Solo Quiero Hacerte Feliz: Primeros Lazos

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Summary

Zeven ha construido su vida en torno a la perfección fría y el control absoluto. Su universo es un algoritmo de rutinas, una fortaleza contra el caos de una familia que lo ve como un fantasma. Todo está bajo control... hasta que llega Marleen. Ella es la anomalía, el ruido que rompe su silencio. En menos de una semana, lo obliga a ser su "novio", lo arrastra a las burlas del patio y convierte su vida ordenada en un campo de batalla de secretos y emociones. Ahora, Zeven debe decidir: ¿se aferrará a su armadura de soledad o se atreverá a arriesgar su perfecta fachada por la única persona que lo ve no como un error, sino como un desafío que vale la pena ganar?.

Status
Complete
Chapters
35
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5.0 2 reviews
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16+

Capítulo 1: Una rutina insoportable

A veces no entendía por qué tenía un despertador. Siempre le ganaba a ese reloj, sin importar qué tan temprano lo programara.

A las 5:00 a.m. el departamento estaba casi vacío, un mausoleo silencioso. Por eso me metía a bañar con agua fría, para tratar de sentir algo, cualquier cosa que rompiera el vacío. Después, el ritual de siempre: me ponía el uniforme, esa armadura de camisa blanca, corbata roja, un saco negro con botones dorados y un pantalón incómodo que me recordaba a cada paso que nada estaba bien.

Caminaba a la sala y el silencio se transformaba. Se convertía en el zumbido grave y monótono del refrigerador. No era un ruido molesto, pero era insistente, un sonido que se aferraba a la quietud y se clavaba en mi mente si lo dejaba. Por eso buscaba el control remoto. El parloteo de las noticias era el antídoto, un ruido blanco para ahogar al otro.

Con ese sonido de fondo desayunaba lo de siempre: cereal con trozos de fruta para darle un vago sabor a algo. Mi vista se perdía en la pantalla, en noticias que siempre parecían grises, tan deprimentes como mi propia vida. La última cucharada raspó el fondo del tazón, un sonido hueco que me sacó del trance. Ya era suficiente. Apagué la televisión.

La sala, con sus sofás grandes, era un territorio ajeno, sobre todo por las fotos que me observaban desde las paredes. No, “familiares” no era la palabra correcta. Estaban las de la boda de mis padres, sonrisas congeladas de un día que ocurrió mucho antes de mí. Y luego, dominando el espacio sobre el sofá principal, las ampliaciones de los quince años de Ashley. Un recordatorio de una fiesta de hacía cinco años. La chica sonriente de ese vestido pomposo se había transformado en la adolescente de risa fácil y cuarto desordenado que ahora vivía aquí, para quien la preparatoria era más un evento social que académico, pero el monumento a aquella versión perfecta de ella seguía intacto.

Por puro masoquismo, a veces buscaba un rastro de mí en ese mausoleo de recuerdos. No había nada. Ni una foto de un cumpleaños, ni un retrato escolar. En la historia oficial de esta familia, colgada para que la vieran las visitas, yo no existía.

Jugar aquí, en el centro de un santuario que no me incluía, era una transgresión. Así que me deslicé por el pasillo y me refugié en mi recámara, el pequeño estudio que habían convertido en mi habitación.

Allí, la pequeña televisión sobre mi escritorio y la vieja consola me esperaban. Aquí comenzaba el verdadero ritual. La pantalla de selección de personajes de ese antiguo juego de peleas era mi campo de batalla.

Las reglas eran mis reglas, un reto ridículo que me autoimponía. Mi luchador, solo. Contra tres de los enemigos más difíciles controlados por la consola. Una sola vida para mí; cinco para ellos. Así se sentía mi vida, ¿no? Yo solo contra el mundo. El mundo exterior se desvanecía. Solo quedaba el patrón de ataque, la defensa perfecta, la desesperación por sobrevivir contra probabilidades imposibles.

Y cuando la rabia contra el mundo no era suficiente, venía la obsesión contra mí mismo. El modo contrarreloj. El mismo circuito, una y otra vez. No luchaba contra un enemigo en la pantalla, luchaba contra el fantasma de mi vuelta anterior, una batalla neurótica por milésimas de segundo.

Afuera, en la vida real, todo era un caos gris de variables que no podía manejar. Estaban las expectativas de mis padres, esa presión constante para que fuera el “buen niño”, el que no daba problemas. Me exigían dieces en cada materia, no por mi futuro, sino como si cada calificación perfecta fuera un bálsamo para sus propias ansiedades, una prueba de que al menos una cosa en sus vidas funcionaba bien. Estaba el futuro incierto, la sensación de no encajar en ningún lado. Pero aquí dentro, no. Aquí no había suerte ni azar. Solo había causa y efecto, un sistema de reglas perfectas. Y en este universo, la victoria, por imposible que pareciera, solo dependía de mi control absoluto. De mi perfección.

