Mi Amo y Señor +18
Tras la llegada al poder del clan Tokugawa y la implantación del Shōgunato Tokugawa, la clase samurái perdió casi todo resquicio de poder y estatus social de la que gozó en épocas anteriores. Más de dos décadas habían transcurrido desde aquello. Muchos samuráis que habían perdido sus títulos habían decidido elegir una de las dos opciones que el shōgun, les había ofrecido; trabajar en el campo, o hacerlo en la ciudad sirviendo a los distintos daimyō que gobernaban los feudos otorgados por el gobierno instaurado.
Ninguna de éstas había sido mi elección, puesto que, como samurái caído en desgracia y en deshora tras la negativa de cometer Seppuku una vez acabada la vida de mi amo, me convertí en un rōnin. Y, sin embargo, allí me encontraba, recorriendo los pasillos de una ostentosa casa cercana del castillo de la ciudad de Edo, caminando tras los pasos de un daimyō shinpan, el puesto más alto que un daimyō podía tener.
Había sido convocado por el mismísimo Minamoto Takeda para encargarme un trabajo que, por razones que desconocía, no podía llevar a cabo un samurái perteneciente o no a la familia Minamoto. Tal situación era por demás, entraña, porque normalmente, quienes contrataban a los rōnin eran mayormente provenientes de las clases comerciantes y éramos discriminados por los daimyō.
Al llegar frente a una de las innumerables habitaciones de aquella mansión, la madera del suelo crujió y me sacó de mis pensamientos.
—Entra—pronunció con severidad y desprecio en su mirada. Tras esto, abrió la puerta corredera y nos adentramos en ella.
La enorme habitación, como casi todas las casas y mansiones japonesas, estaba medio vacía, pero cuya escasa decoración valía más de lo que uno podría imaginar. Dentro, Minamoto se sentó sobre el cojín depositado en el suelo, en una parte más elevada que el resto, propia de la arquitectura tradicional del país.
Hice lo propio y me senté en seiza frente a él, inclinando mi cabeza, pues el respeto seguía siendo para mí un pilar fundamental, aunque ya, no fuera más que un vagabundo, sin estatus, sin poder y sin amo.
—Te he traído aquí, rōnin — remarcó con crueldad—porque quiero que hagas un trabajo para mí muy importante—hizo una pausa antes de continuar— El destino de tu cabeza será determinado aquí y ahora en función de tu rechazo o, por el contrario, tú aceptación.
La evidente referencia a mi muerte que había realizado hizo brotar en mi curiosidad por conocer que tan importante era aquella petición, que dispuesto estaba de acabar con mi vida si me negaba a ello.
Con calma, asentí, pues como samurái, tales amenazas no me acobardaban; la muerte era parte de nuestro ser y estábamos preparados para recibirla en cualquier momento.
—Necesito que cuides y vigiles a alguien en total discreción- espetó — No quiero, bajo ninguna circunstancia, que nadie se acerque a ese lugar ni a quien allí se esconde. Por supuesto, tampoco que esta persona salga—aclaró.
La intriga y la extrañeza seguramente se hicieron notar en mi rostro, pues después de esto, prosiguió rápidamente.
— La última vez que alguien como tú, escoria, cometió un mínimo error-detuvo sus palabras para darse vuelta y sacar una caja de madera que depositó sobre aquella pequeña mesa de madera frente a él.
Abrió aquella misteriosa caja y agarró unos oscuros y largos mechones negros de la cabeza cortada de un hombre, cuya mirada aún mostraba la agonía que sufrió antes de que su cuerpo y cabeza acabaran separas por el afilado corte de una katana.
Permanecí en silencio, firme, impasible ante la horripilante imagen.
—No eres más que un sucio, deshonroso bastardo que no fue capaz de acabar con su propia vida tras la muerte de tu amo—me recriminó —Sin embargo, a pesar de tu tan corta edad, fuiste el más distinguido samurái entre los hombres al mando de tu señor Takahashi Raizen. Confió en ti más que en nadie, no dudó nunca de tus habilidades ni de tu lealtad, dispuesto a morir por protegerlo.
