tan pequeño —concordó Cade—. Además, a tu madre seguro le gustará el armario —añadió, adivinando que los verdaderos motivos de Nate para no escoger ese, era que prefería que sus padres tuvieran el cuarto más espacioso.
Su padre se había asegurado de buscar una casa con tres dormitorios para cuando su otro hijo, Lucas, hermano mayor de Nathan, viniera de visita. En la familia de Nate, las cosas funcionaban así. Una vez más, sintió celos de su amigo.
La decisión de Nate fue rápida, y se quedó con el segundo cuarto más grande; no por su tamaño, sino porque la ventana tenía una hermosa vista que daba al parque. Cade apoyó de todo corazón esa decisión.
Tras discutir por un largo rato sobre cuál debería ser la ubicación de los muebles y entretenidos en imaginar cómo debería decorarlo, terminaron bromeando los tres con convertirlo en un club nocturno cuando Alex sugirió instalar un poste y Cade decidió que sería el bartender.
Nathan parecía estar de mucho mejor ánimo en el momento en que salieron a dar una vuelta alrededor del barrio para conocerlo.
A pesar de que las vistas no eran mucho mejores que las que Cade había visto por la ventana —y desde luego que no eran nada parecido a las que circundaban la antigua casa de Nate— la abundante vegetación de la zona servía para embellecer aunque fuera un poco el paisaje.
Se debía al paso del río que atravesaba Sauces Poniente y cuyos brazos surcaban varias zonas de ese lado de la ciudad. La humedad nutría los suelos y favorecía el crecimiento de la naturaleza, de manera que incluso las partes más humildes estaban colmadas de un hermoso verde, sin mucho esfuerzo de parte de su comunidad por cuidarlo y mantenerlo.
Por el camino se toparon con una pequeña tienda de conveniencia y decidieron entrar para comprar algo de comer. Alex se detuvo en el pasillo de las revistas para elegir alguna para Gwen, su hermana un año menor.
Nathan empezaba a impacientarse con lo mucho que estaba tardándose así que se separó de ellos para distraerse en un stand de CDs de música antiguos, mientras que Cade tomó su propia ruta por la tienda y caminó por los pasillos, distrayéndose en los productos de los estantes, en lo que Alex se decidía en qué comprar.
Estuvo paseándose a lo largo y ancho del lugar por largo rato, solo mirando, sin interesarse por nada en particular. Intentó llamar a su madre otro par de veces, pero el móvil de ella seguía sin conectar y sonando fuera de señal. Cade vació los pulmones en un largo suspiro.
Su teoría cobraba fuerzas. No era la primera vez que algo así ocurría.
—¿Te mataría enviar un mensaje, mamá? —masculló en voz baja.
Arrancó su atención de la aplicación de mensajería de su móvil el momento en que el repentino y estrepitoso golpe de algo cayéndose ruidosamente al piso reverberó por todo el pasillo.
Cade viró alarmado en la dirección del sonido. Al principio no vio nada e imaginó que estaba solo y que debía haber venido de otro pasillo, pero entonces divisó en el otro extremo del mismo corredor lo que parecía ser la silueta agazapada de una persona, tan minúscula que le había pasado inadvertida la primera vez y no la notó hasta que esta se irguió en su lugar.
A esa distancia le pareció alguien de poca edad; quizá un niño. No podía decirlo con exactitud, pues llevaba la cabeza y parte del rostro cubiertos por la capucha de una sudadera ancha.
Aquel se enderezó tras recoger apresuradamente del suelo lo que fuera que hubiera tirado y, sin siquiera reparar en él, arrojó una mirada furtiva en dirección a la caja registradora, tras la cual el dependiente se hallaba inmerso en su teléfono móvil, demasiado distraído para percatarse de lo ocurrido. Cade corroboró sus sospechas de que se trataba de un chiquillo de poca edad, aunque parecía más un adolescente que un niño, si bien su corta estatura se correspondía más con lo segundo.
