Wheels & Readings

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Summary

Simón Stone es el chico malo de la clase, fuma, bebe y anda en moto con sus amigos. También es quien recibió la peor humillación por parte de Ángel, el nerd come libros. Ambos comienzan a odiarse el uno al otro y se lo demuestran de la peor forma haciendo la vida imposible al otro, hasta que, por obras del destino empiezan a conocerte y uno de ellos pasa del odio al amor. A su vez que dos historias de amor suceden en sus grupos de amistades poniendo en juego sus relaciones más personales... Sin embargo, una amenaza mucho más peligrosa podría destruir el amor que surge entre Simón y Ángel. Te invito a leer Wheels and Readings, donde las letras dejan volar tu imaginación y las ruedas te llevan a tu destino. ¡¡Advertencias antes de leer!! Escenas sexuales Lenguaje vulgar Escenas de maltrato físico y verbal Abuso a menores Autolesiones Drogas

Status
Ongoing
Chapters
12
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

Ba-thapum. Ba-thapum. Ba-thapum. Ba-thapum. Ba-thapum. Ba-thapum. Ba-thapum.

Podía escuchar en mis oídos, incluso a través de mi casco blanco con visor negro, como mi corazón latía como loco en mi pecho, la potencia con la que palpitaba era igual a la potencia del motor de mi dragón blanco... de mi moto, de mi hermosa, pulcra y blanca Yamaha R6. Sentado, agarrando las dos manijas, acelerado con la derecha, podía sentir como vibraba el motor bajo el asiento en mi entrepierna a través de mis vaqueros negros ajustados y rasgados en las rodillas. Vibraba y gruñía como un verdadero dragón furioso. Eso me excitaba demasiado, pero también me daba miedo.

—¡Vas a caer, Simón!

Me gritó uno de los competidores con el casco puesto, que estaba al lado mío en la línea de meta. Línea de meta que la marcaba una chica de tacos altos y vestido ajustado negro brillante, que de un simple salto se le vería su culo, su escote preanunciado mostrando las tetas como cualquier otra puta. Mientras recargaba el arma que anunciaría el momento de salida.

Respiré como pude bajo mi casco. Ba-thapum. Ba-thapum. Ba-thapum. Ba-thapum. Ba-thapum. Ba-thapum. Ba-thapum. Ba-thapum. Ba-thapum. Ba-thapum. Ba-thapum. Ba-thapum. Ahí estaban los latidos de nuevo, podía sentirlos en mi cien y no pude evitar girar la cabeza en un movimiento rápido para mandar mis miedos al carajo con un moño de regalo.

Mire a mi alrededor nuevamente, podía ver a mucha gente al lado de la carretera abandonada, en la oscuridad, ligeramente iluminada por los faroles anaranjados de los postes de luz. La gente alentaba, gritaba y apostaba en una mesa de plástico donde diferentes tipos tatuados, pandilleros, recolectaban el dinero y anotaban en una pizarra maltrecha los nombres de los competidores, yo estaba entre esos nombres. Volví a sacudir mi cabeza para concentrarme, no podía distraerme, si me distraía, costaría mi vida. De eso se traban las carreras ilegales después de todo. Quien pierde es comida para lobo y yo no soy comida para lobo, yo soy un lobo.

—¡Tres, dos, uno! —Gritó la chica y un fuerte disparo se escuchó, apuntando al cielo oscuro.

¡PUM!

Tan pronto como lo escuché, levanté los pies del cemento quebrado, gire el acelerador a lo que pudo mi muñeca y centre mi vista en el camino. Los competidores a mis lados hicieron exactamente lo mismo. Encorvé mi espalda y me incliné hacia adelante, apoyando mi pecho sobre el tanque blanco de mi moto... O dragón, como me gusta decirle. Comenzó la carrera; debía dar tres vueltas alrededor de la carretera de cemento abandonada, no era tan grande, ni tan larga, pero era la que había lejos de la ciudad para correr de forma ilegal sin que ningún policía interrumpiera a la mitad de la competencia. Había muchas personas a los lados de la carretera que gritaban y alardeaban apenas me vieron a mí y a los demás competidores en sus motos, junto con esos tipos pandilleros que vigilaban como cada motoquero aceleraba para rebasar a los otros.

