Forbidden by Synn 🎀 at Inkitt
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Summary

1 | ❝Nunca volveré a bailar de la forma en la que bailé contigo, príncipe Jung.❞ » Donde dos príncipes de distintos reinos tienen que ser esposados para seguir con su linaje por obligación de sus padres, los reyes; los cuales no tienen idea del kamikaze enamorado que ocurrió entre los dos jóvenes. ─ woosan/sanwoo ff. ─ royal au. ─ romance, angst. ─ historia de mi autoría, no se permiten adaptaciones sin permiso. ─ en esta historia no se pretende manchar la imagen de ningún idol que aparezca en esta historia. todo es ficción, nada es real.

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1
Rating
n/a
Age Rating
16+

the last dance and two lovers

Desde tiempos inmemorables, los reinos de Namhae y Goyang han sido muy unidos, tanto es así que ambas parejas reales se conocían casi de toda la vida.


Y cómo no, sus hijos, también.


Jung Wooyoung y Choi San, príncipes herederos al trono de sus respectivos reinos, se conocían desde que tenían uso de memoria. Desde que ambas reinas tuvieron a sus hijos, decidieron no perder contacto entre sí, ya que pensaron que sus hijos se llevarían muy bien entre sí.


Y vaya que acertaron, desde muy pequeños, ambos príncipes eran inseparables, a tal punto de que no se querían separar del otro. Disfrutaban de la compañía del otro desde muy pequeños, ¿quién no iba a disfrutar la compañía de su mejor amigo?


Ambos jóvenes se contaban anécdotas, sus secretos, si es que quedaba alguno por decir.


Ninguno de los dos sabía lo que les depararía el futuro, siempre habían soñado con encontrar a la princesa de sus sueños, una dama que los acompañaría en vida, para siempre. La madre de sus hijos o hijas, herederos al trono, los futuros príncipes o princesas. Una damisela que los acompañaría en vida, enfermedad y muerte.


Pero... ¿y si... no era así?


Besó aquellos belfos que siempre había deseado probar, el contrario suspiró ante el toque, dejándose hacer. Mientras el príncipe de Namhae lo besaba, Wooyoung pasaba sus brazos alrededor del cuello de Choi, dejándolos ahí, mientras que el mencionado atraía el cuerpo de Wooyoung hacia él, sin intenciones de dejarlo ir.


La tenue luz de la luna los iluminaba, el campo del castillo de Namhae lleno de flores, sobre todo, rosas rojas y blancas. Sus figuras resaltaban en la oscuridad, las estrellas brillaban con ansia, como si de luces de un escenario se tratasen.


Nadie sabía dónde se encontraban los herederos al trono de sus reinos y ellos querían dejarlo estar.


Después de estar besándose por un buen rato, se separaron por falta de aire, observó al rubio, cuyo cabello era más platino que rubio; observó aquella sonrisa, sus hoyuelos se mostraban a la luz de la luna.


Esbelto, fuerte, hermoso como la más bonita obra de arte que jamás haya podido ver. Así es como Wooyoung veía a San.


Una mano se extendió hacia él, una mueca de confusión se instaló en su rostro.


— ¿Me concederías este baile, príncipe Jung? — preguntó coqueto, su sonrisa no se había ido en ningún momento.


— Este baile y todos los que quieras, Choi. — dijo, tomando su mano.


La luna brillando en todo su esplendor, dos siluetas bailando bajo el encanto de la noche, mientras se sonreían y reían suavemente. Sus pies danzaban en sintonía, sincronizados.


Sin pisarse mutuamente, sin que ninguno de los dos se caiga o tropiece.


Ambos cuerpos pegados al otro, no había ningún tipo de separación entre ellos, la cabeza del pelinegro pegada al pecho del rubio, escuchando los latidos de su amante. Un vaivén lento, sereno pero sensual y bonito, ambos disfrutaban del momento, sin importarles si alguien los encontraba de esta forma.


Wooyoung se separó de San suavemente y se puso de puntitas para darle un casto beso en los labios, el rubio sonrió con dulzura, sus manos reposaban en la cintura del pelinegro. Lo tocaba con delicadeza, como si se fuera a romper en cualquier momento.


