Capítulo Unico
Llegar a tiempo iba a ser imposible. El ministro lo había entretenido durante horas, lamiéndole descaradamente las botas mientras endulzaba sus palabras todo lo posible para que no se notara tanto que en realidad le estaba pidiendo dinero.
Era su modus operandi habitual. A Fudge no le gustaba Lucius, pero si le gustaban las toneladas de galeones que reposaban en la cámara acorazada de Gringotts de los Malfoy.
No importaba realmente, a Lucius tampoco le agradaba ese ministrucho lameculos, no más allá de lo que le agrabadan los elfos domésticos de su mansión, la forma de alabarle hasta el hartazgo que tenían ambos siempre le habían resultado parecidas.
En cualquier caso, soportar a Fudge era un mal necesario, igual que él quería su oro, Lucius quería el poder que este le daba. Todo el mundo tenía un precio, y los Malfoy no tenían ningún inconveniente en pagarlo si eso convenía a sus planes para que se aprobara alguna ley o se derogara otra. Política de toda la vida.
Normalmente no le suponía un inconveniente pasar la mañana en el ministerio fortaleciendo sus diversas relaciones socio-politicas. Lucius se movía en ese ambiente como pez en el agua, habría sido un buen político, si su padre lo hubiese permitido, claro, pero eso era del todo imposible. Aún conservaba las cicatrices de la paliza que le dio cuando se le ocurrió sugerir semejante tontería tan indigna para un Malfoy.
Hoy, sin embargo, no tenia tiempo para politiqueos y adulaciones. Su esposa y su hijo lo esperaban en San Mungo, solo había accedido a visitar a Fudge a primera hora, porque según el ministro era una emergencia.
Menuda emergencia de mierda, que necesitaban más dinero para pagar un plus a los aurores que iban a la caza de las manadas más peligrosas de hombres lobo del país. Después de un par de muertes y un desgraciado contagio de licantropía, la mayoría de aurores se negaban a realizar esas misiones. Fudge pensaba que un poco de oro les animaría a cambiar de opinión. Su oro, concretamente.
En otro momento habría negociado mejor, pero lo único que quería era salir de allí cuanto antes, así que se limitó a darle a Fudge el oro que le pedía y dejarle claro que le debía un favor que pensaba cobrarse más pronto que tarde.
Ahora, ya fuera del ministerio, andaba todo lo rápido que podía sin perder su trabajado porte con algo tan vulgar como echar a correr, buscaba algún callejón oculto de la vista de los muggles en el que desaparecerse. Lo encontró enseguida, un mugriento escondrijo en el que jamás habría puesto un pie si no se tratase de una emergencia.
Apareció en el hall de San Mungo apenas unos segundos después, teniendo cuidado de no tambalearse ni lo más mínimo allí a la vista de todos. Se dirigió rápidamente al mostrador, pero antes de que pudiera abrir la boca, la recepcionista le reconoció.
—El señor Malfoy ¿Verdad? —Preguntó con una sonrisa roja llena de dientes manchados de carmín.
—Así es. —Respondió tranquilo, pero sin devolver la sonrisa.
Antes de que pudiera añadir nada más, la recepcionista empezó a hablar de nuevo.
—Le he reconocido por su hijo, es una copia exacta de usted, solo que en miniatura. Un niño muy guapo y muy cortés, debe estar usted muy orgulloso de él.
Por fuera, Lucius permanecía estoico como la más ancestral de las rocas, pero por dentro, estaba henchido de orgullo. Adoraba a Draco, lo quería por encima de todo y de todos, aquel mocoso de apenas seis años era lo más increíble que le había pasado en la vida, y no podía evitar hincharse como uno de los pavos reales de su mansión cuando alguien recalcaba lo perfecto que era.
—Mi esposa y yo lo estamos, sin duda. —Respondió con el mismo rostro pétreo.— Y si no le importa, me gustaría reunirme con ellos inmediatamente. ¿Me dice donde están?
—¡Oh si! ¡Disculpe! Se encuentran en la segunda planta, enfermedades mágicas, habitación 240.
No se molestó en despedirse de la recepcionista, que a juzgar por la mirada de corderito degollado que le echó, se sintió bastante decepcionada. Caminó hacia las escaleras y subió todo lo rápido que pudo. Había tenido a Draco en la mente toda la mañana. El niño había contraído el mal evanescente, nada preocupante, una enfermedad común entre los sangre pura de su edad. Aún así, Lucius no podía evitar estar exageradamente preocupado, ese crío era la luz de sus ojos, no soportaba que le ocurriera ni el más mínimo rasguño.