Con mi pie izquierdo cambie la velocidad apretando el embriague, pase de 150km/hr a 200km/hr, rebasé al resto de imbéciles que se creían la polla en sus motitos de mierda. Seguí las curvas de la rotonda central de la carretera, las seguí como si pintar mándalas con fibra se trátese. Perfecto. Algo que me enorgullecía y lo admitía. Hice mi primera vuelta y quedé primero en la línea, podía escuchar como la gente me silbaba y gritaba mi nombre en aliento, eso hizo que mis nervios desaparecieran lentamente. Comencé la segunda vuelta, primero en la línea, hasta que pude ver por el espejo retrovisor izquierdo como una Suzuki Gixxer negra estaba casi pisándome los talones. El tipo que la montaba tenía una navaja en las manos, el bastardo hijo de puta pensaba pincharme la llanta trasera, pude ver sus putas intenciones en su fea cara. Me enojé y pude sentir nuevamente mi corazón latir con fuerza de la rabia.

Ba-thapum. Ba-thapum. Ba-thapum. Ba-thapum.

Lo silencié como pude, agitando mi cabeza con fuerza unos segundos. Me gire hacia atrás y pude ver que el bastardo se estaba acercando, casi tocando su moto con mi dragón blanco, extendiendo su brazo para pincharme la llanta, pero antes de que pudiera hacerlo, estiré mi pierna izquierda y le pegue al plástico del tanque, el tipo perdió el control del volante y calló al suelo. Me reí dentro de mi casco, volviendo mi vista a la carretera de nuevo.

Di mi segunda vuelta, otra vez siguiendo las curvas de la rotonda con prolijidad y movimientos precisos para no caerme, balanceando mi peso sobre la moto para dirigirla. Estaba de nuevo en la cabeza, pensé en tomarme esto con calma hasta que vi por el retrovisor nuevamente y vi tres motos; roja, azul y violeta, siguiendo mi paso. El tipo de la moto roja tenía un cuchillo más grande en las manos, mientras que la azul y la violeta unas posibles navajas mariposa. Los tres bastardos me rodearon, dos a los lados y uno que lentamente se acercaba detrás mío.

—Hijos de puta... —murmuré entre dientes, mi rabia nacía de mi pecho y pude sentir que mi corazón volvía a bombear con fuerza, como si tratara de autodestruirse.

Ba-thapum. Ba-thapum. Ba-thapum. Ba-thapum. Ba-thapum. Ba-thapum. Ba-thapum. Ba-thapum. Ba-thapum.

Intenté mantenerme tranquilo, respiré como pude, aunque solo había aire caliente en las paredes acolchonadas de mi casco. Volví a ver por el retrovisor y el de moto azul, la moto detrás mío, se acercaba más. Algo funcionó en mi cabeza y una idea se me ocurrió, cambié los cambios apretando el embriague, pasé de 200km/hr a 260/kmhr de un solo golpe, y los idiotas a los lados míos, intentaron detenerme moviéndose al centro, cosa que causó que las tres motitos de porquería se choquen entre sí.

Giré mi cabeza y ver el accidente fue lo más satisfactorio que pude ver, me reí ronco y volví mi mirada a la carretera. Aceleré nuevamente, escuchando como mi dragón blanco rugía con fuerza.

BRUUM... BRUM... BRUM...

Hice las curvas de nuevo, perfecto, balanceando y moviendo mi peso de forma estratégica sin caerme. Logré pasar la segunda vuelta, comenzando la tercera. Podía escuchar como el público gritaba mi nombre; “¡Simón! ¡Simón! ¡Simón!”Levante los brazos mientras pasaba cerca de un grupo de chicas que gritaban agudo, llenas de emocionadas, les lancé un beso y gritaron más fuerte. Fue increíble. Volví mis manos a las manijas de mi moto, aceleré, si voy a terminar esto, lo haré bien. Continué acelerando, pude ver los faroles blancos de la línea de meta, estaba tan cerca...

