Capítulo I
Por méritos se había convertido en algo más que un mero encuentro mensual. Era el primer domingo del mes de noviembre, y sobre las diez de la mañana el teléfono de Emory recibió la esperada notificación. El sonido de este le invitó a abrir la aplicación de mensajería y leer las instrucciones que se indicaban. Sin dejar el teléfono, llamó a su excompañera de universidad, que vivía a unas pocas calles de su piso. No solo compartían el barrio: sobre todo les unían los recuerdos de sus años de estudiantes en Nottingham y esa timidez pueblerina de la cual solían sentirse orgullosos.
Por su parte, Lily había tomado la precaución de no desatender su teléfono esa mañana, para asegurarse así de contestar la llamada que entonces entraba.
—Hola –respondió con rapidez.
—Hola. Ya recibí la invitación.
—Muchas gracias por llamarme. ¿Seguro que me puedo unir?
—Sí, están todos interesados en conocerte.
—Yo también a ellos, y con ganas de volver a verte después de tanto tiempo.
—Ahora te reenvío la indicación de dónde nos reuniremos.
—Si no te importa, preferiría quedar contigo antes y así llegar juntos. No conozco muy bien la ciudad y podría acabar quién sabe dónde. Además, sin ti tampoco reconocería a tus amigos y por error podría acabar sentada conversando con un grupo de Amish.
—Está bien. A las cinco menos cuarto en el andén de la estación Gospel Oak. ¿Ok?
Tras la conversación, Lily regresó al pequeño escritorio que tenía junto a la cama, del que se había levantado para coger el teléfono que había dejado sobre la mesilla de noche. Decidió tomarse unos minutos antes de seguir trabajando en la redacción del informe en el que estaba sumida desde hacía semanas.
Aun siendo un puesto de trabajo de poca exigencia técnica, aunque sí de muchas horas de dedicación, Lily no se quejaba en lo absoluto de su tarea como informática. Era precisamente lo que había estudiado, y veía en este rol una parada obligada en su aspiración de alcanzar un puesto de mayor responsabilidad en alguna gran compañía. Lo que sí le comenzaba ya a resultar incómodo era trabajar aislada del resto de sus compañeros. Era algo de lo que fue advertida antes de aceptar la oferta, pero no había sido capaz de dimensionar su implicancia hasta ya transcurridos unos meses de trabajo en solitario. Con el resto de la empresa dispersada por toda Europa, solo tenía oportunidades de interactuar presencialmente con los clientes ubicados en Londres y ciudades cercanas, a quienes prestaba servicios de integración de plataformas digitales.
Hasta antes de mudarse por primera vez de casa de sus padres y llegar a la capital, Lily nunca había puesto en duda su capacidad de sociabilizar. Contaba con un amplio y diverso grupo de amigos de infancia y otro tanto formado principalmente por amigas de su etapa universitaria. Le resultaba fácil entablar conversación y poseía genuino interés por conocer gente diversa. Pero las horas que dedicaba a su trabajo y el no contar siquiera con compañeros con quienes sociabilizar la estaban llevando a un terreno de inseguridad e insatisfacción con su día a día.
Nunca había considerado a Emory como un amigo, más bien lo describiría como un conocido de quien no tenía grandes referencias. A pesar de conocerle desde hacía años, cuando ambos estudiaban informática en la universidad de Nottingham, nunca cultivaron una relación más allá de cruzarse en clases y resolver juntos una que otra duda previa a algún examen. Podría haber sido distinto de no ser porque ella regresaba a diario a Grantham, pueblo donde había crecido y vivido junto a sus padres y una hermana menor. El inesperado interés que tuvo por contactar con Emory le resultaba evidentemente utilitario, y por ello sintió reparo cuando se decidió a escribirle un estudiado correo electrónico unas semanas antes. Era la vergüenza de hacerlo o resignarse a su incapacidad para forjar un grupo de amigos por su propia cuenta.
La tarde anterior había prestado atención y cuidado para elegir la ropa que utilizaría ese día. Estaba nerviosa por acudir a la reunión, aunque sabía que era un deber salir de su ostracismo para comenzar a integrarse en plenitud en la vida de la gran ciudad, tarea de la cual era la única responsable.
La primera vez que el grupo de amigos celebró uno de estos encuentros fue precisamente el primer domingo de abril de hacía dos años. Justamente un mes después de conocerse en un fortuito incidente en el aeropuerto de Frankfurt, donde un distraído turista abrió una puerta de emergencia en la zona de migración y las alarmas de las instalaciones se dispararon, deteniendo el tráfico aéreo por más de seis horas. El vuelo BA8735 se encontraba a minutos de comenzar el embarque cuando todo fue paralizado. Los pasajeros, que viajaban principalmente por motivos de negocios, se abalanzaron de súbito sobre los pocos enchufes de electricidad disponibles en la pequeña sala de embarque. Ahí, inclinados frente a una de las pocas clavijas, se concibió esta improbable manada de amantes de la tecnología.
Gran parte de las conversaciones que se daban en estos encuentros mensuales estaban orientadas a sus inocultables intereses tecnológicos. Compartían noticias de la industria, filtraban con bondad unilateral avances de sus empresas, ventilaban dudas sobre algún software y, por supuesto, descueraban a aquellos jefes que, no del todo conscientes de su incompetencia, impartían cátedra dentro de sus empresas. Con el tiempo, fueron poco a poco abriendo la conversación hacia sus vidas privadas, revelando pequeñas confidencias sobre sus vecinos o dolorosas experiencias personales. Muchos coincidían en similares traumas de adolescencia, marcados por el rechazo de sus compañeros de clases, la estigmatización de sus hermanos y la dificultad para ser atendidos en sus necesidades emocionales. Eran recuerdos que muchos aún arrastraban, latentes bajo varias capas de éxito profesional y aparente estabilidad personal.
