I La partida
ZURIA
Mientras el primer copo de nieve caía, susurraba secretos de un cuento invernal esperando desplegarse. Siempre he adorado esta fecha del año porque me evoca recuerdos de mi niñez. Todavía me quedan vagos recuerdos de mis padres y, justo los que me quedan, son siempre disfrutando y jugando con la nieve. Puedo escuchar el sonido grácil de la risa de mi madre mientras mi padre la cogía en brazos. Por suerte para mí o mi memoria, no sé cuándo todo esto cambió. Incluso a veces creo que esos momentos son solo imaginaciones mías. Porque me crie con mis abuelos como si fuera hija suya, aunque sé que no lo soy. Me crie en la que es nuestra casa familiar. Esta casa que desprende un olor especial y único. Y que ahora en estas fechas se intensifica con las constantes comidas de mi amona. A ella le encanta cocinar y, como he dicho antes, en esta época del año, más. La época de Navidad. Para nosotros, estas fiestas son especiales porque además de ser unas fechas señaladas por su connotación religiosa, es en el único momento del año en que nos juntamos todos, mis tíos y mis primos, en la casa familiar. No es muy grande y junto con los adornos de Navidad que decoran la casa hasta en el más pequeño de sus rincones, no sé de dónde sacan mis abuelos el espacio para acogernos a todos. Normalmente me toca compartir mi habitación con mis primas. Este año no va a ser así. El motivo es que yo, este año justo, cumplo veintiún años. Exactamente el día 24 y, como es costumbre en nuestra familia desde el día de nuestro veintiún cumpleaños, tenemos que permanecer fuera de casa durante dos tristes y largos años. Esto no significa que podamos volver. Simplemente es el tiempo que nuestros teclos consideran necesario para nuestra independencia. Después de este tiempo excluidos del círculo familiar, solo podemos volver en las fechas señaladas. El porqué es muy simple, somos zorros y, como tal, solo vivimos en manadas hasta lo que nosotros consideramos nuestra mayoría de edad. Aunque tenga que vivir separada de mi familia, sé que voy a volver a vivir a mi pueblo, Pradologo. El mejor sitio para estar y disfrutar. Está situado en el valle formado por la unión de unas preciosas montañas. La temperatura aquí es fría hasta en verano y a mí me encanta porque, a diferencia de mi familia, mi zorro es un Vulpes Lagopus, es decir, soy un zorro polar. Nadie de mi familia se lo puede explicar, ya que todos tienen el pelaje anaranjado. Yo, por el contrario, cuando me transformo, tengo un precioso pelo blanco y mis orejas son más pequeñas y redonditas que el resto. Yo adoro mi diferencia, aunque para algunos miembros de mi familia puede tratarse de un mal fario. Pero a mí me da igual. Solo puedo pensar en que pasen rápido estos dos años para volver junto a los míos. Puede que no pueda vivir en la casa familiar, pero el pueblo es suficientemente grande como para que yo me instale. Puedo comprar una casa prefabricada de madera. Algo que no sea muy grande e instalarme al inicio del bosque. Puedo continuar mis estudios para ser maestra y solicitar una plaza en el colegio del pueblo. No sé si mi diferencia también lleva consigo esta obsesiva necesidad que percibo de seguir formando parte de la manada. Siempre he sentido la necesidad de pertenecer a algo.
Pateé la nieve esperando a que mi tío saliese de casa de mi amona y me llevase en su furgoneta a coger el tren que me llevaba a la ciudad. Entre todos han decidido que me vaya a pasar mis dos años de exilio a Big City. La ciudad más alejada de nuestro pueblo. Lo único bueno es que mi tío Adonis vive allí y me dará trabajo en su empresa. Me han buscado hasta el piso donde me voy a instalar. Todo está ya preparado. Lo único que falta soy yo y mi viejo macuto que llevo a la espalda con toda mi ropa.
-¡Vamos, perezosa! ¡Sube a la camioneta! – la voz suave de mi tío me sacó de mis pensamientos.
Obedecí sus órdenes sin rechistar y me subí a su vieja camioneta. Cuando cerré la puerta, un olor a madera cortada y serrín golpeó mi nariz. Mi tío Mateo se dedica a la fabricación de muebles. Todo lo hace de forma artesanal, sus diseños son únicos: él los talla y su mujer los pinta con preciosos motivos, dependiendo del cliente. Unas veces son infantiles, otoñales, navideños…
-No frunzas el ceño, Zuria – protestó mi tío –. Así va a ser imposible que algún chico se fije en ti en la ciudad. Igual que lo has conseguido aquí.