Hasta que vi que un auto negro llegó repentinamente, interponiéndose. La ventanilla del conductor se bajó, saliendo una mano con un arma, no vi el rostro, solo esa arma, que me apuntaba directo a mi pecho. Antes de que pudiera mover mi cuerpo para cambiar de dirección, bajar la velocidad, clavar los frenos, algo, cualquier cosa para evitar ser disparado... La mano recargo del arma y...

¡BEEP! ¡BEEP! ¡BEEP!

Me desperté respirando pesado y agitado, me senté con abruptamente en la cama, mi vista estaba nublada e intentaba aclararla, apretaba las sábanas con fuerza, podía sentir mis piernas entumecidas, como me faltaba el aire que no lograba tomar, como en mi espalda se sentía el recorrido de las gotas sudor frio. Cerré los ojos y supiere, volví a tomar aire profundamente y volví a suspirar. Recosté mi espalda sobre la cama nuevamente, suspirando pesado por tercera vez, giré mi cabeza a la derecha y pude ver con mejor claridad aquel despertador negro cuadrado que sonaba con fuerza.

¡BEEP! ¡BEEP! ¡BEEP! ¡BEEP! ¡BEEP!

Con rabia lo apague de un puñetazo, exhalando pesado y cansado. 6:40am, tenía escuela y no quería ir. Aun pensaba en ese sueño... ¿Qué mierda fue eso? ¿un sueño o una visión? ¿alguna de las películas de acción que vi me jodieron el cerebro? ¿Quién me disparó? ¿por qué lo hizo?

—¡Simón, arriba! —me gritó mi nana, Margarita, la mucama de mi casa, que es como una segunda madre para mi. —¡Vamos, ahora, Simón!

—¡Voy, voy! —le grité en respuesta, mientras me levantaba a regañadientes. Me miré en el espejo y pude ver que estaba hecho un maldito desastre, todo sudado, con mi pijama azul estirado y con mi cabello rubio revoloteado y erizado. —Maldita sea... —maldije con voz roca mientras tomaba una tolla del closet e iba rápidamente al baño a bañarme.

Mis pies pasaron de tocar la madera de mi cuarto al cerámico frio con rapidez, cerré la puerta, abrí el grifo de la regadera, me quité la ropa y me metí bajo la lluvia de agua caliente. Fue un baño rápido, para quitarme el sudor y la caspa del cabello. Salí, enrollé la toalla blanca en mi cintura, pase mi mano por el espejo empañado, tome mi cepillo de dientes y dentífrico, lo coloqué sobre las cerdas y me los lavé mientras me veía en el espejo. Mi piel antes solía ser blanca, pero tras mi regalo de cumpleaños a los 16 años de mi hermoso dragón blanco, comencé a salir más a la calle y fui bronceándome poco a poco. No soy de cuidarme la piel, tal vez algún que otro serumo hidratante, ya que nunca tuve problemas de acné y esas mierdas, aunque a veces me gusta cuidarme, tengo que verme guapo.

Luego de cepillarme los dientes, me afeite la pequeña barba que salía de mi barbilla, patillas y el entrecejo. Mis cejas gruesas son de un color rubio oscuro, contrario a mi cabello rubio dorado, que suelo cortarlo bastante corto atrás y a los costados, casi rapado, mientras mantengo largo arriba, aunque siempre se ondula y se vuelve un desastre imposible de controlar, incluso si lo peino con gel, vuelve a desordenase.

—¡Simón, desayuno, ahora! —me gritó mi nana de nuevo.

—¡Ya voy! —le devolví el grito algo molesto secándome rápidamente el cuerpo.

Volví a mi cuarto, revolví mi closet, busqué mis bóxeres, mis vaqueros negros ajustados, mi remera blanca sin mangas ajustada a mi torso y mi chaqueta negra de moto, me quité la toalla blanca de alrededor de mi cintura y me puse la ropa con rapidez, colocándome a lo ultimo las medias y unas botas negras. Me mire al espejo, verificando que todo quede bien, colocándome algún collar de cadenas plateadas alrededor de mi cuello y muñecas, algo simple pero con estilo. Me gusta mi cuerpo, atlético y musculoso, entreno bastante en el gimnasio y hago boxeo, además de que soy bastante alto, el perfecto combo genético para gustarle a las chicas.