Después de verificar que el dependiente de la caja no lo estaba mirando, el muchacho echó un vistazo a su alrededor. Fue solo allí que su vista se posó en Cade, y este apartó justo a tiempo la mirada, y tomó de los estantes un artículo cualquiera para fingir que leía la etiqueta y que no lo había visto. No obstante, en cuanto estuvo seguro de que ya no tenía la mirada del muchacho sobre él, lo escrutó nuevamente por el rabillo del ojo.
Hubiese estado dispuesto a creer que era solo un chico asustado por la idea de ser regañado por tirar un artículo al suelo, pero Cade percibió que actuaba con demasiada cautela para tratarse solo de eso, y prestó atención, intrigado por su comportamiento. Y fue solo gracias a escuchar su propia corazonada que vio el momento exacto en que, en vez de devolver el artículo que había tirado a los estantes, el muchacho lo hizo desaparecer hábilmente en su ropa, entre la camiseta y la sudadera, para después seguir andando por el pasillo con naturalidad, como si nada hubiera ocurrido.
Cade abrió los ojos al extremo y pestañeó un par de veces, sin convencerse de lo que acababa de atestiguar. Miró a su alrededor por acto reflejo, en busca de otros ojos que pudieran corroborar lo que habían visto los suyos, pero eran las únicas dos personas en esa sección, y él era el único testigo.
Dudó de su propia vista, aunque era excepcionalmente buena, hasta que fue el mismo chico quien le dio la confirmación que necesitó para convencerse, en cuando extendió la mano para tomar otro producto de los estantes, más pequeño que el primero, y lo guardó rápidamente en su bolsillo, echando después otra mirada alrededor, a lo cual Cade fingió por segunda vez que no lo estaba mirando.
Se debatió entre sus opciones, sin saber exactamente cómo manejar la situación. Por un lado, lo correcto sería dar aviso a los dependientes de la tienda de lo que estaba ocurriendo, pero tampoco quería meter en problemas serios al chico, pues a juzgar por su estatura y después de ver su rostro un par de veces, no tendría más de unos doce o trece años.
Bien podría ser su primera vez haciendo tonterías, sin ninguna noción de las consecuencias. Aun así, ahora que él lo había visto, tampoco podía dejárselo pasar o sería cómplice de su bribonada; así que, en cambio, fue directamente hacia él, tras resolver que lo mejor era enfrentar discretamente al muchachito por su cuenta.
El chico empezó a caminar para alejarse en ese preciso instante y hubo de actuar rápido. Lo perdió de vista por unos segundos cuando este llegó al final del pasillo y torció hacia uno de los corredores, y Cade tuvo que revisar varios pasillos antes de volver a dar con él. Su baja estatura y su escurridiza forma de moverse le daban al muchacho la libertad de escabullirse por allí fácilmente sin ser detectado; pero también le dieron motivos para creer que no era la primera vez que hacía algo similar.
Cade lo halló de nuevo justo a tiempo, cuando el muchacho estaba a punto de cruzar la salida para irse de la tienda, y apuró los pasos.
Y antes de que el ladronzuelo pudiera arrojarse fuera, Cade consiguió atrapar uno de sus delgados brazos y lo jaló de vuelta dentro de la tienda, tan repentinamente que le hizo dar un brusco tumbo sobre los talones, provocando que la capucha resbalara de su cabeza.
Cade se encontró con una espesa y alborotada mata del cabello más pelirrojo que hubiera visto nunca, y con un par de enormes ojos avellanados, mirándolo con pasmo desde la sombra del cual. El color claro de sus ojos y el bermejo de su pelo contrastaba de forma curiosa con una piel muy atezada por el sol, colmada de pecas en lo alto de la nariz, las mejillas y la frente.
