Quiebre de mundos

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Summary

Cuando somos jóvenes, casi nunca pensamos en las consecuencias de nuestras decisiones. Aquello le pasó a "Roxanne", quien después de una desagradable ruptura amorosa, decide centrarse en su trabajo. El problema es que su jefa ahora tiene otros planes para ella: involucrarse en la vida de "Shawn", quien tampoco pensó demasiado después de titularse en la universidad. Ahora sus vidas se verán obligadas a enfrentarse. ¿Será posible que salgan ilesos de su pasado? ¿Será ese encuentro el quiebre de sus mundos? (Incluye acción, drama, romance, suspenso y toques de humor)

Status
Complete
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38
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18+

Capítulo Uno

Era un día jueves, al atardecer, cuando Joanne Paulsen terminaba su extensa jornada laboral. La joven de veinticuatro años apagó la computadora de su escritorio, se quitó su delantal blanco y tomó de entre sus pertenencias un casco amarillo. Luego se colocó su mochila para regresar a su departamento.

Sonreía feliz por los pasillos de aquel enorme edificio, camino al estacionamiento, porque después de ahorrar tanto por fin había comprado la moto que quería. Se soltó su cabello rizado antes de ponerse el casco, cuando oyó que una voz femenina la llamaba.

—¿Necesita algo, jefa?

—Todavía no te vayas. Tenemos que hablar —le solicitó con urgencia. Al ver a la joven morena abrir sus ojos pardos con temor, añadió—: ¡No te asustes! Es sobre el aumento que me pediste. Ven conmigo.

Joanne respiró aliviada. Por un momento creyó que había sido un error solicitar un aumento trabajando solo un año y medio allí. Su jefa, una mujer de unos cuarenta años de melena cobriza y serio semblante, no le respondió aquella vez. Ella interpretó eso como una negativa y no insistió. Ya había transcurrido una semana desde aquel entonces.

—Joanne, antes de explicarte la situación, deseo que sepas cuánto valoro tu trabajo aquí —comenzó a decirle cuando llegaron a su oficina—. También considero que mereces un aumento, pero... necesito que primero te pruebes esto.

Su jefa le entregó una bolsa con ropa. La joven observó las prendas, sumamente confundida.

—Tienes que probártelo todo. Entiendo que no comprendas lo que está pasando. Te lo aclararé, pero ahora quiero saber si elegí bien las tallas.

Joanne entró al baño y se probó la ropa, por el simple hecho de que era una orden. No le gustó para nada ese estilo que muchas jóvenes de su edad usaban. Además, se ofendió, pues una cosa era pedir un aumento y otra que en su trabajo creyeran que era pobre. Solo deseaba ganar más para vivir en una zona menos peligrosa de Los Ángeles, en California, Estados Unidos.

—No sé qué pretende con esto, jefa —la encaró al salir del baño—. Si deseaba regalarme ropa, debería preguntarme antes de comprar. Yo no uso este tipo de prendas —le indicó avergonzada. Para ella, ese estilo era promiscuo y la hacía sentir semi desnuda, aunque no lo estaba.

—Dejémonos de formalismos, Joanne. Solo dime Laisa. —Entonces se fijó en cada rincón de su cuerpo—. ¡Te quedo perfecto! ¡Te ves preciosa!

—¡Parezco una prostituta! —le gritó desesperada, sin importarle ya que la despidieran por eso.

—Tal vez no estás acostumbrada a usar un vestido de seda dorado tan corto y ajustado. No te preocupes. La chaqueta de terciopelo negro te queda muy bien, aunque es pequeña. Resalta tus atributos.

—¡No quiero usar esta ropa!

—No hay otra opción. Debes camuflarte con el resto y en esos lugares las mujeres visten así.

—¡¿De qué me está hablando?!

—¡Siéntate, por favor, y escúchame! Lo que te voy a decir ahora no te lo repetiré, así que pon atención.

Joanne obedeció a regañadientes. Nunca en su vida había usado ropa provocativa. Sentía que ese vestido era demasiado revelador y los tacones ya le estaban irritando los pies.

—Llevas trabajando bastante tiempo en esta agencia privada y he comprobado lo eficiente que eres. He delegado varias funciones en ti y has sido responsable en todo. Debido a lo anterior, te he tomado en cuenta para esta misión —le informó, sentada frente a Joanne, con sus enormes lentes ópticos puestos.

