Plumas de Ocasión
El telón oscuro cubrió el cielo de la Suiza de 1879, donde el manto blanco y húmedo se volvía más espeso a cada hora cubriendo las calles y techos de cada lugar a donde se mirase. Ni un alma rondaba por allí a esa hora, siendo cerca de media noche a mitad del invierno; ninguna, salvo un hombre que, agotado, temblaba a cada paso con desespero por llegar a su hogar, sintiendo el frío taladrarle los huesos.
Después de un largo día trabajando para el señor Bissete en un pequeño taller mecánico en Delle, Schmid Hoseok caminaba saliendo de la estación ferroviaria de vuelta a su hogar en Boncourt. Después de unas cuadras casi corriendo, se detuvo en seco, estando a punto de resbalar sobre sus botas de nieve al pensar que chocaría con algo a su paso; su vista se enfocó en el suelo al notar una sombra revoloteando en frente suyo. Un azulillo índigo, que por lo visto no podía volar debido al fuerte viento helado que azotaba la ciudad aquella noche. Sin dudarlo, tomó a la pequeña criatura en manos. Ésta temblaba contra el abdomen del rubio, quien trataba de protegerla de la nieve que caía cada vez con más intensidad.
Una vez en casa, se quitó el gorro y preparó una pequeña manta para recostar al ave, situándola cerca de la recién encendida chimenea para que tomase calor. Observaba al pajarillo acomodarse, aparentemente en mejor estado; se preguntó qué hacía un ave de esas por allí a tales alturas del año si la época de migración de los animales lugareños había terminado hace ya mucho.
Luego de una taza de chocolate bien caliente y galletastriggel, se fue a la cama, dejando al azulejo a solas.
A la mañana siguiente, había despertado temprano para volver a la jornada, pero sus planes fueron interrumpidos por una mujer que descansaba cómodamente sobre el viejo sillón de la vivienda Schmid con toda comodidad, turbando a Hoseok en gran manera. Parecía tener unos veintitrés años, cabellos como el fondue de chocolate que se curvaban en la punta, tez pálida y una nariz y cara en lo sumo finas, acentuando sus prominentes y delineados labios los cuales serían su rasgo más sobresaliente si no fuese porque se encontraba completamente desnuda, hecha un ovillo sobre el sofá.
¿Quién era la dama y qué hacía en su casa?
Hoseok sólo atinó a tapar sus ojos y acercarse a tientas a la sala, hablando en voz alta.
-¿Mademoiselle? –probó a llamarla. Repitió luego de no obtener respuesta –Por favor, despierte.
La chica, con pesadez, abrió los ojos soltando un bostezo. Se despabiló estirándose un poco y miró al enorme rubio en frente suyo, que cubría su vista con aquellas grandes y temblorosas manos.
-¿Se encuentra bien? –la voz le tembló –yo... no estoy seguro de quién sea o cómo llegó a mi casa, pero le agradecería si se cubre un poco por lo menos.
Ella se puso de pie, yendo hasta la chimenea para tomar la manta que yacía en el piso y ponérsela alrededor; si bien no era lo ideal, servía por el momento. Una vez cerciorado de que podía voltear, Hoseok abrió los ojos, avergonzado en extremo. Probablemente su blanquecino rostro se encontraba del todo rosado en esos momentos. Respiró profundamente y preguntó una vez más –Quisiera saber su nombre, mademoiselle.
-Dodo –respondió ella con simpleza, tenía una voz pastosa y aterciopelada.
Hoseok guardó silencio, esperaba una respuesta más concreta –Y... ¿sobre la razón de que esté en mi casa –preguntó escrutándola con la mirada –al natural?
Cuando ella miró su propio cuerpo por debajo de la manta, su semblante parecía tan tranquilo como si no entendiese en lo más mínimo qué había de malo con despertar en casa de un desconocido, sin ropas ni explicación alguna.
-Tú me trajiste –contestó con la misma serenidad en sus ojos azulados –ayer.
-¡De ninguna manera! –abrió los ojos de par en par. ¿Llevar él a una mujer a su casa? Él se dedicaba a trabajar todo el día y jamás había tenido tiempo de conocer señorita alguna en sus veintinueve años, debido a que había tomado el oficio de su padre a muy temprana edad para ayudarle con sus hermanos menores –Creo que lo recordaría perfectamente, no intente pasarse de lista conmigo.
