1. No soy el que quieren
Con los dedos rastrillando la suave piel, siguiendo el caminillo curvo, se pasea por ese cuerpo liso que le pertenece.
Se da el gusto de devorar esos labios rojos, de apretar los muslos suaves y de estrellarse en ese bonito y carnoso culo.
En cambio Rai, el joven que debe soportar el peso de ese hombre que ya le repugna, solo espera el momento en que ese viejo termine. No espera demasiado, pues tras soportar su peso por poco mas de diez minutos, ya oye el jadeo agotado del hombre y su trasero es golpeado con los últimos embistes. Siente su corrida en su interior y finalmente su esposo se quita de encima y se dirige a la ducha.
Rai vuelve a recostarse sobre el colchon y espera su turno para usar el cuarto de baño.
Algo distraído, su vista va hacia la ventana abierta. Hace un buen día y el cielo está despejado, señal de que hará calor. Levanta la mano y observa su reloj de oro, son las siete de la mañana apenas.
Con traje y corbata, su esposo avanza por la habitación, toma su telefono y las llaves de su coche. Ya es hora de ir a su empresa, o como le dice Rai, es hora de que vaya a mirarle las piernas a sus secretarias.
—Bañate ya, sabes que no me gusta repetirte las cosas —Le dirigió la palabra el hombre.
Rai en cambio, gateó por la cama y aprovechó su lindo rostro para ganarse al viejo.
—Me gustaria salir a dar una vuelta, quizá ir de compras... —Le hizo caritas para convecerlo. —Prometo que te gustará y lo verás esta noche.
El hombre nisiquiera le miró, pues estaba revisando su agenda, pero no se negó y buscó en su cartera.
—Esta bien, pero no te demores como la vez pasada. Sabes que eso me molesta.
El señor Walters, tiró algunos billetes sobre la cama y se marchó.
Rai recogió el dinero, no gustándole la manera en que se lo dió.
—Antes cumplía todos mis caprichos y ahora me tira dinero como si fuera una prostituta— Se quejó.
No debió ser tan tonto y casarse con ese hombre. Bien se lo decían, que llegaría el día en que se arrepienta
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Rai desayunó lo que la empleada le preparó y despues se fue en el taxi que vino por él. Desde la ventana podía ver la cochera de la residencia, con varios carros lujosos y los que no podia usar a su gusto.
Siendo de mañana, pudo pasear por el centro comercial sin tanta gente alrededor. Con el dinero apenas se compró unas gafas y un conjunto de lencería muy bonito. No era para agradar a su esposo, mas bien porque a él le gustaba usarlos. Su mente era un mundo de fetiches y gustos que pocos comprendían.
—Quiero una orden del helado especial de promoción, por favor. —Ordenó, cuando llegó a una heladeria con espacios al aire libre.
Rai ocupó una mesa que tenía su sombrilla personal. Estuvo ahí, estrenando sus gafas y oyendo algo de música con sus auriculares.
El helado llegó y pronto la probó, no sin antes publicar la fotografía del postre a sus redes sociales. Incluso se la envió a su esposo, añadiendo tambien la fotografia de la lencería que compró junto a un mensaje pícaro. Su respuesta fueron las flechitas de visto y sin respuesta alguna.
—Bah. Viejo puto. —Lo maldijo, al saberse ignorado.
Mientras degustaba su postre helado, vió a un joven con un atuendo bonito y la boina que usaba era un accesorio que deseó tener. El chico lo notó y le dió una sonrisa que él correspondió, tambien levantó el pulgar para alagar su buen gusto, y el joven le devolvió el gesto alagando tambien su look.
"¿Te gustaría comer juntos?"
Le escribió a su esposo. Le dio una mirada a su reloj de mano, notando que era la 9,55. Habia tiempo y podría esperarlo en algun restaurante.
—¿Pero qué...? —Rai frunció el entrecejo, pues el maldito apagó su teléfono.
Eso fue el colmo. Rai guardó su telefono y se cruzó de brazos, hasta el apetito se esfumó.
Siendo una costumbre suya, observó el reloj, teniendo tiempo de ir a visitar a algún amigo. Pero...
Sus ojos oscuros, vieron el instante justo, cuando una camioneta frenó cerca de la acera a pocos metros suyo y un grupo de hombres encapuchados y armados, llegaron a él y lo apuntarón.
—¡¡De pie, rápido!!
