Capítulo primero
Sujeto nuevamente la correa del rifle que cuelga en mi espalda. Uno de los pocos movimientos que puedo hacer de vez en cuando mientras sigo haciendo guardia en el lugar más aburrido que puede existir. No puedo mover mis piernas, si a caso de vez en cuando puedo pararme en un pie discretamente para descansar el otro, pero debo quedarme aquí, de pie hasta que termine mi guardia mientras el sol pega directo en mi cara.
El sol no me molesta en realidad, desde que salí de la ciudad subterránea dejo que me pegue en la piel todo lo que pueda. Además de las cosas negativas que la gente le ve como el calor y que te deja ciego por unos momentos si lo ves fijamente, yo prefiero mirar hacia arriba y verlo junto al hermoso cielo azul en lugar del asqueroso techo rocoso del subterráneo.
Miro a Vince quien está haciendo guardia conmigo en el otro extremo de la puerta del cuartel. La única persona con la que podría hablar en el día está a cuatro metros de mí y por el ruido de las calles, la única manera de comunicarnos sería mediante gritos, lo cual está totalmente descartado. Si algún superior nos descubriera seríamos reprendidos y yo tenía suficiente de regaños y castigos por el momento.
Es regular que me toque hacer guardias en la puerta los días más aburridos. No hay disturbios, nadie necesita entrar para hablar con algún superior o reportar un crimen.
La gente rica del distrito Stohess es mi único medio de entretenimiento durante estas guardias. Observar sus ropajes hechos de la tela más cara que se puede encontrar, las joyas que no cualquiera puede vestir y que incluso algunos parecían llevarlas para presumir y no porque realmente se vieran bien en ellos, era todo lo que me podía permitir.
De vez en cuando sucedían situaciones que me daban gracia, como ahora que un niño entretenido con su juguete no miraba los lugares por los que corría y tuvo el infortunio de tropezar hasta que su cara se encontró con el suelo, haciendo volar también al tren de madera que antes estaba en su mano. El pobre tren cayó sin soportar el golpe tan fuerte contra el concreto y rompiéndose al mismo tiempo.
Más triste por la pérdida del juguete que por la caída, comenzó a llorar señalando al pobre tren destrozado. Sus padres se agacharon para darle consuelo, que muy seguramente se trataba de las palabras “te compraremos otro”. Este tipo de familias podían darse ese lujo.
La impotencia de verlos marchar y dejar el juguete atrás sin siquiera molestarse en llevarlo hasta algún contenedor de basura me hace recordar lo obvio. No les importan los problemas que puedan causarle a los demás, mientras ellos estén bien, su mundo estará bien.Claro, dejen tirado en la calle todo lo que quieran que al cabo los que limpian las calles se harán cargo de sus porquerías, pienso aunque me gustaría decirlo en voz alta, pero no tenía sentido porque a una larga distancia no podrían escucharme.
Contar los segundos que faltan para que esto acabe se vuelve mi nuevo método de entretenimiento. Si me hubiera tocado patrullar por las calles del distrito al menos habría podido fumar en algún callejón de la nueva hierba que está empezando a darse a conocer en esta muralla. Pues solo las personas de Sina pueden costearla y aquellos policías corruptos que los dejan hacer negocios a cambio de dinero o de hierba.
Para darme un poco más de ánimos, pienso en que esto no será duradero. Hacer guardias no será mi trabajo para siempre, solo hasta que mi jefe decida quitarme el castigo. Pronto deberé volver a mi trabajo como investigadora. Antes no habría creído que lo extrañaría tanto, pero por algo crearon los castigos. De igual forma me fue mejor que a los demás. A Jean y Marco los mandaron a la ciudad subterránea a trabajar en el nuevo proyecto que tiene en mente el gobierno. Si a mí me hubieran mandado junto con ellos creo que habría solicitado mi cambio de regimiento en ese momento. Prefiero unirme a los suicidas de la legión de reconocimiento antes de volver a ese lugar.
Tal vez si las cosas se hubieran hecho de diferente manera nadie habría terminado castigado y yo podría seguir investigando y probablemente riéndome de los intentos de Jean por conquistarme. Recordarlo me hace sonreír de una manera triste así que llevo mi mano hasta el bolsillo dentro de la chaqueta con la intención de sacar el dibujo que guardo dentro. Sin embargo, antes que pueda sacarlo una familiar voz masculina me llama.