El muchacho permaneció petrificado en su presa por algunos instantes, y después jaló de su brazo para liberarse:
—Suéltame —siseó entre los dientes. Su tono era bastante más valiente de lo que cabría esperar para alguien tan joven a la hora de dirigirse a una persona mucho más grande que él, en especial luego de verse atrapado.
Cade procuró no sonar acusador en lo absoluto y en cambio mostrarse amigable.
—Primero deberías devolver eso.
—¿Qué cosa? —retó el chico.
—Lo que tienes escondido en la ropa.
Llevaban el intercambio al volumen de susurros.
—No tengo nada en la ropa. Déjame en paz...
—No mientas —le advirtió Cade, con más seriedad—. Te vi.
El muchacho propinó otro fuerte jalón a su brazo, pero sus esfuerzos fueron inútiles. Cade percibió por el diámetro del mismo, que el chico era muy delgado, pero notó además, al verlo de cerca, otra cosa que en parte le hizo arrepentirse de haber interferido. Las ropas del muchacho le quedaban grandes y estaban en muy mal estado, su cabello rojo estaba mal cortado, y sus zapatos estaban tan viejos que habían perdido todo el color.
—No te metas; no es asunto tuyo. Suéltame —repitió el muchachito, debatiéndose con más fuerzas y afianzando el brazo libre contra su cuerpo, allí donde Cade sospechó que escondía lo que intentaba llevarse—. Jodido imbécil de mierda... ¡suéltame de una puta vez! —ordenó entonces, todavía entre dientes, con un grito mudo.
Cade dejó caer la mandíbula, estupefacto.
—... ¡Oye...!
—¡Cade, ¿en dónde diablos te metiste?! —La voz de Alex lo sorprendió lo suficiente como para arrancar su atención del chiquillo y virar en la dirección del llamado.
Le vio aparecer al final del pasillo. Detrás de él venía Nathan.
Tanto Cade como el muchachito, preso aún en su mano se quedaron de piedra. Nathan arrojó una mirada ceñuda sobre el menor, y luego lo interrogó a él con otra.
Cade trasladó de regreso la mirada al chico, quien le devolvió su mirada fiera, y suspiró derrotado. Si sus amigos se involucraban, los dependientes de la tienda se darían cuenta y problema solo se haría más grande. Tampoco era como si el chico estuviera llevándose joyas, o aparatos electrónicos. Le bastó otro vistazo sobre sus ropas viejas para pensar que quizá fueran cosas que el chiquillo en verdad necesitaba y por las cuales sencillamente no tenía el dinero para pagar.
Lo dejó ir, pero no sin una última advertencia:
—Si vuelvo a sorprenderte, no dejaré que escapes.
Y tan pronto como aflojó los dedos alrededor del brazo del chico, aquel lo recuperó de un violento tirón, y salió corriendo del lugar.
Cade le observó marcharse por la calle, hasta que su distintivo cabello rojo se perdió por una esquina.
A su lado llegaron sus amigos, quienes contemplaron al muchacho alejarse sin entender nada.
—¿Quién era ese chico? —preguntó Alex— ¿Lo conocías?
—No —suspiró Cade—. Les contaré luego.
Apenas Alex se hubo decidido por una revista que comprar para su hermana y una bolsa de galletas, salieron de la tienda y se sentaron los tres en la banca de una pequeña plazoleta, a comérselas.
—¿Creen que le guste esta? —dijo Alex, usando la revista para abanicarse mientras masticaba, y luego la abrió para echarle una rápida ojeada—. Acabará hecha jirones de todos modos; las usa para llenar su estúpido álbum de recortes, pero antes las lee. Parece una vieja. Es una vieja en cuerpo de quinceañera.
Era una revista femenina. Cade leyó el encabezado de la página que Alex tenía abierta: «Empezar a practicar el amor propio».
—Parece una revista normal para chicas.
—Si no le gusta, la puede leer mi madre. O Vicky. Tiene maquillaje, ropa, cosas de autoayuda —dijo Alex, pasando rápidamente las páginas—... Y consejos para encontrar novio. Le hace falta un novio a Gwen, quizás de esa forma dejara de fastidiarme a mí. ¿Algún voluntario?
