Bajo la Luna de Sangre (HotD, Jacaegon)

Summary

Aegon es un omega, el único hijo de su madre, su único boleto para salvarse de la inanición. Es entregado a un alfa viejo, pero con dinero, para ser su cuarto esposo y darle hijos alfa. Pero las cosas no serán como se pensaban.

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Chapter 1

1



Era ya de noche cuando su madre terminó de preparar las cosas para la siguiente mañana. No la había ayudado en nada porque no tenía ganas de cumplir con su orden y entregarse en matrimonio a un perfecto desconocido con dinero.

- ¿Quieres morir de hambre? – le dijo su madre con más realismo que el que podía soportar. Habían vendido todo, no quedaba nada. Su madre intentó venderse ella, llevar hombres en las noches, pero ya no era tan joven y no le pagan nada bien. No valía la pena, con eso apenas podían comprar algo para sobrevivir un día.

-No mamá – respondió obediente, pero siguió sin cooperar, así que vio como sus pocas pertenencias eran metidas en un saco, luego le lavó y secó su ropa más nueva, la camisa era fina, nunca se la había puesto. Al final lo metió a bañar para quitarle la mugre del cabello y le dijo que también se bañara bien sus partes por si su nuevo esposo quería probarlo.

-Debes estar listo para eso, es viejo, pero seguirá queriendo poner un hijo en tu vientre – le dice ella.

Él odia esas conversaciones donde parece que no tiene más valor para su madre que ser su boleto para salir de la pobreza. Pero tiene razón y por eso lo odia más. El hombre ha tenido hijas antes, las que sobrevivieron son ya bastante mayores y se han ido lejos. Si él le da nuevos hijos tal vez se ponga feliz, tal vez recompense a su madre por darle tan buen omega.

-Párate derecho, no quiero que te jorobes – le regaña cuando por la mañana han ido caminando hasta la casa de su nuevo esposo. No tienen caballos ni dinero para un carruaje, gracias a eso ahora le duelen los pies y se siente cansado. Pero para su madre eso no existe, sólo debe parecer perfecto, una postura elegante, una expresión conmovida, una cabeza inclinada y una bonita reverencia.

-Alicent Hightower y su hijo Aegon.

Los anuncian en el salón de su nuevo esposo. Es un lugar agradable, tiene ventanas y una chimenea. El párroco de la iglesia está ahí, seguramente los casará con un par de frases y listo, no se necesita más.

-Es un buen omega – le dice el hombre de fe a su madre – qué bueno que no lo casó con cualquiera.

Su madre sonríe, es un gesto fugaz. Tal vez piense que las palabras del párroco eran tonterías, no había opciones para elegir, era este esposo o ninguno y este esposo por lo menos los mantendría vivos.

Aegon está tan nervioso que cuando la puerta se abre y su nuevo esposo entra tiene que callar una expresión de sorpresa que expresa su miedo y nerviosismo. El hombre es mayor, eso lo sabía, pero no creía que se vería como un viejo con poco pelo y una boca desdentada.

-Señora… - le dice a su madre y ella hace una reverencia.

-Omega – le dice a él y Aegon no puede más que agachar la cabeza, fallando totalmente en presentar sus respetos.

-Hagamos esto rápido, tengo ocupaciones.

El párroco se para frente a ellos, un par de personas más llegan, como testigos solo para que nadie dijera que Aegon llegó ahí en contra de su volutand, que no aceptó casarse, que fue obligado.

Lo era, estaba siendo obligado, pero por su precaria situación y el poco deseo de morir de hambre que tenía, diría que sí cuando el párroco preguntara si aceptaba a ese hombre como su esposo.

Diez minutos más tarde su madre era despachada de regreso a su casa vieja y desvencijada, pero con dinero para poder comer y con la promesa de una mensualidad para que no tuviera de qué preocuparse y Aegon era llevado a la habitación de su esposo para esperar a que él tuviera tiempo de consumar el matrimonio.

No hubo doncellas que lo llevaran a bañar, que le dieran bonitas ropas de cama, delicadas y provocadoras. No era ese tipo de casa, su esposo era un hombre rico porque se negaba a gastar su dinero. Aegon tuvo que ponerse un sencillo camisón y esperar sobre la cama a que algo pasara.

