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El Enigma de los Lockheart: Una Saga Steampunk

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Summary

El Enigma de los Lockheart: Una Saga Steampunk, es la historia de una familia joven que es obligada a dividirse por una guerra próxima. Cada capítulo se va desenvolviendo el funcionamiento de la sociedad y del país Storduria. Pero el difícil pasado de los Lockheart se desenvuelve al mismo tiempo. Una novela ambientada en el género retrofuturista de Steampunk, una manera de desarrollar el futuro con el peso del pasado.

Genre
Other
Author
M.G.G
Status
Ongoing
Chapters
4
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1: La Noticia

Alexander Lockheart apuró el paso para que la tormenta no lo mojara más, mientras intentaba ver su reloj de mano con la tenue luz de la luna y de un farol no muy lejos de él. Su pequeño reloj color dorado opaco marcaba las diez y cuarto. Sus pisadas resonaban a lo largo de la calle, ya que era el único sonido diferente al de las gotas cayendo en las calles empedradas de Ravenport. Mientras caminaba apresuradamente y sostenía su sombrero entre su dedos índice y pulgar, observaba las casas ya conocidas de su alrededor, residencias de ladrillo oscuro, grandes ventanas con marcos de madera y cobre, techos laminados de un color bronce oxidado, con varios domos de cristales de distintas formas, grandes chimeneas que desprendían humo de casi todas. Veía la cálida luz de las ventanas iluminando las humedecidas calles de piedra. Lo cual lo hizo querer aún más llegar a su destino.

Después de unos minutos de camino, llegó al pórtico de su casa, una casa no muy distinta a las otras. Desde afuera podía percibir el olor de comida recién hecha que provenía desde el interior, aunque ese delicioso aroma se mezclaba con el constante olor a vapor y humedad del ambiente. Al abrir el último cerrojo de la puerta, le recibió la cálida bienvenida que sin falta siempre estaba cuando la jornada de trabajo terminaba, su hijo de cinco años, con una sonrisa se abalanzaba sobre él, que con tantas ansias esperaba que cruzara esa puerta.

-¡Papá!

Alexander, con la calidez de su casa ya entibiando su frío y húmedo saco y el ver a su familia, sonreía inconscientemente.

Durante un largo abrazo Alexander le dijo a su hijo:

- ¡Hola, campeón! ¿Qué tal te portaste?

A lo que el pequeño le respondió:

- Bien papá, pero mira, ¡hice un nuevo invento!

- ¿En serio? ¿Mejor que el anterior?

Respondió Alexander en un tono sarcástico y burlón.

- ¡Yo digo que sí!

Responde emocionado, mientras le da impulso a su pequeño artefacto.

Silas le enseña a su padre con todo orgullo una pequeña máquina de metal planeadora que recorre la sala entera, mientras Alexander deja su saco y sombrero negro en el perchero de madera en la entrada de la casa, no sin antes quitarse los guantes de cuero, revelando su mano mecánica izquierda. Carga a Silas mientras ambos admiran a la pequeña máquina haciendo su trabajo. Después de una larga jornada de trabajo, estos momentos les parecían oro a ambos.

- ¡Vaya! ¡Bea, tenemos a un inventor entre nosotros! Creo que lo voy a contratar.

Beatriz desde la cocina solo sonríe, no solo por el comentario de su marido y las risas de su hijo, si no por el hecho de que Alexander por fin estaba en casa. Alexander bajó a su hijo mientras éste no tardó en salir despavorido por su pequeño invento que yacía en el suelo. Alexander se aproximó a su esposa que cocinaba sin siquiera voltearle a ver, ella ya sabía lo que él iba a hacer. Beatriz siente los brazos de su marido recorrer su cintura y recargar su barbilla en sus hombros. Ella intentaba, sin éxito, contener su sonrisa, ya que no había un saludo más cálido que el de Alexander. Podía oler su colonia y el olor a carbón quemado que desprendía su camisa. Con el tiempo, estos olores los comenzaba a relacionar con su llegada, por lo que olerlos le traía una serenidad inmensa.