—Saray —Me giro hasta encontrarme con aquel que dice mi nombre con disgusto. Marlo sigue del otro lado del cancel mientras me habla—. El capitán Blaz te llama. Me pidió que cuide tu puesto.
—Al fin —suspiro de felicidad—. ¿Ya no estoy castigada? ¿Dejaré de ser de los desgraciados que entrenaron durante cuatro años solo para estar parados como estatuas en la puerta?
—Yo no tengo esa información, solo me pidieron que te cubriera.
—Mucha suerte entonces. Es un trabajo difícil que solo pocos pueden hacer —digo con sarcasmo y una sonrisa mientras él me mira con una expresión seria—. Espero que te hayas preparado mentalmente para esto, Marlo.
Estiro todo el cuerpo en dirección al sol con una sonrisa en el rostro. Aunque fueran unos cuantos pasos hasta la oficina del capitán, el moverme ya era ganancia. Con gusto le dejo mi puesto a Marlo y entro en el cuartel.
El cuartel de la policía militar, siempre con soldados yendo y viniendo por los pasillos. No sabía si lo hacían simplemente para dejarse ver o por qué realmente tenían cosas que hacer o buscar. Contados eran los que me miraban por los pasillos y me saludaban, ya que o no me conocían o alguna vez dije un comentario que no les agradó. No puedo culparlos, pero tampoco a mí. Lo que sale de mi boca lo hace antes de llegar a mi mente y pensar en las consecuencias que mis palabras pueden tener.
Como es costumbre, otro policía hace guardia frente a la puerta del capitán. Como si no tuviera la experiencia suficiente para defenderse por si solo. Me ve acercarme con una expresión de indiferencia y de la misma manera me dirigió la palabra.
—¿Qué asuntos tienes con el capitán? —pregunta mirando hacia mi ojo ciego, igual a como lo hacen todos aunque ya me hayan visto cientos de veces.
—No tengo la menor idea, eso es algo que espero descubrir en cuanto me dejes entrar —respondo, llevando mis manos a la cintura—. Marlo dijo que me llama.
Costándole cien años de vida asintió y abrió la puerta, pero no para que yo entrara sino para hacerlo él y confirmar que mis palabras eran verdad. Giro mis ojos hacia el techo irritada tratando de controlarme. No más castigos Saray, pienso. Una vez que el guardia vuelve a estar frente a mí, deja el espacio libre para que pueda no entrar, no sin antes solicitarme el rifle que todos llevamos. Lo entrego, de igual manera no pensaba usarlo.
La oficina del capitán Blaz, con el olor típico de un cuarto de ancianos. Sabrán las diosas qué clase de ungüentos y medicinas usa para retrasar su vejez. No necesitaba decirlo, era obvio su complejo. Estanterías delgadas de libros, un escritorio de la madera más nueva, más estanterías pero de cristal en las que exhibía trofeos de no sé qué pues eran más feos y extraños que una paloma recién nacida y el capitán sentado detrás de su escritorio era lo que me encontraba cada vez que entraba a ese lugar. La última vez que lo vi de pie fue durante el regaño, estaba tan molesto con nosotros que ni siquiera podía mantener su culo en el asiento volviéndolo más plano de lo que ya era.
—Toma asiento —señala con su mano una de las dos sillas colocadas frente al escritorio.
—Vaya, tiene que ser algo muy serio por lo que me llamó aquí, capitán —contesto acercándome a la silla. Es una propuesta que no puedo negar después de tantas horas de pie—. No me diga que le contaron falsedades de mí. Nada de lo que le digan es cierto, todos son unos envidioso que me quieren hacer ver mal.
—No es eso Saray, el mundo no está contra ti.
—Lo sé, lo sé, solo bromeaba. —Enderezo la espalda y veo directo a los ojos de Blaz.
—¿Cómo te va con el castigo? —pregunta escarbando sus dientes con la lengua dejando en claro que acaba de regresar de la deliciosa comida que tienen los altos mandos.
—Bien, no hago nada en todo el día más que estar parada en la puerta viendo a los riquillos pasar o caminar por la ciudad siendo una acosadora que vigila que no hagan nada en contra de la ley. No me quejo, prácticamente me pagan por ver.
—Ya te lo he dicho Saray —dice con un suspiro de molestia—. Cuida como hablas frente a tus superiores. Yo no tengo tanto problema con ese comportamiento pero algún día te encontrarás con alguien que sí lo tenga y patrullar por las calles habrá sido un castigo de niños.