Nada pasó por muchas horas hasta que cayó la noche y la voz del hombre con el que se casó por la mañana lo despertó. Abrió la puerta de golpe, dio un par de instrucciones y la volvió a cerrar.

-Eres demasiado joven – refunfuña mientras se quita el abrigo, la camisa, las botas y los pantalones. – Le dije a tu madre que no quería un omega tan joven que no supiera nada, ya no estoy en edad de enseñarte las cosas que debes de saber, no tengo paciencia.

Aegon lo mira sin entender nada, su esposo sólo avienta la ropa al lado de la cama mientras sigue quejándose por la boda que apenas habían celebrado.

-Pero ella dijo, mi Aegon aprende rápido, le dará bonitos hijos, los niños alfas que siempre ha querido.

Su esposo sube a la cama, lo empuja para acostarlo, se baja el pantalón y saca de ahí una gruesa verga fláccida.

-Usa tu mano, querido, seguro te has tocado antes, haz lo mismo.

Querría haber estado en la posición de negarse, pero no podía, claro que no. Así que hizo lo que le indicó y sintió la reacción ante el estímulo, pero no quiso ver como despertaba aquella cosa, se le hacía fea y pensar en tenerla dentro lo hacía temblar.

-Abre las piernas, no duro mucho, ya estoy viejo y no he probado un coño tan joven en muchos años.

Aegon hace caso de nuevo, sube el camisón y deja caer las piernas a los lados. Cierra los ojos, no quiere ver como su esposo se alinea con él, como roza con la punta su entrada y aunque debe de notar que no hay casi nada de lubricación, se empuja hasta dentro de un solo movimiento.

“No grites, no llores, no le hagas saber que duele o se sentirá ofendido y te pegará.”

Escucha la voz de su madre repitiendo eso en el camino hasta la casa de su esposo, le dijo que sí, que sería peor si no lo lograba hacerlo mojarse y que si eso pasaba sólo se quedará ahí sin moverse hasta que su esposo terminara.

Por supuesto que su madre tenía razón, dolió y dolió, con cada empujón que le daba era un dolor nuevo y cuando sintió la calidez de su semilla dentro y el cuerpo inerte de su esposo cayó encima de él, seguía doliendo.

Dolió cuando le dijo que se levantara y cambiara las sábanas, que dejara la ensangrentada para llevarla con el párroco y este certificara que había sido entregado completamente puro. Dolió cuando le dijo que recogiera la ropa, que apagara la chimenea porque los dos en la cama se darían calor y no necesitaban más y dolió cuando su esposo se abrazó a él y se quedó dormido.

Su historia no era diferente a la de otros omegas y la historia de otros omegas después de él tampoco lo sería. La cocinera le había hablado de las otras esposas, él era el primero, antes de él solo había mujeres. Ninguna de ellas le dio lo que quería y todas y cada una murieron en el parto. La primera después de darle cinco hijas omega, la segunda después de darle tres hijas beta y la tercera cuando habiendo tenido seis hijas omega le daba su primer varón. El niño tampoco sobrevivió.

Pero aun así pasó una década sin tomar a otro omega hasta que llegó su madre y se lo ofreció, Aegon le dará hijos alfa, se lo aseguró.

A su esposo le gustó el color de sus ojos y lo rubio de su cabello, haría una excepción con él y lo aceptaría pese a ser un chico y, además, un chico tan joven. No debería ofrecerlo aún, le dijo a su madre, pero es que su esposo no sabía lo mal que estaban, que tan al borde de la muerte estaban.

Aegon tuvo su siguiente periodo con un sangrado que lo hizo retorcerse de dolor, siempre era así, los dolores en el vientre lo dejaban inmovilizado. Su madre llegaba con una compresa caliente y un té amargo. Su esposo le dijo que no tenía permiso para quedarse como inútil en la cama, que si no había podido concebir aquella vez entonces tendría que ayudar en la casa.

Ayudar en la casa significó un par de manos nuevas para limpiar, limpiar y limpiar. También eran un par de pies nuevos para ir y venir con encargos, esas compras mínimas que se tenían que hacer.

Su esposo lo envió al pueblo a comprar harina, iba en medio de tremendos dolores y una sensación de calambres en las piernas. No ayudó en nada caminar por una hora para poder llegar, se sentó afuera de la tienda con lágrimas en los ojos.

-Niño, eres omega de Roose, ¿verdad?

