Recuerdos del atardecer
¿Cómo podría olvidarlo todo? Si cada mañana era un recuerdo, cada cielo azul, cada perdida nube en el firmamento, cada cálido rayo de sol y cada fría gota de lluvia. ¿Cómo podía olvidarlo todo? Si cada risa o llanto era un recuerdo. Pensaba, mientras caminaba por las grises veredas, entre los altos y bajos edificios, mirando hacia el nuboso cielo del atardecer, pintarrajeado con los suaves amarillos y naranjas que aún lo iluminaban, el agradable viento contra mi cara. Agradable como aquellos momentos, en los que nada más parecía importar, en los que estaba con ellos. Por supuesto que me arrepiento; me arrepiento de muchas cosas, pero no por eso las cambiaría. No cambiaría ninguno de aquellos días, tardes y noches, por más que mis ojos se convirtieran de pronto en un pesado mar de penas. Aunque sintiera como si todo mi cuerpo se deshiciera en un triste gotero aun con los ojos cerrados.
El aroma del local de comida; Los gritos de los niños saliendo del colegio, del turno de la tarde, los de primaria, que coincidía con nuestro horario de educación física; El cálido color del cielo cuando salíamos del colegio, o caminábamos durante las vacaciones o fines de semana; La cantidad de veces que nos habíamos separado en la esquina, o que, por el contrario, habíamos bajado juntos hasta la parada de colectivos. Y allí bajé, y escuché el sonido de los autos, la gente en la calle, los mismos colectivos en la parada o en movimiento, y el puente que iba más allá de la parada. Allí, donde me separaba definitivamente de ellos, listos para volver a vernos otro día más en el colegio, en la casa de alguno, en la plaza o en el parque, en el centro o en el shopping; en algún lugar. Algún lugar que ahora estaba perdido, lejos de mi corazón.
Y así los quería, aunque muchas veces no me hicieran sentir tan bien, aunque muchas veces me ignoraran o no me entendieran bien. Así los esperaba con tantas ansias cada mañana de clases, cada tarde de pos hora o de salir. Los amaba, con todo mi corazón. Amaba ser su amiga, amaba que fueran mis amigos. Amaba la idea de tenerlos a mi lado, de charlar con ellos, de jugar y reír, de poder compartir cosas. Y me hicieron feliz. Sonreía al recordar lo mucho que me habían apoyado en realidad, lo mucho que habían estado ahí para mi. Siempre lo había agradecido, aunque pensara que nunca lo había hecho lo suficiente, y sintiera culpa por creer que era una molestia para ellos en algún o todo sentido. Pero ellos nunca me dijeron que lo fuera, y eso lo aprecio muchísimo. Cuidaron de mí, y yo intenté hacer lo mismo por ellos, aunque siento que nunca los cuidé lo suficiente.
Y recordé cada tarde de juego, cada travesura hablada, cada chiste, cada risotada, cada profunda charla que nos tocó el alma, o cada tonta pelea. Cada tonta pelea. Tantas cosas no habrían sido lo mismo sin ellos. Pero, a pesar de todo, las heridas no pueden sanar por simple corazón, por simple deseo de querer seguir con ellos, de querer seguir estando ahí. No todas las heridas que yo misma les causé pueden sanar como si nada tampoco. No es como si pudiera solo arreglarlo todo con un chasquear de mis dedos, no es como si pudiera solo ignorar todo lo que había pasado, todo lo que nos habíamos dicho. Los errores suceden, las personas se hieren entre sí, y eso no se puede evitar. Pero perdonar es importante, perdonarlo de corazón, cambiar para mejor, tratar de entender al otro.
No cambiaría nada de lo que pasó, ni siquiera nuestra separación. Porque nada era más insostenible, nada excepto mi propia voluntad para no querer ver lo que sucedía. No quería alejarme de ellos, no quería dejarlos ir. De verdad los amaba, aunque supiera, muy en el fondo de mi angustiado corazón, que las cosas ya no eran igual que antes. Fueron mis mejores amigos, mis más queridos amigos, pero al igual que los anteriores, terminamos partiendo caminos.
Miré hacia el cielo, en busca de aquellas perdidas miradas y risas, de aquellos perdidos abrazos que mi corazón había extraviado hace ya tiempo, muy lejos de mí, a un lugar al que no los podía seguir.