-Eso no es así – renegué.
Aunque sabía que sus palabras eran ciertas. En el pueblo, ningún chico se había atrevido a acercarse a mí, debido a mi agriado carácter. Aunque yo creo que, si entre ellos al menos uno me hubiese llamado la atención de algún modo, todo habría sido distinto. No me gusta perder el tiempo en noviazgos de poca duración. De hecho, soy la única de mi grupo de amigas que nunca ha tenido novio, a pesar de que me habían animado a ir con ellas a la discoteca y bares del pueblo. Todo había sido inútil. Mi historial me precedía y eso que, cuando me miro al espejo, creo que no soy del todo fea. Mi cara tiene forma de fresa y está salpicada por pequeñas pecas dándome un efecto más infantil. Mis ojos color avellana son grandes y redondos. Tengo unos labios normales: ni muy grandes ni muy pequeños. Los pómulos los tengo ligeramente levantados, lo que hace que mi barbilla parezca más afilada, dándome esa forma de fresa a la cara.
-¿Qué pasará si no me adapto? – pregunté mientras me quitaba el gorro de lana que me había regalado mi amona el pasado invierno.
-Todos nos hemos adaptado. Es ley de vida.
-Pero yo soy distinta.
-Zuria, – siempre que me hablaba, su voz era suave y dulce como si temiese hacerme daño – te vas a adaptar a la perfección. Y si no, estoy seguro de que conseguirás que los demás se adapten a ti. Como lo has hecho con tus amigas.
-¿Y si lo hago mal y el tío Adonis se enfada?
Esperó un par de segundos antes de contestarme como si estuviese buscando las palabras exactas.
-Aunque Adonis tiene un mal carácter, en el fondo tiene un gran corazón. Es el más parecido a ti.
-No sé – vacilé.
-Ten en cuenta que son solo dos años. Luego puedes elegir el sitio que quieras para vivir – sabía que este año Adonis no iba a ir en navidades para facilitarme a mí la llegada.
Aunque su carácter era más taciturno que el resto de mi familia, él había decidido dedicarse al entretenimiento y poseía distintos clubs nocturnos por toda Big City. Muchas veces salían noticias sobre él en la prensa, tanto por sus increíbles fiestas como por sus nuevas conquistas. Siempre aparecían fotos de él agarrando o besándose con despampanantes mujeres. A partir de ahora, mi vida sería así. Encontraría hombres dispuestos a darme una noche de placer, sin importarles cómo o quién soy. El ruido de los frenos del coche me volvió a sacar de mi mundo imaginario de fiestas, hombres y lujuria. Aparcó el coche mientras me echaba furtivas miradas, seguramente preguntándose en qué diablos tenía metida mi cabecita. Me abrió cortésmente la puerta y agarró el macuto. Entramos juntos en la estación y nos dirigimos al andén. Algunos hombres se le quedaban mirando, mientras las mujeres le sonreían abiertamente o suspiraban. Si algo era cierto, es que mi tío Mateo posee un atractivo especial que atraía a todo el mundo.
Fuera ya, en el andén, sacó de su chaqueta el billete de tren y me lo colocó en la mano. Me dio un fuerte abrazo que me olió a madera y pintura. Agachó su cara y me dio un beso en la cabeza.
-No te preocupes por nada. Por mucho que te cueste, cuando menos te lo esperes estarás hecha a tu nueva vida.
Subí sola al tren. Busqué mi compartimento y mi asiento mientras desde el andén mi tío me seguía en silencio. Mi destino era la última parada de aquel gran tren que me alejaría para siempre de los amados brazos de mis abuelos. Me senté en silencio hasta que el tren empezó a alejarse de la estación. Poco a poco perdí de vista a mi tío, al pueblo, al bosque… Todo se volvió negro. Nos metimos en el túnel que atravesaba las montañas. No había marcha atrás. Todos se habían despedido de mí, pero ninguno se había dado cuenta de la fecha que era.
-Feliz cumpleaños, Zuria – dije para mí mientras cerraba los ojos dispuesta a dormir casi todo el trayecto.