- Te extrañé, ¿por qué llegaste tan tarde?

- Me quedé trabajando en un proyecto, me tomó más de lo esperado. Pero es un proyecto militar, obtendremos buena paga.

- Pero has estado llegando a estas horas las últimas semanas, casi no te vemos en todo el día. Es mucho tiempo.

- Lo sé Bea, yo también desearía poder salir antes de la fábrica, pero valdrá la pena, estoy seguro, el negocio cada vez está creciendo más. Aunque me preocupa los proyectos que últimamente nos están pidiendo.

Alexander, sin dejar de oler el aroma natural del pelo ondulado de color oro claro de Beatriz, besa su cabeza y le ayuda a terminar de cocinar, mientras Silas ve su invento con orgullo planear repetidas veces por la acogedora sala de la casa.

Fue una cena normal, una cena exquisita; una torta de huevo con queso acompañada con salchichas y papas. Alexander devoraba los deliciosos platillos que Beatriz preparaba junto a un café negro cargado. En la cena, no podía faltar la pregunta inocente de Silas:

- ¿Y qué construiste hoy papá?

Alexander sonrió, y asintió mientras se pasaba el bocado con café, y le contestó:

- ¡Hoy hice un zepelín!

- ¿Cómo el mío?

Preguntó Silas fascinado por la coincidencia.

- Así es, casi como el tuyo, aunque creo que el tuyo quedó un poco mejor.

Alexander se pasó toda la cena explicándole la manera en la cual funcionaba su proyecto. Mientras Silas escuchaba atentamente cada palabra que decía su padre. Beatriz sólo sonreía, y observaba la gran semejanza que tenía Silas con su padre. Terminando la cena, Silas comenzaba a bostezar y parpadear lentamente. Los leños de la chimenea que calentaban la sala empezaban a consumirse.

-Hora de dormir, mi niño. Dijo su madre mientras lavaba los platos que su marido le iba pasando de la mesa.

Silas se fue a despedir de ella y acto seguido, su padre lo llevó cargando en su espalda por las escaleras rumbo a su habitación.

- A descansar, hombre pequeño.

- Buenas noches, papá.

Alexander tapa a su hijo, le acaricia el pelo marrón que heredó de él y apaga la lámpara que apenas alumbraba la habitación, finalmente empareja la puerta. Antes de que pudiera dar un paso más, escucha la voz de su hijo llamándole con un último esfuerzo.

- ¿Qué pasa?

- ¿Puedes tocar mi canción?

Alexander conmovido por la petición de su hijo, agarra la guitarra polvosa y vieja recargada en una silla al lado de la cama de Silas, y se sienta en ésta mientras intenta afinar la guitarra. Una vez afinada empieza a tocar y a cantar la melodía que él mismo compuso. Una melodía hermosa, que daba un sentimiento de calidez. Las notas de la guitarra y su voz, hacían un dueto excelente, parecía algo mágico. Beatriz desde la cocina oía la melodiosa voz de la guitarra que sin falta le hacía recordar el pasado.

Silas sucumbió apenas los primeros segundos de la canción de su padre. Lentamente recargó la guitarra en el lugar habitual después de las peticiones de su hijo y una vez más se dirigió a la puerta, antes de emparejarla admiró la recámara de su hijo. Una pequeña recámara, la cama de madera abarcaba un tercio del cuarto. En el techo colgaban pequeñas estrellas y otros cuerpos estelares de varios colores que brillaban tanto como la lámpara de mesa, a Silas siempre le encantaron. Juguetes e incluso algunas historietas de maquinarias estaban botadas alrededor del suelo de madera y sobre el pequeño tapete rojo al lado de la cama. En el pequeño escritorio al lado derecho de su cama yacían unos lentes de piloto, lápices y dibujos de criaturas y máquinas irreconocibles para Alexander. En la repisa arriba de su cama, había unos cuatro libros de cuentos y papeles con alguna anotación de Silas.