Guardo silencio mientras lo miro. ¿Me llamó para reclamar mi manera de hablar? Espero a que diga algo más cuando se pone de pie. Debe ser algo serio, pienso y frunzo el ceño extrañada.
—¿Quieres volver a tu puesto de investigadora? —cuestiona caminando hacia la ventana.
—¿De qué se trata, capitán? Si va a levantarme el castigo entonces dígalo ahora y no pierda su tiempo. —No debo hacerme ilusiones.
—Es una propuesta en caso de que quieras regresar al cargo que tenías antes. —Con su cuerpo en dirección a la ventana gira su cuello para mirarme—. Hay un caso de asesinato que necesita ser investigado en la ciudad subterránea.
Ya sé por dónde va esto. Guardo silencio y lo dejo continuar.
—Verás, al que enviaron ahí como encargado de la policía militar es Honto, un buen amigo mío y como escasean de personal me pidió que le enviara alguien a investigar. Conozco tu expediente Saray y sé que vienes de ahí. No voy a preguntar cómo lograste salir ya que creo es algo que no me incumbe. Por esto, porque eres una de mis mejores investigadoras y miembro de la policía militar creo que eres la indicada para llevar este caso.
Espera que responda algo, que al menos me mueva pero es una de las pocas veces en mi vida que no tengo algo qué decir. El simple hecho de que hiciera mención a la ciudad subterránea me dejó con un escalofrío que recorrió gran parte de mi cuerpo. Recordar mi vida en ese agujero no era algo que me gustase.
—Cabe aclarar que en cuanto resuelvas el caso volverás a Stohess en el cargo que tenías antes —añade al no obtener respuesta de mi parte—. No más guardias.
—Me tomó mucho esfuerzo salir de ese lugar y ahora me quiere mandar de regreso.
—Mientras más pronto lo resuelvas más pronto volverás.
—Entonces esto no es una petición, es una orden —digo seca negando con la cabeza viendo cómo puedo escapar de esto—. —¿Y por qué ahora? Nunca antes la policía se había preocupado por los crímenes en ese lugar, muere gente a diario en esas calles. Uno más qué les afecta.
—No es solo sobre el asesinato. Un prisionero se escapó de la cárcel y según interrogatorios fue a esconderse en la ciudad subterránea. Lo toman como sospechoso del asesinato. No conozco todos lo detalles, es lo que me dijo Honto. Si vas, él te contará todo.
—Entonces no es por buscar justicia por la víctima o su familia, sino para encontrar a un preso fugitivo y que la reputación de la policía no empeore más.
Deja de mirar a la ventana y finalmente se gira para enfrentarme con el ceño fruncido que junta sus dos cejas abundantes y ambos brazos cruzados demostrándome rechazo. Está claro que espera una respuesta de mi parte. No quiero volver a ese lugar, mi familia ni siquiera me quiere ahí. Tampoco quiero seguir haciendo guardias eternas y mi puesto de investigadora es una de los pocas cosas que me hacen feliz. No debo pensar tanto en la decisión o Blaz entrará en desesperación y hasta un infarto puede darle.
—¿Me promete que volveré a mi puesto tan pronto encuentre al asesino? —insisto.
—Te doy mi palabra como capitán de la policía militar.
—Entonces acepto, prepare un carruaje para mi partida.
Me levanto de la silla tratando de parecer determinada aunque todavía tengo mis propias dudas. Tras un movimiento con mi brazo llevando la mano recta a mi frente puedo marcharme de la oficina y prepararme para partir de vuelta a mi hogar, pues aunque odie admitirlo, lo es.
⋯୨୧⋯
En mi cabeza al llegar a la ciudad subterránea nadie deberá acordarse de mí. Las casas, las calles e incluso las personas deberán verse igual a como la última vez que estuve aquí. Pero yo debo ser una desconocida miembro de la policía militar. Han pasado siete años desde que no pongo pie en sus sucias calles. Lo primero que pensé al llegar fue que no la extrañaba para nada y que mis piernas en cualquier momento actuarían por sí solas para sacarme los más pronto de ahí. Ahora bien, mi cerebro no las dejaría. No hasta que el caso de asesinato sea resuelto.