El ritual siempre terminaba con el mismo sonido. No el de mi despertador, sino el de ella. Pasos apresurados por el pasillo, el chirrido de la puerta de su cuarto, el tintineo de llaves y finalmente, el golpe seco de la puerta principal al cerrarse. Las 6:50 a.m. Ashley, corriendo para llegar a una preparatoria a cuarenta minutos de distancia.

Aunque ya casi no hablábamos como cuando éramos niños, su presencia en el departamento era una especie de ruido de fondo que normalizaba el silencio. Cuando se iba, el departamento no se quedaba en calma. Se vaciaba. Y en ese vacío repentino, yo dejaba de ser un fantasma invisible para convertirme en un intruso. Un ocupa en el departamento de mis padres.

Esa era mi verdadera alarma. La señal de que mi tiempo de control había terminado.

Apagué la consola. La pantalla se quedó en negro, reflejando mi rostro por un instante. Tomé mi mochila del respaldo de una silla. Era hora de salir. Mi último año, una etapa que supuestamente debería ser emocionante y llena de posibilidades, era para mí solo el triste recordatorio de que estaba atrapado en un sistema que no me satisfacía.

El trayecto era una broma, cinco minutos a un paso normal. Podría haber dormido media hora más, pero esa nunca fue la meta. La meta era el tiempo muerto. Llegar a las siete en punto garantizaba veinte minutos de soledad absoluta antes de que el mundo llegara a arruinarlo todo. Me apostaba siempre en el mismo rincón junto a la entrada, un punto ciego donde el muro de hormigón me ocultaba de la calle. A las 7:20, puntual como un mecanismo de relojería, la directora aparecía para abrir las puertas. El chirrido del metal era mi señal. Yo era una sombra que se deslizaba por el resquicio apenas se abría, el primero en cruzar el patio, el primero en llegar al salón. Siempre el primero.

El aula me recibía con un silencio casi sagrado. Durante diez minutos, este era mi reino. No había miradas, no había murmullos, solo el zumbido bajo de las lámparas y el olor a gis y a productos de limpieza. Dejaba mi mochila en mi pupitre —primera fila, tercera columna—, una isla de madera desgastada en un mar de linóle. En esos momentos, el espacio no se sentía como una jaula, sino como un territorio conquistado.

Y entonces, la campana. Un chillido eléctrico que destrozó la calma. No hubo un portazo, la puerta llevaba abierta desde que entré. En su lugar, el murmullo del pasillo se convirtió en un rugido. Podía oír sus risas, fragmentos de conversaciones sobre el verano que terminaba, alardes sobre fiestas y viajes, un torrente de palabrería que se acercaba. Entraron en una oleada ruidosa, aún inmersos en su mundo social. Pero a medida que avanzaban por las filas, ocurría el fenómeno. Al pasar junto a mi pupitre, las conversaciones se ahogaban. Las risas se cortaban a medio camino. Se formaba un cono de silencio a mi alrededor, una burbuja que se movía con ellos hasta que me habían rebasado y podían reanudar sus murmullos a una distancia segura.

Hacía tiempo que había dejado de dolerme. Después de dos años, el ritual era tan predecible como el amanecer; su rechazo ya no era una herida, sino parte del ruido de fondo, una constante en la ecuación de mi existencia. No era miedo lo que veía en sus miradas de reojo, tampoco desprecio. Era algo más profundo, una especie de aberración, como si vieran algo que no debería estar allí. Y así comenzaba el baile de los pupitres, ocupando cada rincón del aula excepto los que orbitaban mi isla, dejándolos vacíos como tierra contaminada. Podían verme, pero nadie se atrevía a tocar.

Y entonces, ella entró: la maestra Itzel. Su mirada implacable, la expresión de quien carga el peso del mundo, bastó para evaporar los murmullos. El salón quedó en un silencio absoluto, tenso.

Sin un “buenos días” ni presentación, caminó con eficiencia robótica por las filas, dejando una hoja boca abajo sobre cada pupitre. Frente a mí, leí el título: “Cuestionario de Integridad Personal”.

Mi primera reacción fue un bufido interno. ¿Integridad? ¿El primer día de tercer año? Di la vuelta a la hoja. Las preguntas no eran académicas; eran invasivas: “¿Qué es lo que más te enorgullece de tu familia?”, “Describe una situación en la que te sentiste decepcionado de ti mismo”, “¿Cuál es tu mayor debilidad?”.

