Capítulo 1 - ¿Un nuevo mundo?(Revisado)
Capítulo 1 – ¿Un nuevo mundo?
En el vasto y enigmático mundo de DxD, la atmósfera se impregnaba de una energía mística que parecía transformar cada rincón. Bajo un cielo donde las nubes se teñían de tonos crepusculares, un portal resplandeciente se abrió lentamente sobre el “parker de Kuo”, un lugar de contrastes y secretos ocultos. Las luces parpadeantes y las sombras danzantes anunciaban el advenimiento de algo fuera de lo común.
En ese preciso instante, Raynere se encontraba en medio de una intensa confrontación. Había finalizado su enfrentamiento con Issei, cuyo cuerpo y esencia aún parecían impregnados de la energía residual del combate. Mientras el ambiente se llenaba de una mezcla de humo y destellos mágicos, Raynere, con el ceño fruncido y una expresión de concentración extrema, murmuró para sí misma:
—Mmm, fue más fácil de lo que pensaba… Él también era un maldito pervertido.
Sus palabras se perdían en el eco del viento, pero en su tono se dejaba entrever una mezcla de desprecio y una extraña satisfacción. Mientras tanto, una sensación inusual y casi hipnótica recorrió su cuerpo. Al alzar la vista, sus ojos se encontraron con una escena inesperada: un chico rubio, de unos 17 años, emergía entre la penumbra. Su cabello, de un rubio casi iridiscente, caía en un flequillo rojizo que contrastaba con la suavidad de sus rasgos. En cada mejilla, tres delicadas marcas, semejantes a bigotes de gato o de zorro, adornaban su piel, añadiéndole un toque místico y enigmático.
Raynere se quedó inmersa unos instantes en esa imagen, como si el tiempo se hubiera detenido. El ambiente a su alrededor parecía vibrar con una energía nueva y desconocida, y en su interior se despertó un impulso ineludible: la necesidad de salvar a aquel muchacho, cuyo destino parecía entrelazado de manera misteriosa con el de su propio mundo.
Sin dudarlo, Raynere se lanzó al aire con una agilidad sorprendente. La brisa acariciaba su rostro mientras se dirigía en picada hacia el rubio, cuyos ojos reflejaban tanto sorpresa como una extraña serenidad. El impacto fue casi poético: en un instante, el joven quedó atrapado en el aire, sostenido por la fuerza y determinación de Raynere. Al capturarlo, ella no pudo evitar notar, con asombro y cierta timidez, la belleza casi etérea que irradiaba. Su rostro, enrojecido por la mezcla de adrenalina y una sensación de vulnerabilidad, revelaba un matiz de admiración sincera.
Con sumo cuidado, Raynere depositó al rubio sobre el suelo, asegurándose de que estuviera a salvo, mientras sus pensamientos se enredaban entre la confusión y la fascinación. Sin embargo, el ambiente no daba tregua: el murmullo distante del portal y la vibración de la energía mágica presagiaban que el peligro aún acechaba.
Fue en ese preciso instante cuando la calma se vio interrumpida por la aparición simultánea de dos círculos brillantes en el aire. Uno de ellos, de un intenso color rojo, evocaba la poderosa influencia de la casa Gremory; el otro, de un blanco azulado, rememoraba la sutil pero imponente presencia de la casa Sitri. De cada círculo surgieron, lentamente y con una elegancia casi irreal, dos figuras femeninas de extraordinaria belleza. La luz que las envolvía parecía dibujar contornos perfectos, resaltando cada rasgo y vestigio de su aura mística.
El ambiente se llenó de murmullos y tensiones. Fue entonces cuando Rias, con voz impregnada de un resentimiento marcado y un tono cortante, comentó en medio del silencio que se instaló:
—Debe ser por aquí donde está Issei… tsk, odio a los pervertidos.
Sus palabras, cargadas de desdén, contrastaban con la serenidad aparente de la escena, mientras sus ojos recorrían el entorno con una mezcla de determinación y ansiedad.
