Capítulo 1
Dejo mi maleta en el suelo mientras mi corazón late rápido. Mi cuerpo se sacude y un escalofrío me recorre de los pies a la cabeza. Mis ojos se nublan por las lágrimas no derramadas.
Por fin soy libre…
La emoción y la euforia luchan para ver quien aflora primero, pero les gana el alivio.
—Esta será tu habitación por los siguientes cuatro años, a menos que decidas mudarte. No es un gran espacio, pero tiene lo que se necesita. Puedes decorarla como gustes. —me dice la guía universitaria con una sonrisa. —Espero que disfrutes tu vida universitaria. —y con esas palabras cierra la puerta dejándome sola.
Arrastro como puedo mi única y gigantesca maleta. Las dos camas frente a mi lucen iguales, pero decido reclamar la que no está frente a la puerta. Lucho unos minutos, pero al final logro subir mi maleta a la cama. Me quito la mochila y también la dejo sobre la cama.
Cuando la guía universitaria dijo que no era un gran espacio no mentía, aun así, tiene todo lo que necesito. La habitación esta diseñada para ser compartida. Por lo que hay dos camas con una mesita de noche para cada una, dos escritorios y dos sillas. Frente a la cama que escogí, se extiende lo que supongo es un armario. Con curiosidad camino hacia el y lo abro. Hay dos compartimentos. Lo suficientemente grande para guardar toneladas de ropa. Giro mi cabeza hacia mi cama y sonrío. Todo lo que tenía cabía en esa maleta. Supongo que todo cabra a la perfección. Tengo cuatro años para llenarlo.
Desempaco y solo me toma veinte minutos guardar y hacer mi cama. Mi compañera de habitación no parece llegar aun, por lo que me doy tiempo de inspeccionar el baño. Es una habitación pequeña, pero tiene lo necesario. El gabinete de la ducha es transparente con vidrio templado y está en la esquina. A su lado está el lavamanos y junto a este el retrete. Junto a la puerta hay un pequeño estante que también posee dos compartimentos. Supongo que es para dejar los accesorios y las cosas de baño.
Sonrío. Me gusta este lugar. Pese a que es desconocido, es acogedor y me hace sentir segura.
Salgo del baño y voy a mi maleta para buscar las únicas pertenecías de baño que traje, lo cual consiste en dos toallas de cuerpo, dos de pelo. Un champoo y un jabón de cuerpo. Lo dejo todo en el lugar que escojo para mí y vuelvo a mi lado de la habitación. Miro la carente decoración que hay en mi lado.
Nunca fui fan de alguna banda o de algún actor, por lo que la única decoración que dejo junto a mi mesa de noche es una foto en donde Sam y yo teníamos seis años. A los dos nos faltan dientes delanteros, pero aun así sonreímos a la cámara mientras nuestras ropas están llenas de tierra. Esa foto es mi tesoro.
Comenzar la universidad a miles de kilómetros es desolador para algunos ya que estarán fuera de casa, pero no me siento triste o vacía. Me siento como si por fin estuviera viva.
Trago saliva sin saber que mas hacer. Por lo que tomo mi celular que apenas se mantiene funcionando, pero que sirve para lo necesario.
Rápidamente tecleo un mensaje.
[Sabrina: ¿Ya terminaste de desempacar?
15:30]
[Sam: Si, ahora saldré con unos amigos.
15:45]
Miro el mensaje con desilusión.
—No pasa nada. Ya lo veré mañana. —digo en voz alta. Aunque la desilusión demora en irse.
Me quedo sentada en la cama mirando a la pared frente a mí. Mi compañera tampoco ha llegado, incluso me pregunto si vendrá. La hora de llegada era hasta las tres. Quizás no tenga compañera de cuarto después de todo.
No tengo nada que hacer. Esperaba salir con Sam a recorrer el campus, pero no pensé que ya tuviera amigos. Aunque no me sorprende. Sam es simpático y nunca le ha costado hablar con más personas. No como yo. No es que sea poco sociable, pero me cuesta abrirme y la gente tiende a pensar que me hago la interesante. ¿Qué se supone que responda cuando me preguntan qué tipo de música escucho o que serie me gusta si nunca he experimentado algo de eso? No tiene caso mentir por lo que siempre opto por decir que “no escucho música” o “no veo series”.
El poco acercamiento a la tecnología lo tenia cuando iba a casa de Sam, pero eso dejó de ocurrir cuando cumplí once años. Por lo que lo ultimo que recuerdo es high school musical. Y eso es cuando tenía como ocho años.
Niego con la cabeza. Recordar el pasado solo me hace mas daño.
Me recuesto en la cama y veo la foto de mi mesa. Sam y yo crecimos juntos. Hemos sido vecinos y mejores amigos desde que usábamos pañales. No me sorprendí cuando ambos aplicamos a la misma universidad. Aunque claro, ambos aplicamos por motivos diferentes.
Sam quería asistir a la misma universidad que su madre, y yo solo quería huir lo más lejos posible.
Me sobresalto ante el sonido de un mensaje entrante.
[Sam: ¿Comiste?
16:20]
[Sabrina: No, aun no.
16:21]
[Sam: Lo supuse. Sal, estoy fuera. Traje comida.
