Josh Dall un jefe cruel

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Summary

JOSH DALL El peor jefe del mundo. Arrogante. Cruel. Antipático. Anticariñoso. Perfecto. Millonario pero... ¡Irremediablemente atractivo! Así lo describiría Lola, una simple secretaria de la empresa Dall —la cima de la pirámide de las empresas más poderosas y ricas del país. ¿Una locura trabajar para él? ¡Claro que no! Lola es la más responsable del equipo: se queda hasta altas horas de la noche, no se toma descansos para comer, adora revisar montones de documentos y teclear sin parar en su computadora. ¡Hasta ahora, ser la secretaria de Josh durante 4 años consecutivos ha sido una auténtica bendición! Y es tan genial que convertirse en su novia por contrato... por dos meses... suena como una buena idea. -¿E-Espere, señor... ¿usted me está pidiendo que sea su novia por d-dos meses? - -Sí. Si mi vida era complicada antes, ahora es mil veces peor. ¡ESTOY JODIDA! Y entonces... Los días se vuelven una balanza entre el odio que Lola siente por su jefe y la atracción que no puede evitar sentir. Entre reuniones de negocios, eventos de lujo y secretos que Josh intenta ocultar, el contrato empieza a desmoronarse. Porque cuando la mentira se parece tanto a la verdad, ¿cómo saber dónde termina una y empieza la otra? Lola se dará cuenta de que detrás del jefe arrogante y cruel hay un hombre con heridas del pasado, y Josh descubrirá que su simple secretaria es la única capaz de derribar los muros que construyó alrededor de su corazón. Pero ¿podrán sobrevivir cuando el contrato llegue a su fin y los verdaderos peligros de su mundo empresarial empiecen a salir a la luz? Disponible en Inkitt y Wattpad Cuenta con faltas de ortografía

Genre
Romance
Author
Jen.LisBW
Status
Ongoing
Chapters
8
Rating
5.0 2 reviews
Age Rating
16+

Capítulo 1 El filo del desastre

—¡No!— bramé, la frustración haciéndome eco en la garganta.

Maldita sea, esto no podía ser peor. La conferencia estaba a punto de comenzar, y como secretaria, mi deber era tener todo bajo control. Pero la realidad era un caos absoluto. Había perdido los documentos que debían guiar a mi “jefecito” en la presentación. Todo se me estaba escapando de las manos como arena entre los dedos.

¡Mierda!

Corrí hacia la oficina de mi jefe para confesar mi error, pero me detuve en seco. Las palabras resonaban en mi cabeza como un disco rayado, una cruel letanía:

Cruel, ¿crees que soy cruel? Una persona como tú no merece un buen trato si no se esfuerza en su trabajo. Y tú eres el ejemplo perfecto. Así que lárgate. Quiero cinco manuscritos apilados en este escritorio, hoy mismo.

Sacudí la cabeza para disipar el recuerdo, el nerviosismo convirtiendo mis piernas en espaguetis. ¡Malditas piernas, no me ayudan!

Solo faltaba una hora para el inicio de la conferencia. Enloquecida, sentí una vibración en el bolsillo. Saqué el celular y presioné el botón verde, llevándolo a mi oreja.

—¡Melli! Ya hemos hablado de esto, no me llames en horario de trabajo— susurré a través de la línea.

—Vamos, ya lo sé. Es que... de casualidad, ¿olvidaste unos documentos importantes?— Abrí los ojos con asombro. ¡Lo había olvidado por completo! Recordaba haber terminado de editarlos en casa, pero una estúpida como yo no pudo acordarse de traerlos antes del día de la conferencia. ¡Hoy!

Colgué sin responder, dándome la vuelta y alejándome de la puerta de la oficina de mi superior. Pasé junto a mi escritorio, tomé mi bolso y salí corriendo, sintiendo las miradas clavadas en mi espalda.

Mi expectativa era que mi casa no estuviera tan lejos, pero la realidad era un balde de agua helada: no era como yo creía. Triste, pero real.

Esquivé a la gente que caminaba en todas direcciones. No me importaba nada más que ir a buscar esos malditos documentos. Lo que los hacía tan valiosos era que contenían los contratos que unirían a la prestigiosa empresa china con la nuestra, convirtiéndonos en los reyes del mundo empresarial. ¿Y qué más? ¡Ah, sí! Me ascenderían.

Aunque, conociéndome, la realidad me volvería a golpear como un tsunami.

Até mi cabello con la coleta que descansaba en mi muñeca. Miré a mi alrededor y mi vista se fijó en un objeto: una bicicleta apoyada en un poste. La tomé, la levanté y me subí, buscando el equilibrio mientras me sentaba en el asiento y comenzaba a pedalear.

No la estaba robando, solo la estaba pidiendo prestada indirectamente. Luego lo compensaría dejando un par de bonos por su maravilloso trabajo.

Esquivé a algunas personas sin dejar de pedalear. En ese momento, me sentía como una niña escapando de alguien que volvería la cabeza para buscarla y asegurarse de que ya no la persiguiera. Pero mi escape era diferente. Como adulta, enfrentaría una consecuencia mil veces mayor.

Tragué saliva y me concentré en pedalear con fuerza, acelerando de inmediato.

Bajé la vista a mi muñeca, donde descansaba mi reloj. Un grito ahogado escapó de mis labios al ver la hora: solo faltaban treinta minutos para la conferencia.

¿Qué había dicho? ¿Que me ascenderían? ¡Imposible!