Aquello, sin duda era la primera vez que me pasaba; recibir de un daimyō insultos y elogios a la vez. A pesar de esto, y aunque me sentía en cierto modo alagado, no podía parar de pensar en su extraordinaria y sospechosa petición.
—Perdone de antemano el atrevimiento y el adelanto, mi señor—me dirigí con el mayor respeto posible— Pero, puesto que solo hay dos maneras posibles en las que salga de aquí, solo una de ellas con vida, podría saber ahora mismo, ¿quién es esa persona que es tan importante para usted proteger, pero que no puede ser cuidado y vigilado, como debería ser, por un samurái de su entera confianza y perteneciente a su familia?
Suspiró angustiado antes de desvelar su secreto que, ante él, ya no merecía la pena lo más mínimo ocultar.
—Mi hijo.
Aquel hombre, que debía rondar unos sesenta años, y cuya vida era bien conocida por todos, dado su gran estatus social, había tenido un hijo, Minamoto Yashiro. Este había sido dado a luz por la mujer de una importante familia ligada al Shōgun, y con la que se había casado pocos meses después de ser arreglado el matrimonio por su familia.
—¿No cree, mi señor... —suavicé—que su hijo, dada sus grandes riquezas y gran poder, además de los magníficos samuráis que a su mando se encuentran, estará muy bien protegido?
—No hablo de ese hijo—recalcó—Hace más de veinte años, conocí a una hermosa mujer a la que llegué a amar más que a nadie—Clavó sus dedos con fuerza en sus ropajes que intuía que era causado por la impotencia que sentía — Y un tiempo después, se quedó embarazada-explicó.
Si bien era cierto que su vida era conocida por su estatus, no era tan extraño que en los tiempos que corrían, frecuentara lugares como burdeles en el distrito rojo de Edo. Tener varias amantes, de hecho, era lo más habitual, tanto con mujeres, como con hombres. Sin embargo, un hijo, era distinto.
—Ella nunca le contó a nadie quien era el padre pues, a pesar de las habladurías de la gente, no les importó lo suficiente una prostituta. Y yo, quien la amaba, quería recibir en mis brazos al fruto de aquel amor. Pero no lo hice—admitió con tristeza.
—¿Y por qué ocultarlo en algún lado? Nadie sabía que usted, señor, era su padre.
Vaciló unos segundos, y contestó sin tapujos.
—Porque no tenía sangre pura japonesa corriendo por sus venas, por lo que tengo miedo de que esto se sepa. Y como bien sabrás, con el Shōgunato y su creciente odio a los extranjeros, fueron expulsados del país.
Sin quererlo, el mismo hombre que amenazaba mi vida, temeroso de ser descubierto su secreto, había admitido también haber realizado una gran traición. Esconder a aquel chico mestizo era ir en contra de la voluntad del Shōgun y era, por tanto, un error que se pagaba con la propia muerte. Sin embargo, ahora todo cobraba sentido para mí. Hace años, se produjeron en el país grandes migraciones al exterior de innumerables occidentales y personas de los países vecinos, además de mestizos, entrado entonces en vigor la política del Sakoku, negando la entrada o la salida de cualquier persona.
Retiró la cabeza de aquel pobre hombre y la cambió por unos papeles que puso a mi disposición.
—Mi hijo se encuentra en una casa, a las afueras de la ciudad, en el bosque, donde es difícil ser vista. Era conocida por las autoridades por ser la casa de ese hombre—señaló sin tapujos la cabeza—que yo mismo, como daimyō de estas tierras y por tanto administrador de ellas, le cedí bajo el pretexto de compra de propiedad.
No había duda alguna que su estatus social era una gran desventaja y ventaja al mismo tiempo. Un daimyō shinpan eran los de más alta clase dentro de este grupo por estar emparentados con el shogun, teniendo la administración local y jurisdicción sobre la tierra y los habitantes que se les concedían, por lo que llevar a cabo este tipo de acciones no eran muy difíciles. Sin embargo, pertenecer a éste también conllevaba estar, tanto él como su familia, vigilados y sometidos por el sistema Sankin kōtai, un control tanto político como fiscal, usado como prevención para evitar golpes de estado.
