El Niño que Enamoró a una Parca

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Summary

El universo es una maquinaria perfecta, y todos los seres que en él habitan solo son parte de su engranaje, cada uno con su propio papel y su propio destino. Pero... ¿Cuál es el motor que mueve al universo? ¿Es la vida? ¿Es la muerte? ¿Acaso será el amor? ¿Que fuerza cósmica podría lograr que un ser eterno rechace su destino, su propia naturaleza, y se convierta en algo que nunca estuvo destinado a ser?

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Capítulo

Tengo muchos nombres, los hombres me los dieron, los griegos me llamaban Caronte, los nórdicos Hela, para los cristianos era un ángel, para los paganos una parca... y muchos más, ellos me nombran y yo nunca respondo, porque esos nombres no son míos si no suyos, su manera de humanizar lo inhumano, de convertirme en algo que nunca he sido.


Se puede decir que aún soy joven, no tengo más que unos cientos de años, hay muchas como yo, y a la vez no hay ninguna más, nacemos de la oscuridad y de los sueños de los hombres, somos uno y a la vez somos infinitos, crecemos junto a nuestra madre, que todo lo ve y todo lo quita, y cuando estamos listos, salimos al mundo y nos convertimos en los brazos ejecutores de su tarea.


Somos inevitables, somos eternos, nunca fallamos, no conocemos la piedad ni la compasión, somos parte de la vida y lo hemos sido desde el albor de los tiempos. Los mortales nos temen, nos repudian, y a veces nos rezan, pero no como se reza a un dios, pidiéndole felicidad, salud, dinero o amor, no. A nosotros nos rezan para alejarnos, para suplicarnos que no vayamos a por ellos. Los mortales no entienden que son efímeros, que nosotros no tomamos decisiones, solo somos una puerta, unos guías que los acompañan en el camino a su siguiente aventura. Están ciegos, creen que somos el final, cuando en realidad somos un principio.


A nosotros no se nos engaña, no se nos evita y de nada sirve suplicarnos. Así habia sido durante milenios, hasta que llegué yo, la parca díscola, la única entre todos mis hermanos que falló al cumplir su misión, la única que no fue capaz de arrebatar a la humanidad un tesoro que ni siquiera sabían que poseían. O al menos eso era lo que creía cuando todo comenzó.


No era mi primer encargo, ni muchísimo menos, ya me había llevados miles de almas al reino de mi madre, hombres, mujeres, niños y ancianos. Mis manos jamás temblaban, mi sonrisa tranquilizadora jamás flaqueaba, yo sabía cómo disipar sus miedos y calmar sus dudas, como hacer la transición más suave, como la primera caricia de una madre al nacer. Los humanos vienen al mundo solos, pero cuando se van de él, lo hacen de mi mano, y es mi trabajo procurar que lo hagan sin temor.


Nunca titubeé, nunca dudé de mi mismo ni de las órdenes de mi madre, pues sabía que yo solo era un engranaje de la enorme maquinaria que es el universo, donde todo es un ciclo y nada tiene realmente un final.


Entonces llegué a esa casita de vayas blancas. Dentro estaba aquella alma preciosa, aún encerrada dentro de su diminuto cuerpo, era un bebé de tan solo unos días, apenas había vivido, pero su tiempo ya se había agotado.  No era la primera vez que me llevaba un alma tan joven, arrullada entre mis brazos. Pero cuando estaba a punto de tocar su frente con mis dedos sentenciadores, algo me detuvo.


Brillaba. Ahí, en aquella frente minúscula, bajo una pelusilla de cabello negro, brillaba una estrella roja como la sangre, imperceptible al ojo humano, pero terriblemente evidente para mí.


Aquel bebé era especial, era distinto, una rosa en un mundo de espinas, y arrancarla de raíz me pareció el más atroz de los agravios. No pude, o no quise, no lo sé. Pero no me llevé aquella alma, salí de su habitación, de su casa y de su mundo, dejando su vida intacta, dándole una oportunidad que nadie había dado jamás en más de dos millones de años.


A mi madre no le hizo gracia.


«No se puede engañar a la muerte, hijo mío, tarde o temprano, yo siempre obtengo lo que es mío, y tu estrella roja no será la excepción»


Mis hermanos trataron de enmendar mi error, pero yo estaba decidido a no permitirlo, me convertí en el guardián de mi estrella, protegiéndola y ocultándola de ellos bajo un manto de oscuridad. Casi me consumo, la oscuridad soy yo mismo, es mi esencia, y dar tal cantidad de ella a un mortal me drenaba y me dejaba débil. Pero funcionó, mis hermanos buscaron esa alma por cielo, mar y tierra, sin dar con ella jamás. Y yo me sentí satisfecho.