Siguieron bailando por un rato más al sentirse incapaces de separarse del otro, danzaron juntos por todo el pequeño campo del castillo. San, de vez en cuando elevaba uno de sus brazos para que Wooyoung girase sobre su persona, después lo dejaba ir con ligereza, como si fuera un lazo desenvolviéndose y después lo atraía a él de nuevo de forma brusca, buscando ese contacto que tanto le gustaba. Wooyoung carcajeaba como si fuera un niño pequeño disfrutando el momento.


Cuando decidieron separarse y no bailar más, Wooyoung se sentó en el césped, importándole poco si se manchaba. Miró a San con curiosidad, mientras este se acercaba a las flores y tomaba una rosa roja y otra blanca, le quitó las espinas con delicadeza y después caminó en dirección al príncipe de Goyang.


Lo miró con curiosidad pero con una sonrisa divertida cuando las flores fueron puestas en su campo de vista, siendo tendidas por las manos del rubio. Las flores estaban unidas por sus tallos debido a un lazo negro.


— Romanticismo, pasión y sentimientos profundos. — dijo mientras señalaba a la rosa roja. Después señaló la blanca. — Pureza, transparencia y confianza. — miró a los orbes contrarios, mientras sonreía dulcemente, cual enamorado con su amante. — Así me siento por ti, Wooyoung. Mi amor por ti es tan profundo, puro y apasionado que no puedo evitar sentirme así cada vez que estoy contigo, sabes que soy un romántico de primera, pero tú haces que ese lado romántico nazca de mi persona. Ante ti, soy transparente, porque no tengo nada que esconderte y esa confianza mutua me hace ser como soy, porque no necesito fingir para impresionarte, prefiero que me veas tan transparente como el agua cristalina, que veas mis virtudes y notes mis defectos, ya que nadie nace siendo perfecto. Tú me complementas, eres esa pieza del rompecabezas que falta para que pueda ser arreglado, eres ese alguien que provoca tantos sentimientos en mí. — dijo, algo sonrojado. — Eres esa persona por la que me moriría por amanecer a su lado, darle un beso al amanecer, atardecer y anochecer, dedicarle mil y una baladas y unos cuantos bailes. Porque yo quiero ser tu chico perfecto, aunque esto no sea un cuento de hadas. Quiero ser el hombre por el que sientas mariposas en el estómago, quiero que seas el chico de mis sueños, el chico que se sonroje si le digo poesías o le canto alguna canción. — continuó. — Quiero ser el hombre que pueda sostenerte en sus brazos, abrazar tu cintura con mis dedos, sentir el aroma que desprendes, sentirte cerca mío. Quiero ser la persona con la que bailes el último baile, Wooyoung, te quiero para mí.


Wooyoung sonrió mientras tomaba las rosas entre sus dedos, algo sonrojado, con un huracán de emociones en su interior, luchando por no chillar de amor ante las bonitas palabras que su amante le dedicaba.


— Yo también te quiero para mí, para nadie más. — dijo, besando sus labios nuevamente. — Quiero que seas mi romántico de primera, mi otra mitad, quien me diga poesías y me haga sonrojar, que me haga sentir todo un zoológico dentro de mí si hace falta. Quiero que tú seas la persona con la que experimente las distintas sensaciones del estar enamorado.


Después de eso, tomó las mejillas del pelinegro y atrajo sus labios a los propios, saboreándose mutuamente, sin intenciones de parar.


Aquella noche, con aquellas pequeñas y grandes confesiones de amor, se lo habían dicho todo y el firmamento fue el único testigo de su amorío.

La ceremonia del último baile estaba cerca, ambos príncipes podían sentir la presión de los reyes en sus hombros, pues esa noche tendrían que elegir a una mujer, entre todas con las que bailarían.


Ambos estaban nerviosos, ¿cómo le podían explicar a sus propios padres que no querían bailar con ninguna mujer, sino con el príncipe del otro reino?


No podían, simplemente no podían decirlo. Ambos sabían que lo que tenían entre ellos era algo prohibido, algo que no debería de haber ocurrido. La homosexualidad no estaba bien vista en la monarquía, era aborrecida por todos, ya que según ellos: "puede afectar al linaje, al árbol genialógico monárquico".


