01
El verano estaba en su punto más alto en San Fransokyo. El sol, implacable, se filtraba por la ventana de la habitación, llenándola de una calidez sofocante. Hiro Hamada se balanceaba de un lado a otro en su silla con ruedas, suspirando con fastidio mientras dejaba escapar quejas al aire.
— Qué calor insoportable... y lo peor es que no tengo nada interesante que hacer — murmuró, arrastrando las palabras con evidente aburrimiento.
En la otra esquina de la habitación, Tadashi, su hermano mayor, permanecía sentado con serenidad, completamente concentrado en un libro de física cuántica que sostenía entre sus manos. Su postura recta y su mirada fija en las páginas contrastaban con el vaivén inquieto de Hiro.
— Me encantaría aburrirme contigo, créeme — comentó Tadashi con una sonrisa ligera, sin apartar la vista de las letras. — Pero justo ahora debo ir a la universidad. Y cuando termine... tendré que ayudar a la tía Cass en el Café.
Cerró el libro con suavidad, acomodando el marcador entre las páginas antes de colocarlo sobre el escritorio.
— Como siempre, tan solicitado — replicó Hiro con evidente desinterés, girando una vez más en la silla.
Tadashi rió suavemente, sin molestarse por el tono de su hermano. Esa risa franca que siempre parecía iluminar la habitación aunque el ambiente estuviera cargado.
— Vamos, anímate un poco — respondió con un tono optimista. — Si termino temprano en el Café, quizá podamos ver alguna película juntos esta noche.
Hiro levantó la vista apenas unos segundos y murmuró:
— Como sea.
Tadashi negó con la cabeza, divertido, antes de levantarse. Caminó hasta donde estaba Hiro, inclinándose un poco para revolverle el cabello con cariño.
— Nos vemos más tarde, Hiro — dijo con calidez en la voz.
El tacto fue breve, pero suficiente para que Hiro quedara quieto, sin entender del todo por qué esa simple caricia lo hacía sentir tan sensible. Una corriente extraña, tibia y reconfortante, recorrió su pecho. Se sentía bien, quizás demasiado bien
Hiro lo observó salir de la habitación con una mezcla de incomodidad y curiosidad. Cerró los ojos un instante, intentando convencerse de que era solo el calor del verano lo que lo alteraba.
No pasó demasiado tiempo para que Hiro se decidiera a bajar al Café.
El sonido de la campanilla de la puerta y el aroma a café recién molido lo recibieron en cuanto descendió las escaleras. Cass, siempre enérgica a pesar de la hora, estaba frente a la caja registradora organizando algunos billetes. Al ver a Hiro, le dedicó una sonrisa cálida.
— Buenos días cariño. ¿Quieres que te prepare el desayuno? — preguntó, sin dejar de ordenar el dinero.
Hiro se encogió de hombros, aún con esa expresión apagada de quien no tenía ganas de nada.
— La verdad no tengo hambre... quizá después.
— Está bien — asintió Cass, como si entendiera perfectamente su ánimo. — Oye, ahora que Tadashi tiene clases por la mañana, me vendría bien si me ayudas a atender el Café.
Hiro giró un poco el rostro justo cuando ella se inclinaba a guardar el dinero en la caja. Hizo una mueca de desagrado, una especie de protesta silenciosa, que pasó desapercibida para Cass.
La verdad es que Hiro odiaba atender el café mientras Tadashi estaba ausente, debido a que la mayoría de gente que iba al café, no sólo iba porque les gustara la comida, si no que también les gustaba la atención que recibían de Tadashi.
A los ojos de Hiro, Tadashi lo tenía todo: era inteligente, disciplinado en sus estudios de ciencia y robótica, amable hasta con los desconocidos, educado, divertido, y además siempre mostraba una preocupación genuina por los demás. Para Hiro, Tadashi era la definición viviente de un hermano mayor, casi perfecto.
Y lo peor era que no solo él lo veía de esa manera. Para los clientes del Café, Tadashi era prácticamente un caballero de cuento. Muchas mujeres se derretían apenas lo veían entrar, inventando excusas ridículas para quedarse charlando con él unos minutos. Hiro lo había notado cientos de veces: nadie necesitaba quince minutos para pedir un café con crema, y sin embargo ellas parecían tomarse el tiempo del mundo, riendo y coqueteando descaradamente.