Aegon alza la vista, el hombre parece el tendero, tal vez sabe que viene por la harina. Asiente para decirle que así es.

-Ten cuidado, Ramsay volvió al puedo.

Aegon no sabe de lo que habla el hombre, sólo asiente de nuevo y se levanta para ir por la harina. El costal que le dan pesa demasiado, aun así, lo carga lo mejor que puede, pero a medio camino sus brazos duelen tanto que se sienta en el piso, el costal sobre sus piernas. No puede detener más las lágrimas, llora por unos minutos hasta que eso también le parece cansado.

- ¿Vas a la granja Bolton?

Un chico de su edad se pone en cuclillas frente a él, nunca antes lo había visto, pero Aegon no conoce a las personas del pueblo. No era seguro, le decía su madre, lo mejor era mantenerse alejado.

-Sí.

- ¿Quieres que te ayude a cargar?

Asiente, ya sin fuerzas ni para hablar. El chico toma el saco de harina y lo echa sobre su hombro, luego le da la mano a él para ayudarlo a levantarse. Camina frente de él y el temor de Aegon de que se echara a correr con el saco fue infundado, caminaron con ligereza por veinte minutos hasta ver a la lejanía la granja.

- ¿Te has casado con el viejo?

-Sí.

- ¿Esperas ya a su cachorro?

Aegon no pensaba que alguien le preguntara eso de forma tan descarada, pero el chico lo ha ayudado, además, es como él alguna vez imagino sería su esposo. Fuerte, amable, educado y, sobre todo, ridículamente hermoso. Tenía ese cabello rizado, esos ojos oscuros, esa sonrisa preciosa.

-No, creo que tampoco serviré para eso.

-Eres muy joven y ha sido tu primera vez - el joven le dice, de nuevo, es una conversación poco adecuada, pero no le molesta responderle, aunque si le da un poco de pena.

-Lo ha sido.

-Un viejo como Bolton seguro se empujó dentro de ti y en tres estocadas se vino con un chorrito raquítico de semilla inservible.

Aegon no esperaba una declaración como aquella, pero era real, todo culminó en segundos y cuando se levantó, por sus piernas apenas si escurrió un poco de líquido. No pensó en ello porque dolía y lo había puesto a arreglar la habitación, pero tal vez era cierto que alguien tan viejo como su esposo no podría preñarlo a la primera.

-Engendrarás en la siguiente luna llena, pero ten cuidado de Ramsay, no te quedes solo con él o te hará daño.

- ¿Quién es Ramsay? – Aegon parpadea confundido al haber escuchado dos veces ese nombre y no tener idea de quién es.

-El hijo que Bolton jura que murió con su última esposa. Fue hace veinte años, aunque él dice que ha sido menos tiempo, ya no recuerda muy bien lo sucedido. Ramsay es un alfa, habría sido su heredero, pero tenía diez años cuando mató a su madre porque esta lo regaño y le pegó una cachetada.

- ¿Ella no murió en el parto?

Aegon recuerda lo que le contó la cocinera, todas las esposas murieron en el parto, eso dijo claramente.

-No, fue Ramsay, mató a su propia madre y huyó. Bolton dijo que su hijo nació muerto, aunque todos sabíamos que no era cierto, pero el hombre tiene dinero, así que la gente comenzó a repetir aquello. Sólo que ahora lo han visto, ha estado visitando el pueblo, le dije a todos que su nombre es Ramsay Bolton y nadie lo duda, tiene esa mirada enloquecida que la gente vio cuando mató a su madre. No lo hizo en casa, lo hizo afuera de la iglesia, cuando terminó la misa.

Se estremece al escuchar aquello, le parece horrible saberlo ahora, tal vez su madre habría pensado en que las posibilidades de que el hijo loco de su esposo regresara y lo matara eran altas y no lo habría mandado a aquel destino.

O tal vez sí, el hambre que habían pasado no era cualquier cosa.

- ¿Cómo te llamas? – le pregunta el bonito joven.

-Aegon.

-Yo soy Jace, pero no le digas a Bolton que he ayudado, odia que me meta en sus asuntos.

Aegon llega con el costal de harina y nada más dejarlo en la cocina se va directo a su habitación para derrumbarse en la cama. A pesar de la ayuda de Jace se siente desfallecer. Así lo encuentra su esposo, le baja los pantalones y lo vuelve a tomar. Esta vez el cansancio no lo deja sentir tanto dolor y se pregunta si es normal no sentir nada agradable y estar por completo seco al ser penetrado.

