I
Desde ese día radiante. Sosteniendo su carta en mis manos, la carta que le había escrito. En la que le confesaba mi amor. La carta que nunca llegó a leer, esa, estaba en mis manos.
Yo, sentada entre los barrotes de ese puente, la sostenía, siendo eso lo último que me quedaba. Que me recordaba a esa hermosa melena de color negro. El viento que circulaba frenéticamente por ese riachuelo creando corriente y arrastrando las pocas hojas que quedaban en los árboles. En mis manos todavía estaba la carta, no podía dejar de sostenerla, hasta que me decidí a romperla, por fin.
Mi último recuerdo de aquella hermosa dama de vestidos oscuros y ojos claros como el cielo. En ese momento solo podía recordar la primera vez que nos encontramos, era en este mismo puente, pero en lugar de verano era primavera, los cerezos de aquel lugar habían florecido. Se podía ver como sus flores rosas y blancas gobernaban la zona y ahí estaba ella, justo al otro lado. Era la primera vez que la veía, la primera vez que veía a una mujer tan bella. Esa vez, como en pocas ocasiones su vestido no era oscuro sino claro, igual que sus ojos, haciéndoles competencia, sus facciones definidas y esculpidas por los mismos Dioses, sus mejillas de tono rosado; era como ver a un ángel caído de los cielos. Llevaba un parasol a juego con su vestido de bordes blancos hechos probablemente a mano y un sombrero, que no sabría bien cómo definir. Yo me quedé sin aliento, no sabia que hacer, mi corazón empezó a latir y cada vez se me dificultaba más la respiración, era una sensación que jamás había vivido, era agobiante, a la vez que agradable como una lluvia torrencial y un sol resplandeciente como el de hoy.
Tras ese primer encuentro pasaron meses hasta que volví a verla, ya apenas recordaba haberla encontrado. Pase los anteriores meses saliendo y estando con otros nobles y burgueses, en distintas fiestas o eventos sociales, para poder buscarme un buen pretendiente.
Fue en una fiesta, era algo extravagante, los músicos tocaban un vals de Tchaikovsky y los asistentes bailaban al compás de aquella alegre melodía. Yo estaba por ahí hablando con otros burgueses de la zona, quizás deban ser las doce o la una de la madrugada.
Lo que definitivamente fue inolvidable fue la entrada de la mujer del puente, todos en silencio, las bocas de los asistentes abiertas de par en par, los ojos como platos. Ella vestía un largo y voluminoso vestido azul marino, su cabello semi recogido decorado con flores blancas, su piel pálida y sus mejillas enrojecidas, sus ojos redondos y claros como el agua. La delicadeza de sus pasos hacía que fuera imposible apartar la vista de tal hermosura; todo era perfecto, como una muñeca de porcelana de alta gama.
El que parecía ser uno de los potenciales pretendientes era Lord Harvel, uno de los más poderosos y el futuro de nuestra nación, el primogénito de los archiduques de la casa Harvel además de uno de mis pocos amigos. Le ofreció un baile el cual ella aceptó con una elegante reverencia. Si no recuerdo mal, así es como inició lo que yo llamaría, la noche del folleteo, bueno no seamos vulgares, la noche de cortejo, mejor.
Uno a uno se iban acercando a la dama. Curiosos por conocer tal obra de arte. Entre ellos se encontraba mi hermano considerado todo un Don Juan de las mujeres si contamos, claro está, las que se dedican al sector. Se acercó cuidadosamente a la doncella, mientras que yo lo observaba atentamente desde la biblioteca que se hallaba a pocos metros del salón principal. Apoyada en el marco de la puerta podía observar cada paso preciso de ese pulcro vals, parecía que los dos estuvieran solos en esa pista de baile. Mientras más observaba más me daba cuenta de que tras el baile de Lord Harvel con ella, mi hermano no quería invitarla a bailar, proposición que no hubiese rechazado, sino que parecía solo querer una conversación amistosa, o eso parecía al menos desde donde yo estaba, parecía que se lo pasaban bien, se reían y charlaban con gran naturalidad, así que no le di demasiada importancia y me fui hacia un pequeño salón alejado de toda la multitud, en el lado opuesto a la biblioteca. Mi rincón sagrado, una zona donde por fin podía alejarme y respirar tranquila.
Estaba harta de tanta aristocracia, el hecho de no conocer a casi nadie y de la insistencia de Padre en presentarme a gente hacía que lo que debería ser una fiesta divertida fuese un lugar en el que era casi imposible respirar a pesar de ser mi propia casa.
