El Hilo Irrompible

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Summary

El bosque. ¿Un lugar aterrador o un hogar? ¿Podemos amar o podemos morir aquí? Las puntadas unen una que otra vida por aquello que nunca terminó, atrayéndolas inevitablemente. 《Deberíamos encontrarnos, Gabrielle》 《Deberíamos rompernos, Bret》

Genre
Fantasy/Romance
Author
Red
Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
16+

I

Una noche de pesadillas había arremetido en mi mente. Siempre era lo mismo. Alguien me buscaba, nunca dejaba de hacerlo. Y me asustaba, se metía en mi mente; susurraba cómo me mataría. Sin embargo, alguien también me protegía. Y nunca veía su rostro. Sólo sentía la calidez de sus brazos alrededor de mí y eso me gustaba...


— ¡Abajo, todos a desayunar camada! —Gritó mamá desde abajo, cómo siempre tan paciente.


Le guiñé un ojo al espejo, contemplando de ojeada la marca de nacimiento en mi cuello. Una media luna unida a una estrella. Salí trote abajo hacia el comedor. Deliciosos y perfumados panqueques con sirope de chocolate nos esperaban, dulce y ácido jugo de naranja enloquecía a mi paladar. Esa chica debía llegar rápido, el comienzo de último curso tenía que ser lo más tranquilo posible. Mis hermanos devoraron los platos en menos de dos minutos, francamente todos éramos un gremio de bestias insaciables. Dios bendiga las manos de mamá.


—Más te vale no volver mierda mi primer día, Gab —advirtió suspicaz Jordan; mi hermano mayor, que era mi mellizo fraterno el cual se empeñaba siempre en hacer todo primero desde que nació. Habló lo más cauto posible para que mis padres no escucharan, para su suerte se levantaron para hablar en la cocina. Lucían ceños preocupados. Trabajo, pensé de inmediato.


Le saqué la lengua.


—No prometo nada —alegué con una sonrisa diabólica. Sus ojos cafés me demuelen con una promesa vengativa. Nuestros hermanitos mellizos, Adam y Alex; esperaban ansiosos uno de nuestros espectáculos incansables.


—¡Pues no te queda otra! La última vez insinuaste delante de la preciosa chica con la que salía y sus amigas que tenía una enfermedad contagiosa en la piel. ¿Qué rollo tienes?


Se oía enojado. Suspiré con aburrimiento, encogiéndome de hombros.


—Ok, entiendo. Juro no volver a divulgar falsamente que tienes herpes hermanito.


— ¿¡Qué!?


Casi no pude escuchar su reproche de nenita de preescolar. La bocina de Leila me alertó de que ya era hora. Salí disparada a la salida teniendo en cuenta la paliza que me daría Jordan luego. Reí por el pensamiento.


— ¿Lista, ricura?


Rodé mis ojos.


—Claro, princesa. Acelera a tu trasero, no quiero llegar tarde —apremié a mi sádica mejor amiga. Sus ojos verdes destellaron con adrenalina. Pisó el acelerador cómo el mismísimo demonio, revolviendo mí desayuno.


☽☽☾☾



Desearía haberme quedado a patear el trasero a mi hermano. En fin, prefiero llorar por dolor a por aburrimiento.


—... quisiera que todos fuesen tan aplicados cómo Stacy —refunfuñaba con irritación nuestro maestro orientador. El nuevo pero calvo requisito escolar, que lamentablemente no desaparecía con un borrador.


Stacy Fulk. La mojigata y cerebrito portadora de un gen de zorras hipócritas. Claro está, la que hace favores del tercer tipo a sus superiores académicos. Los Fulk, en su mayoría, son una familia de mujeres. Y los pocos hombres que había dado el apellido, procreaban más y más mujeres. Eran como una epidemia.


Él miraba de reojo a Stacy, me asqueaba lo notoria que era la perversión en su rostro. Quería vomitar. Y hacerlo encima de él, lo merecía.


"

Srta. Andersen se le solicita en la oficina del director con carácter de gran urgencia

"


¿Leila en problemas? La trama de mi día había cambiado drásticamente si así era.


Me rogaba auxilio en silencio, yo estaba perdida en un sinfín de posibilidades. Leí sus labios y me prometió copiarme por si acaso sucedía algo. Asentí apretando mis labios, mientras observaba con desdén cómo salía. Un hormigueo no del todo desagradable me recorrió de pies a cabeza, haciéndome temblar. Mi visión se vio ensombrecida durante tres segundos, tuve que cerrar los ojos para recuperarme, los froté con fuerza ordenándome no perder el control.


Cuídate. Ya es hora.


Sacudí mi rostro, solo estaba aturdida.