—¡PAPÁ! —El grito animado de Draco le recibió apenas abrió la puerta de la habitación 240, seguido inmediatamente de un fuerte estornudo que hizo que el muchacho desapareciese físicamente de la cama en la que estaba acostados durante unos angustiantes segundos.
Volvió a aparecer casi enseguida, sacudiendo la cabeza y arrugando la nariz con molestia. El mal evanescente.
No había peligro si se pillaba a tiempo, pero si no recibía pronto el tratamiento adecuado, las desapariciones serían cada vez más prolongadas hasta que en una de ellas, el enfermo desaparecería para siempre y a su familia no le quedaría si quiera un cuerpo que poder enterrar.
Pero nada de eso le pasaría a su hijo, por suerte, los síntomas del mal evanescente eran bastante evidentes, y Narcissa lo había llevado corriendo a San Mungo al primer estornudo.
—¿Como te encuentras, pequeño? —Preguntó acariciando la cabecita rubia que se había abalanzado sobre él en un abrazo que apenas le llegaba a la altura de la cadera.
—¡Ya me he curado! —Mintió descaradamente su vástago con una sonrisa— ¡Vámonos a casa!
Lucius rió, apenas una discreta media sonrisa; nunca se sabía cuando podría haber alguien observando y si bien a un niño tan pequeño como su hijo podían permitírsele ciertas concesiones en lo que al comportamiento y la compostura se refería, de ninguna manera eso era aplicable al patriarca de la familia Malfoy.
—¿Seguro? —Preguntó al niño alzando una ceja— Porque yo juraría que te he visto desvanecerte hace apenas unos segundos.
La actitud alegre del niño desapareció al instante y en su cara comenzó a fraguarse el inicio de un puchero que Lucius bien sabía que pronto se convertiría en una rabieta en toda regla.
—¡Quiero irme a casa AHORA! —Exigió el niño a voz en grito.
Lucius estaba apunto de reprenderle, daba igual que tuviera seis años y estuviera enfermo, nada justificaba que su hijo le hablase de ese modo; pero Narcissa se le adelantó, poniendo una de sus delicadas manos sobre el hombro de Draco.
—Pídele disculpas a papá por haberle gritado, mi sol. —Pronunció en un tono tan suave como firme, logrando que Draco se desinflara al instante. Tenía que admitir que a Narcissa se le daba mucho mejor que a él controlar las pataletas de su hijo.
—Perdón papá. —Masculló con los dientes apretados, mirando al suelo y retorciendo los pies.— Pero aún así quiero irme a casa.
Vaya. Un cambio de estrategia, en vez de una rabieta, su hijo había optado por ponerle ojos de cachorrito desvalido. Lucius ya conocía esa treta y era inmune a ella, pero Narcissa, madre antes que esposa, que bruja, que mujer... No se restía. Tomo en brazos a Draco, acunándolo con todo el mimo del mundo y lo llevó de vuelta hasta la cama.
—Dragón, sabes que eso no es posible —Susurró al pequeño que seguía acurrucándose contra su cuerpo.—Pero no tienes que tener miedo, los sanadores son buenos, van a curarte y después podremos irnos a casa.
—Me van a dar un montón de pociones asquerosas —Medio lloriqueó Draco, reteniendo las lágrimas a puro orgullo.
—Sí, mi sol, pero esas pociones son necesarias para que te recuperes y puedas volver a corretear por los jardines y a perseguir a los pavos reales de tu padre.
Ese último comentario arrancó una risilla llorosa de los labios de Draco. Tenía terminantemente prohibido molestar a los pavos reales, así que por supuesto, era algo que hacía al menos una vez al día.
—¡Yo nunca me acerco a los pavos, mamá! —Mintió con desfachatez.
Lucius, lejos de enfadarse, esbozó una media sonrisa y se sentó en el borde de la cama de su hijo.
—Tienes que perfeccionar tu cara de poker, Draco. No es posible que un Malfoy mienta tan mal.
El niño se quedó un segundo pensativo, debatiéndose entre si el comentario era un halago o no, pero Narcissa si que se rió, así que Draco debió considerar que si su madre se reía, no debia ser nada malo y se encongió de hombros, solo para regresar rápidamente al tema que le interesaba.