Una vez el carruaje me dejó en la entrada a la ciudad, tuve que hacer uso de mi memoria y conocimiento en la ciudad para llegar a la dirección que Blaz me indicó. Preguntar a las personas no era una opción, no cuando me miraban desconfiados al identificar el escudo de mi uniforme, pero tampoco podía decirles que en su momento fui uno de los suyos.
El cuartel improvisado de la policía militar. Una vecindad de casas de una planta abandonadas. El gobierno nunca antes se había interesado en construir un cuartel en esta ciudad. Ningún cuerpo del ejercito la tocaba a menos que fuera realmente necesario, pero no tenían razones para construir un edificio entero en el que los soldados pudieran reguardarse. Por esto, el grupo enviado decidió establecerse en este grupo de casas. Antes le pertenecía a un grupo de delincuencia organizada, en donde se juntaban para repartirse las ganancias de los robos. Seguramente si la policía ahora está aquí, ese grupo no existe más.
A diferencia que los demás cuarteles que realmente lo son, aquí solo un soldado custodia la puerta. No deben necesitar a nadie o más o realmente están escasos de personal. Es suficiente una mirada hacia el escudo de la chaqueta para abrir la puerta abriendo el paso. No entro aún, pues miro por primera vez en siete años hacia el techo oscuro de la ciudad subterránea, me cuesta no ver el sol, las nubes y los tonos a los que constantemente cambia. Cuando salí, creí que nunca volvería a tener esta vista al mirar arriba. Noto una tristeza invadirme, aun así, no dejaré que se note.
—Me mandan los de arriba. El capitán Blaz quiere que investigue un caso—le hablo al soldado—. ¿Está el capitán Honto?
—Está en su estudio —asiente.
Entro por la puerta para encontrarme con un patio en el que caben las suficientes mesas y sillas para que el poco personal pueda llevar sus comidas diarias. No puedo ver a nadie dentro, ya sea porque están ocupados en alguna de las casas o porque, como a mí en la superficie, los mandaron a hacer guardias por las calles. Si ese es el caso, probablemente ya no volverán. Me guió por la única casa cuyas luces están prendidas en su totalidad y la que más grande se ve en comparación a las demás. Si Honto no está ahí, al menos deberé encontrar a alguien que me diga dónde lo encuentro.
La casa está prácticamente vacía. En lo que debería ser la sala solo hay una mesa cuadrada escolar junto a una silla que da la sensación de astillarte el culo en caso de sentarte en ella. Además de papeles esparcidos por el suelo, también se recargan en la pared rifles de repuesto junto a dos equipos de maniobras tridimensionales.
No me había percatado de la presencia de un joven cuando entré hasta que el sonido de hojas siendo rebuscadas me alertó. Hincado en el suelo cerca de una esquina, un compañero parece estar buscando algo sin presión. Lamento tener que interrumpirlo pero debo seguir preguntando por Honto.
—Disculpa —me acerco— ¿Dónde encuentro al capitán?
De una manera cortés se levanta del suelo para tenerme de frente y dejarme ver esa cara que ya conocía. Marco me mira con los ojos abiertos evidentemente no esperando encontrarme ahí. Aunque yo sabía que tarde o temprano me encontraría con él y Jean, quería retrasar ese momento lo más que pudiera.
—Saray, qué sorpresa verte aquí —frunce el entrecejo—. Espera, no me digas que volviste a hacer otra tontería y volvieron a regañarte.
—No Marco, aunque me tengas mala fe no es por eso que estoy aquí. Estoy buscando al capitán.
—Oh el capitán. Está en ese estudio de allá. —Con su dedo indice señaló la única puerta en la pared de la derecha—. Déjame llevarte y decirle al capitán que estás aquí.
En tan solo pocos pasos me guía hasta la puerta donde antes de tocar con sus nudillos dice:
—Ahora que lo recuerdo, él capitán nos habló sobre una investigadora que vendría pronto. ¿Eres tú no?
—Me atrapaste —sonrió.
Marco toca la puerta y al recibir las palabras del capitán la abre hasta entrar antes que yo.
—Capitán, la investigadora que solicitó ha llegado.
—Déjala pasar —responde con una voz procedente de una garganta lastimada—. Hablale a su compañero, dile que venga.
—Entendido capitán.
