LOS SECRETOS DE AVALÓN

Summary

•Historia con Hermione Granger•

Status
Ongoing
Chapters
88
Rating
n/a
Age Rating
18+

C: 1 - PILOTO

Mansión Avalón.

Verano de 1990-


-Una noche helada gracias a una poderosa tormenta con viento hacía que las ramas de un gran y viejo árbol de roble golpeara consecutivamente la ventana de la habitación de una prestigiosa y enorme mansión, específicamente golpeaba la ventana de la habitación de las mellizas Avalón.


Aquellas que compartían habitación desde que tienen memoria. Al principio por orden de su padre, pero después, al ya tener un poco más de conciencia, por ruegos de la menor.


Ambas eran iguales. Tenían la piel pálida que podrías confundirlas fácilmente con un cadáver que sufrió hipotermia; sus ojos eran azules y podían hacer que miraras un cielo despejado en cada par, eran delgadas y sus huesudas manos tenían un lunar en forma de snitch (al menos es lo que ellas decían);


Sus narices llenas de pecas hacían que encontrarás estrellas sin ver el cielo nocturno; sus orejas eran las mismas, ni muy grandes, ni muy pequeñas.


Pero había algo que las diferenciaba. Aquella diferencia era que una tenia el cabello corto y era tratada como un varón más, gracias a su peculiar condición con la que nació.


Y la otra, siendo entrenada como una refinada dama y femenina señorita, tenía su rubio cabello largo, al menos hasta sus codos, pero era tan divino que podías suspirar de ternura al ver a la niña de diez años agitando su radiante melena.


Y eso las hacia diferentes. Solo su familia sabía la verdad, solo su familia sabía aquel secreto que Apollo poseía, aquel secreto que el resto desconocía.


Y Atlanta no se quedaba atrás, ella tenía el suyo, el cual debía proteger hasta encontrar al menos un digno hombre con quien casarse cuando tuviera la edad suficiente, de no encontrarlo, aquel secreto sería real, aquel secreto... tendría que darlo a conocer a todo el mundo mágico.


Sus padres, por otro lado, tenían el suyo, aquel secreto que los hacía "diferentes" al resto de los demás. Aquel secreto que los había llevado a mudarse hasta Londres, donde habían iniciado una nueva vida unos años antes de tener a sus dos adorables hijas.


Todos tenían secretos, Cassandra Avalón guardaba los suyos, aparentando ser una increíble madre y una gran esposa; y Eros tenía los suyos, fingiendo ser un hombre recto frente a todos, fingiendo ante el mundo mágico, cuando por dentro era todo diferente.


Pero justamente esa noche, ambas mellizas rubias no lograban conciliar el sueño gracias a aquellos violentos golpes de las ramas en su ventana. Bueno, al menos una de ellas, porque "nuestro" protagonista no conciliaba el sueño gracias a los gritos y los temblores que su hermana melliza daba sin cesar.


Fue Atlanta quien ya no logró seguir con el miedo, ella odiaba las tormentas heladas, la oscuridad. Lo contrario a Apollo, quien no dudaba en decir que dormía cómodamente y en sueño profundo cuando escuchaba el viento azotar su ventana, ya sea con el aire o la rama del roble.


Pero no lograba dormir con su llorona hermana, y cuando la vio correr hasta aventarse sobre ella, rodó los ojos-


Apollo: ¿Qué te pasa, llorona? -gruñó adolorida- Déjame...


Atlanta: Por favor, déjame dormir contigo. -suplicó con ojos llorosos-


-Apollo la miró con una ceja alzada, Atlanta hizo un puchero, mirando a su "hermano", sabía que no podía resistirse cuando hacía esa cara-


Apollo: No. -respondió antes de aventar a la niña al suelo-


-Atlanta cayó sentada, lastimandose su trasero y sintiendo el helado frío del suelo, el cual hizo que se levantara de golpe y nuevamente se aventara a la cama de su hermana, o hermano si debía obedecer las órdenes de sus padres-


Atlanta: Me aventaste. -le reclamó-


Apollo: Agradece que no te aventé por las escaleras... otra vez. -murmuró bajo aquello último-


Atlanta: Vamos, por favor, tu cama es lo suficientemente grande para que me dejes dormir contigo.


Apollo: Rhea, nuestras camas miden literalmente lo mismo. Vete a dormir a la tuya y déjame en paz. -rodó los ojos-


Atlanta: Pero la tormenta...


Apollo: Esta afuera, tonta, no te hará nada aquí adentro.


Atlanta: Leí que las tormentas pueden causar un tsunami y...


Apollo: Ni siquiera vivimos cerca del mar. -protestó cansada-


Atlanta: Pero el lago de las pirañas está a unos metros de la mansión.


Apollo: Ese lago esta más seco que tu cerebro, Rhea. -rodó los ojos-


Atlanta: Pero...


Apollo: Deja de lloriquear y dar excusas, solo vete a dormir.


Atlanta: ¿Por qué eres mala conmigo? -preguntó triste-


Apollo: No lo soy, solo que... ahg. -gruñó rendida- Ve por tu tonta manta y una tonta almohada si quieres dormir aquí. Porque ni creas que te prestare algo mío. -respondió cansada-


-Apollo siempre estaba de mal humor, y aunque le gustaba pelear... y ganar, cuando tenía sueño, lo único que quería era dormir. Así que rendida, dejo que su tonta hermana durmiera aquella noche con ella.


Atlanta apenas escucho eso, sonrió feliz y saltó hasta su cama, la cual estaba a tres pasos del lado izquierdo del de su hermana. Agarró su manta, su almohada y de paso su conejito de felpa, el cual no podía dejar olvidado cuando de dormir se trataba.