AIDEN
Como cada año, teníamos que preparar la reunión con los alfas de las diferentes manadas que forman parte de Big City, mi dominio. Desde que yo me había hecho cargo de todo, no habíamos vuelto a tener problemas entre los distintos clanes. Incluso parecía que existiese una regla no escrita con los pícaros, a los cuales les dejábamos acampar a sus anchas por la ciudad siempre y cuando ninguno de ellos causase problema. Si alguno de fuera quería entrar, fuese pícaro o no, primero tenía que solicitar permiso antes de su llegada. Estos años de paz y cordialidad a veces parecía que nos hubiese llevado al hastío. Sobre mí, recaía una sensación de cansancio y aburrimiento que pocas veces era capaz de olvidar. Ocupaba mi tiempo como cualquier otro mortal llevando mi empresa, asistiendo a reuniones y desfogándome por las noches en fiestas. A mis casi treinta y cinco años todavía no he encontrado a mi mate. Conozco a todas y cada una de las lobas y las licántropas de por aquí. Incluso he viajado a reinos distintos al mío con el propósito de encontrar en los Bailes Florales a mi elegida. ¿Qué que es un Baile Floral? Es el baile que realizan las distintas manadas para dar la bienvenida a las chicas que cumplen su mayoría de edad. Pero todo fue en vano. Llevo años buscándola y, al final, termino encontrándome solo en mi apartamento. Aunque sí que sacio mi apetito sexual, ninguna me ha hecho perder la cabeza. Ninguna ha conseguido que su olor me haga rendirme a ella. Y mi apetito sexual cada vez es más voraz.
Los edificios parecen desdibujarse según va avanzando mi coche. Me llevan a gran velocidad sin perder un segundo. Mi tiempo es oro y no lo suelo perder en nimiedades. Pero este asunto, lo quiero resolver yo personalmente. Nos dirigimos al White Fox, uno de los locales de moda de la ciudad. El propietario es desde hace muchos años mi buen amigo Adonis. Un vulpejo que me pidió residencia hace más de quince años. Dudé en un primer momento, por miedo a mezclar lobos con zorros. Pero durante el periodo de prueba al que le impuse, antes de dejarle residir aquí permanentemente, me demostró que mis dudas eran infundadas. Poco a poco me fueron llegando más solicitudes y a día de hoy existen más de una veintena de zorros habitando aquí. Pero no se mezclan. No hacen como nosotros y forman manada. Los zorros por naturaleza son solitarios. El motivo de ir yo personalmente a su garito, es porque este año quiero celebrar la reunión en su local. Hacerlo en un habiente distendido en el que todos podamos disfrutar de una buena jornada de... llamémoslo así… negocios.
Primero voy a pedírselo como amigo, no quiero tener que usar mi supremacía de licántropo para obtenerlo. Yo no soy así. Eso cambió. Mi padre obligaba a todo el mundo a obedecer sin cuestionar su liderazgo. Fue duro y cruel con todos... ninguno nos libramos de su furia... hasta yo tuve que pedir muchas veces clemencia por mí. Y lo más doloroso de todo... por mi madre. La pobre al final sucumbió a su ira y terminó falleciendo. Su muerte me trajo años de locura en los que no me importaba nada. Me lancé a la diversión de las fiestas, el alcohol y el sexo llenando con ellos mi vida. Hasta que mi cuerpo no aguantaba más y pasé a mantenerme en pie con cualquier tipo de sustancia ilícita. Fue Adonis el que una y otra vez recogió mis pedazos. El único con huevos suficientes para atreverse a decirme la verdad a la cara. Todos empezaron a temerme como a mi padre. Pero él me hizo darme cuenta de la verdad. Me trató como un amigo, infundiéndome el valor suficiente para enfrentarme a mi padre… y ganar.
Me alimentó y consiguió que recuperara los buenos hábitos. Entrenó conmigo día a día, hasta conseguir hacerme fuerte. Tanto física como mentalmente. Haciendo que me centrase en los míos. Algo curioso para un zorro, porque fue él el que me hizo pensar en la manada. Si no hubiese sido un zorro, habría sido mi mano derecha. Aunque derroté a mi padre, fui incapaz de matarlo. Así que se le prohibió residir en mis dominios. Trabajé duro para que todos volviesen a tener fe en mí, fe y fuerza en la manada. Desde el día en que me hice su alfa, quise arropar a todos y cada uno de los miembros que necesitasen mi ayuda. Fuese del tipo que fuese. Fue un arduo trabajo. Por un lado, tuve que convencer tanto a los que me veían débil por no haber eliminado a mi padre, como a los que se habían marchado llevándose sus empresas a otros lugares. No todos volvieron. Pero los que lo hicieron y con los que se quedaron, he conseguido una estabilidad económica para todos.