Se tiene que responder que sí, que es normal. Esperaba queda preñado esta vez, aunque no era la siguiente luna llena aun como había dicho Jace, pero había una posibilidad.

Ramsay Bolton se presentó en la casa una semana después, la cocinera sacó un rifle y le apuntó decidida a disparar. Su esposo salió a hablar con su hijo, ese que no estaba muerto y le exigía dinero.

-¡¡O una noche con tu omega!! -gritó con mucha fuerza para hacerse oír hasta dentro de la casa. - ¡¡Seguro que yo podría preñarlo!! ¡¡Tendrías un hijo y un nieto a la vez!!

Su esposo le dio dinero, suficiente para alejarlo por muchos meses. Le prohibió salir hasta que estuvieran seguros de que Ramsay ya no se encontraba cerca.

-Anda al pueblo, necesitamos manteca – le dice la cocinera. Aegon se tensa, no quiere salir, aunque han pasado bastantes días podría ser que Ramsay aun estuviera esperando por él. – No tardes todo el día, hoy hay luna llena y es mejor estar resguardados antes del anochecer.

Aegon se apresura, llega al pueblo, compra lo que debe y cuando va de regreso y tiene que pasar entre lo denso del bosque una opresión lo hace caminar con duda. Siente que alguien está cerca, que alguien lo acecha. De inmediato piensa en Ramsay y echa a correr lo más rápido que puede con el corazón desbocado cruzando entre las gruesas ramas de los árboles y mirando al fondo la salida de ese lugar y poder regresar al camino que lo llevaría a la casa de su esposo.

Siente que puede llegar, casi puede percibir el calor del sol en su rostro…

Una fuerte mano lo sujeta del brazo, Aegon cae, no entiende lo que está pasando y al caer se golpea la cabeza y todo su mundo se pone negro.


2


- ¿Dónde está?

Ramsay Bolton se encontraba en una posada de diez días de camino de la granja de su padre, al salir para tomar su caballo se encontró con todos los hombres apuntando armas de fuego hacia su cara.

- ¿Dónde está quién, padre?

Ramsay no se inmuta, no le asusta ver cómo lo rodean ni como se acercan apuntándole a centímetros de su cara.

-Mi omega.

Su viejo padre parece a punto del colapso, la mandíbula desencajada, su parpado derecho temblando. Ramsay se mantuvo estoico, ni una sonrisa por ver a su padre tan alterado ni nada más. Una perfecta máscara de tranquilidad que sólo causó más enojo en quienes lo estaban acusando.

- ¿Ese omega tiene nombre o sólo le jadeas como un animal como si fuera un agujero cualquiera?

Su padre gruñó y apretó suavemente el gatillo del arma que portaba, por fortuna no era sensible o Ramsay estaría muerto.

-Aegon, ¿dónde está mi Aegon?

Ramsay ve la desesperación en su padre, tal vez si le había tomado cariño al omega ese y ahora que se ha escapado lo resiente. Maldita la coincidencia que hacía que estuviera cerca cuando el muchacho decidió salir de la horrible vida que le daba alguien tan amargado como Roose.

-Aegon, bonito nombre. Te dije que me lo cogía, ya tendría cachorro en el vientre y no se habría escapado.

-¡¡Tú te lo llevaste!!

-Por supuesto que no.

Ramsay sabe que tiene las de perder, que no puede demostrar el hecho de que no ha atentado en contra de ese omega que ni siquiera alcanzó a ver cuándo fue a la casa de su padre. No tenía idea de cómo se veía ese omeguita y lo único que sabía es lo poco que la gente le dijo. Que era muy joven, que era muy lindo, que tenía ojos de un color muy extraño y que parecía alguien adorable y asustado al mismo tiempo.

Que su padre lo traía trabajando, caminando desde la granja al pueblo, cargando los bultos que Roose pedía en la tienda sin la ayuda de nadie.

-¡¡Ramsay!! ¡¡Dime dónde está mi omega!!

Escuchó cuando el gatillo fue apretado, tenía aprendido ese sonido perfectamente. Se dejó caer al suelo mientras sacaba sus propias armas y disparaba a los otros que lo rodeaban. Ese disparo desde la lejanía había terminado con la vida de Roose, clavándose entre ambos ojos, demostrando lo preciso que era la persona que había disparado.