Una lágrima rodó por mi mejilla. Otra vez me sentía atada a la boca del diablo... o, mejor dicho, ¿del lobo?

Como sea. Me bajé de la bicicleta, aferrándome a una pizca de esperanza, pero sobre todo, manteniéndome positiva.

Toqué la puerta de mi casa, golpeando con fuerza y frustración. Quería destrozarla, pero la puerta no tenía la culpa de que yo fuera una irresponsable y le diera a mi jefe la excusa perfecta para despedirme.

Una joven de cabello rubio, de unos veinticuatro años, se interpuso en mi camino con una risita burlona. No era que mi aspecto fuera memorable, solo era una humilde empleada intentando ser responsable. La aparté de un manotazo y entré corriendo, conociendo el camino de memoria. Abrí la puerta de mi dormitorio y me dirigí a mi escritorio.

Tomé el documento que descansaba sobre un fólder y lo metí en mi bolso.

Volví a mirar mi muñeca: solo faltaban veinte para las nueve. ¡Mierda!

—Considerate despedida— escuché detrás de la puerta.

—Oh, vamos, Melli, cállate. Ten un poco de esperanza— murmuré, fingiendo una sonrisa.

—Despierta, hermana. Estamos en el mundo real, y trabajar en Royal Dall para ti es como que te golpeen en vez de que te lancen un balde de agua— dijo, con toda la razón.

Farfullé palabras groseras, mostrando mi desagrado.

Negué con la cabeza, apartando a mi hermana que bloqueaba mi camino.

Bajé los escalones hasta llegar a la calle. Volví a subirme a la bicicleta en un abrir y cerrar de ojos y comencé a pedalear.

Sí, la verdad es que no sé qué sigo haciendo en este trabajo que no es mediocre, pero sí sofocante y estresante al cien por cien. ¿Que si he enfermado por culpa de mi trabajo? Tantas veces que ya perdí la cuenta. ¿Que por qué no renuncio? No tengo la menor idea. Tal vez porque mi puesto es uno de los más deseados, y porque soy demasiado orgullosa para darme por vencida.

Tal vez lo único que sube mi ánimo es ver el rostro de mi cruel pero bello jefe.

¿Que si tengo un deseo para esta Navidad? ¡Claro que sí!

Arrancar cada cabello de esa hermosa, carísima y bien cuidada cabellera de mi genial jefecito. Destriparlo con mis propias manos y tratarlo como a un perro regañado. Ese, exactamente, es mi deseo. Uno que tal vez solo se cumpla en mis sueños. Así es.

Volví a la realidad, enfrentando mi próximo temor.

Me bajé de la bicicleta de un salto y la apoyé contra las escaleras que me llevaban directo a la oficina de mi jefe.

Antes de tocar la puerta, un hombre fornido y rígido, mucho más alto que yo, se interpuso en mi camino. Mi vista bajó en dirección a sus lujosos y brillantes zapatos, sintiendo cómo mi corazón latía desbocado. Me sentí diminuta, vulnerable, como si en ese instante pudiera desmayarme ante la presencia de aquel hombre tan imponente, que parecía absorber toda mi inseguridad.

Tragué en seco, levanté la vista y mis manos temblorosas tomaron los documentos que llevaba en las manos, con la esperanza de que no notara lo nerviosa que estaba.

Josh Dall. El hombre más cruel del mundo, pero también... increíblemente hermoso.

Me miró con esos ojos verdes, fríos y neutros, sin mostrar ninguna expresión. Inspeccionó los papeles con calma, como si evaluara mi valor en ese instante, provocando un escalofrío que recorrió mi espalda.

—Es decepcionante—, dijo en tono seco, sin apartar la vista de mis hombros. —Señorita Lola, no quiero que esto vuelva a ocurrir. Recuerda el contrato que firmaste. Por favor, no incumplas con tus deberes. Quiero veinte documentos firmados para hoy mismo y lo que quede de la semana. Hasta pronto—, concluyó, y sin más, se retiró de la oficina, dejándome completamente sola.

Me apoyé contra la pared, con el corazón latiendo desbocado y la respiración entrecortada. La rabia, la frustración y el miedo se mezclaban en mi pecho, formando un torbellino de sentimientos que no podía controlar. Miré hacia arriba, intentando calmarme, pero la imagen de Josh Dall, esa mirada fría y evaluadora, seguía grabada en mi memoria. Era un hombre cruel, sí, pero también… increíblemente hermoso. Y esa contradicción me atormentaba aún más.

Sentí que el mundo se detenía por un instante. La tensión en mi cuerpo era insoportable, pero también una chispa de esperanza empezó a prenderse en mi interior. No podía dejar que todo se derrumbara en ese momento. Tenía que seguir luchando, aunque fuera solo con mi voluntad.

Respiré profundo y, con un último esfuerzo, me levanté. La batalla no había terminado. No aún. Aún podía salvar mi trabajo, mi orgullo, mi futuro. Solo necesitaba un poco más de fuerza para seguir adelante.

Me di la vuelta, miré la oficina de mi jefe por última vez y, con una sonrisa amarga, susurré para mí misma:

—Esto no termina aquí. Algún día, te devolveré todo esto, Josh Dall. Y cuando llegue ese día, no será con palabras… sino con acciones.

Y con esa promesa en mi corazón, salí de allí, lista para enfrentar lo que viniera, porque sabía que, aunque el camino fuera difícil, no me rendiría.

Fin del capítulo.