—Yo soy técnico en enfermería forense, no hago misiones —la contradijo—. Voy a la escena cuando el crimen ya está consumado o me traen la evidencia a mi oficina. Usted es la enfermera forense titular en la agencia L.H.O.W.S. y jefa de nuestro piso, el segundo. Nosotras no arriesgamos nuestra vida como los del piso seis.

—Esta vez será diferente. Richard Haydes, jefe del área de narcotráfico, me pidió un favor especial. Necesita de una bella joven curvilínea para una investigación. En su sección no encuentran a una mujer con esas características.

—¡¿Me quieren usar de carnada?! —preguntó espantada.

—Eres muy inteligente, Joanne, así que no intentaré engañarte. Será solo esta vez, lo prometo. Después te daré el aumento que deseas y todo volverá a ser como antes —le contestó sonriente.

—¡Esto es ridículo! Yo no soy una modelo. Tampoco sé disimular. ¿Y si me descubren? —Se alarmó, poniéndose de pie.

—No es tan difícil. Tienes que creer más en ti. ¿Por qué menosprecias tu belleza? —la cuestionó Laisa.

Joanne se contristó. Hablar sobre su figura no era un tema que le agradara. Luego de un breve silencio, quiso saber más sobre la misión que le obligarían a realizar.

—Esta es la investigación de ese caballero afroamericano desagradable, ¿verdad? El que tiene de compañero a un simpático joven japonés. —Laisa asintió—. ¿Por qué le importa tanto apoyar a los del sexto piso si nosotros no trabajamos directamente con ellos?

El rostro de la mujer se volvió sombrío repentinamente. Joanne notó ese rasgo de preocupación en su superior; no, era angustia.

—Prometo contarte todos los detalles después. Ahora debes ir a la oficina del detective Haydes, te está esperando. Él te dará las indicaciones para hoy. —Le abrió la puerta de la oficina para que se retirara.

—¡¿Hoy?! ¡¿Tanto les costaba avisarme antes?!

—¡No es mi culpa, Joanne! Las misiones son así de repentinas; y maquíllate antes de salir con ellos. —Dicho esto, la empujó hacia fuera de la oficina.

La joven morena corrió al ascensor, entró y pulsó el número seis, maldiciendo en su interior. Ahora no solo tenía que cumplir con una misión que no quería, sino que sería la empleada de alguien más. Sí, tendría dos jefes. Si bien Richard Haydes era reconocido como un excelente detective, también tenía fama de ser un sujeto estricto y severo con su personal a cargo.

—Señorita Paulsen, bienvenida. Disculpe las molestias, pero tenemos poco tiempo —la saludó Akira Tomodachi, el compañero de Richard.

—Dime Joanne. Debemos tener la misma edad, ¿no? —le contestó, sonriéndole y logrando que el joven japonés se sonrojara—. ¿Es cierto que Haydes es tan amargado como dicen?

Una tos tras ella asustó a ambos jóvenes. Para Joanne no fue necesario girarse para saber que acababa de insultar a su nuevo jefe: un hombre afroamericano de unos cincuenta años, corte de cabello militar, ceño fruncido y gran estatura. Cualquiera se sentía pequeño a su lado.

—No llegué donde estoy por ser simpático, señorita Paulsen. —Se colocó frente a ella, casi como un comandante—. Si se va a unir a mi equipo, tendrá que respetarme.

—Lo sé, señor. Disculpe. Es que Laisa no me había dicho nada y estoy muy nerviosa…

—Tenemos una hora para ir al lugar acordado, así que ponga atención —alzó la voz, ignorando la excusa de Joanne—. Estamos buscando al líder de una banda de traficantes de cocaína, lo llaman “el pelirrojo”. Tiene a muchos trabajando para él, distribuyendo la droga. Después de mucho trabajo logramos contactar a uno de los vendedores. Él será el medio para obtener información y así atrapar al “pelirrojo”.

—¿Qué debo hacer yo? —lo interrogó ella.

—Te harás pasar por una compradora. Se juntarán en una discoteca en Sunset Strip, por eso Laisa te vistió de esta manera. Eres joven y tienes buen cuerpo. No te será difícil camuflarte con el ambiente. Solo te falta el maquillaje.

—Ah, sí, sí. Lo hago de inmediato, aunque de seguro esto fue testeado en animales —le dijo, mientras buscaba en la bolsa los cosméticos—. Le agradecería me diera más detalles para entender toda la situación. No quiero equivocarme y echar a perder su duro trabajo —agregó, pintándose frente a un espejo de la oficina.