—No son solo las asquerosas pociones, es que me hechizan, hacen cosas con sus varitas sobre mí y siento su magia dentro de mi cuerpo, es muy desagradable. No me gusta. No quiero. No lo haré —Volvió a cruzarse de brazos, completamente enfurruñado.
—Es magia sanadora, mi sol, tiene que entrar dentro de ti. No es mala, es buena, es lo mismo que cuando te raspas una rodilla y yo te la curo.
—No es lo mismo. No es lo mismo para nada. Tu magia está calentita, es como un abrazo o una manta mullidita en invierno. La de los sanadores no es así.
Narcissa suspiró y Lucius se limitó a observarla, él sabía perfectamente por qué Draco notaba tan diferente la magia de su madre comparada con la de los demás.
—Eso es, mi sol, porque mi magia va llena de amor, eres lo que más quiero en este mundo, mi sol, mi luna y mis estrellas, y por eso, cuando mi magia entra en ti, esa calidez, ese abrazo que sientes, no es otra cosa que amor, el amor de una madre hacia su hijo. Los sanadores no están relacionados contigo, y aunque estoy segura de que te adoran porque eres un niño perfecto, es imposible que te quieran tanto como yo te quiero. Por eso su magia se siente diferente, más invasiva, porque no está en perfecta armonía con la tuya.
Draco se quedó pensativo unos instantes, sopesando las palabras de su madre.
—¿Y no puedes entrar conmigo y hacerme los hechizos tú? —Preguntó al final.
—Me temo que no, son hechizos complicados y mamá no los conoce.
Entonces los enormes ojos grises de Draco se volvieron directamente hacia Lucius que de golpe se sintió alarmado.
—¿Y tú papá? Siempre dices que conoces los mejores hechizos, los más antiguos, los que ya nadie más sabe hacer. Y tú también me quieres así que tu magia debe sentirse como la de mamá. ¿Por qué no me haces tú los hechizos?
Narcissa elevó una ceja, sonriendo. Al parecer le divertía ver como años de alardear delante de su hijo le explotaban de golpe en la cara.
—Me temo que yo tampoco conozco esos hechizos, Draco. Son cánticos largos y complicados, solo los sanadores más experimentados los conocen.
—¿Pero tú no decías que no había magia que no pudieras hacer? —Insistió, acorralandole contra las cuerdas.
—Bueno, si, lo dije. —Admitió mientras su cerebro trabajaba a toda prisa intentando hallar una manera de salir del paso.
—Entonces... —En la carita de Draco volvió a formarse aquel puchero tan peligroso y Lucius se alarmó aún más. No, por favor, un berrinche no.— ¿Es por qué no me quieres? ¿Tu magia no funcionará como la de mamá porque tú en realidad no me quieres?
—¡Por supuesto que te quiere! —Intervino Narcissa ante el gesto de pánico de Lucius, evitando que la conversación se saliera completamente de control.— Lo que pasa es que la magia sanadora no es el campo de tu padre. El es un hombre muy listo, sabe muchísimo, pero sabe más de... Otro tipo de magia.
—¿Qué otro tipo de magia? —Preguntó Draco inmediatamente, la curiosidad ganándole a las dudas y a la tristeza.
Llegados a ese punto, Lucius se inclinó y abrazó a su hijo, revolviendole ligeramente el cabello con una mano, cosa que sabía que Draco odiaba que hiciera, dejó un beso sobre su frente, y antes de retirarse, le habló al oído.
—Cuando seas un poco más mayor, te lo enseñaré todo, ya verás. Pero es un secreto nuestro, si le dices una palabra a tu madre, no podré enseñarte nada.
Su hijo rompió el abrazo y lo miró confundido unos segundos, esos enormes ojos de búho taladrando hasta lo más recóndito de su alma. Luego se abalanzó de nuevo sobre él, volviendo a abrazarle sin previo aviso, y antes de que Lucios pudiera reaccionar, Draco ya estaba susurrándole al oído.
—Vale papá, será nuestro secreto.
Lucius se apartó y miró a su hijo sin disimular el orgullo que sentía. Algún día... Aún era un niño, pero algún día... Algún día su hijo sería alguien grande, alguien temido y admirado por todos. No le cabía ni la más mínima duda.
Iba a añadir algún chascarrillo para aligerar el ambiente, pero tras la puerta de la habitación sonaron tres golpes contundentes.