Cuando Tadashi no estaba, todo se volvía peor. Hiro apenas comenzaba a atender y ya llegaban las preguntas:
"¿Dónde está Tadashi?"
"¿Tiene un rato libre?"
"¿A qué hora volverá?"
"¿Está saliendo con alguien?"
Era agotador, y en cierta forma, hiriente. Hiro se mordía la lengua cada vez, reprimiendo las ganas de tirarles la bandeja en la cara.
Con un suspiro resignado, finalmente contestó:
— No tengo problema en ayudarte con el Café, Tía Cass.
Hiro suspiró con pesadez mientras se colocaba el delantal, ajustando los nudos detrás de su espalda con cierta torpeza. El simple hecho de usar esa prenda lo hacía sentir atrapado en una rutina que detestaba. Caminó hacia el mostrador arrastrando ligeramente los pies, tomó una libreta de pedidos y comenzó con los deberes de siempre: apuntar lo que pedían los clientes, llevar bandejas con bebidas humeantes y platos recién preparados, ordenar los cubiertos y acomodar los postres en la vitrina.
Todo lo hacía de forma mecánica, sin demasiado interés, como si fuera un autómata más en aquel local. Su mente estaba en cualquier otra parte menos en el trabajo; el calor del verano no ayudaba, y la ausencia de Tadashi lo hacía sentir, de alguna manera, más expuesto.
Cuando terminó de acomodar los últimos pasteles en la vitrina, escuchó el inconfundible sonido de la campanilla de la puerta. Cerró los ojos un instante y dejó escapar un resoplido resignado. Otro cliente.
Se giró con desgano, y se dirigió a la mesa donde acababa de sentarse una joven pelirroja. Hiro se obligó a dibujar una mueca que pretendía ser una sonrisa profesional, aunque su tono carecía de entusiasmo.
— Buenos días, bienvenida al Café Lucky Cat. ¿En qué puedo servirle?
La chica levantó la mirada hacia él. Sus ojos se posaron en Hiro apenas unos segundos antes de comenzar a recorrer el local de un lado a otro, como si buscara algo... o, mejor dicho, a alguien. Hiro reconoció esa actitud en el acto: no estaba allí por la comida ni por el café.
Antes incluso de que ella abriera la boca, él la interrumpió con voz firme, un tanto cortante:
— Tadashi no está disponible. Y no, no sé a qué hora llegará, ni con quién está saliendo, ni ninguna otra cosa relacionada con su vida personal.
El comentario cayó como un balde de agua fría. La pelirroja lo observó con el ceño fruncido, sorprendida por lo directo de su respuesta. Tardó un segundo en recomponerse antes de hablar:
— Bueno... en ese caso, ¿podrías decirle a Tadashi que Connie vino a buscarlo?
Hiro arqueó una ceja. El nombre no le decía absolutamente nada. "¿Connie? ¿Quién demonios es Connie?", pensó, mientras sentía un calor incómodo subirle al cuello. Frunció el ceño con visible fastidio y replicó con un sarcasmo que ni intentó disimular:
— Lo siento, pero yo estoy trabajando de mesero, no de paloma mensajera.
La joven apretó los labios, visiblemente ofendida.
— Eres bastante grosero — murmuró con desdén, antes de levantarse con brusquedad. — Pero aun así, dile que vine. Es importante.
Hiro no contestó. Simplemente giró sobre sus talones y regresó al mostrador como si nada hubiera pasado. Se inclinó sobre la vitrina para recolocar unas bandejas de pasteles que ya estaban perfectamente alineadas, usando el movimiento como excusa para no mirarla de nuevo. Fingía estar concentrado, aunque por dentro hervía.
La campanilla de la puerta volvió a sonar, indicando que la chica se había marchado. El silencio que quedó después le resultó aún más molesto que su presencia.
"Connie... ¿quién se supone que es? ¿Y por qué tendría algo importante que hablar con Tadashi?", se preguntó con los dientes apretados. Lo peor era esa certeza incómoda de que, cuando Tadashi regresara, y si Hiro le contaba de su visita, lo primero que querría saber sería qué había dicho ella, aunque era obvio le molestaba.
Hiro masculló entre dientes y se dejó caer en la silla detrás del mostrador, tamborileando los dedos contra la madera. Esa visita no solo le había arruinado el ánimo, sino que había encendido algo mucho más molesto: esa punzada de celos que intentaba negar cada vez que alguien buscaba a Tadashi con tanto interés.
