Lover Of Mine by Synn 🎀 at Inkitt
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lover of mine

Summary

3 | ❝Tú eres mi principio y mi final, Wooyoung.❞ » Debido a las circunstancias en las que los futuros reyes de los reinos de Namhae y Goyang se encuentran, deciden escapar. ─ ateez ff. ─ woosan/sanwoo. ─ tercera y última parte de forbidden (final alternativo). ─ angst, fluff, romance. ─ obra de mi autoría, prohibida las copias y/o adaptaciones sin permiso previo. ─ no se pretende manchar la imagen de ninguna de las personas que se involucran en esta historia. todo es ficticio, nada es real. se usa su apariencia para el desarrollo de los personajes.

Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

burning love, like fire on fire

Los días seguían pasando y Wooyoung parecía desesperarse cada vez aún más.


Tanto San como él iban a casarse con dos personas que apenas habían conocido en un baile de pacotilla del cual no querían haber ido en primer lugar.


Y ahora cada vez que miraba la mano de San, le ponía de los nervios que allí descansase un anillo que no fuera puesto por él.


La odiaba. Aunque no podía culpar a la pobre mujer, era hermosa y agradable, una lástima que se fuera a casar con alguien que sabía que no la quería.


Al fin y al cabo, Eunbi se veĂ­a como una buena chica para San, Âżcierto?


Mordía sus uñas, tratando de controlar la ansiedad que lo carcomía por dentro velozmente.


A este paso perderĂ­a los estribos antes de estar en el altar.


Altar.


Altar, con alguien...


Iba a estar en el altar con alguien que no era su amado.


Con alguien que no era San.


El menor tratĂł de aguantarse el llanto, que amenazaba con salir, sintiendo su garganta apretujada.


MirĂł por el gran ventanal de su palacio, observando el cielo.


Solamente deseaba que San viniera a visitarlo una Ăşltima vez por la noche y que le dijera que todo estaba bien.


Aunque él sabía que nada de lo que estaba pasando se sentía bien para ambos.

Por la noche, como Wooyoung predijo, San estaba en el jardín, esperándolo bajo la luz de la luna.


Sonrió como un niño pequeño, alegrándose de verlo y se escabulló del lugar, saliendo afuera con sigilo.


Una vez estuvo fuera del palacio, fue corriendo hasta San, saltando y enredando sus piernas en la cintura de este, comenzando a darle pequeños besos por toda la cara, algunos, en el cuello pecoso que el alto tenía.


San, un poco aturdido, tratĂł de recuperar el equilibrio cuando Wooyoung casi salta encima suyo y empezĂł a reĂ­rse por lo bajo, mostrando sus hoyuelos y viendo cĂłmo el menor le besaba sin descanso.


Le devolviĂł varios besos de vuelta, haciendo contacto con aquellos belfos que siempre lo volvĂ­an loco.


Él no sabía que tenía aquel chiquillo, pero cualquier cosa de él lo volvía loco.


— ¿Tanto me has echado de menos, pequeño? — preguntó con burla, mientras sonreía de lado.


El más bajo, puchereó.


— ¿Qué tiene? Con suerte puedo verte por la noche...


— Me ves prácticamente todos los días a todas horas, Jung.


— ¡Eso no cuenta! ¡Ahí solo te puedo tratar como un amigo o un cercano!


Sintió la mano del mayor acariciar su mejilla, mientras su zurda lo agarraba del mentón, obligándolo a mirarlo.


SonriĂł.


— Bueno, eso es porque tú quieres...


— ¿E-Eh? — tartamudeó Wooyoung.


— Podrías besarme delante de todos, como si fuera lo más normal, mas, te detienes y no lo haces. — dijo sonriendo con dulzura, ahora plantando un casto beso en las mejillas acaloradas del príncipe Jung. — Y no te culpo, WooWoo. Entiendo que tengas miedo, porque yo también lo tengo.


Wooyoung lo tomĂł de la mano y lo llevĂł a la parte trasera del jardĂ­n, al menos no estarĂ­an tan a la vista.


En cuanto menos se lo esperĂł, el mayor lo estampĂł contra el muro del palacio, mientras lo besaba con Ă­mpetu.


Y claramente sin intenciones de parar, cosa de la que Wooyoung no se quejaba.