-Es la verdad. Anoche en la tormenta tú me resguardaste aquí –el cerebro de Schmid hizo conexión por un momento, pero la idea fue desechada al instante –soy el ave –y en menos de dos segundos, la fémina desapareció dejando el vacío en la cobija, debajo de la cual salió el azulillo de la noche anterior y unas cuantas plumas azules alrededor.
El rubio sólo atinó a gritar. Gritar y retroceder cada vez que la avecilla daba un paso cerca de él o revoloteaba sus alas para llamar su atención. Obviamente no sería posible razonar con aquel asustadizo hombre; se transformó nuevamente en humana, dejando más plumas regadas. Otro grito del sujeto resonó en las cuatro paredes cuando la desnudez de la chica estuvo a su vista y rápidamente se volvió a girar.
-¡Le dije que se cubriera, por favor! ¿Es que suele andar así todo el tiempo? ¿Qué es eso? ¿Co-cómo hizo eso?
Dodo tomó nuevamente la manta –sólo quería mostrarte que no miento, yo soy el gorrión que... -se interrumpió a sí misma –ya puedes voltearte.
Temeroso, el mayor se dio la vuelta para encarar a la extraña.¿Y si era una bruja? ¿Y si le lanzaba una maldición? ¿Qué pasaría si lo convertía en un cerdo? ¡Lo convertirían en la cena tan pronto alguien lo encontrara!
-Si es usted, ¿cómo... hace eso?
-En realidad no lo sé, nunca me había sucedido. No había sido capaz de tomar mi forma humana hasta este momento, estoy tan sorprendida como tú –sospechosamente, ese delicado rostro expresaba todo menos sorpresa –mi familia me dejó, caí por accidente a un río cuando volábamos al sur, choqué con una rama –bajó la mirada, podría jurar que un destello de tristeza se asomó por sus claros orbes –... ellos no se detuvieron.
-Entonces ¿estaban migrando? ¿Por eso estaba en el pueblo en medio de la tormenta? –tomó asiento al extremo contrario del sillón, dejando entre ambos toda la distancia posible.
-Sí, pero gracias a ti no morí atrapada en la nieve –la chica intentó apoyarse en sus rodillas sobre el sillón para aproximarse un poco al hombre, pero este inmediatamente comenzó a hacer ruido para que se quedara en su lugar y acomodara la manta para cubrirse bien. Ella sólo obedeció, un poco avergonzada por el rechazo. Por supuesto que no lograba procesar que su desnudez no era bien vista, a pesar de que como un ave jamás le había causado problemas aquella cuestión –gracias –dijo en voz baja, el hombre entonces volvió a mirarla –de verdad –una leve sonrisa apareció en sus labios.
-No fue nada –dijo él relativamente más tranquilo.
-Por favor, déjame quedarme contigo al menos hasta que pueda devolverte el favor –pidió con firmeza –me salvaste la vida, me aterra pensar qué hubiese pasado de haberme quedado en la nieve.
-Bueno –... no estaba en sus planes, además de que no creía ser capaz de mantener a otra persona con su mísero salario. Sin embargo, tal vez podría resultar de ayuda; si la mujer sabía cómo cuidar y mantener la casa, tal vez lo ayudaría a perder menos tiempo intentando que su hogar no se desplomara en cualquier momento y podría dedicar más horas a su trabajo, con una mejor paga. Tal vez, sólo tal vez, consideraba aquella petición.
-Por favor –al no obtener respuesta, se arrodilló ella frente al rubio, dejándolo completamente sorprendido –sólo será hasta que te devuelva el favor.
-Y-yo –balbuceaba en extremo nervioso.De tantas personas en el mundo, ¿por qué una mujer?Él no había tratado con mujeres más que con su madre y sus hermanas, no sabía nada sobre sus extrañas y retorcidas mentecillas. Sin embargo, tomaría el riesgo de vivir con una, al menos por un tiempo. Una mujer que también era un pájaro y que no sabía la importancia de la vestimenta.
-Está bien –respondió él por fin –puede quedarse, se hará cargo de esta casa.
-Aprenderé a cuidar de la casa –sonrió con entusiasmo –muchas gracias, señor.
-No me llame señor –hizo una mueca –no soy tan viejo. Mi nombre es Schmid Hoseok.