Antes de cerrar la puerta por completo, se quedó mirando a la ventana del cuarto, algo le llamó la atención, a unas calles de distancia, la luna tenuemente iluminaba a una misteriosa figura en medio de la calle, un cuervo vuela rápidamente y se postra sobre la oscura silueta. Alexander cautelosamente se acerca a la ventana, sin poder discernir quién o qué es. Sin embargo, lo que más resaltaba eran los dos brillantes ojos rojos fijados en él. Podía ver el vaho salir de la silueta y una rigidez corporal casi inhumana. Alexander se quedó inmóvil sin poder apartar la mirada, hasta que algo interrumpió su miedo, unos brazos lo rodearon, Beatriz lo abrazó justo como él lo hizo al llegar a la casa, él reacciona, y voltea para acercarla a él.

- ¿Te volvió a pedir su canción, cierto? Preguntó Beatriz con una sonrisa en su rostro y sin dejar de abrazarlo.

- No duró ni los primeros segundos. Dijo Alexander, a la vez que agarró las manos de ella.

Rápidamente volteó a la escena que lo dejó pasmado e inmediatamente Alexander, con una voz callada y cortada. le pregunta a Beatriz acerca de la figura que hace unos segundos estaba a unos metros de la casa.

- ¿Ves eso? Mientras señalaba a la calle.

Beatriz se acerca a la ventana y le da una respuesta que le enfría la piel en segundos.

-¿Ver qué?

Sin dar respuesta alguna, busca los penetrantes ojos rojos que hace unos segundos lo veían fijamente.

-Olvídalo, debo de estar cansado. El trabajo me está haciendo ver cosas.

Beatriz después de darle un beso, se dirigió a la recámara principal, una habitación amplia con una gran cama, y una ventana de igual tamaño por la cual se filtraba la luz de la luna a través de las nubes del cielo. A la derecha de la cama había un escritorio de madera con dos lámparas en los extremos y repisas a los lados, el cual casi siempre usaba Beatriz. Arriba de éste estaba la colección de Alexander de periódicos enmarcados, cada uno con una fecha y una nota principal diferente, pero los ocho periódicos compartían una característica, eran artículos de victorias de un equipo de carreras de aviación. La recámara además de tener, libreros y otros muebles de madera, tenía las escaleras de caracol de metal negro que llevaban a la habitación favorita de Silas, sin embargo, pocas veces podía estar ahí; la oficina de su papá.

Beatriz se sentó en el escritorio y con su máquina favorita empezó a teclear, escribía cualquier cosa que necesitara: novelas, cartas, cuentos, reportes, análisis, era increíble cuando su creatividad se juntaba con su inteligencia. Ella trabajaba para la imprenta de Ravenport, por lo que su habilidad con las letras siempre fue fascinante. En la imprenta, le pedían que hiciera distintos trabajos, usualmente eran cartas y noticias. Pero esta vez, continuó un proyecto personal, en el cual ya llevaba tiempo trabajando, un diario.

Alexander vio que Beatriz se dirigía a su recámara, y decidió ir por el correo que dejan en la pequeña caja de metal negra cerca del pórtico en la que se lee Lockheart con letras blancas, era una obsesión que él tenía, no le gustaba dejar el correo más de un día sin responder. Vio unas seis o siete cartas y las agarró, pero se quedó pensando, en lo que había sucedido en la recámara de su hijo.

- ¿Quién era esa persona? ¿o esa criatura?, creo que me estoy volviendo loco.

Se dijo a sí mismo mientras daba un rápido vistazo a las cartas, observando de reojo la calle principal.

Alexander dejó de darle importancia, se convenció que estaba confundido y cansado. Se dirigió a la recámara principal, donde su esposa tecleaba con una concentración única, sin embargo, Beatriz tenía un ritmo alentador y relajante al momento de escribir, que, en vez de ser un ruido molesto, era una melodía pausada que recorría el cuarto.

