La vida en adagio
【𝙱𝚛𝚒𝚕𝚎𝚢】
Simplemente lo sabes, cuando llega el día en el que el sol aparece brillando en el cielo y sólo tienes un pensamiento al verlo: Será un buen día.
Con una idea así puedes tomarte todas las dificultades con mejor humor, sin importar que la gente sea muy maleducada o tus vecinos siempre estén gritándose. El goteo de un grifo, incesante, repiquetea contra el fregadero de metal; alguien arrastrando muebles sobre tu cabeza; el taconeo de alguien que tiene prisa... bueno, vivir la vida en adagio es bastante peculiar a día de hoy y a mí me gusta.
El problema es que esto es Londres, lugar donde el clima nublado no me está dejando ver el sol desde la ventana de mi bonito cuartucho estrecho en el que vivo. Los vecinos del piso de arriba llevan casi cuarenta y cinco minutos gritándose sobre la infidelidad de él, los vecinos de abajo han olvidado sacar al perro y lleva cerca de una hora ladrando, y los vecinos de mis lados tiene la música punk demasiado alta; tanto que me cuesta escuchar a mis propios pensamientos.
Pese a ello, aunque sea difícil creerme... sé que será un buen día. Hay que tomárselo con un poco de entusiasmo y aprovechar las horas del día antes de que todo deje de destilar vida entre las calles.
─¿Tú también crees que será un bonito día hoy también, Dolce? ─le pregunto al collie que está mirándome mientras mueve la cola─. Está bien, lo tomaré como un sí.
Limpio el pincel fino y después lo unto de blanco para terminar el cuadro de margaritas en el que llevo dos semanas trabajando, pese a que el mundo a mi alrededor me lo ponga difícil. Necesito ganar dinero para que Dolce y yo nos mudemos a un sitio más grande y relajado, ya que está un poco mayor y es hora de que viva en un lugar con menos gritos.
Dolce fue un rayo de sol atravesando un momento tormentoso de mi vida.
Mientras que la gente podía irse con sus amigos de concierto y gritar como locos, bailoteando entre el mar de personas, yo seguramente sería el que se ha subido lo bastante alto para sacar un par de fotos con una buena panorámica antes de largarme. Solo, por supuesto. No es que no me guste estar rodeado de personas, e incluso tengo a unos amigos fantásticos, pero un artista de mi “categoría” no puede permitirse tener demasiado tiempo de ocio. O al menos no excederse porque cada día que pasa puede contener posibilidades nuevas que no podrás vislumbrar si te anclas.
Veinte minutos después, unos cuantos mimos a Dolce que llama mi atención con su cola desde el sofá y un poco más de calma, doy por concluido que este trabajo está terminado. Mi cliente fue muy específico: Margaritas y adelfas rodeando el rostro de un gato, específicamente uno de la clase Nebelung. El blanco y gris tiene que ser lo que mayor se aprecie en el lienzo, y no puedo meter ninguna flor diferente o un elemento demasiado llamativo que quite el protagonismo al gato.
Limitado, soso, simple. A veces lo simple es grandioso, pero hacer un cuadro con estas pautas es simplemente mediocre. Claro, que tampoco soy un experto en arte.
No soy experto nada en concreto.
Soy esa clase de persona que le gusta aprender de todo pero no especializarse, porque eso sería limitarme a expresarme en una única zona. Eso no es aceptable para mí. Supongo que el cuadro expresa que no he disfrutado nada el encargo y el ambiente no ha ayudado mucho, pero al menos me llevaré un par de billetes por mi esfuerzo.
Tras proteger el lienzo para que se seque con el tiempo, el teléfono que descansa sobre la mesita de café vibra. Suena «House of Memories ─ Panic! At The Disco» y me pongo a bailotear como un idiota hasta que tomo la llamada. La voz al otro lado, femenina y chillona, me hace poner una mueca cuando vocea:
─¡Bri, eres un tipo horrible! ¡Horrible!
─Hola, Hanna. Siempre estás llena de energía aunque te quejes de que el tiempo de Reino Unido por lo general sea pasado por agua.
─No te hagas el «sunshine» conmigo, cariño. Ya me he enterado ─resopla airadamente─. ¿Cuándo ibas a decirnos que tenías que trabajar esta noche en ese pub escocés?
─Irlandés, Han. Irlandés ─repito antes de carcajearme un poco─. Y no es estrictamente un trabajo sino una de esas pruebas de talentos para trabajar con músicos. Ya sabes lo que me encanta viajar, ver mundo, cantar a la nada y...
