Prologo
El sudor que perla mi piel poco a poco comienza a enfriarse, haciendo que la tela del pijama se pegue a mi espalda. Es una sensación desagradable, por decirlo menos. Pero el aturdimiento siempre es más lento a la hora de abandonarme, y no podría cambiarme la ropa aunque quisiera.
No me puedo mover más que para temblar. Y todo mi cuerpo lo hace en un silencio absoluto, solo cortado por mi agitada respiración.
Quisiera llamar a mi hermano, como casi siempre que tengo una pesadilla, pero mi voz se niega a salir. Y al parecer, en esta ocasión no hubo gritos; de lo contrario, él ya estaría aquí acunándome y diciendo que estoy a salvo. Que él está conmigo, que ya nada me podrá lastimar.
¿Por qué no grité?
Mi pecho duele con cada respiración y aún no sé cómo hacer para que este proceso sea más rápido. Lo he vivido tantas veces, pero no por eso estoy preparada, y tengo demasiado miedo de que eso jamás suceda. Pero las noches siguen siendo abrumadoramente largas cuando en cada sueño lo vuelvo a repetir otra vez.
No es justo.
Eso dijo André cuando lo supo.
Pero que no debía darme por vencida. Que él estaría conmigo.
Cómo quisiera que esas palabras fueran suficientes.
Pero no lo son.
Nada lo es.
Cómo podría si cada mañana debo levantarme y mirarla a los ojos. Ella es la menos culpable de todos, pero no por eso puedo acallar esa voz en mi cabeza que dice: ¿y si? ¿Y si no estuvieras, qué tal si no te estuviera viendo en este preciso momento? ¿Y si nada de esto fuera real y solo es un mal sueño, uno que se niega a abandonarme y me asfixia con cada minuto que paso viviéndolo?
Las lágrimas son un indicativo indiscutible de que ya he vuelto, que ya me puedo mover. Que ya puedo salir de la cama y hacer algo por mí misma. Pero lo único que logro hacer es llorar.
Aprieto con todas mis fuerzas la almohada sobre mi rostro. Ya no quiero que mi hermano venga. No me gusta ver lo que causa mi dolor en él, aún cuando es la única persona que sabe lo que es realmente ser yo.
Él guarda el secreto.
Dijo que lo haría.
Yo le creo.
Busco el teléfono que siempre descansa sobre la mesita de noche. Quiero ver cuántas horas quedan para que amanezca al fin, aunque no sea capaz de volver a dormir por mí misma otra vez.
El aparato me señala las cuatro de la mañana y unos minutos más. Pero no es eso lo que llama mi atención.
Suelo tener tanto las notificaciones como mis redes sociales silenciadas. Con suerte, guardo algunos contactos de mis compañeros de universidad con quienes he hecho alguna tarea, y es por esta misma razón que ver un mensaje en el buzón de entrada hace que olvide por completo por qué tengo mi rostro húmedo y los ojos hinchados.
Al abrir el mensaje, son solo un par de palabras, pero lo significan todo.
No es que cualquiera pueda decirme que no puede dormir y que si estoy despierta aún. No. Él no es cualquiera, y me duele el estómago solo de sostener mi móvil frente a mi rostro.
Podría no contestar ya que los mensajes me los envió hace un rato, pero el recuerdo de sus ojos color avellana me hacen olvidar por completo por qué no debería hacerlo.
Y lo hago.
Solo porque la idea de sentirlo cerca de alguna manera alivia mi pesado corazón. Él tiene la misma mirada que tengo yo todos los días al verme al espejo, y solo alguien que conoce la soledad tiene esa forma de mirar.
¿Qué hay detrás de esa mirada, Benjamín? ¿Qué escondes realmente? ¿Quiero saberlo?
Claro que sí.