La segunda vez que la vi sólo habían transcurrido unos pocos años. Mi estrella roja, aquel bebé que escapó de la muerte y logró lo imposible, había crecido hasta convertirse en un hermoso niño de cabello ensortijado y sonrisa inocente, que vagaba entre la consciencia y la inconsciencia postrado en una fría cama de hospital. La luminosa estrella roja que solo yo podía ver seguía brillando en su frente, como un faro en medio de una tormenta, calmando el miedo y la angustia de todo aquel que se le acercaba, incluyéndome a mí.


Ese niño no estaba destinado a la vida, yo lo sabía, y el universo se empeñaba en recordármelo. Su corazón fallaba, latía al ritmo de una música que nadie podía escuchar y que estaba destinada a desvanecerse entre la bruma.


Tenía que llevármelo, era mi deber, le había regalado un tiempo extra, la oportunidad de ampliar minimamente su pequeño mundo. Pero el tiempo de carestía se había agotado, mi madre volvía a reclamar lo que era suyo, el reino de la muerte lo llamaba, instándole, instándome, a llevarlo a su nuevo hogar.


Aquella vez tampoco pude hacerlo.


Mi deber era tocar su frente, justo debajo de su pequeña estrella, extraer de su cáscara su más pura esencia y ayudarle a cruzar, pero no lo hice. En su lugar, toqué su corazón. Lo blindé, lo envolví en una jaula hecha de mi propia oscuridad, sanándolo con mi esencia y dejando parte de mí en su interior.


Mi existencia se redujo, cada vez que evitaba su destino, cada vez que le ayudaba a ignorar el llamado de mi madre, un parte de mí se perdía en su interior, pero yo seguía pensando que merecía la pena.


Creí que sería suficiente, su corazón no volvería a fallar, yo me había encargado de eso, y estaba seguro que con ello lograría darle a ese niño una vida larga, en la que hacer grandes cosas, en la que compartir su luz con la humanidad, mejorándola y sacando de ella todo lo bueno que los mortales poseían y que la mayoría del tiempo estaba oculto bajo toneladas de egoísmo y sufrimiento.


A veces sentía que era cruel por mi parte hacerle eso. El reino de mi madre es la paz, los mortales lo temen, y se aferran a su vida como a un clavo incandescente, pero con el beso de la muerte llega el fin del sufrimiento, del dolor, del miedo, del hambre, del frío... Su reino es el descanso, es la calma después de la tempestad. Y yo se lo estaba negando a aquel pequeño.


Lo estaba condenando a la vida, obligándole a ser ejemplo, a dar, dar y dar, a llenar de amor los corazones de todo el que lo rodeaba, a repartir la bondad y la dulzura con la que había nacido, arriesgándome a dejarlo vacío, a retorcer su esencia, a corromperse si daba demasiado al mundo. Las almas más bellas mueren jóvenes, eso es algo que aprendí hace mucho tiempo, mi madre era muy clara sobre el asunto.


«La belleza es efímera, y un alma hermosa no puede permanecer mucho tiempo en el mundo de los vivos, de lo contrario, perderá todo aquello que la hace especial»


¿Acaso estaba yo matando su belleza? ¿Destrozaría su esencia más pura al negarme a cumplir con mi deber?


Todas esas dudas me asaltaban y me carcomían, pero a pesar de ello, la tercera vez que nuestros caminos se cruzaron, tampoco pude llevármelo.


Antaño lo habrían considerado un hombre, muchos como él habían caído en campos de batalla, pero en aquellos tiempos se le identificaba como poco más que un niño, un adolescente. Y la estrella de su frente brillaba más que nunca, emitiendo una luz cálida y amable, una que envolvía a todo el que se le acercaba, y mi alma hermosa siempre estaba rodeado de gente.


Los mortales no podían ver su luz como yo lo hacía, no con sus ojos, pero la veían con sus corazones, les llamaba, les atraía como la miel a las moscas, y aquel adolescente que dos veces engañó a la muerte la repartía entre todos ellos sin ser consciente de lo que hacía. Daba más y más de sí mismo, siendo bueno, siendo amable, siendo dulce. Entregaba bien al mundo con cada sonrisa, con cada acto desinteresado, con cada mano amiga tendida sin esperar nada a cambio.


Yo estaba maravillado, asombrado de su pureza, jamás en toda mi existencia había visto un alma igual, uno entre millones, y mi trabajo era arrancarlo de su mundo, y dejar a la humanidad un poco más fría, un poco más sola.


No me sentía capaz de hacerlo.