Rai estaba en shock, petrificado al ver un arma real frente a sus ojos y a su alrededor la gente estalló en gritos, unos huyendo y otros escondiendose bajo las mesas.
Todo fue rápido, alguien lo levantó cual muñeco y lo lanzaron hacia la camioneta y otro le cubrió la cabeza. El vehiculo se perdió en las calles, tan rápido como llegó.
—¡¡No te muevas y ni se te ocurra gritar!!— Le ordenaron.
"¡Maldito vicioso!"
Rai imaginó que su esposo se fue a apostar y que no pagó su deuda. No era la primera vez, incluso en dos ocasiones los cobradores lo buscaron y lo amenazaron para saldar la deuda, aunque nadie se atrevió a tanto por una deuda como ahora.
Tras ser transportado por un largo tramo, finalmente el carro se detuvo y arrastraron al chico hasta que lo dejaron en una fría habitacion vacía.
Poco despues, alguien se acercó y le quitó la capucha.
Rai cruzó miradas con un hombre de traje, atractivo y de bellos ojos azules.
—Oh, oh. —Pronunció, enarcando la ceja.
—¿Algún problema, señor?
—No es la presa.
Todos compartieron miradas, incluido Rai. La confusión se apoderó de ellos.
—P-pero lo vigilamos.
El hombre de ojos azules levantó la mano, pidiendo silencio mientras tomaba su teléfono que sonaba.
—Sí señor... — Contestó.
Rai oía en silencio y sus ojos examinaban el sitio, todo ahí parecía bien organizado, aunque muy torpes por equivocarse de persona.
—El jefe quiere ver al hijo del gobernador —El hombre de traje elegante suelta un suspiro tras finalizar la llamada, pues sabe que les espera un severo castigo. —Vamos, él acaba de llegar.
—No ¡Sueltenme! —Rai se rehusa a ser tocado.
—Si no quieres morir tambien, será mejor que cooperes —Le aconsejó el hombre de ojos azules.
Siendo sujetado de los brazos, Rai avanzó por los largos pasillos, subió unos escalones y llegó al siguiente piso que se veía mas acogedor.
Tras tocar en la puerta mas fina, el hombre de traje ingresa primero y el resto le sigue despues.
Rai avanzó con pies torpes y incluso cayó al suelo, justo a los pies de ese al que llaman jefe.
Los ojos de Rai van hacia el fino calzado negro que está cerca a su mano, sin querer observa su reloj, son las 10,45 exactos. Se apoya sobre sus pies y lentamente se incorpora. descubriendo mas la figura del hombre sentado en su elegante sillón de cuero.
El hombre de mirada seria, enarca una ceja al ver al chico torpe.
—¿Hm? ¿Joseph, este es el hijo del gobernador?— Interroga el hombre de un fino y caro traje, que ademas luce un reloj único y con algunos anillos costosos.
—Me temo que no, señor Wolf. —Responde su asistente.
—Explícate —Ordena su jefe.
—Hubo un error al momento de actuar y ellos trajeron al equivocado.
—¿No dirigías tú la operación?
—Por teléfono y usando el satélite. Seguimos al objetivo hasta una heladeria de la avenida principal de Sounset, pero-
—Pero se equivocaron, no soy al que quieren. Ví a un joven que vestía similar a mi y usaba una boina. ¿Qué clase de secuestradores son, si no saben distinguir una cochina boina?— Interrumpió Rai.
El silencio se hizo y el jefe le lanzó una mirada fría, viendolo inferior.
—Vuelves a interrumpir y te cortaré la lengua, tú...
—Me llamo Rai. Si me va a cortar la lengua, antes debe saber el nombre del inocente que mutilará— No sabe de donde sacó los huevos para enfrentarlo, pero Rai no se arrepiente.
El jefe se levantó de su lugar, era mas alto de lo que aparentaba y no le fue complicado dar un gran paso y atrapar el cuello del atrevido.
El tipo era fuerte, Rai lo admitía. Le estaba estrangulando con una sola mano y esos fríos ojos parecían insensibles y crueles. Pero... por algún motivo, eso le excitó a Rai. Ese hombre que no ha de superar los treinta y cinco o algo, estaba jodidamente bueno, tan sexy con esa mirada y ese cuerpo bien proporcionado.
Estaba loco. Rai deseaba locamente ser empotrado y devorado por ese hombre.