Desde los ojos de una estrella

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Summary

Siendo la hija no reconocida de un gran rey, Astria ha sido denigrada toda su vida encerrada en un castillo donde la soledad había convivido constantemente con ella. Una chica alegre e inocente con una particularidad única que nadie comprendía, comenzara a ser codiciada por su hermosa capacidad de brillar. Un suceso trágico marcará su vida y su historia cambiara de la noche a la mañana por un temible hombre. ¿Cómo serán sus días después de aquel suceso?, ¿será capaz de sobrevivir en un mundo lleno de sorpresas? ¿Por qué ese hombre la conoce más de lo que ella misma sabe?

Status
Ongoing
Chapters
4
Rating
n/a
Age Rating
18+

1.-El reino de Lomas

"¿Podía haber elegido una mejor vida que esta? Lo dudo mucho, ame mucho a mi familia, omitiendo el hecho de que el amor que ellos me entregaban no era más de lo que recibía un prisionero en los calabozos. Los errores y las culpas de mis progenitores se plasmaron en mi piel, pero yo no fui la responsable, aun así, cargué con ella años de mi niñez y adolescencia. Creí ciegamente que mi padre me amaba y que dejarme vivir había sido un acto de amor. Maldita mi inocencia, tarde años en entenderlo y si no fuera por ese hombre, ese hombre que cambio todo el transcurso de mi vida, yo aún seguiría viviendo en ese amor efímero que falsamente creía que podía obtener"


En la tierra existían razas con distintas habilidades. Estaban los reinos de las montañas, donde se enriquecían con los metales, se decía que las personas podían sentir la esencia de los minerales. Sabían perfectamente donde cavar y también ocupaban las piedras para las medicinas y rituales. Estaban también los Elfos de los bosques capaces de entender el viento, los árboles y el flujo de energía espiritual. Al noroeste, en una tierra con extrema fertilidad, rodeados de árboles, se encontraba los Átkozott. Muchos le decían que eran mitad humanos y mitad bestias, otros que eran hijos de demonios, hombres malditos. Tenían habilidades de mover objetos con las manos, pero eran denigrados por su falta de empatía con los demás. Claro, que todo eran especulaciones, nadie había visto nunca a un elfo hablar con un árbol, o un objeto moverse solo con levantar un brazo. Las historias antiguas los había mencionado y caracterizado con todo aquello, pero en la actualidad, eso no se sabía con certeza.


El continente completo era gobernado por reyes, con costumbres diferentes e incluso idiomas distintos, pero cada uno de ellos tenía secretos para los demás reinos. Cada uno de los ancestros había logrado la amistad de todos los reinos del continente, habían firmado lazos económicos y políticos.


El reino de Lomas, era el reino más grande de humanos ordinarios, tenía uno de la mayor concentración de habitantes y era rico en cobre. La reina Catherine era la cuarta esposa del rey León, era la mujer más hermosa del reino de Lomas, pero también era lo suficientemente joven para estar cercana a la edad del príncipe heredero.

Hans era hijo del segundo matrimonio, había sido criado con preferencia por ser el varón y claro que comenzaron a olvidarse de la importancia de las demás hijas mayores. Hans heredaría el reino con la muerte de su padre el rey León


Estaba Alice, Cleo y Marta, hijas del primer matrimonio, eran hermosas mujeres de cabellos rubios y ojos almendrados; Alice era la mayor y era la más alta de todas. Hans y Christian habían sido del segundo matrimonio y del cuarto se esperaba la llegada de un varón porque la actual reina no tardó en estar encinta, pero, además de todos estos hijos del rey, existía una cuarta hija que todos despreciaban, era la hija de la tercera esposa del rey quien falleció al dar a luz. Tanto la partera, como las mujeres de la reina, y al igual que el mismo rey, no creían que la niña había salido con sangre real. Su cabello castaño, con finos hilos rojizos, hizo dudar de la paternidad de la niña. Su madre, tenía pelo negro y el rey era de cabellos rubios completamente rizados, al igual que todos sus hijos. Era una característica que solo se daba en la familia real de Lomas.