Escucha el nuevo disparo y otro hombre cae muerto a su lado, Ramsay no se queda esperando, porque ha estado disparando a los otros y aunque se ha acabado sus cartuchos sabe que los otros no tienen oportunidad para nada.

Ramsay se levanta, se sacude el polvo y se dirige de nuevo al establo para sacar a sus caballos. Cuando los tiene afuera, ensillados, preparados, llega a su lado el dueño del rifle que había disparado desde la torre de la iglesia. El día anterior la noticia de la desaparición del omega de su padre los alcanzó, de inmediato pensaron que Ramsay sería culpado por ello y por lo mismo, habían tomado esa actitud defensiva para la noche. Por fortuna, porque de otra manera habrían terminado matando a Ramsay o culpándolo de nuevo de algo como sucedió cuando Roose le cargó la culpa por la muerte de su madre y obligó a todos a decir dos mentiras. La primera que Ramsay, siendo un niño de diez años, había cortado el cuello de su madre. Después, para borrar su existencia, dijo que tanto su madre como él había muerto el día de su nacimiento.

La gente lo creía. La gente lo repetía. Se notaba el poder que tenía Roose en aquella comunidad.

De la misma manera habrían creído que fue él, Ramsay, quien había hecho daño a ese omega. Si aparecía muerto sería culpa de Ramsay y esta vez lo haría pagar.

- ¿Estás bien? ¿Te hicieron daño?

El otro hombre que lo ha alcanzado en el patio de la posada parece preocupado, lo toma por el rostro, lo mira a los ojos y cuando obtiene una sonrisa se relaja un poco.

-Sabía que no me dejarías solo.

-Nunca.

Aegon abre los ojos y es de noche, está en el bosque, el cielo que tiene sobre de él le deja ver perfectamente que es una noche de luna llena.

Se levanta, la cabeza le duele en un punto cerca de la sien, tal vez se ha golpeado con fuerza cuando lo que sea que tomó su brazo lo jaló. Está confundido, ¿será que es el mismo bosque que se ve desde la ventana de su cuarto? ¿Basta con caminar por un tiempo para llegar al linde y poder salir a alguno de los caminos?

Echa a andar, toma cualquier dirección, no podría decir a dónde tiene que ir porque en el cielo lo único que se ve es la enorme luna. Tiene una coloración casi roja, un mal augurio dirían algunos, a él no le importa porque su luz le ayuda a no tropezar durante esa caminata.

Se detiene de golpe, su cuerpo le advierte de lo que se avecina, percibe un aroma intenso a alfa, muchísimo más dominante que cualquiera. Se queda paralizado, no hay forma de que pueda dar un paso, ahora entiende lo que sienten los venados cuando se detienen frente a sus depredadores, saben lo que pasará, saben que morirán y tienen dos opciones.

Huir a toda prisa o aceptar la derrota.

Aegon corre a sabiendas de que no llegará a ningún lado, de que sus piernas no alcanzan la velocidad necesaria, de que sus ojos pasarán por alto algún otro peligro, que tropezará y que no podrá levantarse más.

Escucha que algo viene corriendo detrás, no suena como una persona, es mucho más rápido, es mucho más grande. Aegon lo intenta, de verdad que sí. Porque no quiere morir así, devorado por que sea que está detrás, porque quiere sobrevivir, aunque su vida sea horrible es mejor que esto.

Cayó sobre la hierba, se hizo daño en las manos, pero el dolor pasó a segundo plano cuando eso que lo perseguía se acercó tanto que quedó sobre de él. Sentía su aliento caliente en la nuca y comenzó a llorar porque era obvio que no era algo humano ni animal. Eso era un monstruo y lo tenía encima.

Aegon sintió las garras de este ser, lo tocaron en las piernas y en la espalda y escuchó como algo se rasgó. ¿Había sido su ropa? El temblor que lo invadió fue intenso, después de esto seguía una mordida y entonces se lo comería vivo.

Aunque lo que siguió fue la nariz de ese ser olfateando desde su cuello hasta su trasero. Aegon se tensó y sus lágrimas se derramaron sabiendo que estaban en los últimos momentos de su vida.

Fue cuando sintió su lengua, lamía su cuello, ahí dónde estaba la glándula de olor que no había sido marcada por su esposo y era hasta ahora que lo pensaba, que el alfa con el que se había casado ni siquiera había intentado marcarlo.