☽☽☾☾



Su madre tuvo un accidente. Y yo no pude estar allí para acompañarla, intenté todas mis estrategias verbales para evadir la última clase, sin éxito alguno.

Mordí todas mis uñas mientras caminaba a pie de regreso a casa, no me quedaba de otra, ignoré el autobús adrede. Todos los recuerdos de mi infancia en ese túnel amarillo con ruedas eran desagradables. Me haría bien caminar.


Ven.


Me quedé de piedra, tragándome mi respingo. Estúpidas pesadillas. Me perseguían incluso despierta.


Aquí estoy, encuéntrame.


Volteé hacia mi izquierda, de donde parecía venir esa voz. El frondoso bosque me recibió con fuertes y helados vientos. Qué bienvenida tan tierna, ironicé al universo. Caminé palpando la curiosidad que no hacía más qué avivarse.

El crepúsculo tomaba lugar en el horizonte, orquestando uno de los más bellos arreboles que había contemplado en mi vida.


Me ensimismé tanto en cada cincelada de las nubes que olvidé por qué estaba allí, detuve mi andar pasando inadvertida una roca que me llevó cuesta abajo. Contraje mi rostro, adolorida. Algo sangraba, era un riachuelo muy caliente, me palpé hasta dar con la zona. Mi frente y labios. Mi apariencia debía ser todo un espectáculo.


—No hay... no está —murmuré algo decepcionada al levantarme con dificultad, sin estar totalmente segura de a qué me refería.


Hablé muy pronto. Sí que había algo allí. Fuera lo que fuera, me tomó por detrás, cubriendo mis ojos rápidamente. Cualquier intento de resistencia que opuse fue neutralizado fácilmente. Grité... aún sabiendo lo tonto que era gritarle a la nada.


El frío se esparció por todos lados, acribillando al calor en mis células.


— ¿Me tienes miedo?


—No lo sé —advertí, temblando un poco—. Sé que es un sueño. Pronto despertaré y desaparecerás, como siempre lo haces.


— ¿Conoces mi voz? —interpeló en voz baja cerca de mi oreja, quitando sus manos de mis ojos. No tuve el valor para abrirlos.


—La oigo todas las noches —reconocí, bajando la guardia—. No te vayas esta vez...


Su pecho se hinchó pesadamente, liberando un gran suspiro.


—Te encontré y tú también lo hiciste. Nos pertenecemos. Antes, ahora y siempre —declaró esa voz contra mi oreja. Todas las otras promesas escuchadas anteriormente se inclinaron ante esta. Era pura. Era vida. Era sangre.


Los labios que me hablaban se fusionaron con los míos. Estos también sangraban, cada empuje de nuestras bocas era feroz y envolvente, no podíamos detenernos incluso cuando empezamos a sentir dolor en todo nuestro cuerpo. Podía sentir su sufrimiento y él el mío. Sellamos algo... No sé el qué. Horrible. Atractivo. E irrevocablemente sempiterno.


—¡Gabrielle Elaine Bennett! —Mamá me sacudió bruscamente, despertando en completa histeria en la comodidad de mi cuarto. La miré en confusión.


— ¿Qué hago aquí?


—Has estado durmiendo toda la tarde. Despierta, niña. Es hora de cenar.


¿Qué demonios? ¿Un sueño?


Revisé el teléfono. Sólo un mensaje de Leila.


《¿Por qué no has llamado? No me digas qué estás de malas ¡Tus hormonas tardan mucho en discutir conmigo!》.


No conseguía tranquilizarme, revisé cada espacio de mi cuarto. Le respondería mañana a sus preguntas, aunque por ahora no existiera una respuesta para ninguna. Nada sospechoso. Alguien me abrazó por detrás y arremetí contra el cuerpo.


— ¡AY! Tengo una cita mañana hermanita. No quiero tener moretones.


Era el imbécil de Jordan con sus clásicas quejas de princesa enamorada, puse mis ojos en blanco y seguí volviendo mi cuarto patas arriba. ¡Nada, joder, nada!


— ¿Qué buscas con tanta desesperación? —Interroga preocupado, sus ojos cafés escrutando analíticos mi comportamiento. Abrí y cerré mi boca.

—Eh, nada... Sólo, ahm, me pareció ver una rata o un ratoncito, nada más. Y... y... ¡La iba a llamar Panfi! Pero ya se fue —miento con tono triste.


—¿Qué mierda? ¿Panfi?


—Sí —dije con la mayor convicción, tragando con fuerza.


Entrecerró su mirada, después suavizándola inseguro.


—Okey... No sabía que te gustaban esas andrajosas sabandijas, pero está bien.


Me encogí de hombros y decidí bajar a cenar.

Tú misma lo dijiste, Gabrielle. Solo era un sueño... sí...