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Hace muchísimos años, en un continente llamado Castle, se desencadenó una terrible guerra entre dos de sus reinos: "El Reino Central" y el "Reino Del Norte".
La guerra duró seis largos años, y tras mucha muerte y pérdida, al final resultó victorioso el "Reino Central".
Después de ello, los cinco reinos de este continente fueron separados por una gigantesca muralla, con la esperanza de que los que vivieran en el interior del "Reino Central" olvidaran la masacre que había generado su propio rey.
Aún así, al pasar del tiempo, esta historia no ha sido olvidada, transmitiéndose de generación en generación, conservándose en la mente de los ancianos, y preservándose en la memoria de los más jóvenes.
Así, como toda historia, desencadenó muchas consecuencias, provocando enormes cambios en el reino, hasta ser el que es actualmente.
Sin embargo, nos vamos a centrar en otro momento de la historia, justo nueve años después de que se diera por finalizada la guerra, en el interior de la enorme muralla que separa al "Reino Central" del resto del continente, justo en el medio, en la enorme capital, en la ciudad de "Yule", el origen de esta nueva leyenda.
Aquella mañana, a medida que el sol ascendía en el cielo, iluminaba los altos muros de las edificaciones de piedra, testigos centenarios de historias pasadas y secretos susurrados en los rincones.
La arquitectura gótica y los intrincados detalles de los edificios evocaban un aura de grandeza y misterio, atrapando la esencia del esplendor medieval que caracterizaba a "Yule".
En la esquina de una estrecha calle adoquinada, se alzaba la imponente fachada de la casa de William, nuestro héroe.
Una construcción robusta de viejas piedras grises, coronada por gárgolas talladas y enredaderas trepando por las altas ventanas.
El zumbido distante de la vida cotidiana se desvanecía al acercarse a su entrada, como si la casa de William guardara sus propios secretos entre sus muros envejecidos por el tiempo.
Desde los pesados portones de madera hasta el intrincado diseño de las celosías, cada detalle hablaba de un pasado noble y desafiante, incitando a los curiosos a imaginar las historias que yacían encerradas en su interior.
Pues en medio de la tranquila "Yule", su casa se erigía como un pilar de fuerza y misterio, un refugio de intrigas y susurros en el corazón de la capital medieval.
Al cruzar el umbral de su hogar, un susurro de épocas pasadas parecía acoger al visitante, envolviéndolo en un abrazo de nostalgia y solemnidad.
El salón principal se desplegaba en un vasto espacio, dominado por altos techos ornamentados y columnas esculpidas que sostenían la historia y la grandeza del hogar ancestral.
Muebles de madera maciza y cortinas de terciopelo desgastadas por el tiempo completaban la escena, mientras motas de polvo danzaban en la tenue luz que se filtraba por las pesadas cortinas.
La grandiosa escalera de caracol, con cada peldaño lustrado por incontables pasos de antaño, conducía con gravedad al piso superior.
El crujir de la madera vieja resonaba en el silencio de la casa, como si los ecos del pasado fueran sus únicos habitantes.
Al subir, el pasillo se desplegaba ante la curiosa mirada del visitante, con puertas cerradas que ocultaban secretos, apartados de la visión de cualquier ser humano.
Tras sortear las habitaciones selladas con misterio y custodio, una puerta entreabierta invitaba al misterio y la curiosidad.
Al empujarla con delicadeza, se revelaba el santuario personal de William, su refugio en la penumbra y el silencio de su hogar olvidado por el tiempo.
Dentro de la habitación, la penumbra se cernía como un velo protector sobre el dormitorio de William.
La cama de roble, cubierta por sábanas ajadas pero nobles, acogía al guerrero dormido como un testigo silencioso de sus sueños y batallas internas.
El aroma a antigüedad y a leña quemada se entremezclaba en el aire, impregnando el espacio con una sensación de nostalgia y soledad.
William descansaba en el lecho, su figura estaba inmóvil, envuelta en el suave resplandor de la luz matutina que se colaba por la ventana.
Su rostro, marcado por las huellas del tiempo y la lucha, parecía encontrar paz en el efímero silencio que reinaba en su morada.
Allí, entre la polvorienta elegancia y la quietud atemporal de su habitación, William reposaba como un guardián solitario de secretos pasados y anhelos futuros, aguardando el llamado de un destino que aún no había revelado todas sus cartas.
Al despertar, William se incorporó lentamente en su lecho, con mirada serena pero firme.
Su figura imponente se destacaba en la penumbra de la habitación, emanando una presencia que denotaba años de batallas y sacrificios.
Sus ojos azules, brillantes y penetrantes como el acero mismo, reflejaban determinación y una profunda intensidad emocional.
Un mechón de cabello anaranjado, atado con una cinta roja, caía grácilmente sobre su frente, aportando un aire de rebeldía y audacia a su semblante.
Con movimientos fluidos y precisos, extiende su mano hacia el costado de la cama, donde reposaba su fiel compañera de tantas contiendas: una espada forjada en las llamas de la voluntad y templada en el fragor del combate.
Su empuñadura de cuero desgastado se ajusta con naturalidad a su palma, como si hubiera sido diseñada específicamente para él.
En un gesto que destila gracia se pone en pie, con la elegancia de un danzador de sombras, con la espada en su mano, como una extensión más de su ser.
La armadura, en tonos de cuero carmesí y gris metálico, envolvía su figura con la solidez y la resistencia de un guerrero curtido en mil batallas, con cada marca y abolladura contando una historia de valentía y tenacidad.
Con la mirada fija en un horizonte invisible pero cargado de significado, William se prepara para el desafío que aguarda más allá de las sombras de su morada.
En su postura erguida y su mirada decidida reside la promesa de un héroe, listo para enfrentar los peligros y los secretos que aguardan en los recovecos del destino.
Pues, ahora que ha despertado, su leyenda está a punto de comenzar.