Aegon chilló y trató de levantarse, pero la lengua siguió su camino hasta deslizarse entre sus nalgas. Las garras del ser se aprietan sobre la carne suave de su trasero, separan con cuidado para poder ver su coño de omega, le provoca un grito cuando esa lengua entra después de unas lamidas que si no fuera por el miedo que tiene a ser devorado lo habrían mojado.

Gime, aunque no quiere, porque este momento donde un monstruo le lame el coño lo hace sentir excitación cuando debería estar pateando por liberarse.

El ser lo gira sin mayor problema y Aegon grita una vez más, lo que ve es un mito, algo con lo que asustan a los niños. Un enorme lobo negro, ojos rojos, hocico lleno de colmillos y un pelaje lustroso que ya había percibido rozando su cuerpo cuando lo tenía boca abajo. El lobo humanoide lo toma por la cintura, sujeta su cadera, Aegon sabe en el profundo de su ser lo que quiere, porque es un alfa tan puro que tiene esa forma espantosa y espeluznante.

Aegon está mojadísimo, su omega respondiendo al dominante alfa que quiere aparearse. El alfa lo penetra con una verga que Aegon alcanzó a atisbar entre el pelaje, era grande y mucho más gruesa que lo que su esposo había usado para tratar de preñarlo. Entra, poco a poco, dejando que el coño flexible lo reciba y el omega gime y jadea, jala el pelaje oscuro del animal que lo reclama, levanta su cadera, busca encontrar esa verga, que lo llene mucho más conociendo por primera vez el placer.

Ahí en el bosque.

Sobre la tierra, sobre las hojas caídas de los árboles testigos.

Hay gruñidos, profundos, graves, que se vuelven más y más intensos, acompañados de los sonidos que Aegon produce, quejidos y gemidos agudos y gritos cuando llega a su orgasmo una y otra vez, corriéndose con esa verguita chiquita que se frota contra su abdomen.

El omega, acostumbrado a que su esposo metiera la verga dentro de su cuerpo y se empujara entre sonidos ahogados y lo llenará con poquito semen, no entiende lo que está pasando mientras el ser gruñe y lo hace venirse una y otra vez sin que esto culmine. Aegon jamás había tenido un orgasmo en los encuentros con su esposo y ahora había tenido tantos que perdió la cuenta. Se volvía a poner duro, el lobo monstruoso lo hacía ver estrellas, se corría y todo volvía a empezar mientras ese alfa animal no se había corrido aún.

Cuando el monstruo se vino dentro de él, Aegon sintió un golpe fuerte dentro de su coño y las paredes de este se apretaron sobre la verga, exprimiendo lo más posible de esa semilla que se ofrecía a ese cuerpo joven de omega. Su vientre se sentía lleno, Aegon se puso una mano en esa curva que se formó con todo el semen que ahora tenía dentro e imaginó tener una cría de este ser.

Sonrió ante la posibilidad.

Aegon despertó una vez más cuando el nudo del monstruo bajó. Estaba echado a su lado, la luz de la luna los seguía bañando con su rojiza luz. Era un enorme lobo, tenía esas patas traseras largas que le permitían correr con una velocidad extrema. Tenía ese hocico espantoso y esos dientes afilados que Aegon tocó con la punta de su dedo. Su nariz estaba húmeda y cuando puso su palma cerca de ella, lo olfateó.

El omega estaba desnudo, pero no sentía nada de frío, el calor que emanaba del inmenso lobo era bastante como para mantenerlo cálido.

El alfa animal se levanta y se yergue sobre sus patas traseras y es inmenso. Ahora que Aegon lo puede ver bien es bastante lindo dentro de su propia monstruosidad, un lobo grande, mucho más alto que un hombre, fuerte, pelaje brillante y una cabeza impresionante gracias a ese hocico temible plagado de dientes espeluznantes.

Sin embargo, si le parecía lindo.

El lobo posa su mirada en él, sus ojos parecen tan humanos. Aegon se remueve nervioso al notar cómo la verga proporcional al cuerpo del lobo se comienza a poner dura y el omega se pregunta cómo diablos lo ha podido tomar sin morir en el proceso.

-Espera…- Aegon trata de ponerse de pie, las piernas no le sirven, tiemblan sin fuerza y cae de rodillas. El lobo lo toma por la cintura y lo carga sin esfuerzo alguno. - ¿Qué haces?