Hanna carraspea para que me calle.
─Estoy molesta porque vas a irte solo, como siempre ─suelta de repente un jadeo de indignación─. ¡Dios mío, qué poco nos quieres a mí y a Hale! ¿Por qué no nos agradeces que te dijéramos sobre Dolce años atrás? ─Hace una pausa, y yo no digo nada. Mas bien suelto un murmullo─. Porfi, porfi, porfiiii... Cuélanos y prometo no presionarte con lo de echarte novio durante una semana. Además, amamos él y yo al grupo. ¡Es una gran oportunidad!
─Medio año.
─¡¿Estás de coña!? ─grita en un tono agudo, provocándome que apriete los dientes─. ¡Un mes!
─Tres mes ─sentencio, aguatándome las ganas de reírme por esta conversación tan sacada de onda─. ¿Puedes ser una amiga un poquito normal, y aceptar que no tengo prisa por algunas cosas, como tú?
─¡Pero si tienes veintisiete, por el amor de Dios! ¿Qué clase de casi-treintañero no tiene ni un mísero novio?
Hanna es una de esas chicas que cree que la vida se mueve demasiado rápido, in flautendo: A los dieciocho ya debes de tener tu primer teléfono, y poder salir de fiesta sin que tus padres te recuerden el toque de queda. Antes de los veinte ya tienes que estar apunto de sacarte el carnet de un coche o moto, y planificar una pronta independencia. Antes de los veinticinco la independencia aumenta tu nivel de dificultad en la vida pero estás liberado de tus padres, y por supuesto ya debes de tener un novio fijo o algún rollo cuando sea necesario. Sin embargo, en cuanto llegues a los treinta es una “obligación moral” casarte y planear el primer bebé... o la siguiente mascota.
─Dudo que pueda meter a mucha gente si resulta ser una prueba a puerta cerrada.
Ella ha conseguido todo eso antes de los veinticinco. Todo. Su esposo, James, es un arquitecto que le saca casi seis años pero es un hombre muy divertido con el que puedes hablar de todo, y su bebé se llama Katty. Con veinticuatro años es impresionante que pueda llevar un modo de vida tan frenético, donde las opciones van y vienen constantemente y ella no se detiene para admirarlas. Simplemente vive sin pautas más allá de las razonables.
─Sabes que James trabaja hasta tarde y la niña la cuidará mi madre porque todavía necesito vivir mi juventud.
En realidad, conociendo como te conozco, seguramente no habrás tenido ni que esforzarte ya que tu madre adora pasar tiempo con su nieta.
─¿Entonces quedamos en tres meses, sin presión? ─le recuerdo, ahora sonriéndole a la nada conforme Dolce salta del sofá y se acerca con pereza hacía mí para que le hunda la mano en el pelaje del cuello─. Piensa que no es seguro que pueda conseguirlo, y me arriesgo a que no me dejen entrar si lo hago.
─Ogh... Está bien, que sean tres meses ─cede y yo suspiro aliviado. No ha peleado demasiado, así que al menos comprenderá que las cosas no siempre pueden ir al mismo ritmo que ella marca─. ¿Lugar y hora?
Seguro que ahora está sonriendo.
─Pues... ─murmuro, apartándome de Dolce para mirar el amarillento calendario al otro lado del habitáculo. No está apuntado, así que creo que olvidé hacerlo.
─Esa larga pausa significa que no lo escribiste ahí, ¿verdad?
Me pongo rojo de vergüenza y suelto una leve risa vaga.
─Estará en la agenda. Todo va ahí.
Voy hacia el librito que suelo dejarlo debajo de la almohada. Es lo primero que miro al despertarme, y mirar una larga lista de deseos que me gustaría alcanzar antes de hacerme un anciano; aunque todavía hay tiempo. Soy joven. Tengo tantas cosas por hacer que, si yo fuera Hanna, seguramente la mitad de las cosas habrían sido concluidas en menos de dos años.
─Bri, deja de leer tu lista de los deseos y céntrate, por favor.
─¿Tienes una cámara instalada en mi casa?
─No puedes llamar a ese cubículo una casa como tal ─suelta un “ogh” muy exagerado y, de repente, su lengua chista al escuchar la voz de alguien de fondo que la adula por la calle junto a un silbido─. ¡Gilipollas! ¡Llama “nena” a tu muñeca de goma!