Una de las ventajas de la obligatoria tradición de acudir sin móviles era la desconexión forzosa del mundo digital por un par de horas. Esto sin duda les facilitaba vincularse con la dimensión más propiamente humana, e incluso generar dinámicas casi terapéuticas para la intensa relación que tenían con la tecnología, dado el agudo cortejo diario al que se sometían. Algunos la circunscribían a la actividad profesional, mientras que otros le asignaban el rol de refugio ante una sociedad que nos los entendía.
La segunda razón del consenso que respaldaba esta costumbre era el riesgo de espionaje a través de los dispositivos móviles. No era en absoluto paranoia, sino una realidad de la cual Ethan O’Ryan fue en parte testigo, y uno de los motivos por los que decidiera cambiar de trabajo hacía tres años. Y es que entonces vio como en el diseño de la red de comunicación de un nuevo edificio de la City se instalaría un stingray; que no es otra cosa que una emulación de antena para telefonía móvil capaz de interceptar voz y datos de los usuarios conectados a ella, y así espiar a todo el que se conecte a esa antena, incluidos por supuesto quienes trabajasen en el edificio. No era tampoco el primer caso de espionaje del que tuvieran conocimiento, pero era una muestra más de que cualquier ciudadano está a merced de ser vigilado y escuchado. Según creían, todos estaban expuestos a ser manipulados o, peor aún, caer en una red de extorsión.
Tras colgar la llamada con Lily, Emory continuó impávido, con la mirada perdida en un edificio sin importancia alguna para él, como tampoco para la ciudad. Era una construcción más dentro de las miles edificadas en Londres. Giró la mirada hacia la estantería de libros que se encontraba al costado derecho del sofá. Escaneaba los lomos de todos esperando encontrar un título que hacía tiempo no había visto. Tardó más de lo que pensaba en encontrarlo, había incluso olvidado el aspecto que tenía. Lo cogió con cuidado y se sentó en el mismo sofá para comenzar a leerlo nuevamente, a pesar del cansancio que sus ojos acusaban. Era una copia de la primera edición de Cybernetics. Las desgastadas hojas, impresas en 1948, contenían lo que para muchos eran las bases de la computación analógica, la inteligencia artificial y la neurociencia. Este fue el valioso libro que recibió como regalo de parte de sus padres cuando cumplió veintiún años. Un presente significativo en contenido y simbolismo.
Emory era consciente de la excesiva atención que recibía de sus padres. No los juzgaba por ello ni tampoco los responsabilizaba como arquitectos de la persona que era hoy. Sin amigos, reservado en sus sentimientos, meticuloso en acciones y excesivamente autoexigente con las labores que le tocase emprender. Eran las palabras con que sus progenitores lo solían describir a los asistentes sociales a la hora de buscar ayuda. Las recurrentes noches de insomnio que comenzó a sufrir alrededor de los quince años fueron otro foco de preocupación en la familia, que incluso llevaron al propio Emory a participar en la búsqueda de soluciones: escáneres, electroencefalogramas, análisis del sueño, entre otros exámenes, se sucedieron durante un tiempo sin llegar a resultados concluyentes. Cuando el consumo de melatonina comenzó entonces a facilitarle la conciliación del sueño por las noches, las crisis de angustia empezaron a surgir de día, como una sombra de la que no podría escapar nunca.
La oportunidad de trasladarse a Londres fue para Emory una vía de escape y la posibilidad de comenzar una nueva vida alejada de los fantasmas que lo acosaban. Como una epifanía, unos años antes de que se mudara a la capital, sus padres habían adquirido un luminoso departamento de sesenta metros cuadrados en el apacible barrio de Highbury & Islington. Aquello fue concebido como una inversión destinada a complementar una futura jubilación, pero también albergaba la posibilidad de transformarse en la residencia de su único hijo en caso de que este decidiese continuar su vida en la capital, como finalmente ocurrió.
Alejado ya de su vida pasada, Emory no sentía sobre sus hombros la presión de responder a las preocupaciones de sus progenitores. Las llamadas eran esporádicas y habitualmente solo trataban asuntos de poca importancia, pero eran útiles pretextos para mantener una rutinaria comunicación. Los viajes eran aún menos frecuentes, aunque estos sí atendían a una necesidad de pertenencia que afloraba en Emory en fechas emblemáticas como cumpleaños y fiestas familiares.
Emory era consciente de la importancia que este grupo de amigos, al igual que estos encuentros, tenían para su vida. Para él, en general, no resultaba un esfuerzo ni un compromiso el participar en ellos o contestar las frecuentes llamadas de sus amigos solo para hablar. Desde que los conoció, siempre se sintió como una parte indisociable de ellos. Y cuando ese domingo de noviembre sintió que su vida podría dar un giro importante, tuvo la indispensable necesidad de contar con el soporte de sus amigos.
Tras consultar la hora, el joven, que ya se encontraba próximo a cumplir veintiocho años, dejó de lado el libro que había comenzado a releer. Volvió a quedar con la mirada perdida dirigida hacia la decoración de su salón, que carecía de toda foto o recuerdo. No era la primera vez que se sentía ajeno a la vida que le estaba tocando vivir, pero sí la primera vez que lloraba desconsolado. Sin querer dar más atención a la tormenta de sentimientos que le acosaban, tomó su abrigo y salió por la puerta.