Al cabo de unos minutos, Cass terminó de moler un puñado de granos de café y se acercó al mostrador para asegurarse de que todo estuviera en orden. Lo que encontró la hizo sonreír de inmediato: Hiro estaba recostado sobre sus brazos, dormitando plácidamente detrás de la caja. Su rostro, relajado por el cansancio, parecía el de un niño que se había rendido al sueño sin darse cuenta.
Cass soltó un suspiro afectuoso y, con suavidad, apoyó una mano en su hombro.
— Ya has hecho suficiente por hoy — le susurró con ternura. — Anda, sube a descansar a tu dormitorio.
Hiro se removió levemente y abrió los ojos apenas lo suficiente para verla. Se talló el rostro con las manos, tratando de despejarse, y asintió sin decir mucho. Con un movimiento lento, se quitó el delantal y lo dejó colgado detrás del mostrador antes de encaminarse hacia las escaleras.
El calor de la tarde aún se colaba por las ventanas del café cuando cruzó el umbral de la habitación que compartía con Tadashi. Apenas puso un pie dentro, su mirada se dirigió instintivamente a la cama del mayor.
Hiro había desarrollado una costumbre silenciosa en las últimas semanas: cada vez que Tadashi estaba ausente, se acostaba en su cama. Decía que era más cómoda, pero en el fondo lo que lo atraía era otra cosa... ese perfume inconfundible que impregnaba las sábanas, una mezcla ligera de jabón, colonia y algo más difícil de describir que lo hacía sentir en paz.
Se dejó caer sobre el colchón con un suspiro, hundiendo la cara en la almohada de Tadashi. El aroma lo envolvió de inmediato, provocando esa sensación extraña que había comenzado a reconocer con inquietud. No era solo comodidad. Su cuerpo reaccionaba de una manera distinta, cálida, casi eléctrica. No entendía por qué. Nunca antes se había sentido así con nadie, y esa confusión lo perseguía incluso en los momentos más tranquilos.
Le gustaba, aunque no supiera explicarlo. Quizás era eso lo que lo impulsaba a repetir aquel ritual cada día: cerrar los ojos, inspirar profundamente, dejarse envolver por el rastro invisible que Tadashi dejaba a su alrededor.
El sopor terminó por vencerlo una vez más. Entre la mezcla de cansancio, calor y aquel aroma que lo reconfortaba de un modo inexplicable, Hiro se quedó dormido sobre la cama de Tadashi, respirando pausadamente, como si en ese espacio encontrara un refugio secreto solo suyo.
El sonido de la campanilla en la entrada del café anunció la llegada de Tadashi. El joven se quitó la mochila de un hombro y la acomodó con desgano mientras se acercaba al mostrador. Saludó con una ligera sonrisa cansada.
— Lamento la demora, tía Cass. Las cosas en el laboratorio se complicaron un poco más de lo esperado — murmuró con la voz apagada.
Cass alzó la vista desde la caja registradora y lo observó detenidamente. La fatiga era evidente en los ojos de Tadashi, incluso en su postura; sus hombros caídos y la manera en que se pasaba la mano por el cabello delataban lo agotado que estaba.
— Oh, cariño — dijo Cass con ese tono maternal que siempre le nacía cuando lo veía rendido - vienes demasiado agotado. Será mejor que vayas a descansar. De todos modos hoy cerraré más temprano.
Hizo una pausa y añadió, con una ligera sonrisa mientras levantaba la mano a la altura de su hombro simulando la estatura de Hiro.
— Tuve un pequeño ayudante.
Tadashi no pudo evitar reír suavemente, comprendiendo de inmediato a quién se refería.
— Ya me lo imagino — comentó, ladeando la cabeza con ternura.
Cass, sin embargo, lo miraba con cierta preocupación. Sabía que Tadashi se exigía demasiado entre la universidad, el laboratorio y el café. Con un suspiro, rodeó al muchacho con un abrazo corto pero firme, transmitiéndole un poco de esa calidez suya que parecía inagotable.
— Sube, descansa un poco. Más tarde les llevaré unos refrescos a ti y a Hiro.
Tadashi le devolvió la sonrisa, agradecido, y asintió en silencio. Luego, con paso algo lento y pesado, se dirigió hacia las escaleras para subir al dormitorio.