—Estás bromeando, ¿no? —le preguntó Cade con una ceja en alto y una mueca divertida en los labios.
Alex hizo una mueca:
—Claro que sí. Las hermanas de tus amigos son tus hermanas. Es una regla no escrita. Así que más les vale que ninguno lo piense.
El sonido escandaloso de la risa de un niño quebró el silencio. Al frente, en el centro de la plazoleta, tres chicos de unos diez u once años charlaban y se reían, trepados a un juego infantil. Rubio, castaño y moreno, respectivamente. Pensó en sí mismo y en sus dos amigos, de pequeños.
Pero luego miró por los alrededores. Lo hizo de manera inconsciente. A esas alturas apenas escuchaba a Alex. Se sorprendió buscando al pequeño ladrón de la tienda de conveniencia.
¿Qué hacía un chico tan joven robando en una tienda en vez de jugando en una plazoleta con niños normales de su edad?
Dudaba que estuviera cerca; debía estar lo más lejos posible de la escena del crimen luego de casi ser atrapado, pero sentía como si en cualquier momento fuera a verle aparecer otra vez. No podía dejar de sentir que no debería haberlo dejado escapar. O que quizás lo correcto hubiese sido ofrecer a pagar él mismo por los artículos robados, cosa en lo que no había pensado hasta ahora.
Alex lo sacó abruptamente de su abstracción, chasqueando los dedos frente a su rostro:
—Despierta, Sócrates. ¿De qué se trata esta vez?
Cade introdujo su mano en la bolsa de galletas, tomó una y la metió en la boca de Alex.
—En nada. Come y cállate.
—¿Quién era ese chiquillo? —preguntó Nate, de pronto.
Tanto Cade como Alex viraron para mirarlo. Nathan había estado hasta ese momento tan callado como de costumbre, pero Cade percibió solo por su forma de mirar que probablemente le había dado tantas vueltas al asunto como él, antes de decidirse a preguntar.
—¿Te refieres... al ladronzuelo?
—¿Qué ladronzuelo? —repitió Alex y Cade se arrepintió de haberlo dicho en voz alta.
Sabía que iba a tener que responder preguntas eventualmente, pero todavía no tenía claro cuáles serían sus respuestas. Así que antes de verse interrogado, resolvió relatarles a sus amigos lo sucedido sin omitir detalle, de manera de despejar toda duda y que sacaran conclusiones propias.
Al final de su relato se quedaron los tres en silencio, y Cade aguardó en lo que sus amigos formulaban una opinión al respecto, esperando en el fondo porque opinasen igual que él, a ver si de esa forma cesaba de sentirse tan culpable por dejar al chico escapar sin más.
—¿Por qué no les dijiste nada a los dependientes?
—No quería meterlo en problemas.
Alex movió la cabeza, poco conmovido.
—Ese chico crecerá para ser un delincuente, entre los muchos que ya hay. No debiste soltarlo si ya lo tenías.
—Fue lo mejor —dijo, no Cade, sino Nathan, rompiendo al fin su largo silencio y provocando que los otros dos virasen para mirarlo atentos.
Nathan se reclinó contra la banca y llevó la vista al frente, hacia el centro de la plazoleta, donde los mismos niños de antes hablaban entre ellos, ahora al volumen de un secreto:
—Los chicos de por aquí no son niños ordinarios. Tienen familia de quienes aprenden. Meterse con él hubiese sido meterte con alguien mayor y más peligroso que seguramente le esperaba cerca. A veces... es mejor hacer la vista gorda.
Cade lo meditó en silencio, y Alex se encogió de hombros tras reflexionarlo.
—Bueno —masculló el segundo—... entonces debiste avisar a las personas de la tienda. Ellos se hubiesen hecho cargo.