Tomé mi mochila y bajé las escaleras a la cocina. Mi casa es bastante grande, aunque inútil, solo estamos mi nana, mi hermano menor, Thomas, y yo. Papá y mamá (si es que debería decirles así, solo me tuvieron por usar un condón vencido) nunca están en casa, siempre de viaje de negocios o algún asunto en la empresa con algún comerciante y más mierda que no comprendo.

—Buenos días, cariño. —dijo mi nana mientras servía el desayuno en la mesada de mármol gris de la cocina; panqueques con chocolatada. Si, tengo desayuno de niño chiquito con 18 años, pero lo adoro, especialmente de mi nana, me como todo lo que ella prepara. Aunque gracias al cielo nadie sabe de esto, arruinaría mi reputación.

Me senté al lado de mi hermano menor Thomas, que estaba comiendo los mismos panqueques mientras dibujaba con crayones en una hoja.

—Buenos días, campeón. ¿Cómo amaneciste? —le pregunté con una sonrisa mientras revoloteaba su cabello rubio igual al mío.

Thomas me miró y me levantó el pulgar en señal de bien. Nunca habló, lo llevamos al médico, psicólogos, psiquiatras, pero nunca pronuncio ni una sola palabra, y aunque no pronuncie ni una sola palabra, con solo 8 años lee y escribe claro, es el mejor de su clase, bastante inteligente, lo contrario a mí. Lo amo con todo mi corazón, él y mi nana son los únicos que me acompañan, no mi padre, no mi madre. Solo ellos dos.

—¿Tomaste tu pastilla, Simón? —me preguntó mi nana mientras lavaba la sartén con la que cocino los panqueques. Casi me atraganto con mi chocolatada. Tragué lo que tenía en la boca y asentí en aprobación.

—Si. Lo hice. —mentí con seguridad. Claro que no las tome, las odio, siento que me adormecen el cerebro y me dan más malhumor de lo que normalmente tengo. Mi nana me miro de reojo, desconfiada, pero resoplo en un suspiro, aceptando mi mentira.

—Recuerda que debes tomarla siempre, cariño. Me preocupa que tu TDAH empeore, el doctor dijo... —me confesó y sentí algo de culpa por mi mentira, pero igual no tomaría esas pastillas de mierda.

—Nani. — la interrumpí con cariño y suavidad, formando una sonrisa cálida para que retire ese rostro preocupado que siempre trae, hace que sus arrugas caigan y se vea deprimida, no me gusta verla así—. Mi TDAH no empeorará, hago lo que el docpidió, así que no hay de que preocuparse. Además, estoy mejorando, no he roto nada ni he actuado de forma impulsiva desde año nuevo, estoy mejor, como nuevo, como lechuga fresca en tiempos de cosecha, ¿sabes lo que digo? Como la del señor Jonhson cuando trae esos cajones de verdura a la casa y te coquetea, que, por cierto, ¿Qué ocurrió con él? ¿no tiene esposa? ¿o hijos? Es un hombre demasiado descarado, no me gusta para ti, además es bajo y pelado, podrías conseguirte un hombre mejor nana, uno menos pelón. Además...

—Simón. Come. —me interrumpió mi nana con esa sonrisa cálida y casi de regañada que siempre me da cuando hablo mucho y como poco.

—Si, perdón. —me disculpé entre risitas mientras volvía mi mirada al plato y comía algo apurado.

Mientras desayunaba recibí un mensaje de Dylan, mi primo; ”bro, estoy afuera de tu casa, vas a la escuela o no??" leí y vi que mando unstickerde un mono rascándose la barbilla. Me reí entre dientes y devoré el ultimo bocado de esos suaves panqueques. Tomé mi mochila de la banqueta a mi lado, junto con el casco blanco y los guantes de moto, revolví el cabello de Thomas y saludé a mi nana con un beso en la frente. Salí al porche de mi casa, encontrándome con Dylan sentado sobre su Suzuki roja. Es mi primo de parte de mi padre, mi tía Clarie se casó con un hombre negro, así que Dylan es morocho oscuro, casi tan alto como yo, aunque tiene más musculo, de ojos y cabello ruloso café. Es un imbécil a veces, mujeriego que fuma marihuana cuando puede en las fiestas o las carreras ilegales, pero es familia y nos conocemos desde niños.