— Hola, Hiro... ya llegué — murmuró Tadashi al abrir la puerta de la habitación, esperando una respuesta.
Su mirada se dirigió primero a la cama de Hiro, pero la encontró vacía. Al girarse hacia la suya, la sorpresa fue leve pero tierna: ahí estaba Hiro, profundamente dormido, abrazando una de sus almohadas con la misma intensidad con la que un niño pequeño se aferra a su juguete favorito.
Tadashi se quedó unos segundos en el marco de la puerta, contemplando la escena con una sonrisa entre cansada y enternecida. Siempre le resultaba curioso cómo Hiro, a pesar de estar creciendo tan rápido, todavía conservaba esas costumbres infantiles que lo hacían parecer más vulnerable de lo que dejaba ver en su carácter.
Cerró la puerta con suavidad para no despertarlo y se acercó a la cama. El calor del verano todavía pesaba en el ambiente, así que, con un gesto automático, Tadashi se quitó la polera y la dejó sobre la silla del escritorio. Sus movimientos eran medidos, como si cualquier ruido brusco fuera capaz de romper la tranquilidad de aquel momento.
Con cautela, se recostó a un lado de Hiro. Lo observó por unos instantes, notando cómo sus pestañas descansaban serenas sobre sus mejillas, y cómo sus labios se entreabrían ligeramente con cada respiración lenta y acompasada. Esa imagen bastaba para recordarle por qué, incluso en los días más difíciles, valía la pena regresar a casa.
Lentamente, apartó la almohada que Hiro abrazaba, reemplazándola por su propio cuerpo. El menor, en un acto reflejo, buscó de inmediato ese calor y se acurrucó contra él, hundiendo el rostro en su pecho sin despertar. El corazón de Tadashi dio un salto inesperado, y lo rodeó con un brazo, acomodándolo de manera que quedara protegido entre sus brazos.
Con una mano tras la cabeza, Tadashi adoptó una postura relajada, mientras con la otra acariciaba con delicadeza la cintura de Hiro, trazando pequeños círculos que provocaban leves espasmos involuntarios en el menor. Cada reacción lo hacía sonreír aún más; ver a Hiro tan frágil, tan entregado al sueño, lo llenaba de un afecto difícil de describir.
El cansancio de la universidad y del café pesaba sobre sus hombros, pero por primera vez en el día sintió que podía descansar de verdad. Inspiró profundo, llenándose del aroma que desprendía el cabello de Hiro, y dejó que sus pensamientos se silenciaran poco a poco.
La habitación quedó envuelta en un silencio apacible, roto únicamente por el leve zumbido de la ciudad en verano y la respiración acompasada de Hiro. Tadashi cerró los ojos con una sonrisa serena, dejándose arrullar por aquella calidez, como si todo lo malo del mundo quedara lejos mientras lo tenía entre sus brazos.
El silencio de la habitación fue interrumpido por un leve movimiento. Hiro parpadeó lentamente, entreabriendo los ojos con pereza. Lo primero que vio lo confundió por un segundo: su rostro estaba hundido contra un abdomen cálido y marcado, firme bajo su mejilla. Se quedó quieto, pestañeando hasta que el recuerdo le golpeó: no era un abdomen cualquiera.
Alzó el rostro con torpeza y allí estaban esos ojos oscuros, mirándolo con calma, acompañados de la sonrisa que tanto conocía, esa que siempre lograba que su cuerpo reaccionara de maneras que él mismo no entendía.
— ¿Qué hora es? — murmuró Hiro con voz ronca, todavía medio dormido.
Tadashi bajó la mirada hacia él, con aire tranquilo.
— Bastante tarde. Ya es de noche.
Hiro frunció el ceño y, de inmediato, se irguió con un gesto molesto.
— ¿Por qué no me despertaste?
En lugar de responder con palabras, Tadashi deslizó sus manos bajo el cuerpo del menor y lo alzó con firmeza, aunque con cuidado, cambiando de posición. En cuestión de segundos, Hiro terminó recostado sobre el torso de Tadashi, su delgada figura acomodada justo encima de su abdomen. Tadashi lo sostuvo contra sí y, sin darle tiempo de protestar, hundió el rostro en su cabello, aspirando su aroma mientras lo abrazaba.
— No pude despertarte… — murmuró con un dejo de ternura. — Te veías demasiado lindo y tierno.
