Elite 3 mi amor travieso...(mewgulf)

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Summary

Mew es un donjuán sin arrepentimientos. Antiguo ranger de texas, se convirtió en un agente de seguridad privada para Elite y es un experto en mantener su corazón bien guardado. Su empleador desearía que hiciera lo mismo con su cuerpo. Mew tiene el hábito de dormir con los clientes de Elite y le han advertido que debe mantenerlo en sus pantalones o buscarse otro trabajo. Eso está bien para mew, ya que tiene un nuevo compañero de juegos de todas formas: el virginal actor Gulf. Gulf pasó la mayor parte de su vida protegido del mundo hasta que se hizo con un rol en un show para niños en LA y se convirtió en el novio falso del reconocido actor, Elijah Dunne. Cuando dicha relación termina en una humillación y un corazón roto, mew colapsa de forma épica, aterrizando en la cárcel del condado y en el radar de mew, a quién no ha visto por un mes. Un candente encuentro de una noche deja tanto a gulf como a mew cuestionándose sus decisiones en la vida, y cuando la vida de gulf se ve amenazada, mew no duda en meterse, de gratis. Desafortunadamente, gulf contrata a Elite antes de que él pueda ofrecerse como voluntario, poniéndose de manera automática en la lista de las personas intocables para mew, hasta que ambos puedan resolver un asesinato.

Status
Complete
Chapters
31
Rating
n/a
Age Rating
18+

Prólogo

Esta era la peor parte de su día. La capilla. Kana no sabía por qué la llamaban una capilla cuando realmente era un granero. Olía a sudor, estiércol y paja mohosa, y ni siquiera había animales. Siempre estaba oscuro, incluso durante el día, como ahora mismo. La única luz provenía del sol que brillaba entre las tablas de madera que constituían las paredes, y los lugares en donde la pintura negra se había pelado de las ventanas.

Con las manos sucias se apartó los cabellos castaños de los ojos, sus dedos rotos y sangrantes por recoger rocas durante el día anterior. El overol que usaba era demasiado grande y estaba enrollado hasta los tobillos. La camisa azul con botones de plástico blanco que llevaba puesta también era grande para él, pero su madre había cosido las mangas a los codos para que no tuviera que empujarlos cuando trabajaba. Comenzó la mañana con las viejas botas de trabajo de su hermano, pero se las sacó en el momento en que las nubes tormentosas cubrieron el sol.


Al frente de la iglesia, su madre estaba de pie en un vestido del mismo color azul grisáceo que el cielo nublado del exterior. El viento hacía un escándalo, silbando entre los huecos de las tablas que hacía que el destartalado edificio crujiera. Ninguno de los adultos parecía preocupado por la seguridad del edificio, pero kana tenía sus dudas.

Él no sabía que era peor: si estar del lado de afuera recogiendo rocas durante todo el día o quedarse de rodillas en el suelo de concreto mientras recitaba versos bíblicos. Ambos eran igual de malos. Los adultos de la congregación ya estaban en su lugar, de rodillas con las manos alzadas mientras que susurraban oraciones en siseos que hacían que kana pensara en miles de avispas. Él no entendía nada de eso.


Su hermana mayor, Sarah, le decía que no era algo que él necesitara entender. Solo requería de tener fe. ¿Fe en qué? Kana no lo sabía. ¿Dios? Solo tenía doce años, pero estaba bastante seguro que Dios no estaba allá afuera en el medio de ningún lugar en Kentucky mirando a su madre tirar arroz sin cocer en el suelo de cemento. Todos los niños de la congregación estaban de pie junto a él, en una línea de mayor a menor. Siete de los trece niños eran hermanos suyos; Su hermano, Daniel, era el menor con solo cuatro años. El pastor, Samuel, estaba de pie vestido con un par de pantalones negros y una camisa negra desabrochada, el largo cabello rubio castaño caía sobre sus hombros. Él miraba mientras que la madre de kana trazaba una línea con el arroz frente a toda la línea de niños. Cuando terminó, Samuel dio un paso al frente, comenzando con la mayor en la fila, su hermana de diecisiete años, Rebecca.


—¿Cómo te encuentras, dulce Rebecca? —preguntó Samuel, besándole en los nudillos.


Su hermana soltó una risita.


—Bien, hermano Samuel. ¿Y usted?


Él rió.


—También estoy bien. Aunque afuera los cielos están oscuros, la luz del señor brilla sobre todos nosotros, ¿no es así?


—Sí, hermano Samuel.


—Ahora, dulce Rebecca, por favor recita Levíticos 19:15.


Rebecca entrecerró los ojos.


—“No harás injusticia en el juicio, ni favoreciendo al pobre ni complaciendo al grande; con justicia juzgarás a tu prójimo”.


—Excelente, niña. Excelente. Ahora, por favor arrodíllate con el resto de la congregación.


Rebecca se giró con una sonrisa de suficiencia en su rostro, su vestido blanco

ondeaba alrededor y un mechón de largo cabello castaño se escapó de su moño. Samuel siguió el camino de la línea. El hermano de dieciséis años, Abel, su hermana de quince años, Sarah, y su hermano de catorce años, Jacob, todos recitaron los versos sin ningún incidente. Pero, cuando llegó a Ruth de trece años, su comportamiento cambió. Sus ojos se entrecerraron y su boca se apretó a medida

que miraba fijamente a la chica de rostro pecoso, cabello pelirrojo rizado y vestido

blanco que se veía gris por el uso.


