Capítulo 1
Siempre en otoño, Aemond recogía hojas de distintos colores. Las usaba entre sus libros para marcar la última página leída, decoraba sus paredes, las guardaba con mucho cariño. Recogía de todos los colores que pudiera encontrar, portando el mismo entusiasmo que Helaena siguiendo a los bichos con paciencia, y Aegon recogiendo las escamas caídas de su dragón celosamente.
Ese día en especial el tumulto de hojas en sus brazos alcanzó un tamaño difícil de llevar, Aemond hacía un esfuerzo abrazando su gran tesoro eufóricamente. Por suerte no le gustaban mucho los vestidos, le restaban movilidad y por bonitos que fueran sólo tenía un par para eventos importantes. Jugar y entrenar era más cómodo con la ropa de alfas.
La temporada de otoño era siempre la más refrescante, no tan fría como el invierno aunque no alcanzara el nivel del Norte, ni tan calurosa como el verano. Un equilibrio perfecto.
Las sirvientas no tardaron en ofrecerle ayuda, pero Aemond no iba a dejar cualquiera manipule lo que le costó tanto reunir por horas. No tendrían el suficiente cuidado con cada una de las hojas, algo sumamente importante en la mente del pequeño príncipe. A sus once años, se enorgullecía de su orden y atención a los detalles, no sería diferente con sus preciadas hojas coloridas. Habían rojas, amarillas, verdes, marrones...
Otra persona se le acercó y Aemond apretó con fuerza sus lindas hojas dispuesto ordenar se largara, entonces alzó su cabeza todo lo que podía, agradeciendo mínimo no era su molesto sobrino. Jacaerys tenía una extraña dualidad con su temperamento volátil, a veces era muy dulce e insistía jugar juntos, en otras ocasiones prefería burlarse de su cabello despeinado y sus pantalones, nunca un punto medio últimamente. Prefería evitar desaires, y ya no era aficionado a los juegos como su sobrino. Quien estaba ahí de pie al frente, tenía una armadura y capa dorada, su cabello castaño rizado era destacable.
La cara de Aemond ardió, observando a Harwin Strong más cerca de lo que acostumbraba. Únicamente lo veía en entrenamientos, el comandante sólo hablaba con sus sobrinos. Siendo tan guapo como esos brazos fuertes, tamaño intimidante pero de actitud dulce, siempre dulce con sus “no-hijos”, Aemond no era indiferente a él pese a ellos.
Posó su mirada en los ojos ajenos. Dos joyas esmeraldas, más brillantes que cualquiera de sus hojas, con una cálida sonrisa sobre la barba por la cual Aemond se resistía a pedir poder acariciar.
—¿Cómo está, su alteza?– Harwin hizo una reverencia, y Aemond rió entre dientes sin poder contener su euforia. Por fin le estaba dirigiendo la palabra– Parece importante lo que tiene.
Los ojos esmeraldas estaban sobre él, y Aemond asintió nerviosamente. Finalmente alguien entendía sin necesidad de decirlo sobre lo valioso que eran para él sus lindas hojas, las cuales desgraciadamente sólo podía admirar en esa temporada.
—¿Puedo ayudarlo?
El príncipe accedió repitiendo el mismo gesto con la cabeza enérgicamente. Harwin tuvo mucho cuidado de no tocarlo por accidente, y al mismo tiempo de sostener todo el cúmulo de hojas por el camino. Subieron las escaleras hacía el Torreón de Maegor, el menor miraba de soslayo al comandante con una sonrisa en sus labios, sintiendose como en los cuentos que su nodriza solía leerle, siendo ayudado por un apuesto caballero. El camino no era corto, pero el otro no se quejó siempre concentrado en no tirar nada.
—¡Tío, ¿Quieres jugar al Omega en la torre? La tía no quiere, vamos ¿Sí? ¡Por fis!– De pronto Aemond sintió Lucerys tiraba de su muñeca, colgándose caprichosamente.
—¡Yo seré el caballero, Luke el dragón, y tú puedes ser el príncipe al que salvaré y cabalgaremos juntos!– Sugirió Jacaerys secundando a su hermano. Aemond hizo una mueca ignorando las palabras del primogénito, confundido por el voluble carácter del mayor de los tres hermanos.
—Bien, Luke– Cedió.
Levantó la mirada para no perderse la mirada llena de ternura que el comandante le dirigía a sus hijos. Podía no ser muy mayor, pero era imposible negar la obvia verdad. Todos sabían Laenor prefería la compañía de otros alfas, y Harwin tenía una extraña cercanía tanto con los niños como con la princesa. Aemond no necesitó más que dos dedos de frente. Si dijera admiraba mucho se comportara tan afable con sus hijos aunque no pudiera decirlo no sería más que la verdad. Si algún día se casaba quería que fuera con un alfa como Harwin.