Lo recarga contra un árbol, de nuevo su espalda terminará arañada por la superficie, pero el omega de Aegon responde, pone sus piernas alrededor de la cintura del lobo y se abraza lo mejor que puede al lobo antes de que de nuevo lo penetre. Aegon aúlla al sentirse de nuevo tan lleno que no entiende cómo no está llorando por la intrusión. Cuando era su esposo sí dolía, pero con este ser simplemente se vuelve perfecto, un placer inmenso donde los consejos de su madre no tienen cabida.

Aegon jala el pelaje del lobo, jadea, gime fuerte ante cada golpe de verga que le da y que lo hace ver estrellas una vez tras otra. Se corre, su orgasmo pega fuerte, se queda sin fuerzas a merced de su amante quien parece aprovechar que Aegon no opone nada de resistencia. Lo sostiene con más firmeza, aunque con cuidado porque no deja ni una solo marca de sus garras en la lechosa piel del omega, entra en él y sale de forma rítmica produciendo un sonido húmedo tan sucio que es excitante.

El omega recibe el nudo de su alfa, es suyo, claro que sí, el esposo que dejó atrás nunca lo fue, ni siquiera pudo preñarlo como era debido. Este es su alfa, un animal en el bosque que lo toma con todo el salvajismo necesario para abandonarlo en los brazos del placer más sublime.

Aegon pierde la consciencia al sentir como su abdomen se distiende lleno de su semen, tal vez asegurando un embarazo. Un cachorro de un lobo, un bello ejemplar tan hermoso que sólo contemplarlo lo hacía sentirse mojado.

Cuando abre los ojos junto a él estaba el bello joven que lo ayudó aquella vez cuando cargaba el bulto de harina.

Le sonrió nada más se dio cuenta de que abrió los ojos, le ofreció su mano para que pudiera sentarse.

-No puede ser – Aegon lo sabe en el fondo de su corazón, lo sabe porque huele a lo mismo que el lobo con el que ha cogido, lo sabe porque esos ojos oscuros son los mismos, tienen esa misma luz, esa misma expresión.

- ¿De verdad? – el joven se acerca, lo olfatea y lame la herida que Aegon tiene en el cuello.

-Me has marcado – se lleva la mano al cuello, la herida es profunda pero no le duele, ni siquiera recuerda cuándo sucedió.

-Eres mío, mi omega, tienes a mi cachorro en tu vientre, concebido en la siguiente luna como te dije que sería.

Aegon lo mira sorprendido, pensó que le decía sobre su esposo, no sobre ser secuestrado en el bosque y ser entregado a una serie de orgasmos que nunca podría olvidar. En realidad, quiere repetirlos.

-Es mejor que siga adelante, no vayan por ese bosque.

El viejo estaba encorvado, pero se esforzaba por caminar en dirección al pueblo, había evitado tomar el camino que ellos quería recorrer y ahora les advertían.

-Gracias – le dice uno de ellos al viejo antes de detenerse.

- ¿Qué haces? – le pregunta su acompañante.

-Ya escuchaste, no debemos ir por ahí.

-Ah claro, le hacemos caso al viejo raro y caemos en una trampa más adelante.

-No creo que sea así.

-Será así.

Se encamina por el sendero que lleva por el bosque, el otro hombre no tiene más que seguirlo, no puede dejarlo solo.

El bosque es demasiado espeso, la luz del sol apenas si toca el suelo recubierto de hojas en diferentes estados de podredumbre.

-Ram…

-Sigue adelante, aquí no hay nada espeluznante.

El hombre mira a su alrededor, todo es sombras y oscuridad, tal vez sólo sea su imaginación, pero no está tan seguro de que no haya nada espeluznante.

-Hay una casa.

-No te detengas, sólo sigue adelante.

-Deberíamos ver si nos pueden dar algo de comida.

-Ram… - el hombre se echa a caminar con dirección a la casa, parece tan fuera de lugar con su techo bajo, un jardín rodeado por una cerca, muchas flores y figuras de madera como decoración. – Es mejor irnos.

-No tienes de qué asustarte, The – el hombre se gira para mostrarle su sonrisa confiada. – Nosotros somos de temer, no lo que viven en esta linda casita.