De regreso a casa el padre de Nathan los alcanzó a mitad del camino en su Ford azul, en el cual ya se marchaba a la que pronto ya no sería suya, y les hizo subir para dejar a todos en sus respectivos hogares, al otro lado del puente.
La noche ya había caído oscura y fría cuando lo cruzaron, y Cade apenas pudo divisar de nuevo el parque de los sauces, aunque sus deseos de verlo se hallaban mermados tras los acontecimientos del día.
Dejaron primero a Alex, quien vivía de camino a la casa de Cade, y después a él en la suya.
—Buenas noches, tío Evan. Nos vemos mañana, Nate —se despidió Cade al bajar de la vieja pickup.
—Los veo el sábado. Gracias por el ofrecimiento, hijo. No sabes lo bien que nos caerá la ayuda extra —le dijo el señor Tyler.
Antes de que la camioneta partiera, Nate se asomó a la ventanilla:
—Tu madre está en casa, ¿verdad? —preguntó de pronto, y Cade se petrificó, sin una respuesta—. Si no está, busca algo de ropa y ven con nosotros.
—No, ella... tenía que hacer algunas compras, pero ya debe estar por llegar —mintió Cade.
Después de eso y tras abrir la puerta de rejas negras de la tapia frontal para entrar, desde donde se despidió nuevamente de Nathan y su padre con la mano, Cade cruzó el jardín delantero, repleto de diversas y hermosas especies de flores y plantas que la propia madre de Nate había plantado para ellos, con destino a la entrada de la que era al mismo tiempo su casa... y su sitio menos favorito en el mundo.
Por fuera era de un blanco inmaculado que resplandecía en la oscuridad de la noche; grande, de dos plantas más un ático y un sótano, y llena de amplios ventanales en el frente, tras los cuales no brillaba ningún tipo de luz. El automóvil de su madre, un Mercedes de color azul índigo, estaba aparcado en el estacionamiento; así que conservó una pequeña esperanza de que su mamá estuviera dentro, quizás encerrada en su estudio, donde pasaba la mayor parte del tiempo que estaba en casa.
Sin embargo, al introducir la llave en la cerradura y abrir la puerta, encontró todo en silencio.
—¿Mamá? —llamó Cade, pero no obtuvo ninguna respuesta.
Fue directo hasta el panel de la alarma y tecleó el código de acceso. Después encendió la luz y dejó su mochila sobre el sofá. Ambos tenían la costumbre de dejar allí sus cosas cuando llegaban, pero ni el bolso ni el abrigo de su madre se hallaban sobre el terso cuero beige del cual.
Fue hasta la cocina esperando encontrarla allí, quizá horneando algo, como solía hacer a veces cuando estaba en casa y quería sacar su mente del trabajo; pero en el fondo Cade sabía que no lo estaría; que ya tenía su respuesta y continuaba haciéndose demasiadas ilusiones.
Y en cuanto entró a la espaciosa y fría cocina que casi nunca se usaba, antes de que pudiera encender la luz, su móvil vibró en su bolsillo con un mensaje.
»Me ha surgido algo de último minuto.
«Lo siento por no llamarte antes, apenas tuve tiempo de llegar al aeropuerto y subirme al avión. Pero ya estoy en el hotel. Estaré en casa el fin de semana.
«No te olvides de comer bien y de hacer todas tus tareas. Luisa vendrá por las mañanas a limpiar. Te hará de desayunar y te dejará la cena lista antes de irse, pero hay víveres suficientes para que cocines lo que tú quieras si tienes hambre.
«Cuídate mucho. Mamá te ama.
Cade tecleó un escueto «ok». Después presionó la tecla de enviar y se guardó el móvil en el bolsillo con un suspiro decepcionado.
De manera que hasta que acabara la semana su única compañía sería Luisa, la señora de la limpieza, la cual era más bien parca con él y que se marchaba tan pronto como terminaba sus deberes; que era por lo usual apenas entrada la tarde. Su cualidad era la eficiencia; no la calidez.
