Capítulo 1
Salí de la entrevista con un dolor de cabeza punzante. Había demasiada gente, más de la que me hubiera imaginado. El CEO, el gerente de finanzas, y otras personas que no alcanzaba a recordar. Además, había dos ejecutivos conectados remotamente: el gerente de negocios global y el presidente de la compañía, que estaba en Estados Unidos. La pantalla gigante que colgaba en la sala fue lo que más me intimidó. De repente, me sentí como una pequeña pieza en un engranaje gigante, expuesta.
Salí agotada, pero, a pesar de todo, tranquila. Había pasado por tantas etapas, y ahora solo quedaba una: la última. Esta oportunidad no podía escapar. Aunque en ese momento tenía trabajo, estaba lejos de mi casa y el horario era agotador. La posibilidad de un cambio me ilusionaba. Era una empresa multinacional, prestigiosa, de tecnología, y el salario, además de los beneficios, eran increíbles. Mi vida cambiaría completamente si lograba conseguir el puesto.
Mi nombre es Macarena. Tengo 33 años, soy divorciada y madre de dos hijos, de nueve y seis años. El padre de mis hijos... bueno, como muchos padres divorciados, los ve los fines de semana por turnos y paga lo que quiere, cuando quiere. Así que no puedo contar con su dinero y me he tenido que organizar con el mío, lo cual no siempre es fácil.
Vivo sola con ellos, aunque mis padres viven cerca y me ayudan mucho con su cuidado. Soy administradora de empresas, hablo inglés, francés y portugués, y siempre me han apasionado los idiomas. Desde joven me dediqué a estudiarlos, y gracias a eso nunca me faltó trabajo, siempre con buenas condiciones laborales.
No voy a ahondar en mi historia de amor con el padre de mis hijos; no tiene nada de interesante. Me casé muy joven, sin mucha experiencia, y estuvimos juntos solo cinco años. El amor se agotó rápido, y decidimos que lo mejor era ponerle fin a todo.
Ese fin de semana, mientras pensaba en esa oportunidad laboral, traté de adoptar una actitud positiva. Mi amiga Margarita siempre me dice que debo creer en la ley de la atracción, visualizar lo que quiero para lograrlo.
Así que me imaginaba trabajando en esa empresa, feliz, realizada. La visualización, según ella, traería todo lo bueno a mi vida.
Soy optimista por naturaleza, y no me costó mucho enfocarme en esa visión. Pasé todo el fin de semana imaginándome en ese puesto, haciéndolo mío.
El martes a las 11 a.m., el tan esperado llamado llegó. Era el CEO, y me dijo que había sido seleccionada. Me explicó que recibiría un correo con los detalles del contrato, condiciones, beneficios, y me preguntó cuándo podía empezar. Como había mencionado en la entrevista, necesitaba un mes para dar el aviso en mi actual trabajo, lo cual fue perfecto. Nos pusimos de acuerdo para que comenzara el 1 de mayo.
El mes siguiente pasó volando. Desde que avisé a mi jefe hasta que me fui, hubo mucho trabajo por hacer. Me aseguré de dejar todo en orden y de entrenar a la persona que ocuparía mi puesto. Mi despedida fue emotiva; me hicieron sentir querida y valorada, y me dio pena dejar ese lugar. Pero sabía que estaba dando un paso importante.
Mi nuevo trabajo era todo lo que siempre soñé. Era una empresa multicultural, con empleados de diferentes países, lo que me permitió practicar mis idiomas todos los días. Comenzaba a las 9 de la mañana y terminaba a las 5 de la tarde, lo que me daba tiempo para llevar a mis hijos al colegio por la mañana y estar con ellos por la tarde para hacer tareas y disfrutar de su compañía.
Era asistente ejecutiva del CEO y tenía mi propia oficina al lado de la suya. El salario era alto, con muchos beneficios, y tenía una asistente junior que me ayudaba con tareas administrativas. Mi trabajo era variado, entre acompañar a mi jefe a reuniones, eventos y viajes. En mi ausencia, mi asistente se encargaba de todo.
Casi dos años pasaron así, con una rutina estable y agradable. Pero luego, un día, mi jefe, que tenía 70 años, sufrió un accidente cerebrovascular. Afortunadamente no fue fatal, pero lo dejó fuera de combate por un tiempo largo. Yo, que tenía todo bajo control, empecé a asistir sola a reuniones y eventos. Durante uno de estos, nos anunciaron que el gerente de negocios global de Estados Unidos sería el nuevo CEO.
Álvaro, el nuevo jefe, era chileno, pero llevaba años viviendo en EE.UU. Me puse en contacto con él de inmediato. Tuvimos varias videollamadas para coordinar su mudanza a Chile. Él llegaría solo al principio, y su familia lo haría al año siguiente, pues sus hijos aún estaban en el colegio.
Cuando llegó a Chile, lo recibí con mi asistente en el aeropuerto. Nos dirigimos al departamento que le había preparado y lo instalamos. Al día siguiente, fue a la oficina y lo ayudé en su primer día.
Desde el principio, Álvaro me impresionó. No solo por su porte imponente y su estilo elegante, sino por su presencia en la sala. Era un hombre con clase, bien cuidado, con una energía masculina que llenaba el espacio. El primer día que se presentó al equipo, me llamó la atención su forma de caminar: confiada, segura.
Comenzamos a trabajar juntos muy de cerca. Preparamos presentaciones, reuniones, y él viajaba constantemente, lo que a mí me daba algo de tranquilidad. A pesar de que mi relación con él era cordial, no era lo mismo que con mi antiguo jefe. Él era cálido, cercano, casi un mentor. En cambio, Álvaro era más distante, serio, reservado, inteligente y muy exigente. Con él, me sentía menos segura, incluso algo tímida.
Un día, después de una larga jornada de reuniones, nos quedamos trabajando hasta tarde. Cuando terminó su exposición, salió rápidamente hacia otra reunión. Vi su credencial sobre la mesa y corrí a alcanzarlo. Cuando lo hice, le metí la tarjeta en el bolsillo de su camisa, rozando su pecho sin querer. Fue un gesto casi automático, pero al instante me di cuenta de lo que había hecho.
Al levantar la cabeza, me encontré con su mirada. Sus ojos azules me miraron intensamente, y por un segundo sentí como si el mundo se detuviera y me pudiera perder en ellos. El roce había sido sutil, pero su mirada... su mirada era algo más. No supe identificarlo, pero sentí un escalofrío en la espalda. Apreté los labios y me alejé rápidamente.
Pasé el resto del día distraída, pensando en esa mirada. ¿Qué había significado? ¿Había interpretado mal todo? Nunca había tenido una relación personal con mis jefes y menos una del tipo romántica, siempre mantenía las distancias, pero con Álvaro... algo había cambiado.
Esa noche, me desperté en medio de la madrugada, empapada en sudor. Había tenido un sueño erótico con él. Traté de restarle importancia, convencida de que era una consecuencia de lo sucedido en la oficina. Tal vez se me pasaría con el tiempo.
Pero no lo hizo. Durante días, la escena en el elevador y su mirada me perseguían. De hecho, tuve varios sueños más, algunos eróticos, otros absurdos. Pensé en hablar con él, aclarar las cosas, pero me detuve. No estaba segura de que lo sucedido hubiera tenido el mismo impacto en él. Quizás yo solo estaba exagerando, pasando de los límites de mi propia imaginación.