El Cantor de MeltMoore

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Summary

El Duque de BronceHight es el hombre que todos desean en Nuevo Londres, pero él es demasiado caprichoso y sus amantes nunca se quedan por mucho tiempo a su lado. En una nueva Temporada de bailes, llega a la ciudad un joven y hermoso Barón que se convertirá la sensación del momento y atraerá todas las miradas, incluida la del Duque. Por desgracia para él, el mejor amigo del Barón le acompaña, y el señor DarkWood hará todo lo posible para que el ávido y caprichoso duque seduzca al Barón.

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18+

Nuevo Londres

Si había un lugar en Inglaterra a donde un joven atractivo y con aspiraciones debía ir para conseguir marido: era Nuevo Londres.

Entre el bullicio de sus calles, el humo de sus fábricas y el ruido de las máquinas a vapor, habitaba una comunidad de hombres y mujeres tan privilegiados, que solo dedicaban su vida a la búsqueda interminable del placer, la fama y el entretenimiento.

Eran el Flag, del francés «flagrant». O, al menos, así se llamaban a sí mismos.

Una élite de nobles y burgueses adinerados, repletos de caprichos y egoísmo, con el único deseo de ser la persona de la que se hablara en los clubs de caballeros y las casas de té; y, entre todos ellos, no existía nada peor que los rogué.

Palabra que también provenía del francés y que, según Jeremy DarkWood, podría traducirse como: «cerdo egoísta» o, mejor dicho, «putero sin corazón».

No era una traducción exacta ni socialmente aceptada. Tampoco una que pudieras encontrarte en el diccionario; pero para Jeremy era, sin lugar a dudas, la más acertada. ¿Cómo podrías describir si no a un hombre tan egoísta, tan frívolo y tan rico como para jugar con las personas sin importarle nada más que su propio placer y entretenimiento?

Pues eso: un maldito putero.

Por suerte, esa casta de hombres que se vanagloriaban de sus muchas conquistas y de la forma que despilfarraban su riqueza en salones de juego, casas de placer y carreras de caballos, era, más bien, escasa.

Todos los jóvenes del Flag soñaban con ser un indomable rogué y, aunque muchos de ellos hicieran un gran esfuerzo y pusieran gran empeño en conseguirlo, pocos alcanzaban aquel privilegiado estatus de rompecorazones.

La mayoría solo iban de cama en cama, tenían un par de amantes secretos, apostaban un par de miles de libras a las cartas y, finalmente, se sometían a la voluntad de una fuerza mayor que sus sueños y ambiciones; es decir: sus madres.

Eran las Mamás del Flag las que mantenían intacto el complicado y rebuscado tapiz social que era la élite de Nuevo Londres. Eran ellas las que, sí, se hacían las ciegas y las tontas cuando sus hijos volvían a casa borrachos, o habiendo perdido el dinero de todo el mes, o incluso con alguna que otra enfermedad venérea; pero que, después, llegada la edad de casarse, ataban a sus hijos bien en corto y los arrastraban a cada baile, celebración y evento hasta que decidieran emparejarse con alguien.

Porque era eso, o tirarse de cabeza desde lo alto del puente de SteamHalls.

Y, aunque normalmente todos eligieran someterse a lo inevitable, había casos en los que ni las Mamás, con toda su destructiva pasivo-agresividad, sus afiladas lenguas y sus lloros manipuladores, podían someter a un auténtico rogué. Un pura sangre, un hombre tan embebido de sí mismo y tan falto de consideración y vergüenza, que ascendía entre las filas del Flag y se coronaba como «el hombre a temer».

Pero, ¿qué ocurría si ese noble, ese insoldable rogué, fuera además el hombre más atractivo, encantador, rico y apuesto de todo Nuevo Londres?

La fruta prohibida.

La máxima tentación.

El gran arrepentimiento.

O, como se le conocía por aquel entonces: Anthony J. AshWorth, Duque de BronceHight.

Lo que pasaría sería que, nada más descubrir la fama del Duque, un hombre como Jeremy DarkWood no pensaría en otra cosa que en proteger a su mejor amigo y enamoradizo Barón de MeltMoore.

Porque el Barón era demasiado joven, demasiado inocente y demasiado crédulo para no caer en las garras de alguien como el Duque; quien solo jugaría con él, le arrebataría la inocencia y le dejaría tirado para pasar a su siguiente conquista.

Y eso no iba a suceder.