-Está bien, señor Schmid.
-Dije que no me llame señor.
-Creí que las personas llamaban señor a aquellos que son mayores.
-¿Qué edad cree que tengo? ¡Sólo tengo veintinueve! –de pronto sintió que toda su jovialidad se había evaporado, ¿de verdad se estaba haciendo más viejo? –dígame su edad.
-Tengo dos años –respondió con total normalidad.
-Veintidós, querrá decir.
-No, dos años –replicó –los gorriones solemos vivir unos siete u ocho años.
-¡Pero luce como una humana! Quiero decir, en años humanos eso no es posible.
-Jamás fui un humano antes, ¿comprendes? No había descubierto este cambio hasta ahora, ¡ni siquiera sé cómo rayos luzco!
El mayor, sorprendido por la voz alzada que recibió, le tendió un pequeño espejo a la chica que seguía en el suelo. La situación no podía ser más extraña. Ella se miró con detenimiento, sorprendida de su reflejo; tocaba su nariz, pasando después los dedos por sus labios y su frente.
-Soy hermosa –susurró, dejando el espejo a un lado –necesito algo que me cubra, ya que no quieres que vaya sin nada.
-Yo... le conseguiré algo de ropa cuando regrese –pensó en cómo rayos lograría hacerlo, también en que se le hacía tarde –debo irme a trabajar ahora. Por ningún motivo salga de aquí y si alguien viene, no abra la puerta. No se asome por la ventana ni se muestre descubierta a nadie, ¿entendido? Los humanos no andamos sin ropa por ahí.
-Entiendo –dijo ella atenta – ¿qué haré entonces?
-Puede... –se rascó la nuca volteando a todas partes –puede descansar por ahora. Si quiere, puede volver a dormir, ya después le enseñaré a limpiar y cuidar de la casa.
-Entiendo –una sonrisa leve pero cálida se hizo presente –te esperaré entonces.
Ese fue el día en que Dodo llegó a la vida de Hoseok.
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El mayor se había encargado de adiestrar a Dodo en todo tipo de tareas domésticas y cosas que fuesen necesarias; por supuesto, con ayuda de su mejor amigo y vecino, el señor Dohrn. Bueno, en realidad no era un señor; de hecho, Kihyun era un par de años más joven que Hoseok, pero había ganado el título después de su matrimonio con el verdadero señor Dohrn.
Aquel hombrecillo de rizos pelirrojos, sorprendentemente pequeño para ser irlandés, era todo un experto en las labores domésticas y de administración; perfecto para instruir a la joven. No tenía paciencia y era de mano dura, pero por lo visto, Dodo había logrado escarbar en la espesa capa de maldad que su pequeño cuerpo albergaba, ya que con el tiempo se habían logrado llevar bastante bien. Hoseok tenía que agradecer al enano infinitamente, gracias a él, cada noche llegando del taller era recibido de maravilla con una deliciosa cena. Aunque él tuviese un paladar bastante fácil de complacer, no podía negar que la comida recién hecha por Dodo era mucho mejor que cualquier basura que pudiese comprar en algún restaurante en Delle.
Aunque ya los vecinos se habían relacionado con la chica, ninguno de ellos sabía su verdadero origen. No podían permitir que los demás supiesen la verdadera razón por la que de un día para otro, una bella joven había comenzado a ser inquilina en la solitaria residencia Schmid. Ya era bastante sospechoso; el sólo mencionar que se trataba de una mujer pájaro los condenaría a ambos a ser tachados de locos, o peor aún, poner en riesgo a Dodo.
-Desde ahora serás Scheck Dodo –le había dicho aquella vez –vienes de Sankt Pölten, Austria, para trabajar en alguna casa de modas francesa y evitar los problemas en Hungría, no lo olvides.
-Pero yo no sé hablar húngaro –replicó –y ese lugar que dices está casi en la frontera –Hoseok sonrió con orgullo. A pesar de sus pocas semanas viviendo en la residencia Schmid, Dodo, con su naturaleza curiosa, se había encargado de aprender todo cuanto estuviera a su alcance.
-No necesitas saberlo. Nadie sabe húngaro, no te preocupes.
-Tampoco sé coser.
-Aprenderás.