—Fírmalos, y a partir de ahora, serás el dueño de esa casa tras adquirirla—aclaró—Y mantén vigilado y a salvo a Hikaru.
Tenía dos opciones para elegir, pero estaba claro que él ya daba por hecho que sería aceptar sin dudarlo. No me importaba realmente, y tener un techo donde dormir después de tanto tiempo, no sonaba tan mala idea, incluso sabiendo lo que pasaría si se descubriera todo aquello o cometiera un grave error por mi parte.
Todo había sido decidido, por lo que asentí tranquilamente y conforme con lo hablado, y me incliné posteriormente en señal de respeto.
—Bien, no tengo mucho más que decirte al respecto, además de pedirte que no demores en partir. Ese chico se encuentra solo en estos momentos y eso me tiene muy preocupado—dijo, mostrando evidente inquietud en su mirada y tono.
—Por supuesto, esperaré sus indicaciones para poder partir rápidamente en cuanto las tenga— me levanté—Con su permiso, me retiro.
Y justo en el momento en el que me disponía a abrir la puerta y marcharme, me recordó.
—Espero que no tenga que mencionar de nuevo mis anteriores palabras, Takeshi—volteé mi mirada hacia él- Cualquier error cometido o la mención de este secreto, terminará de la misma forma para ti, no lo olvides.
Llegar hasta la casa fue una ardua tarea que me llevó más tiempo de lo esperado. Las indicaciones dadas fueron tan escasas y simples que, aun poseyendo una gran intuición, era imposible lograrlo en poco tiempo.
La casa en cuestión no destacaba más allá de encontrarse situada en un lugar alejado y sumergido en el bosque, pues esta no era grande—aunque tampoco muy pequeña—y no mostraba lujo alguno. La tranquilidad y el silencio se hacía notar contrastando enormemente con el ajetreo de la ciudad, por lo que entré deslizando la puerta suave y silenciosamente, en armonía con el entorno. Sin embargo, aquella maravillosa serenidad se vio afectada cuando, repentinamente, unos ruidosos y rápidos pasos se acercaron en la oscuridad del pasillo. El reflejo de la hoja de una espada puso en alerta todos mis sentidos, pero lejos de desenvainar también mi arma, agarré fuertemente las torpes manos que la empuñaban y su delgado cuello, forzándole a soltarla de inmediato. La escasa claridad no me permitió verle, pero sentía la gran fuerza que ejercía para zafarse del agarre y que incluso terminó por lograr tras golpear con violencia mi vientre.
Corrió hacia la luz que parecía dar al patio interior, y puede lograr ver los vivos y preciosos colores que portaba el kimono que vestía, además de la larga cabellera negra que se elevaba al viento con el movimiento. No tardé en seguirlo pues, imaginaba que aquel chico debía haberse asustado pensando que lo habían descubierto.
—¡No tengas miedo chico, me envía tu padre! —Le hice saber lo antes posible para que parara, lo que funcionó muy bien, ya que detuvo de golpe su marcha y volvió su cabeza en mi busca.
Su apariencia completa me había sorprendido, lejos de lo que había imaginado que sería. Su padre había comentado que hacía algo más de veinte años, por lo que debía de tener poco más que aquellos años y, sin embargo, vestía un kimono de evidentes telas de lujo en tres grandes franjas de colores; rojos, blanco y azul, de arriba hacia abajo, lo cual era extraño a su edad en aquella época. Según la moda marcada por el Shōgun, una vez te convertías en adulto debías dejar atrás los colores llamativos, que eran solo para las mujeres, para llevar los comunes entre éstos, además del corte de sus mangas, que no correspondía tampoco a lo establecido.
Por supuesto, aquel chico vivía al margen de todo aquello, y todas esas normas de vestimenta no importaban lo más mínimo, pues nadie, además de sus cuidadores, lo verían. Y no solo las de vestimenta tenían irrelevancia para el resto, también su cabello, que no había sido rapado en la parte superior de su cabeza—que yo mismo tampoco portaba desde que dejé de ser un samurái y descuidé mi aspecto— ni recogido en una coleta. Al contrario de esto, lo llevaba suelto y largo, recogido a la mitad superior por un pequeño moño, el mismo estilo que había visto llevar a los extranjeros provenientes de China de la Dinastía Ming, tal vez en honor a su madre. Y su rostro, ¿Qué podía decir de su rostro? Era hermoso. No había otra palabra mejor para describir aquellos negros ojos que, a pesar de verme con miedo y sospecha, eran profundos y bellos.