Pero en esa zona estaba bien. «Dulce tranquilidad», aunque a mi pesar no duro mucho, a los pocos minutos la bella dama de cabello negro interrumpio mi querido segundo de paz, lo hizo sin quererlo, claro, solo estaba huyendo, como yo. Nos pusimos a hablar y nos dimos cuenta de que teníamos más en común de lo que cualquiera pensaría. Me contó que vivía en una mansión en las afueras de la ciudad, su familia poseía tierras desde hacía siglos y que sus padres le estaban buscando un marido competente para que llevara las riendas del negocio familiar, lo de siempre. Hablar con ella era como escuchar las olas del mar ir y venir, no te aburrías de escuchar.
No tardamos en salir de esa habitación para dirigirnos a la terraza, a escondidas como dos niñas escapandose. El balcón estaba casi lleno, era primavera casi verano después de todo, pero por suerte no había prácticamente nadie en el jardín, así que ambas llenas de emoción y del éxtasis del momento, bajamos casi corriendo alli; eramos niñas todavía, en edad de casarse pero niñas, con ganas de divertirse, de no tener responsabilidades por muy difícil que resultara, con ganas de experimentarlo todo.
***
La cálida noche estrellada, las luces de fuera de la casa y los floridos jardines eran el ambiente perfecto, su piel resplandeciente con la luz de la luna, parecía un sol, su sonrisa me hacía sonreír. Corrimos y saltamos la una encima de la otra, hasta que acabamos cayendo en el césped, estiradas la una al lado de la otra, riendo sin parar, contemplando las estrellas que giraban a nuestro alrededor. El río estaba próximo y ella propuso echar una carrera hasta ahí, accedí, un poco tarde porque ella ya se me había adelantado, cuando la alcance salte para cogerla, cosa que hizo que ambas cayeramos nuevamente, pero esta vez en la orilla del río. Yo estaba encima suyo, nos quedamos mirándonos a saber cuanto tiempo. Cuando me di cuenta de la situación me disculpé y me coloque a su lado y empecé a mirar nuevamente al cielo, comencé a hablar. Ella en ese momento no decía nada, solo me miraba desde la oscuridad.
Tras ese breve momento la chica del vestido azul marino y yo regresamos al lugar donde todo empezó, no en el puente sino en mi casa, para entonces ya medio vacía, casi la mitad de los invitados ya se habían ido, ella también se despidió una vez llegamos a la entrada y tomó su carruaje de dos caballos. Cuando ella se alejó de la casa, le dije a Padre que me retiraba y subí las escaleras para dirigirme a mi cuarto.
Era una habitación sencilla y rústica, a la par que lujosa. Nada más entrar a mano derecha tenías la cama, una doble con un toldo de tela semitransparente blanca, un cabecero de roble oscuro, tres hileras de cojines de colores azul claro y blanco y sábanas blancas con un hermoso bordado de flores. A mano izquierda estaba el escritorio, también de tonos oscuros, tenía una estantería a uno de los lados y una vela encima de la mesa. Justo en el centro nada más alzar la mirada una lámpara de araña tapaba las vistas de la ventana tras de sí. Bajo la ventana un sillón, largo, con dos cojines, uno en cada extremo, de tonos violeta. Los suelos no destacaban del resto de la casa al igual que las paredes.
Nada más entrar cogí un libro y me senté en el sillón, por la ventana no se veían nada más que las lámparas que acompañaban a los cocheros para poder ver el camino, tras abrir el libro al poco me quede dormida.
A la mañana siguiente tuve que desvestirme, cosa que no había hecho ayer, en su lugar me puse un vestido mucho más cómodo a mi delgado y pálido cuerpo, me veía bien. Bajé las escaleras para desayunar y me encontré a la chica de cabello negro sentada también en la mesa, desconocía el por qué de aquella situación. Mis padres al verme parada en la puerta que abría al comedor me invitaron a pasar, evité hacer ningún comentario, en aquel momento el corazón me latía como loco, pero no le presté excesiva atención a causa del hambre que tenía. Cogí unos panecillos con relleno de chocolate, que no llegué a comer por dos razones:
La primera, la institutriz me dio en la mano antes de que pudiera comerlo, lo que hizo que se me cayera al plato, y la segunda que mi hermano, al ver que no iba a comerlo, lo cogió de mi plato sin piedad. En su lugar la institutriz colocó un poco de fruta y lo que parecía un bocadillo de pan de molde marrón con algo verde y lechuga, una tortura. Me lo comí igual, no sabía mal pero claro el panecillo me gustaba más.
Tras el desayuno el mayordomo le indicó a la chica su habitación, llevaba varias maletas bastante grandes. La institutriz nos envió a la biblioteca para poder empezar la clase que, claro, no podíamos saltarnos. Una vez la chica de ojos claros dejó sus maletas y terminó de instalarse también vino. La maestra nos la presentó y nos explicó el por qué estaba aquí.