No podían evitar escaparse del castillo gracias a sus guardianes que se apiadaban de ellos y de aquel amor que solamente era testigo la luna y sus estrellas. Su amor era puro e ingenuo, sin malas intenciones, sin estar en busca de algo más, sin que sea algo simplemente carnal, porque era algo incluso platónico, íntimo. Algo que solo ellos dos compartían.

Mientras que en el palacio del reinado de Namhae su campo estaba repleto de rosas blancas y rojas, en el reinado de Goyang reinaban los dientes de león, cuyo mito era que si soplabas uno de ellos, lo que desearas se cumpliría.


Ambos jóvenes se encontraban en aquel campo, mientras Wooyoung le contaba cosas triviales a San y este último lo escuchaba con adoración, incluso si lo que Wooyoung decía fuera aburrido, a San le parecería la cosa más interesante de este mundo.


Caminaron un poco más hasta que Wooyoung paró en seco, tomó un diente de león entre sus dedos y se lo enseñó a San.


— ¿Sabes que hay un mito que dice que si soplas un diente de león mientras deseas algo, se cumple? — preguntó sonriendo.


El de hoyuelos asintió.


«Felicidad, recompensa y armonía.» pensó, ya que eso era lo que de verdad significaba un diente de león. Digamos que San a veces se aburría mucho y le gustaba entender el significado de las flores y los colores de esta.


— ¿Sabes? — dijo Wooyoung, mientras miraba el diente de león. — Cada día soplo un diente de león, pero últimamente lo hago cada rato, incluso si son muchos en todo un día.


San lo observó con curiosidad.


— ¿Y eso a qué se debe, bonito? ¿Qué deseas con tantas ansias como para soplar tantos en un mismo día? — preguntó.


Wooyoung lo miró y sonrió mientras se sonrojaba.


— A ti.


San iba a hablar de nuevo, pero Wooyoung le interrumpió.


— A ti, porque deseo que seas mío, solo para mí. Y si los dientes de león no funcionan, rezo para que ese día llegue.


Wooyoung sopló el diente de león, dejando que las esporas de este se desperdigasen por el firmamento. Volteó a mirar a San y notó unas manos en su cintura.


— Pero tú ya sabes algo, ¿no es así, precioso?


— ¿A qué te refieres?


— Ya soy tuyo, cariño. — dijo, mientras depositaba un beso en su cuello, con cariño. — En cuerpo y alma, soy todo tuyo.


Wooyoung se quedó en silencio, mientras observaba el paisaje. Sus mejillas de color carmín, su boca se sentía seca, no sabía que responder ante lo que acababa de escuchar.


Su melodiosa voz se volvió a escuchar, deleitando los sentidos del más bajo.


— Sé que no podemos casarnos, por desgracia. — dijo, riendo con un sabor agridulce. — Me gustaría que nos hubiéramos conocido en otras circunstancias, pero bueno. Incluso si no podemos casarnos, quiero que sepas una cosa, ¿vale? Tú eres y serás el niño de mis ojos, el amor de mi vida.


Giró a Wooyoung sobre sus talones y el chico cuyo lunar estaba cerca de su ojo lo observó ponerse de rodillas frente a él, el contrario tomó sus manos, acariciándolas con las yemas de sus pulgares, con suavidad.


— Wooyoung, aquí y ahora, veintiséis de noviembre, yo, Choi San, futuro heredero del reino de Namhae, te juro amor eterno.


Wooyoung se quedó estupefacto.


— Soy tuyo, en cuerpo y alma, todo tuyo, mi amor. — pronunció con dulzura. — Aunque me tenga que casar con una mujer, aunque tenga que tener hijos que no sean contigo. Quiero que sepas que yo te pertenezco a ti y a nadie más, para mí ese anillo que tendré en la mano derecha, en el dedo anular, no significará nada a menos que seas tú quien lo ponga.


Se levantó y besó a Wooyoung con necesidad, como si fuera la última vez que lo fuera a besar de esa manera. Sus manos en su cintura, atrayéndolo. Después de besarlo, Wooyoung abrazó al rubio, aferrándose a él como te aferras a algo fugaz.