A pocos instantes, Akeno, siempre fiel a su manera enigmática, intervino con un tono que oscilaba entre el humor y la ironía:
—Ara ara, buchou, ¿para que no te guste? Así que me lastimé, huhuhu… Pero tienes razón, es muy inconveniente.
La ironía de sus palabras se veía matizada por una inquietud latente en su voz. Mientras tanto, Sona, con un suspiro profundo que parecía cargar el peso de mil inquietudes, preguntó con voz suave pero cargada de confusión:
—Entonces, ¿por qué viniste a por él si lo odias?
Aunque sus palabras buscaban una respuesta lógica, el tono melancólico que las acompañaba sugería que algo más profundo estaba en juego. Rias, sin perder la compostura, replicó con firmeza:
—Sona, ya conoces mi situación: cuantas más oportunidades tenga, mejor.
La conversación se diluía en un murmullo de resignación y aceptación; Sona asintió con la cabeza, dejando escapar otro suspiro:
—Sí, lo sé… Estoy un poco cansada, lo siento.
El ambiente parecía incitar a la acción. Con una determinación silenciosa, Rias esbozó una leve sonrisa y propuso:
—No hay problema. Acabemos con esto y vámonos a descansar.
Sin embargo, al acercarse al cuerpo casi inerte de Issei, Rias percibió algo que aceleró su pulso. A una corta distancia, descansaba otro cuerpo: el del chico rubio, cuyo semblante reflejaba tanto la inocencia como la intriga. Con el rostro aún en tensión, Rias señaló al joven y preguntó con una mezcla de inquietud y curiosidad:
—Sona, ¿sabes quién es ese rubio de allá?
Sona, con el ceño ligeramente fruncido y la mirada perdida en el horizonte, respondió despacio:
—No, que yo sepa… Ni siquiera por Kuho parece ser.
En ese preciso momento, mientras Akeno estaba a punto de añadir algún comentario, una presencia inesperada irrumpió en la escena. Una pieza dorada, con la forma casi esculpida de una figura de Rei, apareció flotando sobre Akeno. El objeto, impregnado de un aura oscura y enigmática, parecía desafiar las leyes conocidas de la física y la magia.
—Buchou, eso no es lo que creo que es, ¿verdad? —exclamó Akeno, su voz entremezclando sorpresa y temor.
Rias, con la mirada fija en la extraña manifestación, susurró con un deje de alarma:
—Una pieza malvada.
El susurro se propagó en el ambiente, resonando como un presagio de futuros eventos oscuros.
En medio de la tensión, Tsubaki intervino con una pregunta que parecía flotar en el aire:
—¿Cómo es posible que un humano posea una pieza así?
Antes de que pudiera concluir su interrogante, el escenario se transformó nuevamente. Junto a la pieza del rey, surgieron lentamente cuatro figuras adicionales: piezas en forma de reinas. La primera se fusionó con Rias, causando que sus rasgos se tornaran momentáneamente pálidos de susto; la segunda se adhirió a Sona, quien, pese a su inquietud, mantuvo una compostura casi sobrenatural; la tercera pieza se deslizó hacia una grieta recién formada, mientras que la cuarta se dirigió con determinación hacia una figura inconfundible: una pelirroja de la estirpe Uzumaki.
En medio de este despliegue caótico, se escuchó una voz quebrada por el llanto y la desesperación. Con tono suplicante, se alzó entre el murmullo del ambiente:
—Porque tengo que pasar por lo que hice para merecer ser un conejillo de indias para esta maldita serpiente… Si hay alguien ahí, ¡ayúdame!
La voz, impregnada de un dolor ancestral, pronto se tornó en un tono burlón y escalofriante:
—Kukukuku, no te preocupes, porque nadie vendrá a ayudarte… Nadie se preocupa por ti; kukukuku, serás una hermosa compañía para mi Uchiha, kukukuku.