El coche se detuvo ante la puerta principal del local. Esperé a que me abriesen la puerta y salí mientras me abrochaba la chaqueta de mi traje hecho a medida por el mejor sastre de la ciudad. Algún transeúnte que pasaba por allí se quedaba mirándome extrañado. Para los simples mortales, soy solamente el mejor empresario del lugar. Y desde que ostento el cargo de alfa, procuro no aparecer en las portadas de cotilleos que buscan como locos información caliente sobre mí. Empujé la puerta negra de la entrada y bajé las escaleras que daban tanto a la zona de baile como a la de la barra buscando a Adonis.
-¿Sabes que con ese apestoso olor a zorro es fácil cazarte?
Lo vi sentado en uno de los sofás bajos semicirculares que tenía esparcidos por todo el local. También había dispuestas mesitas donde la gente podía apoyar sus bebidas mientras escuchan tranquilamente sentados la música, sin necesidad de ir a pie de la pista de baile.
Él estaba en una de las mesas, sentado mientras bebía una taza de café. Me acerqué a la mesa y me senté junto a él.
-¿Qué tal estas, Adonis? ¡Cuánto tiempo sin saber de ti!
-Bueno, ya sabes dónde encontrarme.
Cogió la cajetilla de tabaco que estaba sobre la mesa y, sacando un cigarro, lo encendió lentamente sin apartar la mirada de mí.
-¿Quieres tomar algo? La caja está cerrada, así que invita la casa – me ofreció amablemente
-No gracias, ya he desayunado. Pero te lo agradezco.
-Tu dirás, a qué has venido, amigo – por un segundo me pareció que la palabra amigo la pronuncio con un poco de reticencia. Pero al ver su pícara sonrisa de medio lado, me hizo ver que solo eran suposiciones mías.
-Dentro de poco va a ser la reunión anual de los alfas. Me gustaría que para ese día me facilitaras este local.
-Sin problema, puedo reservarte la parte de arriba – contestó recostándose sobre el sillón.
-Quiero todo el local – observé como dejaba que saliese todo el humo que había inhalado de sus pulmones
-¿Me lo pides como alfa o como amigo?
-Ya sabes que como amigo – confirmé.
-Bueno eso te va a salir caro, lobo – cogió nuevamente la taza de café y bebió todo su contenido. Dio una última calada al cigarro y lo apagó estrujándolo dentro de la taza vacía.
-Siempre me dijeron que no hiciera tratos con zorros – dejó escapar una risa baja.
-Ya sabes que no hay problema. Solo tienes que decirme el día – Me puse en pie dispuesto a marcharme –. Por cierto, una sobrina mía viene a pasar unos días por aquí.
-No sabía que tuvieses familia. – La verdad es que aun conociéndolo desde hacía tanto tiempo, nunca me habló de su procedencia.
-Acaba de cumplir veintiún años. Y, según nuestras normas, es la edad para abandonar el nido.
-Igual que tú – le dije acordándome de cuando él llegó.
-Igual que todos – me corrigió.
-Sabes que no hay problema. De todas formas, manda la información a mi despacho. Para que lo tengan en cuenta y no haya problemas. ¿Cuándo viene?
-¿Qué día es hoy? – preguntó despistadamente.
-Veinticuatro.
-Vaya, ¿ya es veinticuatro? Pues hoy mismo – se puso en pie y cogiendo la chaqueta que tenía tirada sobre el respaldo se la puso.
-Madre mía, zorro. ¿De quién ha sido la idea de dejarte a cargo de una niña?
-Olvidas que ya es mayor de edad. Solamente le voy a allanar el terreno.
-Creía que los zorros se movían en solitario.
-Ella es especial.
-Mierda, no me digas que estás enamorado de tu cuñada y le estás haciendo un favor especial.
-No, por dios. No seas desagradable. Es la hija de mi hermano gemelo.
-No me puedo creer que existan dos como tú. El mundo debería estar agradecido por ello – dije a modo de mofa.
-Olvídame lobo. Si no vas a querer nada más, me voy a dormir.