La abro y busco la fecha en la que vi el cartel. Exactamente le saqué una foto con la polaroid, ya que los colores me resultaron muy interesantes. El cartel rezuma una gran intensidad, como si te estuviera ordenando que participaras porque alguien necesita de ti a su lado; en un sentido laboral, claro. El dorado enlazándose con el negro, el blanco con el rojo y la tipografía es legible pese a ser bastante comercial. Quien lo haya puesto debe de tener mucho carácter, o su editor no tuvo un buen día.
─El sábado que viene, en “El Caldero de oro”. A las siete.
─Dios... ¿sigue ese antro abierto? ─lo pregunta muy enserio─. Pensé que cerraron el lugar después de que hicieran una redada para pillar a un suizo traficar con anfeta.
─¿Ahora te arrepientes de ir? ─devuelvo la agenda, sin la lista en su interior, y me siento en el incómodo colchón. Tendría que haberlo tirado hace meses, pero leí en algún lugar que a los japoneses no les molesta dormir en zonas rígidas. Al no escuchar una respuesta clara, más allá de sonido que parecen gemidos de queja y duda, prosigo─: Elijas lo que elijas, yo a las seis saldré de casa. La señora Shellvy me hace el favor de estar con Dolce hasta que llegue, así que el tiempo para mí ese día será un poco ajustado por todo lo que tengo que hacer.
─Sigo sin entender por qué confías en esa bruja... ─murmura muy bajo, siguiéndole el sonido de las llaves y una puerta cerrarse. Ha llegado a casa, seguramente por la hora que es habrá salido a pasear y que le dé el poco sol que las nubes permiten traspasar el día de hoy─. En fin, iremos. Y, por favor, una única petición: si se te acerca algún famoso, consigue su firma. Eso da din...
Cuelgo inmediatamente para que su frase no se complete, ya que eso es de tener mal gusto.
Tonta.
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El mundo del arte es un universo lleno de preguntas, respuestas e incógnitas que todavía pocos virtuosos son capaces de acariciarlas con la punta de los dedos. Pero, ¿qué es el arte? ¿Qué lo engloba? ¿Qué ley es lo que califica como “arte” tal cosa?
Para muchos, el arte es una forma de expresión, en la que cualquier actividad estética plasma emociones, sentimientos o percepciones. Ahí entran sus opiniones políticas, sus vivencias, sus pensamientos más oscuros, llamadas de auxilio de forma inconsciente... pero todo ello con un fin estético y simbólico. No directamente. Hacerlo así es demasiado tosco, y a todo artista le gusta que los demás entiendan mediante la libre interpretación.
Gran parte del gremio sueñan con la fama en cuanto tienen un pequeño grupo de personas. Fantasean con que, en el futuro, centenas o miles de personas sepan quién eres tú y formen parte de tu vida de un modo u otro. Ya sabes, lo típico de las redes sociales. O quizás sentir que los fans fueran a los roadies para que los dejen acercarse a sus estrellas favoritas y experimentar su cercanía, como dioses encarnando hombres y mujeres de piel y huesos. Esperan tener decenas de entrevistas, viajes alrededor del mundo, que su nombre se lea por doquier... una vida perfecta, un sueño hecho realidad.
O eso es lo que la gente se cree que es ser artista.
Muchísimos de esos fans no sabrán que, para volar así de alto, tanto como para sentirse cerca del sol en el cielo raso, hay pruebas por las que hay que pasar para alcanzar una inmortalidad a nivel histórico. Algunas son difíciles, otras no tanto. Esas personas, las cuales te siguen en las redes sociales, defienden tu imagen a muerte o coleccionan todo lo que salga de una tienda, desconoce cuántas cicatrices tiene tu cuerpo para que nadie sepa que el sol también quema. También el asfalto daña, las gargantas duelen, los dedos se le forman callos y hay días que desearás estar exiliado del universo para tener una hora de paz absoluta.
Todos quieren gustar.
Todos quieren que coreen su nombre.
Todos quieren ser recordados.
Supongo que ese tipo de vida no va conmigo, porque hasta la fecha de hoy nunca me ha parado nadie por la calle. Soy un donnadie para el universo, y los pocos que me conocen piensan que sólo estoy desperdiciando mi vida por mi manera de sentir y expresar mis emociones en todo lo artístico que puedo alcanzar con mis manos. O mi voz. Supongo que mi voz es lo que más suele gustar.
Pero no hablemos de mí, de momento. Mejor hablemos del mundo del arte de un modo relajado, en adagio, sin ninguna prisa.