—¿Por qué te envía? ¿Dónde está mi cuidador? —Dijo, preocupado.
—Muerto—le hice saber con la mayor sinceridad posible. Mentirle no tenía sentido, pero aquello pareció apenarle, y sobre todo, parecía que mi respuesta le hacía sentir culpabilidad, lo que me hizo pensar que debía tener parte de la culpa de cómo habían terminado las cosas para ese hombre.
Durante las semanas que habían pasado, descubrí variedad de cosas sobre aquel mestizo que ahora se encontraba entretenido cuidando el pequeño jardín del patio interior. Tenía infinidad de pasatiempos, que habían aumentado por la cantidad de horas que pasaba allí dentro desde que era un niño. Había vivido encerrado sí, pero también instruido en las artes físicas e intelectuales. Y mantener interesantes charlas con él se había vuelto habitual y cada vez más frecuente, hasta tal punto que, ambos disfrutábamos enormemente compartir horas en la noche bebiendo sake, mientras él hablaba y yo disfrutaba oír su suave voz y contemplar su sonrisa. Podía notar la soledad que había debido sentir, y la poca—o nada interesante—compañía de sus anteriores cuidadores. Para ellos, estar allí debía ser un castigo y, sin embargo, para mí era tener una agradable, interesante y divertida compañía que tenía mucho que ofrecer.
Su delicadeza, pese a que su cuerpo estaba debidamente formado como el adulto que era, y que se encontraba en buena forma física, me cautivaba cada día más. Me hacía imaginar lo popular que aquel joven podía llegar a ser como kagema en los burdeles o las Casas de té especializadas en éstos, incluso si su edad y adultez era notoria. Tanto hombres como mujeres sin duda pagarían por pasar interminables horas hablando y bebiendo con él, para posteriormente sentir la suave y fina piel de su cuerpo caliente por la excitación. Yo mismo, sin dudarlo, lo habría pagado como pudiera con el fin de lograr pasar esas horas que ahora estaba pasando a su lado, pero con la diferencia de que, después, dormir fuera lo único que no hicieran en aquella habitación.
El movimiento de sus manos me distrajo, pero también me recordó cómo me había fijado que sus manos, en sus largo dedos y en las evidentes marcas de desgaste que tan bien conocía, pues yo mismo las tenía. No había visto a Hikaru sujetar una espada desde el día que lo atacó con ella, pero era indudable que la había sostenido muchísimas veces.
—Hikaru—lo llamé familiarmente—¿puedo preguntarte algo?
Se levantó inmediatamente al escucharme llamarlo y respondió con una sonrisa.
—Por supuesto, dígame—en cambio él aún mantenía las formalidades.
— ¿Hay alguna razón por la que no entrenes con tu espada desde que llegué? —pregunté sin rodeos, lo que pereció avergonzarlo un poco al notar como desviaba su mirada.
—Porque no soy muy bueno en ello...ya que aprendí solo viendo como entrenaban los rōnin que venían a cuidarme—confesó.
Sentí un poco de lástima por él al escucharle decir aquello, ya que, estando encerrado, pocas eran las cosas que podía realizar y que, además, las disfrutara.
—Por qué no la traes... ¿y juzgo yo mismo eso que afirmas? —le sugerí.
Se lo pensó un poco y fue finalmente a por ella. La desenvainó con cuidado y la empuñó. La persona en la que se había fijado, no debía ser muy habilidosa con la espada si aquella era la forma exacta con la que la sujetaba, aunque realmente no me importaba, tan solo quería una mísera excusa para poder acercarme un poco más con algo que podía ofrecerle. Me levanté también y me acerqué, colocándome detrás de su cuerpo y sujetando con firmeza sus manos para recolocarlas correctamente. Podía sentir su calor chocar contra mi cuerpo, y el pequeño sobresalto y nerviosismo que mi acción le había provocado. Este mismo calor enturbió mi mente y me acerqué más a él, hasta tal punto que empezaba a ser peligro, apoyando mi nariz por encima de su nuca, sobre sus suaves y oscuros cabellos.
