El solitario I. Parte 1
El solitario
Observo a mi cachorro dormir acurrucado contra el cuerpo calentito de su madre.
Bostezo y me estiro con cuidado para no despertarlos.
Su accidentado nacimiento nos dejó agotados y nada más que soltó la teta nos quedamos los tres fritos.
Me arrastro sigilosamente hacia la salida del cubil y una vez fuera me estiro de nuevo. Olisqueo el aire, ha llovido y es noche cerrada, el momento ideal para salir a cazar. Mi hembra no prueba bocado desde que devoró la placenta y cuando se levante tendrá hambre. Es mi deber proveerla, tiene que estar fuerte para alimentar a nuestro cachorrito.
Rastreo durante un rato encontrando un rastro de jabalí y otro de venado, pero aunque mi estómago gruñe y la boca se me vuelve agua pensando en su sabrosa y grasienta carne, desisto de presas tan grandes estando solo.
Siempre he cazado en grupo y tengo que actuar de forma inteligente, mi hembra y mi cachorro dependen de mí en este momento y no puedo arriesgarme a que me hieran.
Sé que en otro momento de mi vida no me hubiera importado, incluso… he llegado a desear un accidente letal de caza. Era una hermosa manera de acabar con el sufrimiento que me dejó la pérdida de mi predestinada. Una época demasiado oscura llena de dolor y culpabilidad, por sobrevivir, por no ser yo quien recibiera ese disparo, por haber sido yo quien aquel día sugirió subir juntos al monte…
—Los machos de nuestra familia somos… grandes hijo. Tienes que ser delicado con ella —me advirtió mi padre en privado cuando les di la noticia de que la había encontrado—. Prepararla antes de…
—¡Vale papá! ¡No soy un cachorro que no sepa lo que es una hembra! ¡No necesito lecciones de nada! —retruqué ofendido dispuesto a cualquier cosa con tal de terminar con la conversación más incómoda de mi vida.
Me miró serio durante unos instantes que se me hicieron larguísimos. Siempre ha sido una persona de pocas palabras, comedido con sus expresiones de afecto y que nunca jamás por su propia iniciativa hubiera tenido esta charla conmigo. Aquello fue idea de mi madre claramente, a la que mi padre jamás le niega nada.
—Ruben —prosiguió en su habitual tono bajo y calmado centrando su atención en un punto indeterminado de la pared de mi habitación, igual que yo— ¿crees que estar con una hembra es como lo que has visto en esas revistas o en esas… películas? Solo intento que no pases por lo que yo pasé, que no cometas los mismos errores… Sé que el mundo ha cambiado mucho, que tenéis mucha más información que la que teníamos nosotros pero hay cosas en la vida que hasta que no las vives en primera persona no las comprendes del todo…
—Bien papá, lo entiendo… no voy a comportarme como un bruto con Laura, es mi predestinada, sólo me nace cuidarla… —mascullé sintiendo un calor abrasador desde el cuello hasta las orejas.
Nos creíamos muy mayores y maduros, cuando en realidad éramos dos críos en cuerpos de adultos, y aunque yo mantenía la fachada de macho seguro de sí mismo por dentro estaba acojonado. Así fue que las primeras veces que estuvimos juntos fueron un maldito desastre, gatillazo incluído. En ese momento pensé que me moría mientras ella lloraba pensando que no la encontraba atractiva.
¿Atractiva? Era un puto sueño húmedo, pero hubiera cambiado toda esa belleza porque aquel cartucho no le hubiera atravesado el cuello matándola en el acto delante de mi.
Yo era muy popular, pero cuando te pasa algo así entiendes quién es incondicional y quienes son sólo conocidos. Al principio no, al principio todo el mundo se vuelca, pero cuando van pasando las semanas y sigues jodido, la gente comienza a hacer su vida estes tu en ella o no.
El mundo no se detiene por nada ni por nadie, lo aprendí con quince años.
Sobreviví gracias a mi familia, y si, ahí incluyo a Alex y a Isa, porque es lo que son para mi, mi familia. Y eso es un concepto muy grande para un lobo.
Perteneces a tu familia, tu familia pertenece al clan. Lealtad, solidaridad, unidad.
Alguien del clan te puede caer como el culo, pero si te necesita, te tiene. Y viceversa.
Tu familia es parte de ti, la cuidas y la proteges por encima de todo, te protegen por encima de todo. Así me educaron mis padres.
Isa y Alex están en mi vida desde que tengo memoria, siempre los tres juntos. A ratos jugábamos, a ratos nos peleábamos, compartiendo meriendas, tardes, veranos y navidades… hasta que llegó la pubertad y la brecha de los años que nos separaban se hizo evidente. Además yo siempre he sido grande, desarrollé pronto y cuando mi cabeza sólo pensaba en sexo las veinticuatro horas del día con catorce años ellos todavía eran dos mocosos que jugaban a ir en bici a cazar renacuajos.
Al conocer a Laura la distancia se hizo mayor. Yo ya no tenía tiempo para chorradas infantiles, iba de adulto y de guay y mis intereses estaban en otro lado: el rugby, follar, mi novia, follar, salir de fiesta, follar… ¿He dicho follar?
Después de lo de Laura estuve un mes sin salir de casa, en pijama, sin ducharme, durmiendo de día y dedicándome a jugar a videojuegos y a revolcarme en mi propia miseria de noche.
Hasta que una mañana de sábado mi padre me sacó de la buhardilla a la fuerza, me obligaron a ducharme, a afeitarme y con el desayuno delante mi madre me dejó claro que entendían mi dolor pero que no iban a permitir que siguiera por ese camino.
Me sentó como una patada en las pelotas, ¿Qué sabían ellos por lo que yo estaba pasando? Se tenían el uno al otro, y yo… yo había perdido al amor de mi vida…
Me rebelé por supuesto, iba a clase pero no sacaba ni el libro, dejé el equipo y me volví un déspota insufrible en casa.
Pero mis padres no aflojaron. Les daba igual si perdía el curso, como así fue, y lo insoportable que era y lo que protestara. De ocho a tres en el instituto, y por las tardes y fines de semana con mi madre a la huerta, a atender el ganado o con mi padre a leña, a reparar cercados o lo que se les ocurriera. Y como dos mocos pegados a mi, Isa y Alex..
Al principio me resultaban don plastas repelentes, les hablaba a bufonazos y los trataba como el culo, pese a las miradas de advertencia de mis padres.
Pero poco a poco empezaron a hacerme gracia sus ocurrencias y nos volvimos inseparables de nuevo.
Cuando llegó el verano intenté volver a quedar con mis amigos del instituto, pero me di cuenta que no encajaba con ellos. Se pasaban el día hablando de hembras, a quien se tirarían, a quien se habían tirado, a quien querían volver a tirarse… también hubo amigos que comenzaron a salir con una chica y algún tirón naciendo nuevas parejas de predestinados. La herida de Laura todavía estaba fresca y yo no quería saber nada de ese tema.
Así que cuando volvimos a clase, yo repitiendo curso y ellos empezando su etapa en el instituto, volví al equipo de rugby y convencí a Alex para que se apuntara. Era un tapón pero jodidamente rápido. Isa siguió jugando al balonmano y nos pasábamos los fines de semana entre partidos, la consola, echar una mano en casa y las conversaciones interminables, que uno de los dos siempre acababa sacando, con el tema estrella a su edad: transmutarse por primera vez.
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