Como iba diciendo, el mundo del arte es complicado, pero muy pocos parecen creer que los músicos también tienen rivales con otros músicos. ¿Difícil de creer? En absoluto.
Al mundo le gusta hacer hacer esa clase de divisiones, en las que se toman a dos grupos y los ponen a pelear entre ellos como perros en un corral. No importa si hay rivalidad ya de antes o no, pero siempre quedará la duda de si ese tipo de actividades es una buena forma de aprovechar un ardid mercadológico o, simplemente, no parecer gran cosa a simple vista.
Yo no estoy de acuerdo. A veces el inicio de la rivalidad parece tan escurridiza como una serpiente acuática, la cual debes de evitar, paso a paso, hacia atrás para buscar ciertos detalles que contradigan si lo hubo o simplemente forma parte de las habladurías. Pero siempre hay algo, por muy pequeño que parezca. Ese pequeñísimo detalle que, como una luciérnaga titila en una cueva tan oscura como boca de lobo... como la vida misma. El efímero sentimiento de que el tiempo pasa y las heridas sanan, aunque eso forma parte del pensamiento positivo.
Como ahora mismo, que me estoy manteniendo optimista mientras espero a que Hanna y Hale lleguen. Sé que mi voz es buena. Muy buena, cabe aclarar, aunque no me desvivo por hacer nada que me haga resaltar entre la multitud mediante la producción multimedia, los concursos de la televisión... Pero a veces el talento de unos, es la maldición de otros. He visto a gente caer desde muy alto, junto a su instrumento, o hacer una coreografía y que una torcedura de tobillo se transformara en un esguince que jode toda tu vida.
La vida del artista es difícil, especialmente si sólo piensas en eso: Ser famoso, que el talento innato sea impulsado por la envidia de otros para así brillar por sí sola como un foco en un escenario.
Hanna y Hale llegan casi diez minutos tarde, justo cuando doy por vencido que vayan a venir.
Por supuesto, ella no puede evitar llegar agitando uno de los carteles que he visto en algunas paredes pegado: «The Sinners vuelve a los escenarios después de medio año de pausa. Si tocas la guitarra, cantas o tienes buen manejo del violín, tienes la oportunidad de acompañar al grupo en una gira europea. Durante un año, la banda multicultural ofrecerá su mejor repertorio a todos sus fans. ¿O quizás deseas trabajar lejos del escenario? Si tienes tu currículum, nuestros agentes podrán observarlo con más detenimiento para que puedas, con suerte, trabajar con una de las mejores bandas de los últimos tiempos».
Eso es lo que hay debajo de las letras bicolores, el logo súper llamativo, junto a los nombres artísticos del grupo: «Lyon», «Thunder», «Numbus» y «Harmony». Es gracioso que se llamen “The Sinners”, cuando son cuatro y los pecados capitales son siete. Y, al mismo tiempo, deja de tener gracia cuando “Sinner” me recuerda a alguien apellidado “Sonner”.
Theodore Zeus Sonner.
Ese nombre completo crea una mezcolanza de emociones en mi estómago, en lo que Hanna me arrastra con una risa divertida y me lleva hasta la cola en la que las personas quieren probar suerte en ese trabajo. Un trabajo que, en realidad, me resultó bastante interesante por el simple hecho de viajar sin necesidad de dejarme un dineral.
Un viaje para leer el mundo con su música, colores, movimientos y sonidos.
Un viaje que no he podido permitirme por los problemas de mi vida, aquellos que intento no pensar demasiado en ello, sino que me aferro a un pensamiento brillante y reluciente para no verme invadido de sombras.
Si tengo la suerte de estar entre los seleccionados, Hanna me ha asegurado que cuidará muchísimo a Dolce por mí. Aunque quisiera, no podría acompañarme en esta aventura, pero pienso premiarle con muchas chucherías, juguetes, abrazos en el sofá y paseos largos cuando vuelva de esta aventura. Sólo tiene trece años, y energía de sobra hasta que el contrato se complete.
Tardamos la vida en que nos dejaran entrar, ya que yo iba a presentarme como cantante secundario o con posibilidad de tocar un instrumento ─me llevé la guitarra y el violín─. El guardia, siendo bastante tosco en su tacto, no dejaba de repetirnos que sólo yo puedo pasar por verme con instrumentos; hasta que Hanna saca a relucir ese cerebro que se mueve demasiado rápido para seguirle el ritmo: Se manda un soliloquio, hablando de que ella es de la oficina del representante del grupo y él ─señalando a Hale─ es su becario porque siempre llega tarde a los sitios por las horas. Minutos de silencio, murmullos después y finalmente Emma consiguiendo lo que se propuso termina dejándonos entrar.