Su propio padre siendo el rey no lo veía más que como un dragón de madera adornando el pasillo, Aemond tenía claro quería alguien diferente para formar su propia familia algún día.
Rhaenyra apareció cruzando un pasillo sin mirar a Aemond, la nodriza iba detrás de ella cargando a Joffrey, sacudiendo la falda de sus vestidos por sus pisadas apresuradas. La omega rodeó los hombros de sus hijos, formando una expresión severa.
—Niños, no pueden dejar sus lecciones a medias.
—¡Claro que podemos! ¡Hoy nos tomaremos un descanso! ¿Verdad, sir Harwin?– Protestó Lucerys, acercándose al mencionado.
Ante la pregunta inocente, el par de guardias en los pasillos sacudieron ligeramente la cabeza, pero evitaron reaccionar más allá de eso. La nodriza ahogó un jadeo bajando la cabeza, y Rhaenyra miró alrededor, inquieta, abriendo la boca varias veces, evitando intercambiar una mirada con Harwin. Aemond notó al mayor tensarse, incapaz mantener distancia cuando los dos niños castaños se acercaron fraternalmente.
—Sir Harwin, debemos seguir– Intervino Aemond, posando su vista sobre las hojas.
—Sí, tiene razón, príncipe...
—¡Papá, espera!– El grito de Lucerys sobresaltó a Harwin, y un par del cúmulo en sus brazos descendieron suavemente. Su mirada se apagó al ver su hijo a quien se dirigía era a Laenor, y los dos se apresuraban con el esposo de Rhaenyra– ¡Papá, papá, ¿Verdad que podemos jugar? Mañana vamos a estudiar el doble, ¿Sí?
—Claro, dos niños tan responsables merecen un día libre, ¿No estás de acuerdo, Rhaenyra?
—Si estás de acuerdo... Tienen el permiso de su padre, niños– Dijo de manera taciturna Rhaenyra encarando a su esposo, entrelazando sus manos a la altura del vientre, dándole la espalda a Harwin. Laenor se acercó a la nodriza para cargar a Joffrey, y el bebé balbuceó “pa, pa, pa...”.
El comandante no paró de seguir a Aemond, disculpándose por las hojas que dejó caer, pero el niño sólo podía ver la tristeza mal disimulada del mayor. Su voz también parecía estar a punto de llorar, el corazón de Aemond se hundió y antes que se fuera de su habitación, recogió una hoja verde.
—Sir Harwin, aprecio mucho su ayuda. Acepte por favor esto, es del mismo color que sus ojos, los cuales admiro mucho. No olvide tiene mi amistad, y si es necesario le brindaría consuelo en momentos difíciles– Dijo Aemond alentador, escondiendo en sus palabras el secreto a voces que no podía ser nombrado, pero ahí estaba.
El comandante aceptó de buena voluntad el regalo, suspirando profundamente.
—Lo aceptaré, su alteza.
Aemond apenas pudo dormir imaginando su regalo cerca de Harwin a esa hora de la noche, preguntándose en qué lugar lo guardaría. ¿Junto a su cama o entre sus cuadernos como él también acostumbraba?
Ahora que escuchó su voz tan de cerca le pareció era tan afable y varonil como se imaginó, por el marcado contraste entre su apariencia fuerte y ruda con su personalidad. La adrenalina no paraba de recorrerle el cuerpo, obligándolo dar vueltas sobre su cama pensando si tendría el valor hablarle también en el próximo entrenamiento.
Criston Cole era su maestro de armas, pero Harwin jamás faltaba a ver cómo progresaban sus hijos.
—Cierra la boca, un poco más y tu mandíbula llega al suelo– Se burló Aegon inclinándose al costado de Aemond, y el menor juntó los labios en una delgada línea recta, formando una mueca. Harwin se quedó luego de acabar el entrenamiento para darle unas lecciones extras a los pequeños castaños. Se había quitado la camisa, exponiendo su torso– Se te cae la baba, quién diría fueras precoz...
—¡No se me cae ninguna baba!
—No te avergüences, es atractivo. Rhaenyra también lo piensa así– Comentó con un deje de rencor Aegon, que confundió al menor– Por suerte, terminarán pronto...
—¿Qué?– Parpadeó curioso, apegándose más al costado de su hermano.
Aegon miró alrededor, recogiendo su largo cabello en una coleta, confirmando nadie les estaba prestando atención, y rodeó los hombros de su hermano murmurando:
—Dicen oyeron a lord Strong gritarle a sir Harwin, hace unos días. Su otra hija, la regente de Harrenhall, ha perdido a su omega por una fiebre y no ha dejado descendencia en muchos años de matrimonio, se presume es una alfa estéril. Esta mañana también vieron a Rhaenyra muy molesta, y mira cómo está hoy él, gastando toda su energía con ellos para no demostrar seguro está afectado por eso.
