Martes, Jueves, Basura
Siendo tan tarde como era, uno esperaría que la calle estuviera vacía, pero dos figuras cruzaban la avenida Esperanza en direcciones opuestas. Una era un gato, con el collar rojo lleno de barro y las patas marcadas media cuadra en su paseo nocturno. La otra era un amasijo de basura, una masa desgarbada compuesta de pañales, comida podrida, envoltorios, piezas electrónicas roídas y vidrios de botella. Más que caminar, rodaba calle abajo en un descenso controlado, recogiendo desechos ajenos y propios. Al atravesar el camino del felino, se detuvo, y aún sin tener cara, se giró a verlo.
El gato lo miró con curiosidad pasajera, y saltó la valla de su casa.
— martes, jueves, basura — Pensó el gato — Hoy viernes, ayer no basura — se esforzó en darle sentido — Basura abandonada.
Siendo tan tarde como era, uno esperaría que la calle estuviera vacía, pero dos figuras cruzaban la avenida Esperanza en direcciones opuestas. Media cuadra de patas marcadas con barro sobre la vereda, el muro de cemento y el árbol de un patio desacomodado seguían de cerca a Reina, mientras exploraba su huida nocturna con curiosidad indiferente. Por la calle opuesta, en un arrastre pesado, casi tambaleante, giraba cuesta abajo un amasijo derrumbado de restos vegetales, bolsas de consorcio llenas, piezas electrónicas sueltas, pedazos de asfalto, comida en descomposición, filtros de cigarrillo, zapatillas sin par, envoltorios de caramelo, hojas otoñales y una creciente cantidad de polvo, porque en su avance el amasijo de desechos sin desechar agarraba lo que encontrase. Reina observó un momento al bulto, y el bulto se detuvo, girando su masa sin frente hacia la dirección general del animal, o lejos de ella. En un salto y tres pares de pasos marcados en el asfalto, el gato maulló hacia la masa, intuyendo una forma extraña de persona. Lo que obtuvo fue un chirrido suave, el sonido de algo deslizándose y un microondas haciendo saltar el pavimento justo donde había estado hace un momento. El susto le hizo volver al árbol, la masa reincorporó el electrodoméstico a su cuerpo sin ningún esfuerzo, lo giró hasta dejarlo boca abajo, con la tapa abierta hacia el gato en un gesto que pudo ser de sorpresa, y luego se alejó calle abajo, ganando velocidad en la pendiente que nace por Lavalle y se acrecienta cuadra a cuadra hasta desembocar en la rotonda empedrada que la masa, ahora rodando sin control, no podría evitar.