Tal vez tendría razón en cualquier otra situación, pero en medio de un bosque tan apabullante, una casita adorable. No lo hacía sentir bien, el temor se afianzó en su estómago y lo hacía tener ganas de echarse a correr.

-Ram, de verdad, sólo vámonos.

Estaba a punto de decir otra cosa cuando la puerta de la pequeña casita se abrió y algo salido de un cuento de hadas apareció frente a sus ojos. Un bellísimo omega de piel muy pálida y rubios cabellos largos adornados con pequeñas florecitas amarillas. Detrás de él, un par de niños pequeños, tal vez apenas mayores de un año. Uno era rubio como el omega y el otro de bonitos rizos oscuros.

-Ho…

-No les hables – el hombre que había estado siguiendo todo el camino hasta ahí se lanza para evitar que su compañero diga nada. – Vámonos Ram, sólo hay que salir de aquí.

-The…

Los hombres se distraen, miran como el omega precioso se pone una capa roja encima, toma de la mano a sus niños y al levantar la vista, les sonríe.

-No deberían caminar por aquí.

Dan un paso para atrás.

-Pero creo que ustedes dos sí podrán salir y vivir un día más.

Los dos seguían alejándose paso a paso, aterrorizados por la mirada agresiva de ese omega mientras su sonrisa era amable. Había algo que no estaba bien, que no era como debía de ser.

- ¿Eres Ramsay Bolton? – le pregunta y uno de los hombres asiente.

- ¿Mataste a Roose Bolton?

-Fui yo – confiesa el otro hombre – Ram sólo mató a tres de sus hombres.

El omega vuelve a sonreír, ahora mostrando los dientes. Ellos lo pueden ver, aunque su mente duda, no puede ser. Sus dientes son afilados, no son normales. Los niños se ríen, los niños también les causan cierto nivel de terror inexplicable.

-Pueden irse, pero jamás vuelvan – les dice – por el servicio que me prestaron, sus vidas han sido perdonadas.

Los hombres dan media vuelta y deshacen en camino, todo el tiempo que corrieron sentía la presencia de algo amenazante capaz de acabar con sus vidas. Deberían haberse perdido, pero tras muchos minutos de correr uno detrás del otro, logran ver la claridad del sol a través de los troncos.

Ramsay pisa el sendero que ahora vuelve a ver y acelera, cuando sale del bosque rueda después de tropezar.

Theon va detrás de él, no cae, sólo se detiene mientras siente el dolor en el pecho producto de la carrera que han hecho, mucho más allá de sus capacidades físicas.

- ¿Qué ha sido eso?

Pregunta Theon sintiendo que lo que acababa de ver había sido la muerte.

-Aegon – le responde con seguridad, aunque sigue tirado en el piso sin poderse levantar. – El omega de mi padre.

- ¿Se fueron?

-Debí matarlos – le dice su alfa al entrar a la casa. Está desnudo porque ha corrido detrás de esos dos hombres para asegurarse de que se fueron y de que no piensan volver.

-No, claro que no – le responde su omega mientras le pasa un camisón para que tape su cuerpo. – El que mataran a Roose nos ayudó a tomar todo su dinero y desaparecer sin que nadie reclamara nada.

-Aun así…

-Ramsay no amaba a su padre, que su amante lo matara lo hizo feliz.

-Aegon, debo protegerte.

El alfa abraza al omega, lo cubre con su olor y le besa la cara. Aegon ríe, no había conocido la felicidad hasta que ese lobo enorme lo secuestro y ahora, tienen un hogar, dos hijos y toda una vida juntos por delante.

-Sí lo haces rápido… - el omega se baja los pantalones, gotea lubricante desde su coño. El alfa se levanta la ropa, se acerca y lo toma por la contitura. Aegon salta, se enreda en su cintura. Normalmente dejan salir el calor en la forma de bestias que gruñen y aúllan, pero es de día, sus niños están el jardín persiguiendo ardillas.

-Aegon…

-Rápido…dame duro…

El alfa nunca dejaría de hacer caso de su omega, lo penetra, se mueve rápido para llevarlo hasta su orgasmo y llenarlo de semilla. Le gustó verlo con sus cachorros, lo ponía muy duro esa pancita redonda que le causaba problemas para caminar. Quería verlo así siempre y por ello tenían que coger una y otra vez, a veces rápido y a veces tomando toda la noche para amarse.

Bajo la luna de sangre.