Era una prueba psicológica retorcida, una descarada intrusión. Por un instante, consideré la rebelión de dejarla en blanco. Pero la atención traía problemas, y yo, por encima de todo, cumplía con las actividades académicas. Era parte de mi camuflaje, la armadura del “buen niño”. Así que tomé mi bolígrafo. Mi estrategia era simple: cumpliría la tarea con hechos fríos y calculados, verdades superficiales que no revelaran nada de mi mundo interior. Una obra maestra de la obediencia vacía.

Las siguientes tres horas se disolvieron en un borrón monótono. La voz de un profesor de historia se convirtió en el zumbido de una mosca, el chirrido del gis en el pizarrón era como un arañazo en mi cerebro. Yo solo observaba el lento barrido del segundero del reloj, esperando la campana no como una liberación, sino como el cambio de una celda a otra.

Cuando el timbre del receso finalmente sonó, fue como una descarga eléctrica. El salón explotó en un caos de sillas arrastradas y gritos. Mientras todos se lanzaban hacia la puerta como si escaparan de un incendio, yo saqué mi almuerzo. Mi pupitre era mi trinchera, el único lugar seguro.

Pero el profesor de la última clase, un novato con una sonrisa demasiado amplia y zapatillas de colores, no conocía las reglas. Era uno de esos recién egresados que todavía creían que podían “hacer la diferencia”, y su optimismo era casi agresivo.

—¡Hey, campeón! —dijo, acercándose a mi pupitre—. ¿No vas a salir a disfrutar del sol?

La palabra “campeón” me supo a veneno. Sin levantar la vista, negué lentamente con la cabeza.

—¡Vamos! El receso es para socializar, hacer amigos. —Su entusiasmo provocó algunas risitas burlonas cerca de la puerta, pero él las ignoró o fingió no oírlas, respondiendo con una sonrisa aún más grande. Su alegría inquebrantable era nauseabunda.

—Estoy bien aquí —murmuré, esperando que fuera suficiente.

—Te hará bien un poco de aire fresco. Anda, por favor. —Su insistencia era la peor forma de agresión. Creaba una escena. Y yo odiaba las escenas.

La decisión era táctica. Soportar unos minutos en el patio era un mal menor que convertirme en el centro de un debate sobre mi bienestar. Lentamente, guardé mi almuerzo y me puse de pie.

Al salir del salón, el estruendo del pasillo me golpeó. El cono de silencio que me envolvía en el aula se transformó aquí en un vacío aún más palpable. La gente se apartaba, no por respeto, sino como se esquiva un charco de agua sucia. Cada paso hacia el patio era una confirmación: no era invisible, era algo peor. Era algo que preferían evitar a toda costa.

El patio era un ecosistema de tribus ruidosas. Los deportistas dominando las canchas, las chicas populares agrupadas cerca de la cafetería, los de primer año corriendo sin rumbo. Yo era una especie aparte. Como nunca salía, no tenía un territorio fijo. Mi mente barajó las dos opciones lógicas para el exilio: las bancas junto a la biblioteca, generalmente desiertas, o las gradas de las canchas. El sol de la mañana pegaba con más fuerza de lo habitual, así que descarté la biblioteca. Caminé hacia las canchas, buscando el pequeño oasis de sombra que proyectaba el techo de las gradas.

Justo cuando empezaba a desenvolver mi almuerzo, un cambio en la atmósfera me puso en alerta. Un grupo de chicas se separó de la manada principal cerca de la cafetería y se dirigió en mi dirección. No eran unas chicas cualquiera; eran ellas: el centro gravitacional de la popularidad de la escuela. A la cabeza iba la que, por descarte, debía ser su reina, la que nadie se atrevía a contradecir. Aunque no me interesaba su jerarquía social ni sabía su nombre, era imposible no reconocer el arquetipo: la chica a la que los demás orbitaban, de la que los chicos hablaban en susurros y a la que las otras chicas imitaban. El tipo de persona a la que, por alguna regla no escrita del universo, nunca se le decía que no.

Mi primer instinto fue agachar la cabeza, hacerme más pequeño. Eran depredadores que habían detectado a una presa aislada. Seguramente era una apuesta, una broma para su corte de seguidoras. Vi cómo sus dos amigas se detenían a unos metros, conteniendo la risa, mientras la chica principal, con una confianza que parecía ensayada, continuaba sola hacia mí.

Se detuvo frente a mi banca, bloqueando el sol.