—Hasta que al fin sales, rubiecita. —se burló Dylan en una sonrisa maliciosa mostrando sus dientes blancos—. ¿La paja estuvo buena? —añadió extendiendo su mano derecha. Yo me acerqué negando con la cabeza con una sonrisa asqueada, extendí mi mano izquierda y la chocamos en un saludo que resonó con fuerza.

—Jódete. Hoy no hubo paja. —fue lo único que le dije entre risas roncas. Abrí el garaje de mi casa y saqué mi moto, mi Yamaha R6 blanca, mi dragón furioso.

—¿Hoy no hubo paja? —me preguntó de forma bromista subiéndose a su Suzuki—. Qué raro, como terminaste con Mora, creí que enfrentarías tu soledad con pajas y helado de vainilla.

—No. No soy un virgen de mierda. Ya superé a Mora. Además, hay más chicas por ahí, con mejor coño y tetas que ella. —le respondí en una forma amarga y roca.

Terminar mi amorío con Mora me tocaba los huevos de la peor manera porque una parte de mi se había enamorado de ella y su hermosura, pero tampoco era tan real como creía. Aunque me enfureció más que me haya cortado en año nuevo, un mes y medio antes de que empezaran las clases, esto solo hacia que los demás hablarán y chismearan como los metiches que eran.

—Lo que tu digas.

No le respondí. Encendí mi moto y en un rugido vibrante bajo mi entrepierna que me hizo estremecer. Dylan hizo lo mismo con su moto roja, se colocó el casco, lo copié y aceleramos en dirección a la escuela, el Instituto LaSalle. Una escuela enorme con primaria, secundaria e instituto juntos, pasé casi 12 años de mi vida en esas paredes de ladrillo, libros viejos, pupitres dibujados con penes y algunos festivales. Estoy cursando mi último año de secundaria, una parte de mi extrañará esta escuela de mierda, debido a la cantidad de recueros que tengo con compañeros y amigos; la primera vez que me rompí el brazo en basquetbol, la primera broma que le hicimos a un loser de cuarto grado, la primera vez que pelee con un chico el doble de grande que yo cuando tenía 10 años, mi primer beso con una chica que no recuerdo su nombre, como me gané el título del ”chico malo” o ”el rey de las peleas" o ”el chico más guapo de la escuela."

Al llegar, dejamos las motos en el estacionamiento, evadimos al portero Luis, que cerraba el portón negro metálico, corrimos por los pasillos hasta llegar a la primera clase. Abrimos la puerta del aula, llamando la atención de todos los compañeros que tenían su vista fija en el aburrido discurso del profesor, quien obviamente nos regañó. Yo lo ignore, Dylan se encargaba de las mentiras más convincentes para que todos caigan, tiene cara de chico bueno, aunque es peor que yo.

Caminamos por el pequeño pasaje de pupitres hacia el asiento del fondo, donde esperaban Jonathan, Kevin y Eric, ya con sus sonrisas malvadas tan temprano en la mañana. Mientras caminaba me crucé con algunas chicas que sonreían y me saludaban, revoloteando sus cabellos largos y mirándome de forma coqueta, claro está, les devolví el saludo con un giño y la sonrisa más encantadora que podía darles, soy famoso en esta escuela no solo por mis peleas, si no por mi encanto, debo darles la mejor cara a mis chicas.

Pero fue en ese momento cuando mis ojos se cruzaron en una mirada con unos ojos grises, esos raros y sin color, los ojos del nerd, los ojos de Ángel. Rápidamente aparte la mirada.