Cade fue hasta el refrigerador y encontró allí una caja de pizza congelada que puso a calentar en el horno eléctrico. Sin embargo, se dio cuenta tan solo minutos después de que realmente no tenía apetito, y detuvo el horno sin sacar la pizza. En lugar de ello sólo se sirvió un vaso de bebida y salió de la cocina para ir a su cuarto. Al andar, sus pasos hacían eco sobre las baldosas, que reverberaron de forma ensordecedora entre las paredes vacías de la enorme casa.
Su madre, Elia Stanford-Bowen, era una renombrada arquitecta. Su trabajo era bien conocido en muchas partes del país, y era solicitada frecuentemente, desde cada rincón del mismo; ocasiones en que se veía forzada a viajar para estar presente en los primeros pasos del desarrollo de sus proyectos, o para reunirse con sus clientes en el periodo previo, durante la planeación. Por otro lado, su padre, John Caden Bowen, era un marino de profesión, prestigioso capitán de un buque de guerra, el «USS Venice Hold», a bordo del cual podía llegar a ausentarse de casa hasta por periodos de nueve meses. Se habían conocido ambos luego de que su padre contratara los servicios de su madre para remodelar su recién adquirida propiedad; en la cual ahora, veinte años después, Cade pasaba sus días en completa soledad.
Solía pensar que era algo irónico que el hombre quien había hecho hermosear esa casa hasta convertirla en un pequeño palacio, y la mujer que la había diseñado para él, sin saber en aquel entonces que se convertiría un día en su esposa, nunca estuvieran allí. En cambio, él era quien pasaba sus días prácticamente sólo en ella. Y era demasiado grande para una sola persona. Se sentía siempre fría; pues estaba demasiado vacía...
Cade recogió su mochila del sofá y subió las escaleras mirando los peldaños a través de los ojos en rendijas para no tropezar en la oscuridad.
De pronto, la pequeña nueva casa de Nate le resultaba más acogedora que nunca. Hubiese aceptado el ofrecimiento de Nathan de quedarse con ellos; no era nada nuevo hacerlo. Pero había sentido la obligación de declinarlo. Quedarse con Nathan significaba entrar en su casa de todos modos, buscar sus cosas, dejar todo bien cerrado, y con eso sólo haría esperar al padre de Nate, quien ya se había ofrecido amablemente a llevarlos, y quien seguramente ya estaba cansado y con mucho trabajo pendiente.
Además… su madre apenas había llegado de otro largo viaje hacía un par de días, y no le emocionaba la idea de que sus amigos se enterasen de que se había marchado dejándolo otra vez.
Una vez en la planta de arriba, Cade se metió en su habitación y encendió la lámpara del escritorio. Dejó el vaso sobre él, se quitó la chaqueta, la arrojó encima de la silla y fue a dejarse caer exhausto sobre su cama doble. No tenía nada más que hacer, pues como apenas iniciaban las clases, no tenía nada de tarea. Todo lo que quería era que llegara pronto el día siguiente para poder salir de su casa. Ir a clases y reunirse de nuevo con sus amigos. Escuchar ruido y ver personas, por lo cual pensó en dormirse enseguida.
No obstante, antes de hacerlo, se hizo de nuevo con su teléfono móvil y contempló los mensajes de su madre, y luego su escueta respuesta.
Pensó entonces en el muchachito de esa tarde...
Giró sobre los suaves edredones y miró a su alrededor; a su habitación amplia y limpia; repleta de todo lo que necesitaba y todo lo que podría querer un muchacho de su edad. Un televisor enorme, un equipo de música, una computadora poderosa y el último modelo de su consola favorita.
Después de todo, era gracias al trabajo de sus padres y a sus esfuerzos que él vivía una vida acomodada y en condiciones privilegiadas.
Se sintió mezquino e ingrato. Y antes de dormirse, tecleó otro mensaje en su móvil:
»También te amo.