El rey, furioso con su difunta mujer, mandó a quemarla junto con todas sus cosas, despidió a sus mujeres, claro que, sin antes darle un castigo a todas, cortándole dos dedos de sus manos. Mientras que a su supuesta hija la encerró y anuncio que padecía una enfermedad grave y contagiosa por la cual no saldría a la luz. Astria, su nombre fue dado por una de las mujeres que se le asignó a su cuidado, una nodriza traída de otro reino. Halen se comportó con ella como su madre y la crío con amor a diferencia de todos los demás.


El rey le asignó un castillo para ella sola, era el más alejado de todos, el castillo de los Sauces Llorones. Era bastante grande lleno de árboles, pero no tenía flores, solo hierbas y maleza. No tenía muchos guardias, pero era tranquilo, un poco sombrío, pero era todo lo que ella tenía.


Astria había sido una bebé muy calmada, dormía más en el día, así como su nombre le hacía honor, se mantenía despierta en la noche como una sutil y hermosa estrella. Su piel brillaba con la luz de la luna y no tardaron en darse cuenta de que ella no era una persona ordinaria. Debían estar atentos, una pista que haría certero que ella no llevaba sangre real, pero nunca encontraron ningún indicio más que su extraño brillo. El rey esperó que cuando ella creciera, eso se le pasaría con el tiempo. Despreciándola e ignorando su existencia, Astria creció en soledad rodeada únicamente por su madre Halen y por las sirvientas.


A medida que pasó el tiempo, Astria estaba en la época de la adolescencia, cuando el rey comenzó a cuidarla un poco más, asignándole más servidumbre al castillo, su entorno se tornó más alegre y lleno de vida. León el rey, en parte, la había aceptado por su hermoso rostro, igual al de su madre, pero también aún estaba el rencor en su corazón, asumiendo que no era su hija verdadera.


Astria era hermosa por donde se le mirara, a medida que fue creciendo la belleza ya antes dicha de su madre, había heredado sus hermosos ojos de color celeste, tenían un color brilloso como el cielo resplandeciente, eran grandes, profundos y de largas pestañas. Su piel blanca como la leche no se quemaba por más que se exponía al sol, tenía un cuerpo delgado con senos acorde a su cuerpo. En teoría, un hermoso tesoro oculto en un pobre y sombrío castillo.


El rey tardo años en asentarse. Estuvo con muchas mujeres antes de volver a casarse con su cuarta esposa, Catherine. Cuando eso sucedió, Astria estaba a punto de cumplir 20 años, edad suficiente para que la mujer más cercana a ser su madre sea alejada de su lado. No hubo despedidas, el rey lo ordenó de la noche a la mañana y solo una carta hizo que Astria se enterará de que no volvería ver más a Halen. Fue un duro golpe para ella, dentro de todo el castillo, Halen era la única mujer que la conocía realmente. Sus sirvientes siempre se iban cambiando, así que nunca podía relacionarse con alguno por más de siete días.


La nueva reina se enteró de la existencia de Astria, ya había pasado casi un año de haber ascendido al título de reina y estaba interesada en conocerla.


—Princesa Astria —dijo una de sus damas entrando por la puerta del salón—. Esto le fue enviado del castillo real.


En sus manos venía una gran bandeja llena de frutas de estación y una carta con el sello de la reina.


—¿Del castillo real?


—Sí, con su permiso —dijo la mujer saliendo del salón.


Astria tomó la carta con incertidumbre, sin antes de echarse unas uvas a la boca y abrió el papel con cuidado.


Halen había sido más que una madre, le había enseñado modales, etiqueta, le enseñó a leer, a escribir y conocía dos idiomas. No era tonta, todo lo contrario, astuta y muy inteligente, al menos de las cosas mundanas que ella conocía. Le encantaba leer, gracias a eso, fue conociendo la historia del reino y las relaciones que tenían con las demás tierras. No había libro que no se lo había devorado y ansiaba siempre los viajes de Halen que le traía regalos a menudo.


