fleeting love, like a falling rose petal
Después de varios meses, ambos príncipes, ahora reyes, se siguieron viendo. Ambos seguían compartiendo aquellos momentos de felicidad entre los dos.
Cuando estaban juntos, se olvidaban de los anillos que descansaban en sus dedos. Nada les importaba, en lo más mínimo.
Pero había momentos en los que simplemente tenían que actuar como lo que eran a los ojos del resto, mejores amigos, y obviamente gobernantes de sus reinos.
Después de las bodas, ambos varones estuvieron ocupados con sus respectivas "mujeres", pues aunque no lo quisieran, estaban casados.
Wooyoung no prestaba mucha atención a Chaeryeong, ya que, aunque la joven fuese agradable y comprensiva, este no sentía ninguna atracción por ella y se lo hacía saber.
Wooyoung estaba harto de fingir, de decirle "te amo" a una persona que consideraba una completa desconocida.
Odiaba decirle "te amo" a alguien que no era San. No lo soportaba, simplemente no podía. Sentía que lo traicionaba de cierta forma.
Sabía que tenía que fingir, por el bien del reino, pero más bien lo hacía por el: "¿qué dirán?"
Lo acurrucó contra su pecho, llevando su mano a los cabellos contrarios jugando con los pelitos rubios de Wooyoung.
Observó al joven que descansaba su cabeza en su torso desnudo y no pudo evitar sonreír, mostrando sus hoyuelos en el acto.
— Te ves muy lindo así.
Cuando Wooyoung escuchó eso, movió su cabeza, mirándolo a los ojos.
— Tú lo eres más, adoraría verte así todos los días. — dijo, mientras entrelazaba su mano con la del mayor.
— ¿Así cómo? ¿Como Dios me trajo al mundo?
— ¡San!
Escuchó al hombre reír, mientras este posaba sus labios en su frente. Wooyoung cerró sus ojos, encontrando el contacto de los tibios labios de San contra su frente, inmensamente adorable.
— Te amo tanto, San... Te amo tanto que siento que algún día mi corazón va a dejar de latir si siento que no te tengo cerca.
El de mullet besó sus labios dulcemente, despacio, sin querer acelerar las cosas. Acunó el rostro del contrario en sus manos, haciendo que lo viera a él.
— Eres la persona más hermosa que mis ojos hayan podido ver a lo largo de su vida, Woonie.
El mencionado se sonrojó, escondiendo su rostro en el cuello del mayor, algo avergonzado. Carcajeó de forma sutil.
— Te amo. — dijo, en un susurro.
— Te amo de aquí, a la luna y volver, Wooyoung. — susurró de vuelta.
Volvió a besar aquellos belfos carnosos con suma delicadeza, como si temiera romperlo. La brisa que se colaba por el ventanal era leve, pero hacía que las cortinas se movieran lentamente.
Sus labios uniéndose, un cuerpo encima sobre el otro.
Y el firmamento estrellado volvía a ser el único testigo de su amorío.
Corrían tomados de la mano por el prado desierto de algún lugar recóndito de ambos reinos.
Ambos carcajeaban, sonreían de oreja a oreja.
Después de un rato, descansaron abrazados bajo un cerezo, el viento hacía que sus cabelleras se movieran.
Wooyoung, quien era más bajo que San, llevó su vista hacia arriba, observando al mayor.
— ¿Puedo besarte? — preguntó abruptamente, mientras un color carmín se instalaba en sus mejillas.
San sonrío sin mostrar sus dientes y observó hacia abajo.
— ¿Qué clase de pregunta es esa? — contestó mientras sonreía. — Bésame. Todo lo que quieras.
Wooyoung no dudó en besarlo, feliz de poder hacerlo.
— Con lo baratos que salen, mi amor, ¿qué te cuesta callarme con uno de esos?
— ¿Quieres que te calle a besos?
— No lo sé, ¿tú qué crees? — dijo acercándose al rubio, estando a centímetros de sus labios.
No dejó que Wooyoung contestara, posó su mano en la nuca contraria y lo atrajo con rapidez a él. Posó sus labios sobre los contrarios, sonriendo en el acto, devoró aquellos belfos, con necesidad, como si se fuera a morir si no lo hiciera.
Una pequeña rosa descansaba entre los dos, con un rojo vivo en sus pétalos, sin espinas. San se la había entregado con antelación al menor, viendo cómo este se ponía aún más rojo.
Una bella rosa, ardiente de amor y pasión.
Un día, todo cambió para Wooyoung.
Aunque seguían viéndose, San era más distante, tratando de no acercarse tanto al menor. Esto confundió a Wooyoung, ya que sabía que San adoraba el contacto físico.
También había notado que el castaño estaba más pensativo que de costumbre, como si su mente estuviera en alguna otra parte. Siempre estaba distraído, incluso estresado.
Ya no lo besaba, apenas conversaba con él, tampoco lo abrazaba, ni decía que lo amaba.
Wooyoung presentía que algo andaba mal.