Wooyoung empezó a llorar.


— Te amo, San. Mucho, no sabes cuánto. — pronunció con su cara en el pecho contrario mientras lágrimas silenciosas resbalaban por sus mejillas, mojando el ropaje del chico contrario.


Una mano acarició sus cabellos con delicadeza y sentimiento, revolviendo sus cabellos en el acto. Escuchó los latidos de su corazón, feroces, raudos.


Suspiró, se alejó del más bajo y limpió el rastro de lágrimas de sus mejillas y las acarició.


— Te prometo que no acabaremos como Romeo y Julieta.


Después de eso, ninguno dijo nada, el menor siguió abrazando al mayor.

La noche del último baile, en el cual ambos príncipes decidirían a sus futuras esposas.


Esposas, sí.


Todo el mundo observó a los reyes de ambos reinos, quienes daban la bienvenida, el ambiente era tranquilo, pero ambos chicos estaban al borde del colapso.


No estaban listos, para nada. No querían afrontarlo, pero debían.


Después de unos minutos, la música comenzó y la gente empezó a bailar, ambos jóvenes, nerviosos, con sus piernas temblando como flanes, fueron obligados a adentrarse en la muchedumbre.


Al principio, sin querer, los hicieron bailar juntos, mientras los reyes, sus padres, decían:


— Esto, es algo que nunca será permitido en la monarquía, dos hombres bailando. Está terminantemente prohibido.


Ambos cruzaron miradas, sin mostrar ningún tipo de sentimiento, simplemente se observaron, para después ser separados.


Ambos ofrecieron su mano y dos bellas damas tomaron su mano, dispuestas a aceptar un baile.


Wooyoung se estaba agobiando de la angustia de no poder hacer lo que quería, un nudo en su garganta se formaba, no quería esto.


Quería a San, lo quería a él. No quería vivir en una mentira.


Ambos bailaron durante horas esa noche, con muchísimas mujeres. Después del último baile, todo el mundo se retiró, incluidos los propios protagonistas del baile.


Cuando estuvieron en un lugar más apartado, ambos se miraron.


— Eunbi. — dijo San.


— Chaeryeong. — respondió el chico del lunar.


Suspiraron, ambas condenas estaban sentenciadas. Ambas mujeres de buena posición se casarían con los herederos al trono, una vez estos ascendieran al mismo.


— Nunca volveré a bailar de la misma forma en la que bailé contigo aquella noche, Wooyoung. — murmuró San.

Horas después de las bodas, ambos chicos se reunieron, ahora como Reyes de Namhae y Goyang.


San miró el anillo que estaba en el dedo anular de Wooyoung, se tensó.


Wooyoung, en cambio, observó el anillo que descansaba en la mano derecha contraria y sintió que su mundo se derrumbaba.


Sonrió con un semblante triste, ahora la vida le había dado un golpe de realidad. Estaba casado, con alguien que no amaba ni un poco. San también.


San también, San también, San también, San también.


Era lo que su mente le repetía.


San lo abrazó, el chico correspondió el abrazo.


— Recuerda lo que dije, este anillo no significa nada para mí.


Wooyoung lo sabía, porque el mismo San se lo había dicho, pero le era inevitable pensar que San estaba casado con alguien que no era él.


— Soy tuyo, en cuerpo y alma, Wooyoung... — susurró, mientras depositaba un beso en la cabeza del bajito. — Y siempre lo voy a ser.


Ambos sabían como terminaba esta historia, separados. Lo sabían y aún así habían querido seguir leyéndola, seguir experimentándola en sus propias pieles hasta el final.


No habrían terminado como Romero y Julieta, muertos, pero hubieran preferido haber terminado de esa forma antes que esta.


Porque si hubieran terminado como Romeo y Julieta, en otra vida estarían juntos, pero en esta tenían que ver al amor de su vida estar con otra persona. Todo esto por un amor ilícito, por algo que sabían que no iban a tener por más que quisieran.


Porque eran dos príncipes enamorados de una fruta prohibida, como lo es su amor y relación.

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author

😭😭😭😭 que triste fin para tan bonito amor

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