Leyó la carta con tranquilidad y en cuanto la terminó, saltó de su asiento con sus manos levantadas gritando: — ¡Estoy invitada al palacio real! —Claro que no había nadie que festejará con ella y compartiera su entusiasmo.


Jamás en su vida había pisado el castillo, conocía a su padre por retratos y descripciones que le había dado su madre, pero jamás lo había visto en persona. Sabía también que posiblemente no era su padre verdadero, pero ansiaba conocer al rey de Lomas. Quería agradecerle por el castillo que ella tenía, por sus sirvientes, por Halen y por qué la dejo con vida. Astria, a pesar de todo, siempre había sido una joven muy positiva.


Se vistió con el mejor vestido que podía tener, se peinó, y se arregló lo más elegante posible como su madre le había enseñado. No necesitaba sirvientes que la vistieran y que hicieran todo esto por ella. Astria era independiente, no solo porque quería, sino porque tampoco tenía a alguien que la ayudara.


Cuando llegó el carruaje la sirvienta le avisó y ella con toda la emoción salió de la habitación sin darse cuenta de que le había faltado un detalle. Se devolvió con rapidez, agarró su perfume y sé lo hecho sutilmente a un costado de su cuello y en los costados de sus manos.


El carruaje la sorprendió, era hermoso, de colores blancos con decoraciones en oro. Era llevado por dos caballos negros y dos hombres; uno tiraba las riendas y el otro se encargaba de la puerta.

El hombre, al verla, bajó para abrirle la puerta, bajando su cabeza con una leve reverencia.


—Muchas gracias —dijo ella tomando su mano para subir. Se sentía espléndida, hermosa y empoderada.


—No hay de que —contestó el hombre bajando su cabeza mientras cerraba la puerta.


Al poco tiempo, su castillo, el edificio que siempre había albergado su solitaria vida, se fue haciendo diminuto a su espalda. Recordó una y otra vez las palabras de su madre, como comportarse, como hablar y actuar. Ella había dicho que un día el rey la llamaría y ella debía comportarse de la mejor manera.


Astria también sabía que no era querida por el reino, que debía cuidarse, pero no sabía que muchos creían que ella existía, algunos creían que había muerto por enfermedad. Claro que las antiguas mujeres que cuidaban a su verdadera madre no se quedaron calladas y los rumores de su vida aún se mantenían por el reino.


Cuando llegó al castillo se maravilló de lo iluminado que era todo a su alrededor. En su castillo solo había algunos faroles iluminando un poco el jardín, pero aquí había enormes pilares con luces iluminando todo. El castillo desprendía un hermoso color dorado y a medida que el sol comenzaba a irse más iluminado era. Su pecho se infló y cerró los ojos para recibir una brisa que hizo volar su cabello. El olor a rosas le causó una infinita satisfacción, a tal punto que sintió paz y añoró nunca irse de allí.


Cuando el carruaje se detuvo, una mujer con un vestido de color azul oscuro la esperó en la puerta y se acercó una vez que el cochero abriera la puerta del carruaje.


—Princesa Astria —dijo al verla y le regaló una sonrisa forzada.


Ella le sonrió y la saludó inclinando un poco su cabeza. Sus ojos no podían solo mirar a la mujer, se distrajo constantemente con todo lo nuevo que estaba conociendo por primera vez.


—El rey y la reina la esperan —dijo la mujer dándole la espalda y encaminándose dentro. Astria rápidamente tomó un poco su vestido con ambas manos y apuró su paso para alcanzarla—. Hay un banquete hoy por eso tanta conmoción y ruido. Al parecer el rey quiere que te presentes en sociedad, así que compórtese como una verdadera princesa.


—¿Cuál es tu nombre? —preguntó ella al alcanzarla.


—Llámeme Helena.


—Un gusto, señora Helena. No puedo aguantar mi emoción al ver tan hermoso castillo, perdóneme si no puedo mirarla tan detenidamente.


—Tu lengua y tú emociones no son correctos para la realeza, por favor manténgase bajo control, no pierda sus modales.


—Lo siento, tienes razón. —Bajó su voz arrepentida.