—Adelante. —Habló Narcissa.
Por la puerta entró un celador con una camilla especial, esas que estaban hechizadas para evitar que los enfermos del mal evanescente desaparecieran en medio del tratamiento. Draco conocía bien esas camillas, y nada más verlas se puso a temblar como una hoja.
—Mamá no. No quiero, no quiero, no me puedes obligar a hacerlo, no quiero, no quiero, no quiero... —Repetía sin cesar con los ojos cargados de lágrimas.
—Draco. —Llamó Lucius a su hijo con voz autoritaria. Ese espectáculo era lamentable.— Eres un Malfoy, compórtate como tal.
Recibió a cambio una mirada airada de Narcissa, ella siempre mimaba a Draco en exceso, en su opinión. Pero el niño paró al instante de lloriquear y avanzó un par de pasos temblorosos hacia la dichosa camilla.
—¡Vamos, peque! —Exclamó alegremente el celador en un pobre intento de calmar al asustado crío— ¡Si esto no es nada! En quince minutos como mucho estarás de vuelta con tus padres.
Para orgullo de Lucius, Draco se detuvo en seco, cuadró su postura y clavó en el celador una mirada desagradable, con una ceja levantada, gesto que estaba seguro había aprendido de él.
—Me llamo Draco, no "peque". —Casi escupió, arrastrando las palabras con un deje de prepotencia.— No soy un niño, soy un Malfoy, deberías tratarme con más respeto.
—¡Draco! —Exclamó Narcissa, reprendiendo a su hijo ante lo que ella veía como una impertinencia.
Lucius no dijo nada, si bien el tono y las palabras elegidas habían sido indudablemente impertinentes, era más o menos eso lo que esperaba de su hijo, no que se comportara como un mocoso que lloriquea y corre en busca de los brazos de su madre.
De cualquier manera, el celador no pareció tomárselo a mal, porque soltó una sonora carcajada y miró al niño con aire divertido antes de responder con cierta condescendencia.
—Muy bien, señorito Malfoy, me disculpo. Ahora, ¿Sería usted tan amable de subirse a la camilla y permitir que lo traslade a la zona de tratamiento?
La duda quedó inmediatamente patente en los infantiles ojitos grises. Por un lado quería actuar como un "niño mayor" por el otro, estaba muerto de miedo.
Giró la cabeza una vez más y miró a su madre, después se volvió hacia el celador.
—¿Puede mi madre venir conmigo? —Preguntó. Esta vez en un tono mucho menos altanero.
Ante esto, el gesto de ligera burla del celador se suavizó y le habló al pequeño de la forma más tranquilizadora que pudo.
—Me temo que no, cielo. Los hechizos que usamos son muy especiales, podrían contaminarse con la presencia de personas sanas, incluso podrían contagiarse del mal evanescente. ¿Tú no quieres que tu mamá se contagie, verdad? —Draco negó fervientemente con la cabeza— ¡Pero no hay de qué preocuparse! ¡No estarás solo! Además de los sanadores, hay un niño de tu edad que también ha enfermado con el mal evanescente, os vamos a tratar juntos, podréis hablar y haceros amigos ¿Qué te parece?
Lucius iba a protestar; ¿Por qué demonios tenía su hijo que compartir espacio con un niño desconocido cualquiera? Hacía suficientes donaciones anuales a ese condenado hospital como para tener el derecho de intimidad y privacidad cuando cualquier miembro de su familia tuviera que ser tratado. Sin embargo, a pesar de su instinto inicial, decidió callarse al ver que la perspectiva de estar con otro niño parecía haber animado ligeramente a Draco.
Que a su hijo no le gustaba estar solo era un hecho, siempre había más críos deambulando por su casa; la hija de los Parkinson, el hijo de los Zabini, las hijas de los Greengrass... Draco los invitaba siempre para no tener que jugar solo o con los elfos de la mansión. Sabía que el tema de la soledad lo llevaba regular, pero no imaginaba que hasta ese punto.
—Está bien, iré. —Resolvió el niño mientras Lucius aún seguía haciendo cábalas mentales y se subió de un salto a la camilla— ¿Como se llama el otro niño?
—Creo que se llama Harry, pero no recuerdo su apellido, —Respondió tranquilamente el celador— Mi compañero lo está llevando a la sala de tratamiento en este instante. ¿Quieres que hagamos una carrera a ver quien llega primero?