Haydes le hizo un gesto a su compañero para que hablara en vez de él, pues debía hacer unas llamadas antes de partir a terreno.

—En resumen, tú te llamarás Roxanne. Comprarás cocaína para Black Said, quien llamó previamente para realizar la transacción. Debes hacer el trato con el hombre de la siguiente descripción: cabello rubio ondulado, rostro de quijada ancha, barba completa, corta y bien arreglada, ojos azules, piel blanca, un metro ochenta y cinco de estatura, y de contextura delgada. Estará con un traje formal negro. Su nombre es Shawn, aunque lo más probable es que sea una identidad falsa.

—Pero él no es el jefe de esa banda, ¿verdad? —quiso confirmar Joanne, terminando de arreglar su cabello.

—No. En el mejor de los casos podría ser uno de sus socios —continuó Akira—. Lo más importante ahora es que confíes en nosotros y actúes con naturalidad. Estaremos a las afueras del lugar, no te dejaremos sola. Ante cualquier problema, iremos por ti. No lo dudes.

—Tienes que estar atenta por si ves al “pelirrojo” —recalcó Haydes, volviendo a la oficina—. En esta cartera que deberás usar hay micrófonos ocultos, el dinero acordado para la compra, un interruptor de emergencia y un gotario. No bebas nada sin antes echar dos gotas de esto. Si el líquido cambia de color, no lo bebas, ¿entendido?

Joanne asintió, sin embargo, temía que sus nervios la traicionaran en plena actuación. Por un instante se le pasó por la mente arrepentirse, huir y seguir viviendo en su humilde departamento. ¿Para qué se le ocurrió pedir ese aumento? ¿No era estúpido pensar que lo conseguiría sin que le pidieran nada a cambio? ¿Por qué Laisa Ripoll le exigía poner en peligro su vida? ¿O sería que su jefa ya lo tenía planeado y ella fue simplemente una víctima de las circunstancias?

Cualquier excusa para desistir fue anulada por el solo hecho de que los detectives casi la arrastraron hacia el vehículo. Ya eran cerca de las nueve de la noche y no podían ser impuntuales con la cita.

Llegaron a la discoteca diez minutos antes de la hora acordada. Joanne se bajó del auto tratando de disimular su inquietud. Ya todos los micrófonos estaban encendidos, por lo tanto, todas las voces cercanas a su cartera serían grabadas. Inhaló profundamente y luego exhaló. Comenzó a caminar hacia la entrada de aquel lugar, el cual era bastante exclusivo por la gran cantidad de guardias que lo custodiaban.

Con la identificación falsa que los detectives le entregaron pudo entrar sin inconvenientes. Era un local oscuro, con luces neón, lleno de humo y gente bailando. La música se oía tan fuerte, que dudó en la efectividad de los micrófonos de su cartera.

Trató de ser discreta y le sonrió a quien se le cruzó por delante. Buscó con esmero al hombre de la descripción, pero no lo encontró. Terminó sentándose sobre un sillón curvo de cuero, en una mesa solitaria del fondo. Estaba a punto de llamar a los detectives para indicarles que la misión había fracasado, cuando una silueta se colocó frente a ella.

—¿Roxanne? —la llamó una voz profunda.

Ella asintió con su rostro, sin pronunciar palabra alguna. Un frío aterrador recorrió su cuerpo cuando el hombre se sentó a su lado. Físicamente era tan cual como se lo describió Akira, aunque tenía el cabello un poco más largo de lo que imaginó. ¿Por qué en vez de estar en su cama lista para dormir debía hablar con un delincuente?

—¿Y tú… eres…? —logró preguntar con gran esfuerzo.

—Soy Shawn. Es un placer, Roxanne. Los guardias me avisaron que habías llegado. —La recorrió con la vista sin disimulo alguno—. ¿Qué quieres beber?

—Supongo que sabes que no vengo a eso.

—¿Vienes a una discoteca y no bebes? —la interrogó, suspicaz—. No es necesario que hablemos de negocios tan pronto. Cuéntame de ti. Me sorprende que ese viejo de Black Said tenga una aliada tan atractiva.

Hubo un silencio incómodo y Shawn lo notó. Sospechó que la joven era nueva en el rubro, así que evitó volver a ser tan directo. Hizo un gesto y uno de los mozos se acercó de inmediato a su mesa. Pidió el whisky de mayor calidad, pensado que al beberlo se relajaría el ambiente.