Subió las escaleras hacia su oficina y abrió la ruidosa escotilla de metal ya vieja y levemente dañada. Era un cuarto grande, con un techo de vidrio grueso con forma rectangular, tenía un patrón simétrico de una lámina de metal, de éste colgaba un candelabro con varios focos de diferentes colores y con formas de planetas. En el gran escritorio curvado tenía absolutamente de todo: inventos, papeles, algunos experimentos químicos sencillos, dibujos, sobres abiertos, un mapamundi que él mismo diseñó, entre muchas cosas más. A un lado del escritorio había un gran telescopio el cual apuntaba a una ventana circular, lo suficientemente grande para ver perfectamente el cielo, a Silas y Alexander les gustaba observar a través de él y observar todo tipo de constelaciones y cuerpos solares que raramente se lograban apreciar. En frente de su escritorio tenía un pizarrón que tenía todo tipo de anotaciones, cálculos, bocetos, recordatorios y hasta uno que otro dibujo de su hijo. La pared era de un ladrillo rojizo, por la cual se cruzaban varios tubos de un color de cobre y algunos engranajes, aunque en los espacios que no habían tubos o engranes había cuadros, fotos o mapas. En una de las paredes vacías estaba recargado un pequeño sillón de tela roja. El suelo eran losas que alternaban entre un rojo oscuro y negro, aunque las losas rojas se veían sucias, dándoles un tono aún más oscuro. En el centro de la habitación había un gran tapete rectangular con un patrón victoriano de color café y rojo vino. En una de las paredes, subía la ventilación de la chimenea, en donde colgó una foto de su fábrica en el día de su inauguración.

Alexander se sentó frente a su escritorio, notó que el repiqueteo que escuchaba ya no era de la lluvia, si no de Beatriz y su máquina de escribir. Empezó a abrir sobres, no había nada de relevancia, algunos gastos e impuestos, publicidad y cartas del trabajo de Beatriz, pero la última carta, despertó su interés con el simple hecho de leer quién era el remitente y el prestigioso sello en forma de “S” que cerraba la carta.

“Señor Lockheart,

El gobierno de Storduria solicita su presencia obligatoria en la armada militar oficial de Storduria. La guerra contra el país de Lurov ha empezado por acciones y declaraciones bélicas en contra de la integridad de nuestro país. Una vez en el cuartel, se le explicarán las indicaciones a seguir y se le clasificará en el rango correspondiente. Se enviará dinero a su familia cada mes con respecto al salario que obtenía en su trabajo actual. El general Zachariah Silastley Wickham estará al mando de la llegada de los camiones militares en las siguientes semanas, recogiendo a los hombres mayores de diecinueve años en los distritos Vexburn, Ravenport y Lugstorm.

Esperamos su apoyo y presencia.”

El recuerdo que constantemente intentaba ignorar surgió inevitablemente en seguida. Alexander ya había estado en guerra antes. Cuando tenía apenas dieciocho años, hubo un enfrentamiento civil, un conflicto entre distritos. Él participó sin pensarlo dos veces, era parte principal de la resistencia. Aunque fue una guerra entre distritos, fue sangrienta y los daños fueron catastróficos para todos los bandos, cuatro distritos estaban en guerra. Sin duda una etapa que quería dejar atrás y de la cual no suele mencionar mucho, pero esta vez era diferente, esta vez tenía una, pero importante razón para no atender al llamado de guerra; su familia.

Volvió a leer la carta para confirmar que no estaba delirando, deseaba que lo estuviera, pero no, la tinta era tan clara como lo solían ser las cartas gubernamentales. Había ya visto cierta publicidad de guerra en la ciudad, pero como usualmente ambos países siempre están en constantes tensiones políticas no le sorprendió que fuera otra técnica para elevar el odio de los ciudadanos hacia el país vecino de Lurov, pero esta vez, era una guerra. Notó que la lluvia se le unía a la melodía de Beatriz nuevamente, aún sin saber cómo reaccionar a la noticia.