El rubor subió de inmediato a las mejillas de Hiro. Bajó la mirada, intentando disimular, pero no pudo evitar replicar con orgullo.
— Yo no soy lindo ni tierno. Ya estoy grande.
Tadashi rió suavemente, sacudiendo la cabeza como si la respuesta le pareciera adorable.
— Para mí siempre te verás lindo y tierno. No importa la edad que tengas.
Hiro apretó los labios, fastidiado por aquellas palabras. Ese era el problema: a sus diecisiete años, todavía lo trataban como a un niño. Y de todos, la opinión que más le pesaba era la de Tadashi. No quería que lo siguiera viendo como al pequeño al que debía proteger.
Se movió con un ligero impulso, quedando a horcajadas sobre Tadashi. Sus ojos se detuvieron en el marcado abdomen que tenía frente a sí. La diferencia entre ambos cuerpos era casi insultante: Tadashi era más alto, su musculatura definida y madura, mientras que él seguía siendo delgado, menudo, casi con una contextura que fácilmente podría confundirse con la de una chica. La comparación le incomodó más de lo que admitía.
Tadashi, notando su silencio, buscó cambiar el tema.
— ¿Cómo te fue en el café?
Hiro suspiró y entrecerró los ojos, tratando de recordar los momentos del día.
— Igual que siempre — respondió con cierta pesadez.
La respuesta no convenció a Tadashi, que arqueó una ceja con expresión inquisitiva.
— ¿Sucedió algo?
Hiro negó con la cabeza, aunque el gesto fue brusco.
— No, nada. Solo… ya sabes que odio ese club de fans que tienes. — Sus palabras salieron con un dejo de sarcasmo mezclado con irritación. — Todas esas clientas que entran como si el café fuera una pasarela solo para conseguir su dosis de Tadashi Hamada.
El mayor dejó escapar una carcajada suave, aunque se detuvo al ver la seriedad en el rostro del menor. Su mirada se suavizó, entendiendo que aquello no era una simple queja pasajera.
Tadashi lo observó un momento en silencio, hasta que arqueó una ceja con esa sonrisa que solía desarmar cualquier molestia en Hiro.
— Todavía te debo una película, ¿recuerdas?
Hiro lo miró de reojo, todavía algo sonrojado por lo anterior.
— ¿Y me la vas a cobrar ahora? — respondió con un tono a medias entre sarcasmo y curiosidad. — Aunque… podríamos ver mejor una serie de esas sobre asesinos. Hace tiempo que no vemos una juntos.
Tadashi rio suavemente, asintiendo.
— Me parece bastante bien. — Se estiró perezosamente y se incorporó de la cama. — Tú trae el notebook, yo bajo a buscar algunos aperitivos para acompañar.
— Está bien — contestó Hiro, intentando disimular su entusiasmo.
Ambos se movieron con naturalidad, como si el plan fuera un ritual que llevaban años repitiendo. Cuando ya estuvieron listos, improvisaron un fuerte con sábanas y cojines en medio de la habitación, casi como una tradición inquebrantable. Cada vez que decidían ver películas o series, esa era la forma en que lo hacían: escondidos bajo su propio refugio, una costumbre que compartían desde hacía años y que siempre los hacía sentir más unidos.
Tadashi dejó que Hiro se encargara de elegir. El menor navegó entre varias opciones hasta que encontró un documental que le pareció interesante. Sin pensarlo demasiado, lo colocó y luego se acomodó entre las piernas del mayor, recostándose con naturalidad en el pecho firme de Tadashi.
El documental comenzó. La narración, fría y detallada, relataba la historia de un hombre que había secuestrado a su propia hija y la había mantenido oculta bajo su casa. Lo inquietante no era solo el encierro, sino que el hombre había practicado incesto con ella, dejándola embarazada en aquel lugar.
Tadashi, serio, seguía la trama con atención, mientras mordisqueaba una galleta. Hiro, en cambio, no lograba prestar atención más allá de una palabra que se repetía en su cabeza. "Incesto".
Frunció el ceño, sintiéndose atrapado por la duda. Nunca antes había escuchado esa palabra, y su curiosidad fue más fuerte que la incomodidad. Con un gesto repentino, pausó el documental.
— ¿Qué pasó? — preguntó Tadashi, arqueando una ceja mientras se llevaba otra galleta a la boca.
Hiro lo miró con confusión genuina.
— Tadashi… ¿qué es el incesto?