Y sí que aprendió. Dodo había descubierto una pasión por la moda desde el primer día en que Kihyun le enseñó algo tan sencillo como remendar ropa. Prontamente con ayuda del irlandés –y mucha paciencia y dedicación–, comenzó a confeccionar sus propios vestidos, cosiendo a altas horas de la noche por estar tan ensimismada en su actividad. Ciertamente los primeros habían quedado un tanto irregulares, pero sus ganas de mejorar habían podido más. Eventualmente, Hoseok había empezado a recibir por parte de la castaña gorros, guantes y demás prendas tejidas que confeccionaba con afecto, deseando que el rubio no pasara frío cuando tenía que volver en medio de las últimas tormentas invernales, las cuales llegaban con gran fuerza antes de abrir paso a la primavera. Schmid las aceptaba gustoso, sin poder negar que usar aquellos regalos era bastante grato y podría jurar que incluso eran más cálidos que cualquier prenda para frío que pudiese comprar.
Monsieur Dohrn, esposo de Kihyun, siendo un comerciante de mediano prestigio en el cantón, era un hombre bastante inteligente y había accedido con gusto a enseñar a la muchacha a leer y escribir; a pesar de que Dodo por alguna razón sabía hablar perfectamente como una mujer común de su edad, adiestrarla en el dominio de la lectoescritura del alemán y el francés no había sido tarea fácil. Por ese motivo, en sus primeros meses de estadía, la castaña pasaba tanto tiempo en la casa aledaña, que Hyunwoo y Kihyun habían llegado a considerar a la muchacha como una especie de hija, por extraño que pudiese parecer el asunto; Dodo era como una Dohrn más. Y gracias a sus enseñanzas, Hoseok podía decir que a un año y medio de la llegada de la chica a su casa, era feliz. Era feliz cuando encontraba frutas exóticas en el canasto, las cuales Dodo usaba para alguna nueva receta; era feliz cuando Dodo leía para él algún capítulo de los libros que Kihyun le regalaba; era feliz cuando Dodo corría a sus brazos después de haberse pinchado varias veces con la aguja para que el mayor la curara; era feliz cuando veía la cara de felicidad que Dodo ponía al abrir algún obsequio que Hoseok te trajese de Francia al volver de trabajar; era feliz con Dodo allí, porque Dodo había convertido su casa en un hogar.
Por esa misma razón, aquella tarde de verano, había pedido salir antes del taller. Hacía unos meses Hoseok había dejado su trabajo en Delle, aventurándose a buscar una oportunidad en un grande y famoso taller mecánico en Aldincourt, que si bien, quedaba bastante más lejos que su trabajo anterior, ofrecía una mejor paga. Diariamente gastaba bastante tiempo en su traslado, pero por algún motivo sentía que valía la pena. Además, así tenía la oportunidad de comprar a Dodo algunas telas francesas y pendientes que veía de paso, los cuales utilizaba para sus confecciones. Esta vez no le llevaría ningún adorno, pero sin duda llegaría con algo que ofrecerle.
Eran sólo las cuatro y media de la tarde cuando Schmid tomó el primer tren hacia París, soportando el trayecto de casi cuatro horas hasta la capital. Pocas veces había estado allá. Un campesino como él no tenía nada que hacer en aquella ciudad llena de lujos y extravagancias; sin embargo, su propósito era firme. Entró con nervios al pequeño local, enormes rollos de telas finísimas e importadas se elevaban cual árboles en el bosque. Desde China hasta Norteamérica, Vietnam y Turquía, aquellas suaves y coloridas telas que reposaban en los estantes inspiraban a los grandes de la alta costura, para crear atuendos dignos de la mismísima realeza. A pesar de llamar un poco la atención por su aspecto ligeramente desaliñado, fue bien atendido cuando dejó en claro que podría pagar por la mercancía. Temía hacer una elección errónea, pero al final supo lo que debía hacer.
Cuando estuvo de regreso en Boncourt era pasada la media noche. Dodo había intentado esperar a Schmid despierta, pero el cansancio le había ganado a sus ojos sobre el cómodo sofá. Cuando la puerta se abrió frente a ella, despertó para recibir con una radiante y un poco adormilada sonrisa al mayor.
-Bienvenido –susurró ella, envolviéndolo en sus brazos –llegas tarde.