El corazón de Aemond se aceleró.
Harwin necesitaba casarse y engendrar hijos legítimos para continuar el legado familiar. Siendo el hijo mayor alfa heredaría el castillo de Harrenhall, y el único familiar que podía liberarlo de la necesidad de tener hijos había resultado probablemente incapaz de hacerlo. Rhaenyra era orgullosa, obvio la situación provocaría mayores tensiones entre ellos.
Aegon palmó su espalda amistosamente, despidiéndose para ir a su clase de pintura, la única que por alguna razón seguía fielmente a pesar de la insistencia de su madre para que se eduque en otras áreas. El omega vió a su hermano alejarse, y luego volvió a mirar de soslayo a Harwin. Más allá de su buena figura fornida, supo era cierto tenía menos ánimo que otros días. Y Aegon con pocas pistas podía adivinar mucho sobre las personas.
Jacaerys de pronto se distrajo con la espalda de su tío saliendo del campo de entrenamiento, y bajó su espada de madera, corriendo atrás de Aemond.
—¡Espera, necesito un oponente!
—Tienes a Luke, tengo que ir con mi madre a tomar el té– Replicó el omega sinceramente.
—¡¿Tienes que ir con la reina o tienes miedo?! ¡Gallina! ¡Gallina!
—¡Cierra la boca, no soy ningún cobarde!– Gruñó Aemond exasperado, alzando sus puños. El otro lo imitó.
—¡¿Que les pasa allí?! ¡Príncipe Jacaerys, a un Omega no se le pega ni con el pétalo de una rosa!– Regañó Harwin acercándose a ellos dando grandes zancadas.
Aemond se perdió en las cuencas oculares del mayor, cayendo en cuenta le encantaban más de lo que debería ese tono verde como las hojas frescas luego de un día refrescante lleno de lluvia. Su expresión podía ser fiera de ser necesario, mostrando lo curtido que estaba a su edad por la experiencia, el tono en sus profundos ojos se asemejaba a los de sus hijos, pero no tenía nada de la ingenuidad o inmadurez que muchas veces hacía rodar los ojos al platinado.
Olvidó totalmente la tarde de té pactada con su madre, fingiendo necesitaba consejos.
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En general, la reina sabía su hijo menor era bastante calmado, más responsable que el mayor. Pero también era humano, por supuesto, oír que le preguntaba cosas sobre cómo se sentiría que le gustara un alfa fué algo que esperó. Por su edad, la inocencia desbordaba incluso hablando sobre el tema a solas, y entendió por qué Aemond se saltó la semana pasada la hora del té que compartían con sus hermanos. En su juventud también sintió muchas veces ese tipo de pensamientos por apuestos alfas que nunca escapaban de su mente, entonces el tema fué bastante natural.
Aemond al fin tenía la respuesta para sus noches de desvelos, pero no tenía tiempo que perder, apenas estaba cerca de sus años de florecimiento. Antes que alguien más se le metiera por los ojos al comandante, tenía que entrar él, y hacerle saber valdría la pena esperarlo. Corrió con todas sus fuerzas abriendo de par en par las puertas del aposento de su hermano antes que fuera anunciado.
—¡Aemond, no entres sin tocar!– Reclamó iracundo Aegon sobresaltandose, y rodeó su habitación levantando una sábana en brazos para cubrir el cuadro prácticamente terminado, mirando por el rabillo del ojo a su hermano abriendo de par en par los ojos– ¡No le digas a madre!
Antes que lo ocultara, el omega pudo ver una pintura bastante realista de Rhaenyra hasta la cintura con sus pechos al aire. No le dió tiempo notar nada más, aparte de mirar otros cuadros en la pared cuyo contenido era un misterio por los velos cubriendo a cada uno. Y francamente, Aemond no necesitaba averiguarlo.
—¿Te gusta Rhaenyra?– Preguntó sorprendido, aunque al instante pensó no era tan disimulado. Si bien según la perspectiva de todos, Aegon y Rhaenyra tenían que ser enemigos jurados por la corona o al menos rivales en vistas la insistencia por casarlos no dió resultado, su hermano era demasiado haragán para buscar un puesto lleno de responsabilidades y con el cual podría ganarse el odio de muchos por la mínima equivocación. Él podría entender las implicaciones políticas de todo lo que hablaba su madre en el consejo y luego les transmitía a ellos, pero no era su pasión pasar horas encerrado dentro de cuatro paredes muriéndose de aburrimiento– Pero ella ya está casada.