—Oye, disculpa —dijo, su voz más vacilante de lo que esperaba.

Levanté la vista lo mínimo indispensable. —¿Sí?

Mi respuesta, un monosílabo frío, pareció descolocarla. Detrás de ella, una de sus amigas soltó una risita nerviosa que fue rápidamente sofocada. Esa risa fue la confirmación. Era una broma. Mi paranoia se convirtió en una certeza helada. Se estaban burlando de mi almuerzo casero, de mi ropa, de mi sola existencia.

—¿Me estás hablando a mí? —pregunté, mi voz cargada de un desprecio que no me molesté en ocultar.

Ella parpadeó, su sonrisa flaqueó por un instante. Intentó recuperarse. —Sí, a ti. Te recuerdo del proyecto de historia del año pasado. Casi no hablaste, pero tu parte fue la mejor.

Era un intento de conectar, de usar un puente. Yo lo dinamité.

—No me acuerdo —mentí, mi tono tan cortante como un trozo de cristal.

El silencio se estiró. Ahora la incomodidad era de ella. Podía ver la presión de sus amigas a sus espaldas, la expectativa del público invisible del patio. Frustrada, soltó su último recurso.

—Mira, solo... ¿tienes novia?

La pregunta era tan absurda, tan fuera de lugar, que casi me reí. ¿Yo? ¿El espécimen en la vitrina? Era la línea final del chiste, el remate de la humillación. Y toda la rabia y la amargura de años de aislamiento encontraron una vía de escape.

Me puse de pie lentamente, mi voz salió más alta y clara de lo que la había escuchado en años.

—¿Que si tengo novia? —repetí, asegurándome de que los que estaban cerca pudieran oír—. No. Y déjame adivinar, ¿ahora me vas a pedir que sea tu novio para que tus amigas puedan reírse un poco más?

El rostro de la chica palideció.

—No, yo no...

—Ahórratelo —la corté, mi voz goteando un desprecio helado—. ¿Sabes qué? Si algún día llegara a interesarme en alguien, te aseguro que no sería en una chica tan patética y desesperada como para venir a cazar a la rareza del patio solo para entretener a su corte.

Mis palabras cayeron en el patio como una piedra en un estanque. El murmullo general se apagó. El balón de fútbol que rebotaba en la cancha cercana se detuvo a mitad de un bote. El silencio fue total por un segundo, y luego se rompió, no con risitas nerviosas, sino con una carcajada abierta y cruel de un chico en las gradas. A esa le siguió otra, y luego otra. El patio entero se convirtió en un coro de burlas, y por primera vez, no eran dirigidas a mí.

La confianza de la chica se hizo añicos. Su rostro, antes una máscara de popularidad, se contrajo en una mueca de pura humillación. Vi cómo sus ojos se llenaban de lágrimas. Dio media vuelta y corrió hacia sus amigas, que ya no reían, y la rodearon mientras empezaba a sollozar.

Por primera vez en mucho tiempo, todas las miradas del patio estaban sobre mí. Pero ya no era aberración. La dinámica social se había fracturado. Se sentía inestable. Había roto la regla más importante de todas. El don nadie le había dicho que no a la reina.

La campana sonó, cortando el aire tenso. El sonido pareció romper el hechizo, y la gente comenzó a moverse de nuevo. Caminé de vuelta al salón a través de un mar de gente que se apartaba a mi paso. El efecto era el mismo de siempre, solo que ahora había una nueva razón para ello. No me importaba.

Las últimas clases del día transcurrieron en un silencio casi absoluto. Nadie se atrevía a susurrar. Era una quietud diferente a la de la mañana, pero el resultado era el mismo: nadie me molestaba. Eso era todo lo que importaba.

Al sonar el timbre final, recogí mis cosas con mi calma habitual. No había prisa. Salí del salón y caminé por los pasillos vacíos, el último en irse, volviendo a mi estado natural.

Esa noche, en mi cuarto, el incidente del receso volvió a mi mente. Un pico anómalo en el gráfico plano de mi día. Lo analicé con la misma distancia con la que repasaría una jugada fallida en mi consola. Había ocurrido, sí. Había roto la rutina. Pero no cambiaba la ecuación fundamental. Mañana sería otro día, otro uniforme, otro cereal sin sabor. El incidente fue un error en el sistema, una variable inesperada que debía ser descartada para poder regresar a la normalidad. Y eso era lo único que deseaba. Me fui a dormir con la frágil certeza de que el sistema se había reiniciado, sin saber que una simple anomalía puede, a veces, cambiar toda la ecuación.