Trató de seguirle los besos, pero estaba tan aturdido por el repentino movimiento que apenas tenía tiempo para respirar, sus mejillas estaban rojas, el contrario sonrió, dejando pequeños besos en su cuello.


Wooyoung no tardĂł mucho en adentrar sus manos debajo de la camisa que San portaba, acariciando su piel suavemente.


Y nuevamente, aquellos ojos acaramelados, su piel morena, aquella sonrisa con hoyuelos que tanto le encantaba, le volvĂ­an a hacer sentir que estaba en el cielo, sin necesidad de tocarlo.

Quedaban menos de treinta minutos para que tuviera que decir un "SĂ­ quiero." a una pobre chica que eligiĂł bailando.


Trató de no reírse frente a la imagen que veía frente a él, de traje, muy elegante.


La palabra "Boda" le estaba dando escalofrĂ­os.


Después de varios minutos, ordenaron a Choi a salir ya, pues la novia había llegado antes de tiempo.


«Pobre chica, lo que le espera...» pensó.


Se acomodó la ropa nuevamente y salió de aquel pequeño cuarto, suspirando, mientras miraba el anillo que había en su mano.


Según sus cálculos, la boda del príncipe Jung habría sido a mediodía, la suya, sin embargo, al atardecer, por elección suya.


Avanzó hacia al altar, quedándose en lo alto, observó el lugar: las cristaleras de colores de la Iglesia de Namhae eran especialmente bonitas, desde niño le habían gustado. La decoración era minimalista, pero le agradaba.


«Total, para lo que va a durar esto.» pensó para sus adentros.


Entonces, todos los invitados comenzaron a ocupar sus asientos, el carruaje con la novia (futura reina) esperando afuera.


TragĂł saliva y mirĂł hacia el cura, un hombre mayor de buena fe, que siempre lo supo guiar por el buen camino cuando se sentĂ­a perdido.


Aunque no lo pareciera, San era bastante religioso, aunque después hiciera algo completamente, "supuestamente" prohibido por la biblia.


Amar a un hombre.


Amar a Wooyoung.


Wooyoung.


ExhalĂł aire, nervioso, viendo a Eunbi avanzar con un vestido de novia impecable, con piedras preciosas incrustadas en su corset. LucĂ­a hermosa, y San lo admitĂ­a.


Cuando veĂ­a algo bonito, sabĂ­a valorarlo. Y la pobre chica era muy bella.


El problema era él, que pretendía dejarla plantada en el altar.


ComenzĂł la ceremonia, el cura hablando sobre esta bonita y enternecedora uniĂłn entre ambos, Eunbi sonreĂ­a, sus ojos brillaban en felicidad.


Miró a los presentes: sus padres en primera fila, sus amigos por ahí, mirándolo mientras sonreían incómodamente, pues sabían de la condición de San, sabían de Wooyoung y lo aceptaban, no eran tan cerrados de mente como los padres del pobre chico.


La hora de los votos llegĂł, sintiĂł su garganta apretarse, le estaba faltando el aire, sentĂ­a que se iba a morir en ese instante.


El cura comenzó preguntándole a Eunbi, pues vio a San demasiado nervioso como para proceder.


La chica mirĂł a San, sin notar el manojo de nervios que era el chico y sonriĂł con dulzura, un leve sonrojo en sus mejillas.


— Sí, quiero. — dijo la chica.


Entonces, el cura lo mirĂł, ya sabĂ­a que le tocaba.


AclarĂł su garganta una vez que el buen hombre le hizo las mismas preguntas que a Eunbi y se vio obligado a responder.


— Y-Yo...


Antes de que pudiera seguir, la puerta principal de la Iglesia se abriĂł estrepitosamente, mostrando una figura masculina con un traje parecido al suyo, solo que en vez de ser negro, era blanco.


— ¡Me opongo a esta boda! — chilló.


San sintiĂł su alma volver a su cuerpo, sonriĂł con ternura, aunque estaba sorprendido de verlo allĂ­.


Un Wooyoung, que parecĂ­a haber corrido una maratĂłn, respiraba con fuerza, pero su mirada no se apartaba de las tres personas en el altar.


Los invitados se giraron sorprendidos de ver al prĂ­ncipe del reino vecino allĂ­ presente.


— ¿Rey Jung? ¿Qué ocurrió, majestad? — preguntó la madre de San, de forma educada.


Wooyoung sonriĂł.