Salió del estudio dedicándome una sonrisa antes de marchar. Sin más que esperar entro para encontrarme con el capitán Honto. Un viejo probablemente de la misma edad que Blaz. Alto, aunque parecía comenzar a encorvarse. Un grisáceo mostacho con algunos mechones negros abarcaba parte baja de su rostro llegando a cubrir su boca. El mostacho y las cejas parecían ser el único rastro de cabello del hombre pues en la cabeza predominaba una brillante calva dorada.
—¿Saray Kratz, no? Blaz me dijo que vendrías —habla mirando fijamente a mis ojos.
Tengo curiosidad por ver en que tan malas o buenas condiciones está su estudio mas no puedo retirar la mirada y con un ojo no me es suficiente apreciar el lugar. Lo único que me es fácil observar es que no hay un lugar en el que los invitados puedan tomar asiento
—Así es capitán, soy la investigadora que solicitó. El capitán Blaz, antes de partir me indicó que usted me daría más detalles del caso.
—¿Te gusta trabajar rápido, no? —pregunta con una sonrisa de lado. Me molesta pensar que todas sus preguntas las terminará con no—. A mí me gusta conocer primero a la gente que trabajará para mí, pero ya que es mi viejo amigo el que decidió confiarte este trabajo quiero pensar que él te conoce bien y es suficiente.
—Tengo entendido que hay prisa por encontrar al asesino. Al fin de todo es un hombre peligroso que sigue libre, así que no veo por qué perder el tiempo —llevo los cabellos que se escaparon de mi trenza detrás de la oreja.
—No te equivocas. Sí que tenemos prisa —El cajón central de su viejo escritorio se abrió para que pudiera sacar una delgada carpeta con documentos—. La semana pasada uno de mis muchachos encontró el cuerpo desollado de un hombre adulto. La única zona que quedó con piel fue la cabeza. Una escena terrorífica y asquerosa. Pero gracias a que la piel del rostro no fue removida también, pudimos identificar al hombre. Era un preso que apenas un mes atrás había cumplido su condena. Según testigos de la misma prisión tuvo una fuerte pelea y discusión con su compañero de celda, quien justamente se escapó de la prisión el mismo día que fue encontrado el cuerpo. El fugitivo es nuestro principal sospechoso y tu trabajo será encontrarlo para hacer justicia por la víctima.
—Entonces me quieren para resolver el caso de asesinato o para encontrar al fugitivo.
—Estamos seguros que el fugitivo es el asesino.
—¿Ya encontraron pruebas de que se trata de él o es solo una pelea de presos? —pregunto, pues hay muchos huecos que no me terminan de convencer.
—No, pero por eso solicité una investigadora. Tú me ayudarás a encontrarlas —deja los documentos sobre el escritorio.
—¿Si no encuentro pruebas que lo vinculen qué?
—Aún así tenemos fe en que lo harás —sonríe pero algo dentro de mí me dice que comienzo a irritarlo con mis preguntas, pero ese era mi trabajo.
—Ya no entendí, capitán. Entonces me quieren para resolver el caso de asesinato o para encontrar al fugitivo. Digo esto porque me parece más importante encontrar a un asesino que a un fugitivo.
—¿Cómo lo quieres ver tú, soldado? En la orden se solicita la búsqueda del asesino, pero yo estoy facilitándote el trabajo al darte al principal sospechoso.
—¿Yo?
Pensando en mi respuesta reacciono finalmente ante por qué la insistencia en encontrar al fugitivo. No necesariamente porque haya asesinado a un hombre de la ciudad subterránea, eso le daría los mismo a la policía como matar una cucaracha. Sino porque la gente comenzaría a hablar de su incompetencia al dejar escapar un preso tan fácilmente.
—Lo quiero ver con que voy encontrar a un puto loco con el estómago suficiente para despellejar a un hombre, también de esa manera la policía militar se puede ganar prestigio, no solo encontrando a fugitivos que escaparon por sus mismos errores. ¿O es que la víctima no importa por ser de este cochinero?
Al ver su rostro cambiar a un color rojizo me doy cuenta que otra vez volví a hablar antes de pensar. Dio un fuerte manotazo sobre la delgada pila de papeles. Estaba lista para recibir cualquier insulto o lo que fuera a decirme al verlo abrir la boca. Sin embargo, la puerta se abrió de repente interrumpiendo cualquier tipo de acción y haciendo voltear en estado de alerta.
—Capitán, el soldado Marco dijo que me...
Y ahí estaba en la puerta. Al que menos y más tenía ganas de ver. Jean Kirschtein.