-Tuve mis motivos –respondió dejando un pequeño beso en la blanquecina frente de la mujer, notando sobre el rostro de ésta marcas rosadas de sus propios brazos al quedar dormida en una posición incómoda –te traje algo.
-¿Qué es? –preguntó curiosa, al ver que el hombre quitaba de sus hombros la mochila que llevaba siempre y pasaba al comedor para lavar sus manos de cualquier suciedad, antes de abrir el bolso.
Entonces, ante sus ojos apareció el rollo de tela más fino que alguna vez haya visto. Seda, color azul índigo. Alguna vez pensó que podría verla en el atuendo de alguna chica aristocrática si Hoseok cumplía con llevarla a París a ver las grandes casas de moda, pero jamás pensó que podría tenerla en sus manos.
El hombre temblaba bastante, su rostro había enrojecido a más no poder, al igual que el de Dodo, quien no cabía dentro de sí misma por la felicidad. Schmid tomó con firmeza el rollo de seda, hincándose como aquellos nobles ingleses cuando estaban a punto de ser nombrados. Agachó su cabeza, ofreciendo la tela a la muchacha.
-Fui a París a traerte esto.
-Hoseok, ¿fuiste a París? ¡Eso queda muy lejos! Además, tu trabajo terminaba muy tarde –fue interrumpido de inmediato con aquellas preguntas. Él sólo la miró, suplicándole con sus ojos que le permitiese continuar. Sentía como si fuese a vomitar de los nervios.
-Yo quería impresionarte, para ser sincero –admitió nuevamente cabizbajo –paloma mía, amiga mía, perfecta mía. La cual vieron las doncellas, y la llamaron bienaventurada; las reinas y las concubinas, y la alabaron–recitó, procurando no equivocarse u olvidar algún detalle –traje esto para ti, porque sabía cuánto lo deseabas y yo –se detuvo en seco, su voz temblando un poco.¿Por qué tenía que titubear justo ahora? ¡Había estado todo el camino de regreso practicando exactamente lo que diría! Oh, maldición, Dodo lo estaba mirando y él no decía palabra. ¡Hablar, necesitaba hablar!–... quiero decir, tú... Dodo, ¿me harías el honor de ser mi esposa?
Dodo había leído numerosos libros cuyas palabras hablaban sobre el amor. Tantas novelas y cuentos de hadas en los que un valeroso príncipe rescataba a la doncella y le declaraba su amor, para sellar el compromiso con un enorme y reluciente diamante. Sin embargo, Hoseok no era un príncipe, no estaba ni cerca de serlo. Y ella no era precisamente una doncella común. Su primer encuentro no había sido romántico, ni siquiera una pequeña chispa había brotado ese día, ni el siguiente, ni el que sucedió a éste. Los libros siempre relataban que con todos los patrones cumplidos en cada historia, el final feliz estaría a su alcance. Entonces, ¿por qué no se sentía como si éste fuese su final feliz? ¿Sería ella capaz de ser feliz sin desposar a un apuesto príncipe que la salve de alguna bestia infernal? ¿Podría realmente tener su final feliz con un campesino como Hoseok, en una pequeña casa al norte de Suiza, y no en el castillo de un rey?
No se detuvo a pensarlo. Ya lagrimeando, tomó con sumo cuidado el rollo de seda que le fue ofrecido, disfrutando de la suavidad y brillo del mismo con sus dedos. Hoseok se puso de pie, sorprendido, pero sin cantar victoria todavía; no había recibido una respuesta como tal a su propuesta. La castaña dejó el rollo sobre la mesa, cuando volteó con él, Schmid quiso entrar en pánico al verla llorar. Sabía que lo había arruinado y maldijo en su corazón a todo lo que lo llevó a cometer ese error.
