Amê sœur → SoonKwan

Summary

No era ciego pero sus ojos siempre estaban cubiertos y las reglas eran claras, nadie podía tocarlo. Datos ficticios. No se autorizan adaptaciones y/o publicaciones externas. Disclaimer: Solo con fines de entretenimiento, no buscamos asumir las preferencias de nadie en ningún texto.

Genre
Romance/Drama
Author
AnFer
Status
Ongoing
Chapters
10
Rating
n/a
Age Rating
16+

1

La vida a algunos les tocaba más fácil que a otros, lo que en ocasiones una persona desea otro lo aborrece con locura y le parece intolerable la idea de lidiar con ello.


Las jaulas de oro son muy fáciles de disfrutar cuando tú vista es exterior y no eres el ave fénix esperando a que las cosas cosas mejoren, ansiando la libertad.


Esa era la realidad de las personas con ojos de estrella.


El don de los ojos de estrella era particularmente extraño, todos lo consideraban un súper poder maravilloso pues su talento consistía en la acertividad de los sentimientos más profundos que el ser humano tenía en su poder.


Con una sola mirada podían leer el futuro de las personas, en especial encontrar la imagen y semejanza en quien sería el amor de su vida pues según sus relatos cada persona era un universo que se leía a través de la mirada.


Las constelaciones se unían y conectaban una vez que mantenían la vista con alguien por la mínima cantidad de un segundo.


Claro que eso no era todo.


Con solo tocar a las personas también eran capaces de ver su pasado, bastaba con rozarse, era como meterse a la mente de otros reviviendo incluso los recuerdos que sus mentes podían llegar a suprimir.


Los más felices, los más bonitos, los más especiales.


Los más dolorosos, los más tristes, los más traumáticos.


El don de los ojos de estrella era tan precioso como rencoroso, había gente que se volvía loca con él y había otra que lo explotaba tanto queriendo ayudar a otros que terminaba asfixiada.


La mayoría de ellos recurría al suicidio con tal de acabar con tal responsabilidad sobre sus hombros pues el mundo era tan poco empático con ellos que solo querían terminar con ese mal.


Las familias se llenaban de riquezas, sus amigos se aprovechaban de ellos, quienes debían de protegerlos los exponían a situaciones horribles.


Vivir una vida con ojos de estrella era un milagro tan deseado como una maldición muy peligrosa.


Pocos eran los que nacían y pocos eran los que vivían más allá de los 30 años.


Dado a esto la reina Kwon nunca esperó parir a un niño con ojos de estrella como su primogénito y heredero del reino Coreano. Bastó el toque del doctor que lo recibió en el quirófano privado del palacio y un tambaleo de sus pies para saberlo pues el bebé aunque lloraba realizó ambas acciones al mismo tiempo.


Se encontró con sus ojos, y lo tocó.


Tal vez en ese momento su hijo no lo supo pero en su mente la primera imagen que obtuvo fue la de la persona que sería destinada para su doctor.


No la del rostro de su mamá que lo esperaba con tanto amor.


Ni la del hombre que lo esperaba a un lado de ella expectante por conocer a su hijo.


Fue la de alguien completamente extraño, además de guardar en su memoria todos los recuerdos de su vida.


El caos se desató cuando las y los enfermeros del lugar ahora se peleaban por sostenerlo en sus brazos apenas el doctor avisó a sus padres lo que acababa de suceder.


El bebé seguía llorando con fuerza y seguro que era sano por esos pulmones.


El rey Kwon no pudo tolerarlo más, seleccionó a la única enfermera que miraba con miedo en dirección al niño y le demandó que ella lo atendiera antes de entregarlo a su madre.


Y exceptuando al doctor quien innegablemente ahora estaba involucrado, el niño no volvió a ser tocado por nadie además de algunas personas de su familia junto con aquellos dos que habían estado en la sala recibiéndolo en sus primeros momentos de vida.


Claro que la reina Kwon a raíz de ese momento traumático se había vuelto demasiado protectora con su hijo al punto de que para protegerlo pensaron en deshacerse de él para evitarle esa carga tan pesada en los hombros además de ser el monarca de un reino tan importante y avanzado como lo era Corea en pleno siglo XXI.


El primogénito nunca fue capaz de jugar con otros niños además de su hermano pequeño Chan y tampoco de salir a correr en los jardínes con sus damas de compañía tal como él.


Soonyoung siempre estuvo encerrado y cuando salía nadie además de su madre tenía permiso de tocarlo, pues ante el mundo ni su padre debía de mostrar debilidad ya que el conocimiento de sus secretos estaría en manos de ese niño.


Tenía prohibido dirigir la mirada a cualquier persona que no fuera su madre aunque de igual modo no era como que pudiera hacerlo.


Sus ojos siempre estaban cubiertos con una tela que era poco transparente, solo lo suficiente para que nadie más fuera capaz de captar su mirada y él no chocara con los objetos que tenía al frente al caminar pues un heredero al trono no debía de ser motivo de burlas.


Esto desató más habladurías sobre qué tan poderosos serían sus ojos además de rumores más intensos sobre las personas con ojos de estrella.


Destinado al exilio hasta que heredara el trono inevitablemente Soonyoung sufría en silencio queriendo cambiar, en la obscuridad de su habitación cada noche buscaba soluciones sobre el por qué era de esa forma.


Días y noches lo pensaba, incluso sus padres diciéndole que era lo mejor le comentaron desde temprana edad que, aunque él reinaría, solo Chan tendría el derecho de procrear con el hombre o mujer que quisiera para evitarle dolor de conocer a los seres humanos despreciables que se aprovecharían de él.


Más tiempo del que le gustaría admitir pensó en apuñalarse los ojos, tal vez la ceguera sería la mejor opción si su destino era la soledad eterna pues apenas y podía hablar con las personas del servicio en el palacio.


Claro, todo eso comenzó a cambiar mientras fue creciendo pues sus habilidades sociales debían desarrollarse si quería gobernar un pueblo.


La libertad llegó y con ella también la apatía por la vida venidera.


Solo se preguntaba en qué momento sus preocupaciones acabarían dándole el dulce privilegio de la muerte.


Para el momento en que se captó diciendo todo eso supo que su corazón ya no era el mismo noble al cumplir los 21 años.


Solo tenía obscuridad.


Odiaba al mundo y se odiaba más a si mismo.