Al parecer su familia quería que fuera a estudiar algo alejada del entorno familiar, además de querer que se casara con alguno de los varones de nuestra familia, con claros fines políticos. Aunque la influencia de su familia tampoco se quedaba corta, viniendo de una de las ramas de la casa real de los Austrias no me extraña. Lo que sí que me extrañaba era su tez blanca, viniendo de una familia algo más morena de piel, peculiar pero le daba su encanto.
Empezamos con cálculo, luego lengua y por último música, mi favorita. Ella tocaba el violín, lo hacía con tanta elegancia. Yo en su lugar tocaba la lira y el arpa, aunque no pude tocar ninguno de ellos porque mis padres querían que aprendiera a tocar el piano. Mientras yo deslizaba mis delgados dedos por las teclas ella me acompañaba con el violín, sincronizandose mejor que una radio, no pudo haber quedado mejor.
Tras terminar esa pieza magistral, la maestra nos felicitó, mientras que mis hermanos se quedaron atónitos por lo que acababan de escuchar, ojalá algún pintor los hubiera retratado, lo hubiese colocado en mi habitación como cuadro principal.
Las clases terminaron un poco antes del mediodía. Me ofrecí a hacerle un tour por la mansión y así poder moverse con fluidez por los alrededores. Mientras le iba explicando ella me escuchaba atentamente y cuando ella hacía preguntas yo le contestaba con gran soltura, nunca llegamos a terminar ese tour. Nos quedamos en el mirador de la casa que tenía unas maravillosas vistas del río, las montañas y a lo lejos la ciudad. No paraba de mirarlo, sus ojos brillaban más que polaris en sus mejores días, sus labios rojizos dibujaban una O de admiración «Realmente le gusta» pensé dibujando una sonrisa en mi rostro, me gustaba verla de esa forma.
Al poco de estar ahí nos llamaron para comer en el jardín, nos hicieron vestirnos con ropas más formales en esta ocasión. Ella llevaba un vestido largo rosa pastel, con unas mangas anchas y hombros descubiertos, se había recogido su melena negra en una trenza adornada con broches con perlas además de llevar una delicada cadena a lo largo de su cuello.
La comida estaba servida desde hacía rato cuando llegamos. Padre y Madre ya habían comenzado, nos sentamos en los únicos sitios libres que había, ella se sentó al lado de mi hermano y yo justo enfrente. La comida sucedió con normalidad y el dia transcurrió sin nada destacable o eso me pareció en su día.
***
Los días empezarón a pasar y estos terminarón convertiendose en meses, sin siquiera quererlo ya era otoño, las rojas flores de los arboles hacian que ahora sus recurrentes vestidos negros fueran cada vez mas llamativos. Nosotros como de costumbre paseábamos los tres por los jardines, después mi hermano nos abandonaba o eso parecía. Nunca le llegué a decir lo que sentía, éramos amigas. Eso me bastaba, por ahora, no quería incomodarla y menos aún cuando no sabía si me iba a rechazar, querer o exponerme, pero estaba bien, ella nunca lo sabría.
El baile de invierno llegó y con ello toda la aristocracia. Por primera vez en mucho tiempo no acudieron a nuestra casa como era tradición, sino que fuimos a casa de los archiduques Harvel que se habían ofrecido a organizarlo ese año, su pequeño palacio de herencia familiar era claramente hermoso. La decoración no daba mucho que desear, pero al menos sus familiares tenían un buen gusto para la arquitectura.
Llegamos algo temprano, había algunos invitados pero no demasiados, estaba tranquilo. Padre no hacía más que presentarme a la poca gente que había, para ver si conseguía encontrar un buen partido. A ella y a mi hermano hacía rato que los había perdido de vista, que eran cada vez más difíciles de localizar por el aumento de invitados a medida que la noche iba avanzando.
Seguía sin tener noticias ni de mi hermano ni de ella, hacía al menos tres horas que no los veía, le pregunté a Padre pero tampoco conocía su paradero, me dijo que tal vez estaban bailando o hablando con alguien.
Padre tenía un buen punto así que no le di importancia, lo más probable era que se estuvieran divirtiendo en algún lugar de ese lujoso palacio, nada raro, solo divirtiéndose, bailando, mirándose a los ojos con un intenso deseo el uno por el otro. «¡NO!, solo están hablando entre ellos y con los demás invitados, padre tiene razón», pensé; era inocente, le pregunté a Lord Harvel, quien ignoró mi pregunta y me invitó a bailar, a lo que accedí, quizás eso distraía mi mente de ese horrible pensamiento, era algo natural, cuanto más bailaba mejor me iba sintiendo, el mero hecho de tener que recordar los pasos y coordinarlos a la perfección con mi compañero era algo que me hacía olvidar cualquier preocupación.