El sonido se disipó en el viento, y como respuesta a ese presagio siniestro, la pieza abrió una grieta en el aire. Sin previo aviso, se introdujo en la figura de la pelirroja, quien, ante el asombro de todos, se curó de sus heridas en un parpadeo y fue teletransportada a otro lugar, dejando tras de sí solo el eco de su partida.
La tensión alcanzó su punto álgido cuando una voz desconocida, impregnada de furia y desesperación, irrumpió de nuevo en la escena:
—¿Qué... qué sucedió? ¿Dónde está Kabuto? ¡Ella desapareció! La busco por todos lados. ¡Quiero que me la devuelvan… AHORA!
La respuesta no se hizo esperar. Kabuto, con una obediencia casi mecánica, respondió en un tono frío:
—Sí, señor Orochimaru. Ya voy en su busca.
El escenario volvió a cambiar mientras el “parker de Kuo” se impregnaba de una inquietud palpable. Rias, con el rostro demacrado por el pánico y la incertidumbre, exclamó:
—¿Qué fue eso? ¿Por qué esa pieza nos afectó a los dos? ¿Y a dónde fueron la tercera y la cuarta pieza? Además, ¿por qué hay cuatro reinas en un tablero?
Con una voz que buscaba restaurar la calma en medio del caos, Sona se esforzó por consolarla:
—Rias, cálmate. Primero resucitemos a Issei y luego consultaremos a su hermano; él debe tener las respuestas que necesitamos.
Rias asintió, sintiendo en su interior la determinación de enfrentar cualquier adversidad:
—Sí, tienes razón. Primero resucitaré.
En ese preciso instante, como si el destino quisiera dramatizar aún más la situación, el cuerpo de Issei comenzó a emitir un resplandor intenso. Un aura roja emergió lentamente, envolviendo su figura inerte y desprendiéndose en forma de destellos que parecían danzar en el aire. La energía, casi tangible, se elevó y se encaminó hacia una figura imponente: Naruto. Tras su misterioso ingreso en Naruto, apareció brevemente un guante rojo que se extendía hasta el codo, antes de desvanecerse como si nunca hubiera existido.
El silencio que siguió estuvo cargado de asombro y recelo. Sona murmuró con voz temerosa:
—No creo que eso deba suceder…
Ante la incertidumbre reinante, Akeno, con el rostro demacrado por la preocupación, preguntó con urgencia:
—Buchou, ¿qué hacemos ahora?
Con una mezcla de pragmatismo y una pizca de resignación, Rias propuso, tratando de trazar un plan en medio del caos:
—Bueno, al menos no necesitamos traer de vuelta a ese pervertido… Solo debemos encontrar la forma de atraer al rubio a nuestro lado y conocerlo mejor. Propongo que Koneko lo lleve al club y lo cure; así podremos estudiar en detalle qué significan todas estas piezas.
Koneko, con una leve sonrisa y el rostro sonrojado, asintió tímidamente:
—Hai, buchou.
Akeno no pudo evitar soltar una risa nerviosa:
—Fufufu, quería curarlo. Koneko tiene suerte de tener tanto calor.
Con el ambiente impregnado de una mezcla de tensión y expectativa, Rias se volvió hacia Sona y anunció con determinación:
—Voy a hablar con mi hermano. ¿Vienes, Sona?
Con una calma casi resignada, Sona respondió:
—Claro, vamos.
Antes de separarse, Rias dirigió una última orden, su voz fría y firme en contraste con el caos a su alrededor:
—No esperes; déjame eliminar el cuerpo de Issei con mi poder de destrucción para no despertar sospechas.
Y así, mientras la luz del portal se mezclaba con el brillo de la energía residual y los ecos de voces desesperadas se perdían en el viento, el destino de todos los presentes quedaba sellado en una danza incierta entre la oscuridad y la esperanza, marcando el comienzo de un nuevo y enigmático mundo.