No se movió. No sabía si por la sorpresa o por el miedo —o tal vez ambas—pero al no recibir negativa alguna, me incliné un poco y deslicé lentamente mi nariz hasta su nuca, inhalando con suavidad una parte de su cuerpo realmente erótica que incontables veces había deseado tocar. Lo acerqué más a mí al empujar mis manos sobre las suyas y la espada contra su vientre, acción que le hizo soltar un único y sonoro jadeo.
Aquel jadeo era la señal que me indicaba que era el momento de dejar todo aquello y dejarlo como una broma, ya que debía tener en cuenta la razón por la que estaba allí y de quien era hijo el joven al que estaba a punto de lanzarme. Sin embargo, me encontraba completamente absorto en su cuerpo, en las partes de su cuerpo que sobresalían y se mantenían más cerca de mí que cualquier otra parte; su trasero. Este, que se mantenía completamente oculto por el ancho y el corte del kimono, sobresalía de su cuerpo mucho más de lo que me había imaginado, y al sentirlo, lo presioné con más fuerza con mis impacientes caderas.
Su respiración se hizo notar más aún con cada acción que realizaba, y finalmente se movió, para girar su rostro hacia mí, pegado al mío por completo. Su mirada mostraba deseo y sus entreabiertos labios, siendo mojados con insistencia con la punta de su lengua, se insinuaban a los míos, impacientes.
No necesitaba más que esto para encenderme por completo.
Con habilidad y sin dejar de mirarlo, le quité la espada con mi mano derecha y sujeté su cadera junto a su mano con la izquierda. La espada fue un medio, y una vez conseguido el objetivo, no era más necesaria.
Al acercarlo con mis manos, rocé esta vez con mi nariz detrás de su oreja derecha y aquel gesto lo estremeció, apretando la mano que lo sujetaba. Después, ansioso, los deposité suavemente en sus humedecidos labios. Sabía con certeza que esto me podría más impaciente aún a mí mismo, pero también a él, y no me equivoca, al contemplar su ceño fruncirse levemente por la decepción. La expresión que hizo cortó la cuerda de mi cordura por completó y me dejó caer, besando de nuevo los suaves labios que había tocado hacía unos segundos, pero esta vez, deslizando me lengua, abriendo nervioso él mismo su boca con torpeza.
Al rozar su lengua con la mía, intensifiqué el beso aún más, apretando inconscientemente con más fuerza su cadera a la mía y llevando más abajo mi mano, hacia donde iba palpando su miembro. Cuando lo encontré y lo toqué por encima de la tela, gimió suavemente despegando su boca de la mía, pero sintiendo nuestras respiraciones una sobre la otra.
Su gesto me molestó, pero también me excitó más aún, y como si una fuerte corriente lo arrastrara, lo llevé hacia el interior, en unas de las habitaciones que más cerca estaba de nuestra posición. Allí, solté al entrar la katana que aún seguía en mi mano, además de la mía propia que portaba en la cintura, y de frente, cruzamos miradas ansiosas y deseosas por continuar, pero fue la suya la que se rindió primero al deseo, e imitó el movimiento anterior de mis labios con necesidad. Su acercamiento motivó a mis manos a recorrer su abultado trasero unos minutos y subir por su espalda hasta sentir los mechones de su cabellera y sus manos sentir mis duros pectorales, tras deslizarse sigilosamente por el cuello del kimono. Tiré de ellos con fuerza, con excitación, forzando separar nuestras bocas de nuevo provocando otro gemido por su parte que ahogó a través de sus manos apretando mi pecho, como si pudiera acallarlo de aquella manera.
No podía creer que un muchacho como él, con aquella imagen sosegada, le estuviera agitando un movimiento tan brusco y violento como ese. Era toda una sorpresa, un agradable y bienvenida sorpresa.
—Si me seduces de esa forma— le miré desde arriba, todavía sujetando sus cabellos— me harás perder el control por completo—confesé con un cierto tono amenazante y apasionado.