Su proveedor le había entregado aquel contacto de venta. Con la descripción física que le dio, era claro que la compradora sería bonita. Sin embargo, para él era más que bonita. Sus labios gruesos, rostro redondo y abundante cabellera rizada le hizo pensar que la joven tenía sangre latina. ¿Acaso a Roxanne le gustarían los hombres de ascendencia europea?

Shawn estaba esperando un elogio de su parte, ya que él le dejó claro su parecer sobre ella. No obstante, la joven no mencionó nada al respecto. Aquello lo dejó intrigado. Al parecer, ella lo ignoraba y no entendía la razón.

—¿Y bien? ¿Solo tú vendes estas cosas? —le preguntó Roxanne, tratando de parecer casual.

—Yo te hice otra pregunta primero y todavía no la contestas. —Se le acercó decidido, pasando su brazo derecho por los hombros de su invitada.

—¿Qué estás haciendo? —lo criticó, pero ninguno de los dos se movió. Ella no lo hizo por miedo, pues temió que aquel hombre la golpeara si se oponía a sus malas intenciones. Disimuladamente, metió la mano en la cartera para apretar el botón de emergencia en los próximos segundos.

—Nada. Solo lo hago para que nadie se atreva a involucrarse contigo en este lugar —respondió calmado, mirándola a los ojos, así que ella se retractó de apretar el botón—. Una mujer tan hermosa como tú es presa fácil en sitios como estos. Con esta acción ya quedaron advertidos.

Recién en ese momento, Roxanne pudo observar detalladamente el rostro de aquel hombre que tenía unos treinta años. En otro contexto, tal vez no sería tan ingrato que la abrazara. Sin duda, era bastante apuesto, pero recordar quién era le provocó asco.

—¿Vas a responder mi pregunta? —insistió Shawn, comenzado a beber el whisky que recién les habían traído.

—Los otros que Black Said enviaba se robaban la mercancía. Yo soy de confianza y eso es todo lo que te diré sobre mí.

—¿En serio? En realidad, no los culpo. La que vendo es de las mejores. Muchos traficantes también se vuelven adictos y terminan robando la droga de otros. Para mí, es una estupidez consumir tu propia fuente de ingresos.

—Entonces, tú...

—No, no consumo. Supongo que tú tampoco. Los que lo hacen parecen cadáveres, tal cual como ese pelirrojo que se ve a lo lejos. Después no lo pueden dejar, aunque se estén muriendo. Por eso la vendo. Prefiero que otros me den su dinero a costa de su adicción. Es mejor así, ¿no crees?

—¿Cuál pelirrojo? —Se puso de pie, para buscarlo con la mirada.

—Con esa falta de discreción no te irá bien en este mundo —la aconsejó, bebiendo más whisky. Él ni siquiera se inmutó por su reacción.

Roxanne se volvió a sentar, avergonzada por su imprudencia. Shawn se le acercó de nuevo, pero esta vez ella lo rechazó.

—¡Esto no es una cita! —le reclamó—. Te solicito que respetes mi espacio personal.

—Esto podría ser más que un acuerdo comercial. Si eres tan confiable, te conviene trabajar para mí y dejar a ese vejestorio. Estoy seguro que pronto lo arrestarán.

No era necesario que Shawn le diera detalles sobre Black Said. Precisamente, mientras se dirigían a la discoteca, Haydes le contó que usaron ese nombre porque acababan de encarcelarlo. El problema ahora era otro: ¿qué debía responder frente a esa propuesta inesperada?

Shawn se le aproximó de nuevo. En un acto desesperado, Roxanne tomó su vaso de whisky no bebido. Estaba a punto de lanzarle el líquido en la cara cuando una voz masculina los interrumpió.

—Shawn, necesito que me acompañes.

Enfadado por el inoportuno llamado, Shawn se disculpó con su invitada y fue a atender. La joven observó a ese otro sujeto alto y bien vestido. No logró distinguir el color de su cabello ni de su piel, a causa de la escasa luz ambiental. Lo que sí fue evidente era su delgadez, al punto de marcarse los huesos de sus pómulos.

—¡¿Qué quieres, Josh?! ¡¿No vez que estoy ocupado?!

—Deja de involucrarte con las compradoras —lo corrigió.

—Ellas me buscan a mí, no es mi culpa.

—Baja tu maldito ego y véndele de una vez lo que vino a buscar. Mucha palabrería no consigue negocios seguros.

—¿Ahora vendrás a regir mi vida personal? —Se irritó con él, pues solo lo superaba en cuatro años de edad.