—¡Sí! —Respondió Draco enseguida, mucho más animado. El exceso de competitividad de su hijo quizás también era algo que deberían tratar en algún momento, pero al fin y al cabo, venía de una familia llena de Slytherins, era lógico que el niño saliera ambicioso.— ¡Adiós mamá! ¡Adiós papá!
—Adios, mi sol. —Se apresuró a contestar Narcissa, levantándose inmediatamente para darle un ultimo abrazo a su hijo— Estaremos aquí cuando regreses.
Lucius se acercó y le pasó una mano por el cabello; no se lo revolvió esta vez, solo dejó allí una pequeña caricia.
—Compórtate allí dentro. Sé que eres capaz, eres un Malfoy y los Malfoy pueden hacer lo que les dé la gana. —Se acercó un poco más y susurró al oído de su hijo para que solo él lo oyera— No dejes que ese otro niño te vea llorar ¿De acuerdo?
Volvió a sentir un ramalazo de orgullo cuando Draco le clavó una mirada decidida.
—Sí, papá.
Lucius sonrió y esta vez sí que le revolvió el pelo.
—Ese es mi chico. —Contestó palmeándole la espalda suavemente.
—Quince minutos, señores Malfoy, veinte como máximo y estaremos de vuelta.
El matrimonio asintió y se quedó observando como su hijo subido en la camilla partía con el celador a la sala de tratamientos.
—Esto es horrible. —Declaró Narcissa en cuanto se quedaron a solas
—Mujer, es lo mismo todas las semanas. Nunca quiere venir, pero no hay más remedio. —Respondió Lucius, tratando de sonar comprensivo.
—¡Es que no entiendo por qué no puedo ir con él! —Estalló por fin su esposa, agitando su melena rubia sin darse cuenta— ¡Es mi bebé! ¡Y se supone que tengo que dejarlo solo en manos de unos completos desconocidos! ¿¡Hasta cuando va a durar esto, Lucius!? ¡Lo odio!
—Narcissa... Estás haciendo un berrinche digno de Draco. Nuestro hijo tiene seis años, no es ningún bebé, no le dejas en manos de cualquier indigente que se te cruza por la calle, está a cargo de los mejores sanadores de Inglaterra que el dinero puede comprar. Veinte minutos, dos veces por semana durante seis meses; eso es lo que dura el tratamiento. Ya solo nos quedan cinco visitas más y nuestro hijo volverá a estar sano.
—No necesito que me expliques obviedades, Lucius —Respondió Narcissa en un tono agrio que rara vez le había escuchado, al menos no dirigido a él— Soy perfectamente consciente de todo eso ¡Lo único que quería era desahogarme con mi marido sin que me diera una charla sobre cosas que es obvio que ya sé!
Lucius reculó, lo último que le apetecía en ese momento y en ese lugar era discutir con su esposa.
—Vale. Lo siento. Desahógate lo que necesites, te escucho.
Esperaba que Narcissa hablase, o al menos que soltase una retahíla de improperios, pero lo que hizo su esposa fue poner los ojos en blanco, resoplar con fastidio y dejarse caer en la cama que hasta hacía un segundo ocupaba su hijo.
—Y encima tenía que ser precisamente hoy... —Habló en tono bajo, la mirada fija en el techo.
Lucius suspiró quedamente y ocupó el pequeño espacio que quedaba libre en esa minúscula cama, al lado de su mujer.
—Ya... Tampoco es como yo tenía planeado pasar San Valentín, Cissy. —Tomó la mano de su esposa y le dio un suave apretón antes de entrelazar los dedos con los de ella— ¿Pero que le vamos a hacer? La salud de Draco es lo primero, y los sanadores han sido muy estrictos con los días y horarios, supongo que tendrá algo que ver con el ritual de curación, no lo sé, no entiendo mucho de medimagia.
—Lo sé, lo sé... Pero es tan injusto...
—Ya. Hubiera preferido pasar el día de hoy contigo en París, o en Milán, o tal vez en Madrid. Nunca hemos estado en España.
—Si... A mí también me hubiera gustado, quizás el año que viene.
—Quizás. Pero de todos modos, a mí realmente no me importa.
Narcissa se incorporó un poco y miró a su marido con cierto aire de sospecha.
—¿Qué quieres decir con eso de que no te importa? —Preguntó suspicaz.