16:22]
Mi estúpido corazón da un vuelco involuntario.
Creí que hoy no tendría oportunidad de verlo y, sobre todo, que él no querría verme. Con rapidez me coloco las zapatillas y salgo corriendo de la habitación.
La residencia es grande, pero tuve suerte de que me asignaran una habitación en el tercer piso, por lo que no me toma mucho tiempo llegar a la entrada.
Mi corazón da otro vuelco cuando lo veo. Trago saliva. Sam se ha vuelto mucho mas masculino y guapo a medida que hemos crecido. No pasamos tanto tiempo juntos como antes, pero él aún se preocupa por mí. Cuando mis ojos capturan su oscura mirada un escalofrío me sube de los pies a la cabeza. Sam se levanta de su moto y se acerca a mí con una bolsa plástica que dentro tiene una bolsa de papel.
—Supuse que no saldrías a buscar comida. Ten, para que comas algo. —dice mirándome de pies a cabeza. Y me avergüenzo.
Se que estoy más delgada de lo que debería, y también se que no es mi culpa estar mal nutrida. Aun así, me avergüenzo de todos modos. Tomo la bolsa. Es más pesada de lo que creí.
Miro a Sam y la nostalgia me pincha el corazón. Al principio, tanto los cambios físicos como de personalidad en Sam no fueron muy drásticos. Dejó de sonreír y se volvió mas agresivo con las personas que lo molestaban. También ganó más cuerpo. Lo atribuí todo a los cambios hormonales o propios de la adolescencia. Después de todo, yo también cambié en el proceso. Solo teníamos quince cuando todo comenzó. Pero luego, cuando cumplimos los diecisiete se compró una moto y comenzó a pelear de manera clandestina. No había día en el cual no tuviera moretones. Comenzó a ser más distante con todo el mundo, pero no conmigo, al menos, aun no lo hacía. Él seguía cuidándome y protegiéndome. Pero el cambio se dio el verano pasado.
—Gracias, te pagaré a penas consiga un trabajo. No creo que me cueste ya que la cuidad es grande. —digo con una sonrisa y la esperanza de que su ceño deje de fruncirse.
Sam chasque la lengua.
—Sabes que conmigo esa basura no sirve. Te traje comida porque quise. No necesito tu dinero, Sab. —el disgusto desborda en su voz.
La frialdad de su tono hace que me sobresalte y agacho la mirada. Sam se da cuenta porque lo escucho suspirar.
—Sab, mírame. —pide son voz más suave. Alzo la mirada y lo veo rascarse la cabeza. —No estoy enojado contigo. Solo necesito que sepas que no voy a aceptar tu dinero ni ahora ni nunca. —Sam acaricia la parte superior de mi cabeza. —Ve dentro y come, por favor. Yo debo irme.
Cuando esta alejando su mano de mi se la sostengo para retenerlo.
—No harás nada peligroso, ¿verdad? —el pánico se apodera de mi voz. —Ya no estamos en nuestra ciudad. Aquí todo es más grande y diferente…—Mi voz se apaga a medida que veo como el ceño de Sam se profundiza una vez más.
—¿Cuántas veces tendremos esta conversación? —su tono desaprobatorio me revuelve el estómago. —Soy bueno en lo que hago y no necesito tu preocupación.
Trago saliva y vuelvo a bajar la mirada. Sam chasquea la lengua una vez más.
—No eres mi madre Sabrina. No necesito que te preocupes, sé cómo cuidarme solo. Lo he hecho desde que tengo ocho años. Por lo cual tus estúpidas preocupaciones son innecesarias. —Sam se deshace de mi agarre.
—No puedo no preocuparme por ti...— admito con un hilo de voz.
Sam toma mi barbilla y la levanta para que lo vea. Sus ojos carecen de emoción cuando me mira.
—Ya no somos niños pequeños. Es hora de que te preocupes de tus propios asuntos. No puedo seguir preocupándome por ti mientras me preocupo de mi mismo. Es tiempo de que dejes de seguirme como un perrito sin techo. —dice negando con la cabeza antes de soltarme para ir hacia su moto.
Se me empañan los ojos. Él de entre todas las personas no puede estar diciéndome esto. Él sabe cuánto lo necesito.
—Tienes que aprender a cuidarte, Sabrina. No estaré contigo toda la vida. Tengo mi propia vida. —dice tras el caso antes de encender su moto y desaparecer.
Como una estúpida, me quedo en mi sitio mas del tiempo aceptable con la esperanza de que Sam vuelva. Pero cuando la comida de la bolsa comienza a enfriarse, me doy cuenta de que no volverá.
No soy consciente de cuando he comenzado a llorar, peor una vez dentro del dormitorio, las lagrimas se derraman como cascadas y sollozo hasta que me duele la garganta.
No sé que pasó para que mi mejor amigo, el chico que me prometió que me protegería y se quedaría a mi lado siempre, se transformó en este chico sin corazón.
Yo se mejor que nadie que ambos crecimos, que cada uno tiene una vida. Pero creí que me dejaría ser parte de la suya. Que nunca me alejaría.
—Te creí. Cuando prometiste estar conmigo y protegerme siempre, te creí. —susurro mirando la bolsa de comida. —Supongo que tú también me mentiste.