Aquella vez fue un accidente de coche. Sangraba, en el asiento del copiloto, con una herida en la parte posterior de su cabeza. No debía sobrevivir, mi madre lo había reclamado por tercera vez, y nadie, en toda la historia de la humanidad, había engañado a la muerte más de tres veces.


Yo lo sabía, mi madre solo me estaba dejando jugar con él, pero empezaba a impacientarse, no habría una cuarta oportunidad.


Debía terminar con ese juego enfermizo, debía cumplir con mi deber y llevarme esa alma de una vez por todas, pero quince años eran muy pocos años, apenas un parpadeo. Ese adolescente hacía bien al mundo, hacía a los humanos mejores, limpiaba sus almas de egoísmo y maldad, volviéndolos más puros. ¿Como podía yo arrebatarle ese regalo a la humanidad cuando apenas habían empezado a disfrutarlo?


No me llevé al niño, en su lugar me llevé a su padre, que encontré inconsciente en el asiento del conductor.


Cualquiera pensaría que era un trato justo, una vida por otra, y el padre del chico me lo agradeció una y mil veces, feliz de cambiar su vida por la de su hijo, y darle la oportunidad de seguir adelante, repartiendo bondad entre los suyos. Pero mi madre montó en cólera.


Nunca había visto enfadarse a la muerte, la muerte es tranquila, es apacible, pero no le gusta que la engañen, y aquella alma lo había hecho ya tres veces, y todas ellas con mi ayuda.


No está en mi naturaleza sentir miedo, pero la ira de mi madre me resultó aterradora. En su furia, me confesó algo. Había habido otros como él, apenas unos cientos de ellos en toda la historia de la humanidad, eran almas puras, escasas como todo aquello que merece la pena, y otros hermanos míos también habían tratado de salvarlas, enamorados de sus esencias. Y eso nunca había salido bien.


Las palabras de mi madre me dejaron reflexionando. ¿Podía una parca enamorarse de un mortal? El amor nos era algo ajeno, destinado a otros seres del universo, pero no a nosotros. La muerte no ama.


Pero yo lo hacía, inexplicablemente lo hacía, y me pregunté si el amor era la fuerza que movía el universo. Siempre había creído que esa fuerza eran las esencias de mi madre y su hermana, la vida, que juntas hacían al cosmos girar, enriquecerse y florecer. Pero tal vez había estado equivocado, tal vez el motor del todo siempre había sido el amor, un cataclismo capaz de cambiar y hacer renegar de su destino hasta al más oscuro de los seres.


La cuarta vez llegó mucho antes de lo que yo hubiera deseado. ¿Que son treinta años? Un suspiro en el viento, una gota de agua en medio de un océano. No era suficiente, jamás lo sería, podía mantener en el mundo de los vivos a mi hermosa alma durante diez milenios y me seguiría pareciendo insuficiente, él debía ser eterno, debía estar siempre ahí, debía ser parte del mundo mortal. Si tuviera más tiempo, si pudiera mantenerlo vivo para siempre, quizás terminase con las guerras, con el hambre, con el dolor y con todo aquello que hacía sufrir a los mortales. Quizás mi estrella roja se convertiría en la salvación de la humanidad.


El adolescente que vi por última vez había quedado atrás, frente a mis ojos ahora tenia un hombre, un hombre fuerte, valiente, generoso, bueno y amable, que dedicaba su vida a instruir a otros, a darles valores, a enseñarles ética, sabiduría y bondad. En aquel tiempo y en aquel espacio lo llamaban profesor.


La ocasión había sido propiciada, podía sentir la mano negra de mi madre por todo aquel escenario. El edificio estaba en llamas, pero las llamas eran frías, eran oscuras, y resplandecían con un fantasmagórico brillo nacarado. Los mortales no podían verlas como yo lo hacía, para ellos era un fuego abrasador, uno que estaba consumiendo aquella estructura hasta los cimientos.


Una niña de no más de seis o siete años gritaba aterrada en una ventana, y los lamentos de su madre resonaban en el firmamento, mirándola impotente desde el lugar seguro al que los bomberos la habían arrastrado en contra de su voluntad.


Observé frustrado como mi estrella roja entraba en aquel edificio en llamas, desoyendo los gritos de los otros mortales que le pedían que no lo hiciese, que era demasiado peligroso.


No puedo interferir en la vida de los hombres, y con aquel hombre en concreto lo había hecho demasiadas veces. Tantas normas rotas... Pero no rompería la más importante de todas, no le quitaría su libre albedrío, no le arrebataría su libertad.


Comencé a escuchar susurros a mi espalda, eran mis hermanos, todos ellos, invisibles, se habían reunido para contemplar la muerte definitiva de aquel que tanto los había eludido.