Se abrazó a mi cuerpo con fuerza, avergonzado por su muestra de excitación y mis palabras, escondiendo su cara en el hueco entre mis pectorales.
—No pedí que se contuviera... —se ruborizó.
Estaba siendo muy atrevido, y yo no necesitaba más que un par de sus toques para hacer lo que tanto había imaginado cuando lo observaba; apretarlo con fuerza contra el tatami y sentir su calor por completo.
Pegado a mí, saqué el obi del kimono, para después separarlo de mi cuerpo y sentarlo encima de mis piernas, mirándonos de frente, postura que lo sonrojó aún más. Una vez así, busqué con impaciencia bajo la pesada tela el fundoshi para deslizar mis manos en el interior, pero no lo encontré, en su lugar alcancé directamente su ardiente y agradable piel; no estaba usando ropa interior alguna. Dispuesto a levantar toda aquella tela y dejar al descubierto su trasero, Hikaru me detuvo para también deshacerse de mi obi y abrir mi kimono con nerviosismo hasta sacarlo de todo mi torso.
Se estaba moviendo por imitación e instinto, mucho más de lo que creía.
—Hikaru, es tu primera vez, ¿verdad? — supuse.
Asintió tímidamente.
Su respuesta me entusiasmaba en cierta manera, ya que sería el primero en hacerle sentir un inmenso placer desconocido hasta ahora por él. Sin embargo, era algo muy posible de esperar, teniendo en cuenta su situación.
Para esto, terminé de replegar la tela hasta su espalda baja y lo dejé al descubierto, y después bajé la tela de su cuello de un lado, que me permitiera entrever su cuerpo. Me encendía recorrer con mis ojos las zonas desde su mandíbula hasta su vientre, que para mí sorpresa, estaba mucho más tonificados de lo que parecía sobre su ropa. Llevé mi boca hasta su marcada mandíbula, besé y lamí cada parte mientras bajaba a sus marcados hombros y jadeaba sin control, hasta que bajé mi lengua a sus pezones y tiré de ellos con fuerza mientras observaba atentamente desde abajo su reacción.
—¡Ah! — gimió.
Con sus pezones, apretó sus piernas sobre las mías. Esto era un dato que sin duda debía recordar más adelante y que esperaba con ansias.
Mis manos no pudieron resistirse y acerqué mis dedos a su agujero, no sin antes humedece los en su boca, que tomó con ímpetu. Los sonidos de su boca resonaban en mis oídos sin parar, por lo que los saqué antes de acabar por meterla inmediatamente y hacerle chupar mis dedos en vano.
Introduje el primero lentamente y lo sentí estremecerse. Solo uno lo apretaba con tanta fuerza que se me hacía difícil seguir entrado o sacarlo completamente. Necesitaba que se relajara.
—Me aprietas tanto los dedos que duele, ¿qué haré si haces lo mismo con mi pene? —recriminé burlón, pues no quería hacerlo sentir mal, tan solo excitarlo.
—Es que tus dedo son muy grandes... —me culpó suspicaz.
Sí eso decía de mis dedos, me moría por escucharlo al sentir mi miembro duro en su interior.
Rodeó entonces mi cuello con sus brazos e introduje mi rostro en su clavícula, que desprendía un agradable olor a tsubaki, y metí un dedo tras otros, moviéndolos de dentro a fuera sin parar durante unos minutos hasta que entraban y salían con facilidad. Sus gemidos se hicieron notar al instante, que arrojaba en mis despiertos y ahora sensibles oídos, por lo que me deshice de lo que quedaba de mi ropa y sujeté mi miembro semi-erecto completamente necesitado, pero me frené, con el objetivo de cambiar a una postura en la que se sintiera más cómodo.
—¿Te detendrás? —sujeto mis manos con fuerza, preocupado.
Sin respuesta, pues quería que hablaran mis acciones, lo tumbé sobre su espalda lentamente y me coloqué encima, separando sus largas y suaves piernas, que deslizó él mismo alrededor de mi cintura. Lo besé de nuevo mientras rozaba con fuerza mi miembro contra el suyo, simulando embestidas como si en su interior me encontrase.