-Yo soy de mi amado –dijo cabizbaja, con voz rota –y mi amado es mío –entonces abrazó al mayor, quien sintió como el alma le volvía al cuerpo¡Dodo había aceptado su propuesta! ¡Había aceptado desposarlo!Podría haber salido a la calle y gritar que era el hombre más feliz del mundo, sin importar en lo absoluto que fuese más de media noche. Correspondió con fuerza el gesto, fundiéndose con la menor en el abrazo más cálido que alguna vez hubiese recibido. En ese momento, el rubio se separó un poco, sólo para tomar en manos el rostro pálido de la mujer. Se sintió tan satisfecho de ver cómo esos ojos azules lo miraban con adoración;¿Desde cuándo recibía esas miradas? ¿Desde cuándo Dodo había ocultado su sentir?Fuera el tiempo que fuese, se juró a sí mismo que lo compensaría. Entonces, con sus mejillas –y el resto de su cara –enrojecidas, se acercó con cautela hasta los voluminosos y tentadores labios de la castaña, quien en algún momento cerró sus ojos debido a la cercanía, tan nerviosa como él y con el corazón en la boca, en espera de lo que sería su primer beso.¿Sería como en las novelas clásicas? ¿Sentiría mariposas en el estómago?La curiosidad la consumía cada que la distancia se iba reduciendo.
Entonces supo que los libros se quedaban cortos comparados con la realidad.Tan cortos.Esa noche, después de obtener el suave contacto de un casto beso como promesa, Dodo entendió que la razón por la que no se sentía como si estuviese obteniendo su final feliz al igual que en los libros, era porque no lo obtuvo de verdad. Hoseok no había sido capaz de darle un final feliz, pero le dio un nuevo comienzo. Y eso era muchísimo mejor.
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Dodo había pasado a ser madame Schmid la mañana del 11 de Junio de 1880, en la pequeña parroquia del pueblo. Los vecinos y demás cercanos habían estado en gran manera felices por la unión de ambos, y ni hablar de los Dohrn; en especial, Kihyun. Incluso había sido Hyunwoo quien entregó a la novia en el altar, alegando que en ausencia de su padre, él tomaría el papel con honor. Esa mañana la sonrisa de Dodo fue más brillante que nunca. Dodo insistió en no viajar para la luna de miel, dejando en claro que deseaba ahorrar para comprar una casa al este de Francia en el futuro; había comenzado a trabajar como costurera para una pequeña casa de modas en Fêche-l’Église, alegando que aunque no estaba ni cerca de París, era un paso más para lograrlo. Con los dos trabajando en Francia, eventualmente fue necesario mudarse, de modo que al vender la casa y con unapequeñaayuda de los Dohrn, se habían logrado establecer en Montbouton, sufriendo de algunas limitaciones los primeros meses. Empero, lo valía.
Dodo carecía de la necesidad de transformarse en ave, a excepción de las veces en las que debía viajar lejos, pues sus piernas no daban para tan grandes distancias. De vez en cuando volvía a Boncourt, visitaba a sus conocidos y se quedaba en casa de los Dohrn por unos cuantos días. Sentía que jamás pagaría su deuda con ese matrimonio que la había recibido con los brazos abiertos. Por desgracia, después de regresar a Francia de su última estadía en Suiza, Hoseok la había recibido en terribles condiciones: demacrado, pálido y bastante más delgado. Hizo lo posible por cuidar de él, pero la situación empeoró y fue necesario visitar a un médico.
-Es un caso no muy avanzado de tuberculosis –dijo el experto –es bastante común esta temporada. Lo importante ahora es el tratamiento. Le aconsejo llevar al paciente a un sanatorio especial para tratarlo; el más cercano se localiza en Méziré, el de Voujeaucourt también es una buena opción.
Estaba demasiado impactada incluso saliendo del consultorio; ambos lugares eran demasiado lejanos como para llevarlo pronto. Además, si Hoseok era aislado, ella no podría verlo hasta terminar su tratamiento.
-Todo estará bien –dijo aferrándose al pecho de su marido –tú estarás bien.
Ese mismo mes, debido a problemas con la importación de materia prima, la casa de modas donde Dodo laboraba tuvo que cerrar de manera indefinida, dejándole sin trabajo a ella y a todas las demás costureras. Parecía que no había más opciones cercanas, simplemente el nicho estaba en una baja generalizada. Hoseok no podía trabajar ya por su estado de salud y necesitaba el dinero para llevarlo al sanatorio y que pudiese ser tratado debidamente. Esa noche, no pudo hacer más que llorar en brazos de su amado, quien, en presencia de la castaña, hacía lo posible por sonreír y aparentar que no sentía su garganta cerrarse o sus pulmones rugir por aire. Ya varias veces había tenido que limpiar la sangre que de vez en cuando escupía para que la menor no viviera más preocupada de lo que ya estaba. Dodo había comenzado a vivir afanada en busca de una solución.