Si yo no lo hacía, lo harían ellos, no había salvación posible.


Sacó a la niña de aquel infierno, por supuesto que lo hizo, estaba seguro de que lo haría, todas las parcas sentimos cuando llega la hora de un mortal, y la de esa niña aún no había llegado, todavía le quedaba mucho por vivir. Sin embargo, mi alma hermosa no tenía tanta suerte. Cayó desplomado sobre el asfalto, de sus preciosos rizos oscuros no quedaba más que una sombra chamuscada y su piel estaba cubierta de quemaduras, pero el daño real no era apreciable a simple vista, el golpe fatal estaba en sus pulmones. Llenos de humo y ceniza, mi estrella roja no volvería a respirar.


Me acerqué a él, titubeando por primera vez en toda mi larga existencia, mis hermanos me rodeaban, susurrando entre ellos, señalando la estrella roja de su frente, que ahora brillaba con una luz cegadora, sabiendo que eran sus últimos instantes en el mundo y dispuesta a convertirse en una supernova.


Alargué una de mis manos huesudas, sabedor de que debía tocar su frente por fin, y sacar el alma que amaba del cuerpo que la contenía de una vez por todas.


No pude hacerlo. No creo que nadie esperase que lo hiciera en realidad. Mi madre sabía que esto pasaría, había tratado de prevenirme todas y cada una de las veces, pero yo jamás la entendí, o quizás no quise entenderla. No era el primer hijo que perdía a causa del amor, no era la primera vez que esto ocurría, ¿Acaso existen las primeras veces? El universo es redondo, cíclico, nada es nuevo y nada es único, ni siquiera el brazo ejecutor de la muerte.


Bajé mi mano con parsimonia, los murmullos a mi espalda aumentaron de intensidad, y algunos de mis hermanos comenzaron a hacerse visibles, esperando para cumplir ellos mismos con mi tarea si yo no lograba llevarla a cabo.


En lugar de tocar a aquel mortal, hundí mis garras en el centro de mi pecho. No tengo corazón, no lo que los mortales entienden como corazón, ni siquiera tengo un cuerpo realmente humano, pero estoy hecho de sueños y oscuridad, y como tal, me moldeo y me adapto a la forma que los hombres desean, aquellas que encuentran tranquilizadoras. Y en ese momento yo era un hombre, un hombre que había desgarrado su caja torácica con sus propias manos, y ahora extraía un núcleo de oscuridad pura de su interior.


Los murmullos se convirtieron en gritos, y varias sombras intentaron agarrarme, evitar que lo hiciera, disuadirme de aquella locura, pero no había fuerza mística ni terrenal en todo el cosmos capaz de hacerme cambiar de opinión.


Apreté aquel núcleo dentro de mi puño cerrado, el corazón de la muerte, y lo reduje a un fino polvo, que soplé con mi último aliento sobre el rostro de mi alma hermosa.


Cayó sobre su frente, sin ser capaz de opacar la luz que allí brillaba, a pesar de ser oscuridad pura. Entró por sus fosas nasales, por las cuencas de sus ojos, por sus oídos y por su boca entreabierta. Corrió por sus venas, se disipó por todo su cuerpo, lo traspasó y llegó hasta el centro, hasta el alma que siempre quise salvar.


La luz de su frente brillaba con la fuerza de un sol, cegando incluso a los mortales que no debían ser capaces de verla, se extendió por todo su cuerpo, calentando el recipiente que contenía a aquella alma mágica, mientras yo me disolvía poco a poco en el viento helado.


Cuando todo terminó, de mi no quedaba nada, y del hombre bueno solo quedó un cuerpo, una cáscara vacía, inútil y sin valor.


Su alma ya no habitaba allí, pero tampoco lo hacía en el reino de mi madre. Su alma estaba donde siempre debió estar, en el firmamento, convertida en la brillante estrella roja que siempre fue, y que ahora alumbraría el camino de los hombres en medio de la noche hasta el fin de los tiempos.


Yo le di la vida tres veces, y se la hubiera dado un millón de veces más si de mí hubiera dependido, pero las leyes del universo no pueden ser burladas, ni siquiera por los ángeles de la muerte.


Ya no podía prorrogar su vida, pero yo le amaba, le amaba con la fuerza de la creación, y le di lo mejor que tenía, lo único que nadie más que yo podía entregarle y que jamás otro ser le arrebataría, le di mi eternidad.



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Dedicado a todas esas almas demasiado hermosas para este mundo que nos abandonan antes de tiempo. Sois estrellas.


Lola Benez.