Y cuando nuevamente se aventó a la cama de Apollo, sonrió feliz enrollandose como taco y quedando a lado de su otra mitad, quien gruñó molesta al tener una garrapata a su lado. Apollo pensaba que había tenido suficiente con tener a Rhea a su lado los nueve meses que estuvo dentro del vientre de su madre.


¿Acaso estaba pagando los pecados de su padre para tener en ese momento a Atlanta? Apollo creía que si.


Así que ahí estaban, en la misma cama. Apollo acostada en posición fetal, dándole la espalda a su hermana y abrazando solo su almohada, ya que Eros, a diferencia de Atlanta, no la dejaba tener un oso o cualquier otro animal de felpa, porque Cassandra decía que eso era de niñas y débiles, y Apollo era "un niño" que debía ser "fuerte" y "masculino", mostrar "poder".


Apollo creía que eso era absurdo, pero no podía decir eso frente a sus padres ya que significaba un castigo por parte de su madre. Además, no estaba tan mal, ella no dormía con almohada porque le incomodaba, así que aquella almohada la usaba como "su oso de felpa".


Pero Atlanta, al girarse un poco y ver a su hermana hacer aquello, sonrió con tristeza y decidió hacer lo más valiente que pudo hacer aquella noche de tormenta, ofrecerle su conejito de felpa a su persona favorita-


Atlanta: Rodolfo. -susurró-


-Apollo abrió sus ojos al escuchar aquel apodo que su hermana le tenía, y antes de poder girarse para mirar a los ojos a su otra mitad, miró el conejo frente a sus ojos, lo que la hizo fruncir el ceño con confusión-


Apollo: ¿Qué...


Atlanta: Tú me ofreciste la mitad de tu cama. -sonrió tímida- Yo te ofrezco mi seguridad.


Apollo: Pero es Don Zanahoria. -murmuró sorprendida- Jamás duermes sin él, dices que te sientes desprotegida y...


Atlanta: Lo sé, pero estando contigo, no lo necesito esta noche. Así que quiero ofrecertelo.


Apollo: Si mamá y papá...


Atlanta: No lo descubrirán. -sonrió- Confía en mi.


Apollo: Yo... bien. -asintió tomando aquel conejo de felpa- Gracias, Atlantida. -murmuró divertida mirando a su hermana-


Atlanta: De nada... Rodolfo. -murmuró de igual forma-


-Ambas riendo al escuchar sus apodos, pero felices al final de cuentas. Olvidándose de aquella tonta y pequeña pelea anterior-






-Por otro lado, unas semanas después, una pequeña castaña con ojos color chocolate, cabello revoltoso e incisivos bastante grandes, estaba mirando con tristeza a sus compañeros de clases, quienes jugaban alegremente en la cancha de aquella escuela donde estudiaba.


En ninguna ocasión la habían invitado a jugar junto a ellos, todo porque sus estúpidos compañeros la tachaban de rara, nerd y sabelotodo. Ella solo amaba leer y saber lo que le parecía curioso, no creía que por ser inteligente debían castigarle.


¿Por qué todos eran así con ella? Solo quería amigos. Pero no los tenía, solo se tenía a ella, a sus libros... pero agradecía también tener a una amiga y vecina suya, Emily, aquella pelinegra igual de rara que ella, pero que a diferencia suya, ella estudiaba en casa. Nunca supo el por qué, su familia vestía raro y usaban sombreros puntiagudos que hacía que los demás vecinos los tacharan de raros.


Así que en la escuela no la tenía, debía esperar hasta llegar a casa para ir a su casa y jugar con ella, o que Emily fuera a la suya (lo cual sucedía la mayoría del tiempo).


Así que después de un par de horas, la pequeña niña de once años con cabellos castaños claros, sonrió feliz al abrir la puerta de su casa y mirar a aquella pelinegra con sus pequeñas perlas sonrientes y sus ojos brillosos de alegría... Emily siempre se sentía alegre, al menos cuando llegaba a casa de la castaña.


Le hacía sentir extrañamente feliz, sin sentir la necesidad de estar con sus aburridas clases que sus padres le daban, aunque su castaña amiga no debía saber qué tipo de clases recibía.


Aun así, estaba frente a ella, sonriendo con emoción de poder jugar una vez más junto a ella-


Emily: ¡Hermione! -gritó emocionada-


Hermione: ¡Emily! -sonrió emocionada- Pasa, pasa. -expresó haciéndose a un lado para darle paso a la niña-


-Y así lo hizo. La pelinegra entró a la casa Granger, la cual a diferencia de la suya, era completamente ordinaria. Donde las fotos no se movían y las escobas estaban sucias y amontonadas en una esquina de la cocina, en lugar de estar colgadas con cuidado en unos estantes como lo estaban en su casa-


Emily: ¿Y tus padres? -preguntó curiosa al no escuchar las voces de los mayores-


Hermione: En el consultorio. -sonrió divertida- Tenían varias citas, así que vendrán algo tarde. Me dejaron comida de sobra por si tienes hambre.


Emily: Gracias. -sonrió feliz- Mamá solo me dejó una pequeña empanada de calabaza con jugo de uvas con cucarachas de azúcar. -suspiro aburrida-


Hermione: Tus comidas son raras. -hizo una mueca-


-Ella no conocía a alguien que tuviera esos menús, al menos no por el momento. Una vez incluso se confundió cuando escuchó a la niña decir que comer sus ranas de chocolate eran el mejor postre favorito.


¿Pero quién era ella para hacerle comentarios ofensivos a la comida que sus padres le daban? Ella había sido educada para no hacer sentir mal a los demás, sabía como se sentía como para hacer lo mismo, así que cuando su amiga mencionaba aquellas raras comidas, ella solo intentaba hacer un comentario bueno o divertido, si lo veía apropiado-.