— Príncipe, príncipe Jung. — corrigió. — No he contraído matrimonio.


Todo el mundo lo mirĂł sorprendido.


La cara de San era un poema.


ÂżNo se habĂ­a casado? Entonces eso querĂ­a significar que...


— Vengo aquí a llevarme lo que es mío desde hace tiempo.


AvanzĂł hacia el altar, casi corriendo y abrazĂł a San, feliz de estar en sus brazos.


Nadie entendĂ­a nada y la pobre Eunbi tampoco.


— ¿San? ¿Qué está pasan-


Eunbi enmudeciĂł cuando vio a Wooyoung estampar sus labios sobre los de su futuro esposo.


San abriĂł los ojos en sorpresa, pero enseguida lo tomĂł de la cintura y le siguiĂł el beso, sonriendo en el acto.


Cuando Wooyoung se separó de él, se inclinó hacia su oído para susurrarle.


— Más le vale correr, príncipe Choi, porque sus padres lo van a matar. — dijo mientras reía y bajaba corriendo del altar, yendo hacia la salida.


Los padres de San empezaron a gritar, exigiendo explicaciones a lo que acababa de pasar, sus amigos en el fondo de la Iglesia aplaudiendo, para después salir por la puerta también.


San caminĂł lentamente, bajando las escaleras del altar, y le sonriĂł a sus padres.


— Mamá, papá, soy homosexual. — dijo sin pudor alguno, y sintió que un peso se le quitaba de encima.


Quiso reĂ­r cuando vio las caras de sus padres, su madre casi se lanza a pegarle, pero nunca habĂ­a tocado a su hijo, tampoco lo iba a hacer ahora.


— Vete y no vuelvas más. — dijo su madre.


— Eres la escoria de la familia. — espetó su padre, mas San sonrió feliz.


VolviĂł su vista a Eunbi, quien seguĂ­a en el altar con el cura.


— Espero que puedas perdonarme, Eunbi, pero yo no te amo. — explicó. — Yo amo a Wooyoung, príncipe de Goyang.


Dicho eso, saliĂł del lugar, sin importarle todas las miradas de asco y repudio que recibĂ­a.


Se sentía en paz consigo mismo, y eso era más importante que complacer a centenares de personas.


Se encontró con sus amigos y les dio un breve abrazo, despidiéndose. Wooyoung le estaba esperando con el caballo de San para irse ya.


Se iban a escapar juntos, a un lugar donde nadie más los molestara, donde pudieran ser felices ellos dos, juntos. Tiraron los anillos al suelo, abandonándolos ahí, se sentían libres.


Se subió al caballo y ayudó al bajito a subirse, notando que este se agarraba de él. En cuanto estuvieron listos, San hizo que el caballo fuese a galope, recorriendo los campos de flores que había.


— ¿Crees que nos persigan con antorchas? — preguntó el más bajito.


El mayor soltĂł una carcajada y mirĂł al menor.


— No lo creo, pequeño. — dijo. — No creo que vengan a buscarnos, después de todo lo que ha pasado, nos desterrarán de ambos reinos y no podremos volver jamás. Ya sabes que la homosexualidad está prohibida en Namhae y en Goyang, lindo.


Wooyoung asintiĂł, haciendo un movimiento vago con la cabeza.


— Lo sé, pero... voy a extrañar venir aquí...


TomĂł la mano del chico en la suya, su pulgar acariciando la mano contraria.


— Lo sé, precioso, créeme que lo sé. — dijo suavemente. — Yo también echaré de menos venir aquí.


Y entre los árboles del bosque, se perdieron.


— Te amo, San. — dijo Wooyoung, mientras apoyaba su cabeza en la gran espalda del mayor, mientras se dormía, rindiéndose a los brazos de Morfeo.


Mirando al frente, mientras dirigía al caballo, sonrió, sus ojos hechos dos medias lunas y sus hoyuelos mostrándose ante el anochecer.


— Yo también te amo, Wooyoung. — dijo suavemente. — Te amo de aquí a la luna y volver, hacia el infinito y más allá; te amo con cada latido de mi corazón, pequeño. Nunca lo olvides.


Porque ellos se merecĂ­an su final feliz, aunque no fuese el convencional.


Se merecĂ­an su final feliz, ese final donde comieran perdices y fuesen felices.




— FIN.

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