Por toda respuesta, Lucius levantó la mano que aún seguía entrelazada con la de ella.
—Esto me importa. Estás aquí, conmigo, con nuestro hijo, en un mal momento, preocupada por él. No estás de compras con tus amigas, no estás en un acto benéfico, no estás organizando una gala de recaudación de fondos para Merlín sabe que cosa. Estás aquí, con tu familia, unidos, fuertes. Eso es lo que realmente me importa. ¿A quien le importa San Valentín? ¿Qué más da un estúpido día al año? Tú me demuestras lo que sientes por mi, por nosotros, siempre, cada día de nuestras vidas. Y realmente espero que tú sientas lo mismo hacia mi, si no, significa que lo estoy haciendo terriblemente mal.
Narcissa se quedó en silencio, procesando las palabras de su marido. Era un hombre poco dado a las declaraciones de amor, pero aquella había sido una en toda regla, y la verdad sea dicha, Narcissa no se esperaba algo así para nada.
—¿No tenías una importante reunión hoy con el ministro, querido? —Preguntó tras unos segundos de tenso silencio.
—Así es. —Respondió Lucius, desconfiado, sin saber a donde quería llegar su esposa.
—Y aún así has llegado a tiempo para ver a Draco antes de su intervención.
—¡Por supuesto! ¿¡Como iba a dejaros solos!? —Respondió, algo indignado porque Narcissa le creyera capaz de hacer algo así.
—Pues ya está todo dicho ¿No crees?
Lucius comprendió.
—La familia es lo primero. —Sentenció sin lugar a dudas.
—Familia, deber, honor. —Corroboró Narcissa, recitando uno de los lemas más antiguos de los sagrados veintiocho.
—Voy a llevarte a Madrid en cuanto acabe el tratamiento de Draco. Voy a llevaros a los dos, recorreremos España entera, será como unas mini vacaciones en familia. —Declaró. Más que dispuesto a cumplir su promesa.
Narcissa se incorporó un poco en la cama hasta quedar sobre él y le besó. Lucius correspondió al instante, atrapando sus mullidos labios entre los dientes, poniendo toda la carne en el asador, subiendo la intensidad y tratando de trasmitir en ese beso todas las palabras que se le habían quedado en el tintero y que tanto le costaba pronunciar. Pero el momento fue interrumpido mucho antes de lo que Lucius habría deseado, cuando la puerta de la habitación se abrió de par en par, revelando una camilla mágica y a su hijo prácticamente rebotando sobre ella.
—¡Mamá, papá! ¡Harry es genial! ¿Podemos hacer el tratamiento siempre juntos a partir de ahora? Por favooooooor
La carita risueña y a la vez suplicante de su hijo arrancó de Lucius una pequeña sonrisa. Ese tal Harry de veras tenía que ser un chico estupendo, jamás había visto a Draco salir tan feliz de uno de sus tratamientos, generalmente volvía llorando y vomitando bilis verde.
—Eso dependerá de los sanadores, mi sol. —Respondió Narcissa, magnánima.
Draco se volvió hacia el celador que lo traía con sus enormes ojos de cachorro puestos en modo conquista.
—¿Podemos? ¡Diga que sí, por favor!
El celador rió ante la súplica del chiquillo
—Tendré que consultarlo, pero no veo por qué no.
—¡Sí! —Exclamó Draco levantando el puño en gesto de triunfo.
—¿Y sabes otra cosa, mi sol? Papá va a llevarnos de vacaciones a España en cuanto te pongas bueno. ¿No es una gran noticia?
—¡Genial! —Volvió a exclamar su hijo— ¿Puede venir mi amigo Harry también?
Lucius sonrió al tiempo que se llevaba una mano a la frente. Tendría que averiguar quién era ese tal Harry que tan buena impresión había causado en su hijo.
FIN.
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Lucius y Narcissa son de las pocas parejas hetero que me gustan y hacia MUCHO que no escribía sobre ellos. Tenía ya ganas de volver a traerlos al ruedo. Aunque por supuesto, no me he resistido a meter un poquito de Drarry en la historia, aunque haya sido un pequeño vistazo.
Gracias por darle una oportunidad a este micro fic.
Os quiero mucho.
Lady Sol
PD: He colado una movida de Juego de tronos aquí que no pintaba nada pero me apetecía ponerla, a ver quién es el primero en darse cuenta 🤭