Me senté en los últimos pupitres, con mis amigos, que nos saludamos como siempre; chocándonos las manos hasta que suene fuerte con tal de llamar la atención. Puse mi mochila y casco bajo el pupitre, poniendo mis piernas sobre la madera. Mi mirada se fue otra vez hacia el nerd, lo veía de espaldas, con esa sudadera con capucha morada enorme que no dejaba ver su cuerpo. Siempre me preguntaba si ocultaba algo debajo de esa tela, tal vez ocultaba cables que le daban información a su cerebro de nerd, tal vez ocultaba armas, tal vez ocultaba su fuente de poder como Tony Stark. Tal vez solo ocultaba su cuerpo debilucho y pequeño. No lo sé, pero atrapaba algo de mi atención.

Tenía su cabello negro azabache, largo que le tapaba sus orejas y se pegada a su frente, siempre estaba esponjoso y peinado con algunas ondas en sus puntas. Su piel blanca como un vampiro, a veces me preguntaba si brillaba como la de Edward Collen de Crepúsculo. Pero lo que más me llamaba la atención eran esos ojos grises, nunca había visto algo parecido, sí ojos azules que parecían lentes de contacto falso, pero nunca grises, nunca ojos sin color, porqué eso era lo que se eran; grises y sin color. A veces me preguntaba si era emo.

No sabía una mierda de él, solo que es un cerebrito que saca el mejor promedio en toda la escuela, lamebotas de los profesores, ratón de biblioteca y rarito. No sabía si tenía amigos, no era un acosador que lo siguiera, pero, al menos en clase, no hablaba con nadie, solo tomaba apuntes en un cuaderno grande o leía algún libro.

Desvié mi atención de ese nerd, intenté prestar atención a la clase, a pesar de que sentía mucha energía en mi cuerpo, movía mis piernas de lado a lado bajo el pupitre y golpeaba la madera ligeramente con los nudillos de mi mano, balaceaba la cabeza de lado a lado. Miré a Kevin a mi lado, comenzamos a hablar, no recuerdo que, pero hablábamos y comenzamos a reírnos bastante fuerte. Luego se unió Eric, luego Dylan y por último Jonathan. Hacíamos chistes, hablábamos de temas irrelevantes; chicas, motos, autos, comida, próxima fiesta, próxima carrera, entre otras cosas.

—Oye, Simón, ¿Qué tal el año nuevo con Mora? ¿Sus mamadas son igual de malas que el año pasado? —preguntó Eric en una clara mala burla entre risas.

Fruncí el ceño y lo miré amenazante, rápidamente se calló, sabe que no me gusta hablar de Mora, y que podría golpearlo si habla de más, sumando, que no me gusta tocar el tema, no después de que ella me terminará sin razón en año nuevo, en la fiesta donde todos los estudiantes de la escuela estaban, fue tan humillante, aunque le dio pase libre a que algunas chicas me coqueteen por Instagram o entre clases.

—Bueno... A nuestro líder aun le duele el corazón después de que le corten... Es mejor no bromear sobre eso muchachos. —habló Dylan entre risas palmeando mi hombro derecho. Quería golpearlo, pero me aguanté.

—Cállate, Dylan. —le dije en una voz profunda y ronca. Él solo me miro de reojo con esa sonrisa que odiaba; burlona y desafiante.

—Oblígame.

Fruncí más el ceño, abrí mi mochila y saqué una de las tantas hojas que estaba allí, desordenadas que aparecían un archivero sin etiquetas. Hice un bollo y se lo tiré en la cabeza. Dylan abrió la boca sorprendido y ofendido, igual que los demás, que se comenzaron a reírse segundos después.

—Oh... ¿con que esas tenemos, chico malo? —me respondió, tomando una hoja, haciendo un bollo y me la tiró a la cara. Me enojé e hice lo mismo, sin darme cuenta, los demás siguieron el ritmo. Bollos de papel iban y venían entre el grupo de idiotas que son mis amigos, algunos iban a otros estudiantes del aula, mientras el profesor ignoraba la situación con tal de no regañarnos.

De repente, uno de los bollos de papel cayó sobre la cabeza de Ángel con algo de fuerza. Desde mi punto de vista pude ver como apretaba su bolígrafo azul con molestia y enojo. Se giró sobre su silla, mirando hacia atrás con el ceño fruncido y apretando los labios.