—Ruth. Tu madre dijo que te encontró jugando de nuevo en el campo de girasoles. Sabes que nunca pasamos la cerca. Eres una chica terca y malhumorada. Serás confinada a tu habitación por los próximos tres días. Ahora, recita Romanos 13:4.


Los ojos de Ruth se abrieron de par en par, inundados de lágrimas.


—“Porque él es servidor de Dios para tu bien…” “Pero…”


Las entrañas de kana se retorcieron ante la insinuación de sonrisa en el rostro del hombre mayor. No entendía como Rebecca podía pensar que él era bueno. Había algo muy… malo sobre él. Les ordenaba a las personas, los hacía trabajar durante todo el día mientras que él no hacía nada. Rebecca no era la única. Sus dos padres siempre hacían lo imposible para complacer a Samuel en todo. Decían que él era el sirviente de Dios y que sus palabras eran las palabras de Dios, pero eso no tenía sentido para kana. ¿No era la palabra de Dios, la palabra de Dios? Tenían todo un libro sobre lo que Jesús quería, ¿por qué simplemente no lo leían?


—Quizás si pasaras menos tiempo invadiendo espacios prohibidos y siendo

desobediente y, en cambio estudiaras los versos, no estarías luchando ahora mismo.


Lágrimas se deslizaron por su rostro sucio.


—“Porque él es servidor de Dios para tu

bien. Pero si… si tu…”


—Suficiente. De rodillas.


La muchacha miró hacia abajo, al camino de arroz sin cocer.


—¿Sobre eso? —preguntó con la voz temblando.


—Porque él es servidor de Dios para tu bien. Pero si haces lo malo, teme; porque no en vano lleva la espada, pues es servidor de Dios, vengador para castigar al que hace lo malo —kana recitó antes de dejarse caer de rodillas sobre el arroz, siseó cuando los granos duros se clavaron en la tierna piel

—Yo tomaré su castigo.


Una mano tiró de su antebrazo, alzándolo de pie y sacudiéndole las rodillas.


—Tú no harás algo así, kana —espetó su madre —. Ruth tiene que responder por sus propios pecados.


—¿Qué pecado? No pudo recordar un estúpido verso. La biblia dice que se supone, debemos amarnos los unos a los otros. Mateo 5:44: “Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen”. Su cabeza se sacudió cuando su madre le abofeteó en la boca con tanta fuerza que sintió como si los glóbulos oculares hubiesen explotado y sus mejillas se hubieran encendido, pero eso no lo detuvo. Él tenía razón. Jesús enseñaba sobre el amor y sobre ser bueno. Él no quería que se castigaran los unos a los otros. —Mateo 6:14 ñ“Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial” —Su madre comenzó a arrastrarlo a través del pasillo

improvisado —. Juan 13:43 “Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros”. Juan 15:13 “Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos” —kana continuó gritando para poder ser oído por sobre la charla de la congregación.


Antes de poder continuar, su madre azotó la puerta del granero, todo mientras lo arrastraba sobre el campo repleto de polvo. En lo alto, un trueno retumbó mientras que las nubes se arremolinaban en sombras de humo y cenizas. Él tropezó, sus pies descalzos se engancharon en pedazos de roca y maleza. Gimoteó en cuanto su madre lo alzó por el brazo.


—¿Qué pasa contigo? —ella gritó —. No

Ella lo arrastró hacia la pequeña cabaña blanca que su familia denominaba hogar.

Lo arrojó contra el delgado colchón que él compartía con Daniel, antes de dejarse caer en una pequeña silla de madre y enterrar el rostro entre las manos. —Trabajas tan duro, te sabes de memoria la biblia, pero insistes en meter la nariz en donde no pertenece. No puedes ayudarlos a todos.


—No es justo. Lo que él hizo no es justo. Ella es solo una niña.


—Tú eres un niño, kana. Más joven que ella, y aun así, estudias duro y trabajas duro. No puedes seguir tratando de salvar a las personas que no merecen ser salvadas.


Los ojos de kana se llenaron de lágrimas.


—Eso no es lo que dice la biblia.


Ella lo miró con exasperación.


—Dios ayuda a aquellos que se ayudan a sí mismos, kana.


—No —dijo, con el corazón latiendo rápidamente. Eso no estaba bien —. Jesús ayuda a aquellos que no puedan ayudarse a sí mismos.


Su madre negó con la cabeza. Kana no entendía como ella no podía ver la verdad en

sus palabras. Todas estas personas leían la biblia por horas todos los días, pero ellos no veían lo que él veía. No tenía sentido. Antes de que pudiera decir algo más, la puerta se abrió de un golpe. Su padre estaba allí de pie, con expresión más tormentosa que el cielo en el exterior y un cinturón en la mano.


—De pie. Ahora.


Kana hizo lo que le dijeron. Él tomaría el castigo. Tomaría cualquier castigo que quisieran darle. Él tenía razón. Tenía razón y ellos estaban equivocados, y los dejaría flagelar la piel de su cuerpo antes de traicionar lo que él sabía que era lo correcto.

Mientras que el cinturón de su padre caía a lo largo de su espalda y trasero, él rezó en silencio. Oró para que ellos vieran la verdad en sus palabras. Oró para que entendieran que ellos estaban destinados a ayudar a otras personas, y si todo eso no funcionaba, rezó para que algún día, él finalmente fuera libre de Magnus Dei y libre del hermano Samuel, incluso aunque eso significaba dejar que lo mataran.


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