Pensar en ello paró el ritmo de mis caderas, alejándolas, y sujeté de nuevo mi pene ya completamente erecto, que después empujé con fuerza en su estrecha entrada, pero no lo introduje, tan solo lo deslicé por encima de aquel pasaje, notando con mi lubricada punta la suave y delicada piel que lo rodeaba, masturbándome con él. Se sentía tan bien solo con eso que me moría de ganas por seguir más allá, e imaginarlo me provocó un sonoro y desesperado suspiro.
—Ya se lo había mencionado, que no tiene por qué contenerse—dijo, mientras movía sus caderas buscando rozar más aquella zona con la dura pero suave parte entre mis piernas. Mordió sus ya enrojecidos labios, que los míos habían teñido con los ardientes y húmedos besos que habíamos compartido, y gimió levemente las veces que había logrado con éxito casi comenzar a introducirlo con sus movimientos pélvicos al azar.
No esperé más. Sujeté su también duro miembro y lo acaricié mientras lubricaba el mío con saliva—lo único a mano en aquella casa— para introducirlo posteriormente.
—¡Huh! ¡Duele! —se quejó entre gemidos, agarrando con fuerza la tela del kimono por las sensaciones contrarias que invadían su cuerpo.
Era evidentemente estrecho, pero tan suave y caliente, que trasmitía una sensación placentera desde la punta hasta mi vientre. Lo seguí introduciendo lentamente intentando minimizar lo más posible el daño, ya que no me pidió que parara, hasta entrar por completo.
—A penas lo había metido y te quejas de esta forma, ¿y me pides que no me contenga? —cuestioné, con un tono divertido.
Conocía perfectamente las dificultades por las que debía estar pasando, pues yo mismo había estado en su lugar cuando era incluso algo más joven que él, en las muchas noches que había pasado con mi ahora fallecido amo.
—¿Quieres que pare? —pregunté con comprensión.
Frunció el ceño.
—No me retracto de mis palabras—aseguró—Deseo que me lo haga sin contención alguna—aclamó empujando con sus piernas mis caderas hacia él.
Su empuje repentino y sus palabras atrevidas sacudió mi cuerpo por completo, respondiendo a su demanda con embestidas que la necesidad hizo acelerar, sin dejar de proporcionarle atención en su hinchado y palpitante miembro, hasta que se acostumbró y dejó de retorcerse entre dolor y placer, para hacerlo solo por este último.
—¡Ah! ¡No pare! —gemía en cada embestida, lo que me provocó empujar con más fuerza su cuerpo contra el tatami.
Acercarme más a él me recordó las dos protuberancias que se sacudían con las estocadas, y que estaba deliciosamente tan duras como su pene. Quería volver a morderlos con fuerza para que, durante unos instantes, apretara mi polla de la misma forma que lo hizo con mis piernas.
—¡No!¡Huh!¡Espere! —imploró a causa de mi acción entre agudos gemidos.
Los sonidos de su garganta tan solo provocaron aún más a mi cuerpo, por lo que lo giré con violencia, apoyando sus rodillas y codos en el suelo. Podía ver su enorme y carnoso trasero, cuyo agujero había quedado dilatado por mi culpa, mostrándome una erótica y sucia imagen, que posicioné con mis manos en sus caderas un poco más baja e inclinada que me permitió verlo mejor. Aquel lugar se contraía sin parar esperando ser penetrado de nuevo, entre fuertes jadeos y respiración pesada que su boca acompañaba.
—¡Ah! —gimió en un grito sorprendido por la repentina y conocida intromisión en su interior—¡No pare, por favor! —rogó en seguida con desesperación contradiciendo sus anteriores palabras.
Hikaru sabía perfectamente lo que sus ruegos provocaban en mí, por lo que, descarado y ruborizado a la vez, giró su cabeza para poder mirarme tentadoramente envuelto en indescriptible placer.
—No pare...—repitió murmurando de nuevo, moviendo él mismo sus caderas.