—¡Pero no tiene marca, y huele muy bien! No encuentro en ningún lado nadie con un aroma más delicioso. Es tan hermosa, a su edad se nota aún es bastante fértil y, ¡Dios, ¿Viste sus piernas?! Cuando baja las escaleras y sube su falda casi hasta la rodilla, siento tantas ganas de tirarme encima...– Aegon habló lleno de lascivia, mirando al techo como si de pronto fuera a caer del techo el objeto de su deseo. El menor alzó una ceja, dudando si tenerle lástima a su media hermana. El alfa bajó la vista levantando el dedo índice afligido, mientras con su brazo izquierdo alcanzaba una botella– Padre fué injusto. Yo estaba hecho para ella, y ella para mí, sé que pude haberla hecho feliz y no hubiera necesitado a ningún otro alfa, jamás la dejaría... ¡Alguien tiene que hacer justicia! Oye, ¿Quieres vino?
—No, gracias– Negó Aemond luego que su hermano bebió directo de la botella, y se acercó ansioso, tragando saliva– Quería preguntarte algo... De omega a alfa...
—Ah, claro, entiendo, sé perfectamente por qué viniste– Dejó la botella a un lado y el menor respiró aliviado creyendo el otro pudo adivinar sus sentimientos por Harwin– Mira, funciona así: cuando un omega y un alfa quieren hacer la copulación, todo lo que hay que hacer es colocar cierta parte del alfa dentro de-
La cara de Aemond ardió, y sacudió la cabeza.
—¡No, eso no era! ¡Sé la teoría!
—Ah, ¿Entonces qué...? Espera, no me digas que... ¿Vienes por sir Harwin?– Borró su sonrisa, adoptando una expresión seria en cuanto Aemond asintió– ¿Estás seguro? Sabes lo que implica. Hay muchos otros alfas que seguro querrán estar contigo, más cercanos en edad.
—¡Mira quién lo dice!– Hizo una mueca, y cruzó los brazos hablando mordazmente– ¡Si no quieres le diga a madre estás fantaseando con una omega casada, dime qué tengo que hacer para que sir Harwin me escoja cuando tenga edad!
—Yo no sé, ¿Ve por todo supongo? No lo conozco bien, pero no puedes perder el tiempo, si lo quieres tienes que ir por él.
—¿Y si me rechaza?– Inclinó la cabeza, en conflicto consigo mismo– Él aún quiere a Rhaenyra, no le puedo gustar.
—¡Demuéstrale qué tan buena opción eres! Ignora el miedo, las mejores batallas se ganan con valor.
—¡Es cierto! ¡Le demostraré soy el mejor Omega que pueda conocer, no querrá a nadie más! ¡Gracias, Aegon!– Tomó el picaporte de la puerta lleno de más seguridad que en toda su vida. No le gustaba no dar lo mejor de sí, iba a dar batalla– Por cierto, no le diré nada de...
“Tus artes”
a madre.
—¡Ve sin dudarlo!– Aegon alzó la botella, esbozando una sonrisa.
Aemond esperó unos días, preparando cada palabra y asegurando no parecía Harwin fuera a saltarse su deber. Rhaenyra según quejas de su madre estaba más disociada que de costumbre en las reuniones del consejo, y el comandante en los pasillos evitaba deliberadamente acercarse al Torreón de Maegor o pasar por los pasillos que frecuentaba la princesa. Los rumores empezaron a llenar los pasillos, por mucho que el rey se hiciera el sordo, y Aemond no podía estar más feliz.
Tan pronto lo citó junto al árbol de dioses, le expresó su disposición, y le aseguró si lo esperaba no iba a decepcionarlo, relatando incluso los maestres declaraban sería bastante fértil en cuanto tuviera edad, y si lo cortejaba podría comprobarlo.
El alfa abrió más de lo normal sus ojos por un momento, luego su mirada se enterneció, arrodillándose sobre una rodilla en frente del menor.
—Lo siento, príncipe, no puedo aceptar tal honor.
Aemond apretó la falda del vestido que decidió usar para la ocasión, tomando valor, y replicó amablemente:
—Piénselo, sir Harwin. ¿Es por Rhaenyra? Yo puedo casarme, nos podremos unir de la forma correcta. Creo lo de nosotros podría funcionar, ¿Cómo puede rechazarme sin al menos esperar a ver cómo iría nuestra relación?
Estaban muy lejos de los sirvientes, nadie escuchaba y sólo observaban a la distancia, ahí junto al árbol sagrado tenían un espacio seguro. Harwin era un noble cuyo mayor logro era ser el comandante, Harrenhall no era la herencia predilecta de cualquiera en todo el reino, entendió el joven omega se lo estaba diciendo todo desde el corazón. Sea por algo pasajero o no, Harwin no contuvo la sonrisa en su rostro, cada vez más enternecido por la gentileza del príncipe que incluso decidió cambiar ese día sus acostumbrados pantalones diarios.
—Lo veremos, su alteza.