—¡¿Pueden guardar silencio, malditos monos narigudos?! —gritó Ángel en una voz casi aguda que hizo callar a la clase entera, mirando con esos raros ojos grises directamente a mí y todo mi grupo de amigos.

—Uch tranquilo, tranquilito. ¿Con esa lengua chupas pollas de los profesores? —respondió Eric entre risas, los demás rieron igual al unisonó—. ¿Por qué no vienes y me chupas la mía, putita?

—Que sea gay no me hace puto, Eric. Además, tendría que buscar con lupa extragrande para siquiera intentar ver tu diminuta polla encorvada como cruasán. —respondió Ángel con una sonrisa irónica. No pude evitar dejar salir una risa ahogada.

Eric apretó sus puños y gruño enojado. Parecía que iba a matarlo con solo la mirada.

—¡¿Qué mierda dijiste, maricón de mierda?!

—Cálmate, Eric. No te dejes provocar por ratas de biblioteca. —intervine aun riéndome por lo bajo.

—Al menos yo no busco peleas innecesarias y hablo como loro parlanchín. —me respondió Ángel y pude sentir como mi sangre hervía de enojo.

—¿Qué fue lo que dijiste, nerd?

—Uh, lo siento, ¿olvide mencionar que también eres sordo e imbécil? —me respondió en un tono irónico. Afile mi mirada y lo amenace con ella, pero parece que ni siquiera se inmutó. Parecía que no me tenía miedo, lo que me hizo enojar más.

—Al menos tengo amigos con los cuales hablar. —pude ver como arrugo su nariz, enojado.

—¿Podrías callarte, aunque sea? Desconcentras. —me respondió rodeando sus ojos.

—¿Y si no lo hago qué? —le respondí entre risas con una mirada desafiante —¿Qué harás, nerd? ¿Iras a lamerle las botas al profesor o al director?

Ángel no respondió, noté que apretó su bolígrafo azul que llevaba en su mano. Se giró sobre su silla, creí que había ganado y el nerd emose había rendido, sin embargo, revolvió algo en su mochila que no llegué a ver que era, pero lo escondió sobre su bolsillo. Se levantó de su pupitre y caminó rápidamente hacia al fondo del aula, hacia mí, y de un saltito se sentó sobre la madera de mi pupitre, mirándome.

—¿Qué demonios haces?

No me respondió, escuché como arrancaba cinta debajo del bolsillo delantero de su sudadera con capucha morada, inclinó su cuerpo hacia adelante, sus manos tomaron la forma ahuecada de mis mejillas, agarrándolas con suavidad.

El malnacido hijo de puta pegó un trozo de cinta gris en mi boca.

—Calladito te vez mucho más bonito. —habló en un susurro irónico, que apuesto que no fui el único que lo escuchó, sus ojos grises me miraron fijamente.

Revolvió mi cabello a su antojo antes de saltar de mi pupitre y caminar hacia el suyo. Costo menos de 5 segundos que toda la puta clase entera se riera de lo que paso, incluyendo mis amigos. Fue jodidamente humillante.

—¡Oh, carajo, que putos huevos! —escuche decir a Dylan.

—¿Qué mierda? ¡Ese puto nerd calló a Simón! ¡Le calló la boca al chico malo de la escuela! —escuché decir a Eric. Los demás se reían, la clase entera se reía a carcajadas. Pude sentir mis mejillas arder de vergüenza y mi sangre arder sobre las venas de mi mano del enojo.

Yo tenía mi vista fija en Ángel, que comenzó a recibir un regaño por parte del profesor. Sentía que mi sangre hervía y los músculos de mi cuello se tensaban, mientras apretaba mis puños, con esa cinta gris pegada a mis labios, impidiendo que algún sonido escape y, si lo hacía, sonaba ahogado como bajo el agua. Quería golpearlo, destrozarle esa cara que tiene, pero sabía que era demasiado fácil, es un enano debilucho, me tomaría solo segundos romperle la nariz.

Pero tenía en mente otra cosa, haría que ese enano de mierda, ese nerd de ojos grises pague por tal humillación. Lo humillaré peor y veamos quien se ríe ultimo.