Entonces, comenzó a hacer lo que mejor se le daba: coser. Debido a la falta de telas de importación, comenzó a crear pequeñas prendas y accesorios a base de lo único que tenía: sus plumas. Sombreros, guantes, bufandas, todo color azul índigo, gozaban de cierta popularidad en el pueblo gracias a su fina extravagancia. Vio una pequeña esperanza en que alguna mujer rica pudiese contratarla como su costurera personal, ganando así lo suficiente para pagar el tratamiento de su esposo, pero su espera parecía prolongarse cada vez más.
Una noche de primavera, Dodo llegó a su esposo con la noticia de que tendría la oportunidad de viajar a París para vender sus prendas a una condesa británica que visitaría la ciudad; aquello le daría lo necesario para completar el monto para la estadía de Hoseok en el sanatorio y estaría dispuesta a esperar por él el tiempo que fuese necesario hasta su recuperación. Estaba llena de esperanza y vivacidad, deseando poder completar su cometido.
Sin embargo, Hoseok sabía que no sería necesario. Su cuerpo se debilitaba cada día más y sentía que no le quedaba mucho. Dodo se negaba a aceptarlo, se deshacía en lágrimas tratando de convencerlo de no rendirse, pero el rubio sabía que algunas veces era necesario saber perder. Y él estaba a nada de perder la jugada.
-Tú vas a estar bien, ya te lo he dicho muchas veces –lloró ella en su pecho, mientras él, recostado en cama, acariciaba sus ondulados cabellos – ¿por qué no me crees?
-Eres tan esforzada –susurró él con orgullo –siempre le pregunté a Dios qué hice para encontrar a alguien como tú.
-Tú me encontraste –dijo ella, observándolo con sus ojos enrojecidos por el llanto –tú me hiciste quien soy.
-Tú –tomó el rostro hinchado de la joven en manos, con delicadeza –cumpliste tu promesa. Te quedaste conmigo hasta devolverme el favor; me diste más de lo que alguna vez podría haber deseado.
Dejó un beso en los labios de su amada, quien temblaba en sus brazos. Dodo no quería un final triste. Si se trataba de Schmid, no quería ningún final.
-No te despidas –imploró, aferrándose al hombre –no me dejes.
-No te dejo porque quiera, lo sabes –acarició los brazos contrarios, su espalda y su rostro humedecido –te amo con toda mi alma, con todo mi corazón. Te amaré cada segundo que me quede de vida –intentó de nuevo secar sus lágrimas, sin saber que las propias habían comenzado a brotar también, su voz tembló –te amaré siempre, porque tú me enseñaste a amar.
Dodo no quería escuchar palabras tristes. No quería despedirse. Pero tampoco quería creer en una solución que ya no existía. Sin más, se aferró con todo fervor a su esposo, reposando con delicadeza la cabeza en el espacio de su cuello pálido, escuchando de vez en cuando la dificultad con la que el hombre respiraba y carraspeaba para disimular. Estaba realmente mal.
-Cariño –ella emitió un sonido para indicar que lo escuchaba –cuando yo pase a mejor vida, quiero que vuelvas a volar. Sé libre, como antes.
-Soy libre contigo –susurró –me liberaste cuando no sabía que estaba aprisionada.
-Ahora has cumplido con tu parte; ya no habrá nada que te ate a permanecer como humana. Puedes volar por el mundo, a menos que quieras caminar y cumplir tu sueño en París –hizo el intento de reír, pero el dolor apagó su risa constipada –apuesto a que serías la mejor modista de Francia.
-Un camino sin ti no es un camino–volteó a mirarlo fijamente – ¿No lo entiendes?
-Entonces hagamos nuestro propio camino juntos–sonrió –tal vez no sea todo flores, pero iremos juntos–contuvo su propio llanto –gracias por ser capaz de quedarte.
Y sellando esa promesa con un beso necesitado, el cansancio eventualmente les ganó a ambos, acurrucándose para dormir con tranquilidad.
En medio de la madrugada, Dodo despertó con el zumbido de un mosquito que molestamente revoloteaba cerca de su oreja. Cuando el ruido desapareció, observó a su esposo, quien descansaba a su lado con toda tranquilidad como no hacía desde hace meses.
-Yo soy de mi amado–besó con delicadeza la frente del occiso –y mi amado es mío.