—No, solo te salvé de la peor humillación de tu vida —se burló—. Diez segundos más y estarías empapado de whisky.

Josh se retiró, perdiéndose entre la multitud. Shawn lo quedó mirando, sin entender lo que le intentó decir. Caminó de vuelta hacia la mesa, donde la joven aún lo esperaba. Se dio cuenta que tenía el vaso firme entre sus manos, lleno. ¿Sería posible que ella...?

—¿No te lo vas a beber? Te gustará, yo invito —le recomendó una vez que se sentó a su lado otra vez.

Roxanne le sonrió forzosamente. Recordó que su jefa le recalcó que debía imitar al resto para encajar en ese mundo. Para su fortuna, cuando Shawn se apartó averiguó si era seguro o no consumir el licor gracias al gotario. Para su alivio, sí lo era. La disyuntiva ahora para beberlo era otra.

—¿Es vegano?

—¿Disculpa? No te entiendo. La música está muy fuerte.

—¡¿El whisky es vegano?!

El rostro de Shawn reflejó esa incertidumbre que Roxanne veía en la mayoría de las personas cuando se enteraban que era vegana.

—Hay licores que utilizan derivados animales en su proceso de clarificación —intentó explicarle.

—No sé, pero mejor olvidémonos del licor ¿Te gustaría continuar nuestra conversación en otro lado? —le preguntó al oído—. Ya no te escucho bien aquí.

Roxanne se paralizó al sentir su aliento en su cuello. No fue capaz de responder y él no esperó que lo hiciera. Tomó su mano sin su permiso y la llevó entre el gentío hacia la salida. Cuando salieron de la discoteca, Shawn le indicó un lujoso Audi modelo A3 color grafito para que se subieran en los asientos traseros. Ella aceptó únicamente porque desde aquel ángulo la observaban los detectives dentro de su propio vehículo.

—Aquí no hay ruido y es mucho más cómodo. ¿Te gusta?

—Sí, gracias.

Roxanne consideró que aquel ambiente era óptimo para la grabación, por lo tanto, quiso acelerar el proceso de compra. Sin embargo, él no se veía interesado en realizarlo pronto. Al contrario, se sacó la chaqueta de su traje con tranquilidad, la dejó a un costado y, por tercera vez consecutiva, aproximó su cuerpo al de ella. Incluso con la poca luz dentro del auto, Roxanne captó que sus perfiles estaban casi juntos.

—¡No! ¡Ya dame la mercancía! —le pidió alterada.

—¡Hey, no te asustes! ¡No pretendía forzarte!

—Tengo un vehículo con guardias esperando por mí. Debo irme ahora. Aquí tienes lo acordado. —Entonces le dejó el dinero en la mano, abrió la puerta del auto y descendió.

—Toma mi chaqueta, estás temblando de frío. —La colocó sobre sus hombros, cuando fue tras ella.

—No necesito nada de ti —le gruñó, intentando sacarse la prenda. Si bien su ropa no la abrigaba, los temblores eran consecuencia de sus nervios, los cuales estaban al límite.

—No seas tonta, en el bolsillo interno está la droga. ¿O me ibas a pagar sin llevártela? —le susurró por la espalda, dándole a entender su error.

—Eres un estúpido.

Ya fuera de su personaje, Joanne se dirigió furiosa hacia el vehículo que la trajo. Se aseguró de tener consigo su cartera para no cometer otra equivocación y de tener lo más lejos posible a Shawn.

—¡Hay más en otros bolsillos! ¡Te la regalo! —le exclamó el narcotraficante, mirándola a la distancia.

Sin soportar más su rabia, Joanne agarró del suelo una piedra, la cual lanzó directo hacia el Audi. Su impulsividad provocó que uno de los focos delanteros se quebrara, causando la furia de su dueño.

—¡¿Te regalo mercancía y así es como me tratas?! ¡¿Estás loca?!

—¡Te lo mereces por querer aprovecharte de mí!

—¡Ay, por favor, no seas exagerada! ¡Ni que fueras la mujer más irresistible del mundo!

Akira, quien estaba encubierto, se bajó del auto y forzó a Joanne para que entrara al vehículo y dejara de pelearse con la supuesta fuente de información. Ella hizo caso, aunque deseaba tirar otra piedra y quebrarle el parabrisas.

—¡Te cobraré hasta el último centavo por esto! —la amenazó Shawn a viva voz, mientras el vehículo de la agencia L.H.O.W.S. desaparecía entre las calles.