Varios días después, estaba sentado en un gran sillón, revisando algún que otro tratado. Su esposa, Eunbi, entró en la sala, bastante emocionada.
Los orbes zafiros de la chica chocaron con los achocolatados del rey.
Eunbi, abrazó a San sin pensarlo mucho y este simplemente le devolvió el abrazo. Se sentía incapaz de negarle un simple abrazo a la pobre mujer.
— ¿San? Tengo buenas noticias.
San observó a la pelinegra y sonrió.
— ¿Ah, sí? ¿Y qué es, mi amor?
La chica titubeó en decir las palabras que tenía atoradas en su garganta, incapaz de decirlo, desvió su vista temerosa.
San posó su dedo índice en el mentón de la joven y la obligó a mirarlo.
Sonrió en comprensión y su armoniosa voz escapó de sus labios.
— Dime, mi vida, no tengas miedo.
Cuando las palabras de Eunbi escaparon de sus labios, San palideció.
Ambos hombres estaban abrazados, viendo el amanecer, Wooyoung notó que San estaba preocupado.
— ¿Qué te pasa, Choi? Te veo pensativo.
San suspiró, su voz sonó un poco quebrada.
— Es Eunbi. — espetó.
— ¿Pasó algo con ella? ¿Todo bien? — preguntó con un semblante confundido.
— Ella...
Dejó que San tomara su tiempo en hablar, ya que veía que le estaba costando expresar lo que quería decir.
— ¿Estás bi-?
— Está embarazada.
Wooyoung abrió sus ojos, mirando al mayor.
— ¿Qué?
— Eunbi, está embarazada. — repitió, observando el rostro de un Wooyoung estupefacto. — Voy a tener un hijo, o una hija, Wooyoung.
Wooyoung estaba atónito con la información que su cerebro estaba recibiendo, no le entraba en la cabeza lo que San estaba diciendo.
— ¿Qué...? ¿Cómo...? ¿Cuándo...?
San se levantó de su lugar, y dijo:
— Eso no importa. — dijo en un tono frío. — Lo mejor será que nos dejemos de ver, Woonie.
— ¿Qué? ¡No! ¿Acaso sabes si es tuyo? Igual la zor-
San estampó su mano en la boca de Wooyoung, callándolo.
— Ni se te ocurra decir eso de mi mujer.
Wooyoung tragó en seco, asustado.
San suspiró, retirando casi al instante la mano de los labios contrarios, liberándolos.
— Wooyoung, tú sabes que te amo, más que a nada en este mundo, ¿verdad? — susurró en su oído, pues lo estaba abrazando.
Wooyoung no dijo nada, San tomó eso como una invitación a seguir hablando.
— Es por eso que... que yo...
— ¿Tú..?
— Quiero dejarte ir, Wooyoung. — pronunció, su voz quebrándose. — Quiero que seas feliz, que tengas a alguien que esté dispuesto a amarte en todos los sentidos y que pueda demostrarte su amor tanto en público como en privado. Quiero que seas feliz, no quiero que estés atrapado en esto. No me gusta.
Wooyoung se acurrucó en su pecho, buscando comfort, las lágrimas amenazando con salir.
— Quiero que seas feliz sin mí, Wooyoung. Quiero dejarte ir, para que seas feliz. No te merezco, mi amor.
— No quiero que me dejes... — hipó, abrazándolo más fuerte. — Por favor... n-no me dejes...
— Es lo mejor para nosotros, cariño. — respondió, acariciando sus mejillas, limpiando sus lágrimas.
Besó su nariz y después le dio un casto beso en los labios.
— Te amo, y te amaré por siempre, Wooyoung. — otro beso. — Nunca lo olvides.
Después de aquel día, Wooyoung no volvió a pisar el territorio de Namhae, ni se le pasó por la cabeza verlo.
Sabía que si lo volvía a ver, iba a correr a sus brazos y no lo iba a soltar más.
«¿Cómo estará? ¿Bien? ¿Mal? ¿Y su hijo o hija?»
El último pensamiento provocó que mordiera sus labios, intranquilo.
Horas después, el mensajero real llegó a su puerta y le entregó un sobre, una carta.
«Wooyoung.» era lo único que estaba escrito.
Esa letra...
una leve sonrisa apareció en sus labios, esa letra...
Podrían pasar cincuenta años y aún así lograría reconocerla.
Abrió el sobre y desdobló el papel, encontrándose aquella escritura tan bonita que aquel varón siempre tuvo.
Cuando terminó de leer la carta, se permitió llorar.
Porque Wooyoung siempre amaría a San, sin importar si este tenía otra familia, si ahora tenía una hija, le daba igual.
Observó el ramo de rosas que venía acompañando a la carta.
Rosas rojas y blancas. Las que siempre le daba.
Sonrió, limpiando sus lágrimas, sin percatarse de que una de las flores nunca se marchitaría, pues era de plástico.
«Dejaré de amarte cuando todas las rosas que te entregue se marchiten, Wooyoung.»
— FIN.





