El Deseo Del Millonario by Mara at Inkitt
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El deseo del millonario

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Summary

Emiliano Rodríguez regresa a México para asistir al funeral de su padre y la lectura de su testamento. Las cláusulas del testamento otorgan el control de los negocios familiares, pero Emiliano no tiene interés en involucrarse en los oscuros asuntos empresariales de su familia. Sabe que hacerlo solo aumentaría la enemistad con sus hermanos, Sebastian y Leonardo. Sin embargo, sus planes cambian de manera inesperada cuando conoce a Alicia, la nueva empleada doméstica de la casa. El difunto padre de Emiliano dejó instrucciones claras de mantenerla en la mansión, incluso en su ausencia. Lo que Emiliano no anticipó es que un incontrolable deseo surgiría entre él y la joven del servicio, desatando una serie de acontecimientos inesperados.

Genre
Romance
Author
Mara
Status
Ongoing
Chapters
14
Rating
5.0 6 reviews
Age Rating
18+

Una mala noticia



Manhattan, New York, Estados Unidos.

Emiliano alzó la vista de nuevo, enfocándose en la pantalla de la bolsa de valores. Hojeó algunos documentos que tenía en sus manos y observó un par de televisores empotrados en la pared. En esos televisores, las gráficas mostraban una caída del dólar en uno y un alza del euro en otro.

En uno de los televisores, el noticiero internacional que solía ver cada mañana después de su rutina de ejercicios en su gimnasio privado mostraba las últimas noticias. El teléfono inalámbrico sobre su escritorio comenzó a sonar, pero Emiliano optó por dejar que la llamada se dirigiera directamente al contestador.

—“Emiliano, contesta. Ahora…”—era su madre, y la angustia en su voz era evidente. Sin dudarlo, Emiliano tomó el auricular y lo acercó a su oído.

— ¿Qué sucede? —La voz de Emiliano mostraba preocupación. En el otro extremo de la línea, su madre apenas podía hablar. Emiliano dejó caer los documentos sobre el escritorio y se levantó de un solo movimiento.

—Tu padre… —La voz de su madre se quebró, y lágrimas inundaron su relato. Emiliano sintió cómo la tensión se apoderaba de sus hombros. —Se ha ido… Su corazón ya no late…—El llanto de su madre aumentó, y se oyeron voces y ruido de fondo.

— ¿Carnalito? —Era su hermano Leonardo, el del medio de tres hermanos. A lo lejos, el llanto de su madre resonaba con más fuerza. —Arráncate a Guadalajara, pero como chile quemado, nuestro “apa” se nos fue…

—Salgo en este momento. —contestó de inmediato y colgó. — ¡Ryan! —llamó a toda prisa. El hombre en traje de marca italiana entró de inmediato al amplio despacho de estilo minimalista.

— ¿Sí, señor Rodríguez? —Ryan notó que su jefe estaba visiblemente alterado.

—Necesito… —Emiliano hizo una breve pausa para tomar aire. Se llevó la mano al rostro y luego emitió una serie de órdenes. —Una maleta con ropa básica, pasaportes y visas, permisos de vuelo de emergencia, un automóvil y un equipo de seguridad de alta confianza esperando en el aeropuerto de la ciudad de Guadalajara. Necesito partir en cinco minutos. Además, cancela toda mi agenda hasta nuevo aviso. —Ryan quedó sorprendido; su jefe era conocido por ser meticuloso con su agenda y cumplir estrictamente los horarios. Se preguntó qué podía estar pasando.

—Sí, señor. —Ryan salió a toda prisa, tratando de comprender la situación. Llevaba cinco años trabajando como asistente personal de Emiliano y solo conocía lo que su jefe quería que supiera de su vida privada. Emiliano era reservado en cuanto a su vida personal, y ahora, tener que abandonar el país lo dejó perplejo.




Aeropuerto Internacional de Guadalajara Miguel Hidalgo y Costilla.

Cinco horas y quince minutos después, Emiliano se deslizó hacia el interior del auto blindado, escoltado por cinco hombres de seguridad privada. Ya dentro del vehículo, dejó caer la cabeza sobre el cojín del respaldo y cerró los ojos, sintiendo el movimiento del automóvil.

—Señor, el cinturón de seguridad, por favor. —Ryan le pidió con un tono serio. Emiliano, algo molesto, se lo puso sin hacer objeciones. No pudo evitar que sus pensamientos lo abrumaran por completo. Los recuerdos de su padre lo inundaron. Recordó cuando se había marchado de la hacienda “El Patrón” quince años atrás, con solo dieciocho años recién cumplidos. Ese día, se había peleado con sus dos hermanos, Sebastian, el mayor, y Leonardo, el del medio. Le habían reventado el labio y una ceja. Recordó el sabor metálico de la sangre en su boca y el dolor del labio roto. La ira que sentía cada vez que sus hermanos le recordaban que no era un Rodríguez, que nadie creía que fuera hijo de su padre, Don Emilio. Lo habían acosado cada vez que tenían la oportunidad, siempre a espaldas de su padre.

— ¿Quiere algo de agua, señor? —Ryan lo sacó de su ensimismamiento. Emiliano negó.

— ¿Cuánto falta para llegar? —preguntó al hombre al volante, sus miradas se cruzaron a través del retrovisor.

—El viaje debería durar aproximadamente una hora y veinte minutos, aunque depende del tráfico. Sin embargo, me aseguraré de que lleguemos en menos tiempo, señor Rodríguez.

—Gracias. —Emiliano soltó un suspiro discreto. Anhelaba llegar a la hacienda, ver por última vez a su padre y consolar a su madre. Luego tendría que regresar a Manhattan, “Eso es lo que su padre hubiera deseado desde el mismísimo infierno”. La hacienda se encontraba en Ahualulco de Mercado, en Jalisco, en una región de plantíos de agave. Era un lugar monumental y Emiliano recordaba cada rincón impregnado con los aromas de su infancia. Siempre le había fascinado cómo la vegetación cubría gran parte del sitio, realzando su belleza. También recordó sus travesuras de niño, cuando solía correr por los amplios pasillos. Había una gran cocina con deliciosa comida, que solía ser su escondite favorito, al cual sus hermanos tenían prohibido ingresar para golpearlo.

Su habitación contaba con una gran chimenea y una amplia tina, donde recordaba sus juguetes flotando en el agua llena de burbujas. Le encantaba explorar la antigua capilla, donde acomodaba sus soldados de plástico en un mar de verde (como solía decir Emiliano, y su padre se reía). Pero lo más fascinante era el salón de eventos, donde un fin de semana al mes se celebraban fiestas y muchos niños se reunían. También recordó la sala de juntas, donde la mayor parte del tiempo su padre pasaba gritando a otras personas. Sin embargo, su parte favorita de la hacienda eran las piscinas y los extensos jardines, donde imaginaba que podía volar y escapar de las travesuras de sus hermanos.

—Señor, hemos llegado. —anunció Ryan, abriendo la puerta del lado de Emiliano y sacándolo de su breve siesta no planeada.

—Gracias. —Emiliano se desabrochó el cinturón de seguridad y se puso sus gafas de sol antes de bajar del vehículo. —Terminemos esto lo más rápido posible para poder partir.

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Good Writing

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Compelling Plot

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