El reloj que tenía en su escritorio dejó de sonar, Alexander le dio cuerda y se percató que llevaba dos horas en su oficina. La lluvia incrementó y se escuchaba cada vez más fuerte sobre el domo de cristal, ya no podía distinguir si Beatriz seguía escribiendo. Alexander se asomó e intentó abrir lentamente la escotilla, para que ésta no hiciera su usual rechino, vió a Beatriz ya acostada en la cama. El vestido azul marino y blanco que tenía puesto yacía colgado en el armario entreabierto de madera oscura.

Bajó las escaleras intentando hacer el menor ruido posible. Se quitó su chaleco negro, su camisa blanca la cual usualmente abotonaba en el antepenúltimo botón, se quitó los tirantes, los pantalones negros y las botas. Y sin ponerse la pijama entró a la cama. Beatriz aún no estaba totalmente dormida, lo que le hizo pensar, ¿cuándo sería el momento correcto para decirle?, no quería decirle en ese momento, arruinarle el sueño no le parecía lo ideal, pero sabía que mientras más tiempo se lo guardara, más culpa sentiría al no decirlo.

- ¿Estás despierta?

Le susurró al oído y Beatriz entre murmullos asintió con la cabeza.

- Tengo algo importante que decirte.

Al escuchar estas palabras Beatriz frunció el ceño y se enderezó, y aún con el gesto adormilado preguntó:

- ¿Qué sucede?

- Me llegó una carta del gobierno.

Beatriz se enderezó y vió con claridad la gris expresión de Alexander. Sabía que eran malas noticias.

- ¿Algún problema del trabajo?

-No, Storduria y Lurov entrarán en guerra armada y están esperando que asista al cuartel de reclutamiento.

Pareciera que a Beatriz le acababan de dar la peor noticia que podía haber recibido en ese momento. La mente se le llenó de preguntas justo como a él. ¿Qué iba a hacer? ¿Huirían? ¿Cómo se lo tomaría Silas? Y la pregunta que ambos se hicieron, pero no querían siquiera imaginar la respuesta. ¿Regresará?

Su expresión y lágrimas lo dijeron todo, estaba preocupada y demasiado triste para tener la actitud optimista que suele tener. Él quiso darle la fuerza que necesitaba para sentirse mejor, pero por dentro estaba igual.

- ¿Cuándo te vas? ¿por cuánto tiempo?

Preguntó Beatriz con una voz cortada, mientras intentaba limpiar sus ojos humedecidos. Quería creer que no era verdad.

- Los camiones estarán llegando en estas semanas, nos llevarán al cuartel. No lo sé, sólo te dejan irte cuando ya no te necesiten.

- Tenemos que huir, no podemos dejar que nos arruinen.

-No podemos tener a nuestro propio gobierno en contra nuestra, no nos conviene. Además, salir en menos de dos semanas es imposible, el país más cercano es Kansvia y no creo que nos reciban con los brazos abiertos.

Lágrimas comienzan a bajar por las mejillas de Beatriz.

- Y ¿si te escondes?

- Tienen muy bien registrados a los residentes de todos los distritos, no creo que funcione el esconderme. Además eso los pone en riesgo a ustedes. No, con suerte los reclutadores llegarán a Ravenport al final.

Después de ese comentario, el silencio se apoderó del ambiente. Lo único que pudo hacer Alexander, fue no dejar de abrazar a Beatriz, no le haría olvidar la noticia, pero al menos calmaría su llanto. Los dos, preocupados y desalentados, no sabían qué podían hacer ni decir al respecto, la única voz que se escuchaba era la de la lluvia cayendo en los techos de metal y un ocasional rayo cayendo en las montañas de Ravenport.

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