Capítulo 1
Mientras el primer copo de nieve caía, susurraba secretos de un cuento invernal esperando desplegarse, el invierno llegaba y los humildes aldeanos se preparaban para el invierno. Había sido un buen año para la cosecha por lo que esté invierno sería próspero en el pequeño pueblo. Las preocupaciones por el hambre podrían apagarse, y se podría disfrutar del frío invernal.
En una pequeña cabaña vivía una viuda con sus dos hijos. Victoria se llamaba, ese año su marido había muerto, le había costado mantenerse sin él. Pero se encontraba en un pueblo pequeño que vivía de la tierra, por suerte sus vecinos y el padre de la iglesia, la ayudaron a salir adelante. Por lo que no pasarían hambre esté invierno.
—¿Podemos jugar afuera mamá? —le pregunto su hijo menor. Era un niño de seis años regordete, con las mejillas rosadas por el frío. Sus ojos eran cafés y su cabello castaño al igual que ella, aunque había sacado la contextura de su padre y su cara robusta. Su hija por otro lado era igual a ella cuando era niña, delgada y alta con la nariz aguileña y sin mucha grasa en el cuerpo.
—Esta bien, pero abrígate bien y convida a tú hermana. No quiero que estés solo afuera cariño —le dijo a su hijo, mientras le acomodaba su gorro. El niño sonreía feliz ante los cuidados de su madre.
—Gracias mami, ¡Amelia mamá dijo que podíamos salir! —grito el niño emocionado. Corrió junto a su hermana y ambos salieron de la cabaña para jugar con la nieve, emocionados por la primera nevada de ese invierno.
Victoria sonrío feliz, sus niños eran buenos; aunque vivían con carencias siempre tenían una sonrisa en el rostro. Antes de la llegada de sus hijos, su vida carecía de felicidad. Había sido la única hija de un campesino con su primera esposa, lastimosamente está enfermo en algún momento de su infancia. Por lo que su padre se casó de nuevo y tuvo más hijos con su madrastra.
Su infancia aunque no fue mala, se sentía falta de afecto. Su padre era poco cariñoso y su madrastra aunque no era mala con ella ciertamente no la amaba como a sus hermanos. Por lo que a menudo se sentía ignorada, había sido difícil cuando era niña aceptar ese hecho. Lastimosamente sus padres la casaron muy pronto en un momento de escases, con un hombre de otra aldea.
Victoria nunca llegó a amar al hombre, era mucho mayor que ella y tenía el vicio de la bebida. Aunque trato de ser buena esposa, no tardó mucho en darse cuenta de que su marido era esclavo de sus apetitos. Trabajaba para la bebida y en ocasiones no le daba dinero para comer. En esos casos, se aseguraba de que no se vendiera toda la cosecha o trabajaba ella y guardaba dinero con las pocas habilidades que tenía.
Sus hijos eran la gran felicidad de su vida, había volcado todo el afecto que tenía para dar en ellos. Los niños a su vez le daban todo su amor y cariño, notaban los esfuerzos que hacía su madre para cuidarlos. Principalmente su hija mayor que tenía once años, ya que era capaz de notar las dificultades que existían en su pequeña familia.
En los alrededores del bosque se podía observar como la primera nevada cubría el suelo, un paisaje blanco en donde solo se podía vislumbrar los troncos de los árboles y algunos árboles de pino. Los niños jugaban mientras el aire frío rozaba sus mejillas sonrosadas y las risas hacían eco en el bosque.
—¡Ay! eso dolió Mateo —dijo Amelia mientras frotaba su nariz. Su hermano le había tirado una bola de nieve.
—No es para tanto —replico el niño. Amelia se sobaba su nariz y de repente sus ojos se abrieron con sorpresa.
—¡Mira eso! —dijo Amelia apuntando hacia el bosque. Su hermano se sobresaltó y miro hacia atrás dándole la espalda.
—Yo no veo nada —Mateo volteo para encontrarse con nieve en su cara. Él podía escuchar la risa aguda de su hermana, mientras se limpiaba la cara. Saco su lengua y le dijo— Tramposa.
Amelia siguió riendo hasta que su hermano le dijo —Ey, escuchas eso.
—No voy a caer en eso —respondió frunciendo el ceño.
—Es en serio hermana, escucha —ambos dejaron de hablar y efectivamente se escuchaba un sonido repetitivo, era un hacha cortando madera.
Amelia le hizo un gesto de silencio a su hermano, caminaron hasta acercarse a quien hacia el sonido. Los niños observaron a un hombre, con cabello y barba negra. Se le veía muy concentrado en su labor, el hombre ya llevaba mucho tiempo allí podías darte cuenta por la cantidad de troncos que había cortado.
—¿Alguien está allí? —resonó la voz del hombre en el bosque, era grave y algo seca. Tenía la piel quemada por el sol, además de ser alto y fornido.
Los niños se miraron sin saber qué hacer, a Amelia le habían enseño sus modales y no quería ser descortés con el señor. Pero, tampoco lo conocía. Al final se decidió a hablarle.
—Solo somos nosotros señor, no queríamos molestarlo —respondió Amelia.
El hombre los observo atentamente, solo eran dos niños probablemente hermanos no muy bien abrigados para el frío. Sus hombros se relajaron y les dijo —Mejor vayan a casa pronto niños, se hará más frío.
—Está bien, señor que tenga buen día. Vamos Mateo —La niña tomo a su hermano de la mano y se fue en dirección a su casa. El señor tenía razón mientras hablaban la cantidad de nieve que caía aumentaba.
—¿Conoces al señor Amelia? —pregunto Mateo con curiosidad, que él recordara nunca lo había visto. Aunque él no conocía a muchas personas.
—No, es raro nunca lo había visto en el pueblo. Ni en la iglesia — respondió, este era un pueblo muy pequeño por lo que ver gente extraña era inusual.
—Tal vez sea alguien nuevo en el pueblo o un familiar de alguien —supuso Mateo.
—Puede ser —dijo Amelia ya se estaban acercando a la cabaña, alzo la mano al ver a su madre en casa.
La primera nevada de este invierno había empezado con risas para los niños y una sensación de alivio para la madre. Además de la llegada de un desconocido al pequeño pueblo, quien sin saberlo cambiaría la dinámica de la nueva familia.