─Debería de haber participado como actriz ─me murmura. Hale me agarra los instrumentos, a lo que ella aprovecha para tomarme del brazo y hacer que entre dentro─. Y tú, querido rayito de sol, vas a ser una estrella.
─No quiero ser famoso ─le digo, dejándome llevar aunque yo sea más fuerte que ella─. Serlo me quitaría demasiado tiempo libre, y yo soy un artista que necesita probarlo todo.
─Mientras no le tires la caña a Harmony, por mi bien ─expone Hale.
No conozco demasiado del grupo, siendo honesto. Sé que es una banda muy famosa que causa furor entre el público femenino, oscilando entre los veintipocos y los treinta y muchos. He oído a muchas chicas decir que todos los integrantes tienen rostros apolíneos, angelicales pese a la madurez de las facciones; pero cuando la voz de Lyon aparece junto a los instrumentos... las puertas del infierno se abren en la Tierra y todos se vuelven locos.
Sea como sea, tienen que ser lo bastante famosos para que la cola principal abarque tres calles y la otra, por la que hemos entrado para hacer las pruebas, a duras penas conste de veinte personas. No lo entiendo. Es decir... ¿no tienen confianza en sí mismos? ¿No es un grupo famoso en el sentido bueno de la palabra?
No lo sé. Tampoco importa.
El interior del recinto está fresco y bastante oscuro. No sabemos bien por donde estamos pisando, pero lo hacemos el tiempo suficiente hasta que nuestros ojos se acostumbran a la penumbra y seguimos hacia adelante. Ni siquiera las suaves luces, las cuales alumbran los rincones, consiguen dar un buen aspecto. Indudablemente este sitio había conocido tiempos mejores, aunque fuera espacioso y se viera cuidado. Claro, que se trataba de un lugar que pasó por mucho y fue de los primeros que crearon en este pueblillo mediano desde hace ochenta años.
Tomamos asiento en la barra y me quedo mirando los grifos de cerveza que emergen de la madera brillante. Siendo sincero, me siento como dentro de un barco pirata con tanta madera pulida y objetos brillantes por todos lados; además del ambiente privado.
Examino el resto del local mientras ellos piden, y asiento para mí mismo. La última vez que toqué un garito así, fue cuando tenía dieciocho y volví a casa con un zapato de menos pero con un fajo de billetes en los bolsillos gracias a los borrachos que me promocionaron afuera. Un espectáculo, en más de un sentido. Muy divertidos. Conforme miro con curiosidad, observo que hay pequeños grupos de personas que se congregan alrededor de las mesas que se ha distribuido con exactitud por el salón: Quieren tener los justos y necesarios para que la fluidez entre las ida y vuelta sean sencillas, y al mismo tiempo no aglomerarse para dar una sensación de asfixia.
─No veo a Harmony ─se queja Hale, exponiendo una mueca de decepción antes de beber de su pinta─. Tampoco a los demás chicos del grupo. ─Su mano señala un poco más allá, a lo lejos, donde hay unas señoras vistiendo muy formales y un hombre al medio de unos cuarenta─. Es una pena que no conozcas al grupo de buenas a primeras, así entenderás por qué la gente se vuelve loca con ellos.
─No empieces tu también con eso ─me burlo, dándole un juguetón golpecito en el hombro para arrancarle una sonrisa perezosa─. No veo que mucha gente esté preparada para ejercer de segunda voz ─opino, volteándome al grupo de personas─, la mayoría llevan guitarras o violines eléctricos.
─Bueno, es lo que tiene un grupo de rock.
─¿Rock? ─giro la cabeza para verle con las cejas alzadas─. ¿Por qué no me dijisteis eso desde el principio? Mi guitarra acústica y violín no están harmonizados para trabajar con instrumentos de rock.
Hale niega con la cabeza y su mano se posa en mi hombro, apretándolo con camaradería.
─Eres Briley Carter, el artista más polímata que he conocido en mis treinta y dos años de existencia ─decir eso hace que sonría un poco más animado─. Lo harás bien. Eres romántico, mágico y un alma libre. ¿Qué mejor prueba que ésta para dejarte llevar?