Tras su atrevido gesto, agarré con fuerza su cabellera casi pegado a su cabeza, y empujé hacia arriba en mí dirección, a la vez que lo embestía con más fuerza que antes. Sin embargo, aunque el movimiento hacía a su trasero succionarme y rodearme con fuerza, después de un rato, no lo hacía lo suficiente, por lo que, con el objetivo en mente, saqué mis piernas de entre las suyas y las coloqué a cada lado, cerrando no solo sus piernas, sino también sus nalgas alrededor de mi órgano viril.
El cambio de entonación y mayor descontrol de sus gemidos me permitió saber lo mucho que disfrutaba la nueva postura en la que lo había puesto, de forma que permanecí así durante unos minutos más, hasta que coloqué mis brazos en su pecho, levantándolo y pegando su sudorosa espalda a mi cuerpo.
—¡No!¡Takeshi-san! ¡Si lo hace así, yo...!
No le dejé continuar, pues introduje mis dedos en su boca, que lamió y sujetó con sus manos, hasta que los saqué al sentir como gimió fuertemente sobre ellos y su entrada me apretó con fuerza. Había alcanzado el orgasmo sin dificultad y sus piernas aún temblaban del placer que le produjo.
Muchos son los hombres y mujeres con los que desde temprana edad había mantenido relaciones, pero ninguna, incluso la de mi propio amo, se podía compararse con aquella, y ni siquiera había terminado aún. La sensación que me producía aquel muchacho, dentro y fuera de la cama, era indescriptible.
—¡Le dije que no hiciera eso! —me recriminó, hasta que se dio cuenta de que fue el único—¿No le gustó? —preguntó entonces temeroso y triste al pensar que realmente fuese como estaba pensando. Y antes de tener a posibilidad de negarlo, me tumbó de espaldas con su gran fuerza—que había olvidado que tenía— sobre el tatami, para subirse de inmediato en mi aún duro pene. El kimono aún se mantenía a duras penas sobre su cuerpo, increíblemente desordenado al igual que sus cabellos, pero que, subido sobre mí y la fría tela rozando mi piel contrastando enormemente, le daba un mayor erotismo a un cuerpo consumido por el orgasmo que acababa de tener.
—Quiero hacerte sentir bien...—confesó, mientras introducía por sí mismo mi miembro, que montó sin cesar, subiendo y bajando con rapidez.
—¿Dónde has aprendido tú tales cosas? —pregunté sorprendido, lo que le pareció gracioso.
—Algunos cuidadores traían pinturas eróticas que ojeaba cuando no se daban cuenta—explicó—Y desde hace semanas, he fantaseado con hacerlas una a una con Takeshi-san—comentó, tocando mi pecho por la excitación.
Saber que aquel muchacho que tanto había deseado, llevaba semanas deseándome a mí, me calentó aún más, de forma que empujé mis caderas intensificando el movimiento de las suyas, con rapidez, pues deseaba fundirme por completo en su interior de inmediato.
Levanté entonces sus piernas por encima de mí, abriéndolas aún más, y observé todo su expuesto cuerpo —cuyas partes aún se encontraban goteando—desde aquel hermoso y estimulante ángulo antes de acabar.
Finalmente, gemí en un fuerte gruñido, alcanzado también el orgasmo y llenando su interior con mi esperma, derritiéndome en él en un maravilloso placer.
Me di cuenta de cuánto me había cautivado en todos los sentidos el muchacho con el que aún mantenía conectado mi cuerpo, y lo mucho que deseaba protegerlo a él, y las semanas que habíamos pasado y pasaríamos en aquella casa.
— ¿Le concederías a éste desdichado rōnin...el convertirte en mi único amo y señor a partir de ahora? —le pregunté una disparatada petición, mientras abrazaba su cuerpo sobre el mío, hundiendo dulcemente mi rostro en su cuello.
—Por supuesto— afirmó, besando cariñosamente mis labios.
Comprendí y agradecí enormemente que, el amo que una vez tuve insistiera antes de morir de una grave enfermedad, que no acabara con mi vida y me prometiera seguir viviendo aun si esto estuviera en contra del código por el que regía mi vida y me convirtiera en un bastardo deshonroso a ojos de los demás, pues sin él, nunca hubiera llegado a donde me encontraba, ni hubiera conocido a tan maravillo ser.