Tiene razón. No es la primera vez que me he metido en algún trabajo por un error y, al final, las cosas me han salido mejor de lo esperado cuando me esfuerzo por improvisar algo. Lo que sea. No siempre es a gusto de todos, pero a muchos les gusta ese aire de duendecillo que se me escapa cuando dejo de pensar y permito que todo fluya.
─¿Qué vas a tomar, cariño? ─me pregunta una mujer madura al otro lado de la barra, llevando un escotazo de vértigo.
La mujer es súper llamativa: El cabello naranja cae como una cascada de llamas hasta la cadera en forma de ondulaciones; los ojos cargados de un lápiz negro con “rabillo de gato” y los labios más rojos que los pétalos de una rosa en primavera. La camiseta de rayas se ciñe a sus pechos con descaro y la falda lo hace con sus caderas, mientras que una cadena sale de algún lugar de la prenda.
─¿Una cerveza? ─digo, expresando una sonrisa nerviosa.
─¿Skol, Everett, Zombie, Budweiser, Modelo, Guinness...? ─señala los grifos con su mano.
Aunque he bebido cerveza en varias ocasiones, normalmente prefiero tomar un refresco ligero o un té para no dañarme mucho la garganta. Claro que pedir eso en un lugar como este es muy estúpido.
─¿Cerveza? ─pregunta Emma─. ¡No! ¡Chupito! ¡Chupito! ¡Hay que darte valor para tu prueba!
Antes de que pueda responder, Emma dice un nombre y los vasitos caen en la barra como halcones, junto al alcohol, que no es más que media uña. Eso significa que será fuerte o que es mejor tomar poca cantidad.
El sonido de un violín me hace darme la vuelta con fuerza, con una expresión de horror. Casi parece que le estén intentando arrancar la cola a un gato, el cual agoniza con un chirrido tras otro que estremece hasta los huesos. Jamás había oído tocar a alguien con tantos fallos. El chico no pisa correctamente la cuarta cuerda, y la nota sol agoniza en un lamento tembloroso. El nerviosismos que parece ocasionarle la prueba parece que le está impidiendo colocar bien los dedos, decidiendo en un intento de explicar ese desastre a la gente importante de enfrente.
Veo que en la mesa varias personas niegan con la cabeza entre ellas, después miran al chico y le piden que marche de una forma un tanto áspera. No descortés, pero puedes apreciar que la sonrisa está demasiado apretada y el chico no quiere mantener el contacto visual hasta que se larga por detrás.
─Entonces ─la voz de Hanna, un poco tocada y con el aliento oliendo bastante fuerte por el chupito, suena a mi lado izquierdo─, ¿ya tienes claro lo que quieres hacer cuando subas? Supongo que sólo te darán una oportunidad y tienes tres en tu arsenal.
Tomo el chupito de olor fuerte de la barra y lo miro, a sabiendas de que si tomo esto no podré cantar. Estoy seguro que será una llamarada, descenderá por mi esófago y achicharrará mi estómago. La garganta no estará bien si puedo tocar un instrumento y canto al mismo tiempo. Quizás esa sea mi cuarta opción, y normalmente es una muy buena.
Dejo el vasito sin dar una respuesta, pero creo que ya lo intuyen.
La siguiente media hora transcurre bastante rápido. Cinco chicos y seis chicas han sido despedidos sin miramiento, al contrario que el primero. Supongo que están buscando algo en concreto, ya que al primero le pidieron improvisar pero a estos últimos le hacen tocan distintas melodías conforme mueven sus cabezas. Moviendo a, quizás, un ritmo que sólo ellos conozcan bien y los otros ni siquiera son capaces de seguirlo por demasiado tiempo. Para su consternación, cada negación y despido va acrecentando muecas más bruscas y desaprobatorias.
Se presentan absortos calibrando los errores de los participantes del evento; algunos pasan desapercibidos, lo que significaba que la perfección no está entre las opciones principales sino algo más. ¿Quizás busquen alguien que no desafine con un instrumento, ni se ahogue por no controlar el aire al cantar?
Busquen lo que busquen, yo no tengo mi turno.
Alguien ha gritado una palabra: Fuego.
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1. Adagio: En terminología musical, se refiere a una lentitud en el tempo, o referido a un movimiento de una pieza musical.
2. In flautendo: Proviene de flautando,y se refiere a un movimiento rápido (como una flauta) que a veces puede parecer frenético o con saltos toscos.
3. Roadie: Es la persona (técnico) de apoyo que se encarga de acompañar al grupo y se centra en las labores ligadas a los aspectos del concierto que vayan a darse.