Astria, sabía que debía comportarse, pero le era increíblemente difícil. El castillo era enorme, con murallas blancas y dinteles de oro. Hermosos candelabros de cristales colgando en el medio del techo. Le impresionó el número de guardias en cada puerta y que las abrían cada vez que ellas se acercaban a una.


No tardó en escuchar la música. La emocionó aún más, saber que conocería gente nueva, pero también su estómago se apretó, y sus manos temblaron. Nerviosa de saber si podía controlar su cuerpo delante de tantas personas, respiró profundamente para calmarse.


Después de atravesar unos salones, se detuvieron frente a una gran puerta y un guardia anunció su llegada. Luego, abrió lentamente la puerta dándole el paso, para que ella entrara al gran salón del trono.


Mucha gente la miró cuando las puertas se abrieron, entre consejeros, sirvientes, generales y guardias, todos observaron a la princesa escondida. Frente a ella, en un trono que sobresalía de todo el lugar, estaba el rey y la reina sentados en lo alto con sus coronas sobre sus cabezas.


Astria dio unos pasos sin bajar su rostro y sin mostrar miedo, aunque estaba realmente aterrada por la presión que ejercían las miradas de la gente. Todos se llevaron una gran impresión por la similitud a la difunta reina y la observaron atentamente juzgándola hasta que llegó frente al rey.


—Su majestad —dijo ella bajando la cabeza—. Es un honor poder conocerlo.


—Eres la viva imagen de tu madre —dijo él llevándose la mano a la barbilla.


—Astria, eres muy hermosa —dijo la reina Catherine.


—Muchas gracias mi reina, usted también reboza de elegancia y belleza.


—Veo que te han criado bien, ¿sabes leer y escribir? —comentó el rey.


—Si mi rey, leer es una de las cosas que más me gusta hacer.


—Es hora que te involucres en sociedad, estás a poco de cumplir tus veinte años y tengo algunos asuntos para ti. ¿Sabes de los bailes que se hacen?, ¿conoces nuestras costumbres?


—Sí, mi rey.


—Bien, hoy es una buena oportunidad para que lo pongas en práctica. De aquí en adelante debes participar en estas juntas sociales.


—Mi rey estaría honrada en servirle y le agradezco...


—No agradezcas nada, solo acepta tu posición y lo que tengo para ti —dijo él fríamente y luego miró a sus hombres—. General.


—Sí, mi rey —contestó el hombre.


—¿Están listos los tratados?


—Sí, señor.


—Astria, irás a la fiesta de ahora y te presentarás como mi hija. Llamarás la atención de muchos nobles procura comportarte. Hay tres reyes que esperan conocerte, uno de ellos está buscando a su tercera esposa. Si te elige nos sería muy beneficioso hacer trato con él.


—¿Esposa?


—Sí, querida ¿por qué crees que te mandamos a llamar? —dijo la reina poniéndose de pie —. Las demás princesas están ya en sociedad y las tres comprometidas. No puedes ser una solterona todo el tiempo. Si contraes matrimonio con uno de ellos, nuestras riquezas subirán y tendremos más ingresos para sustentar el reino, ¿ya has tomado clase con las ancianas mayores?


—¿Clases?, ¿ancianas mayores? —dijo con la boca abierta sin entender nada.


—Sí, seguramente que no, pero bueno entonces será una sorpresa para ti cuando llegue la noche de bodas —dijo Catherine riéndose burlonamente—. Estoy segura de que te encantará.


Astria estaba sorprendida, no esperaba que le pidieran casarse, era una niña aún, no sabía bien como era convivir con más gente. Toda su vida había estado prácticamente sola y ahora le pedían que viviera junto a un hombre y que cumpliera con todo lo que conllevaba ser una esposa.


Había llegado entusiasmada y con ganas de decirle al rey cuanto lo admiraba, cuánto ansiaba agradecerle todo, pero ahora, solo parecía algo estúpido e inmaduro.


Después de esa leve conversación la llevaron a un salón a cambiarse el vestido. La maquillaron, la peinaron y la perfumaron. Amarraron su corsé fuertemente que hizo resaltar más su diminuta cintura y sus senos. Luego aguardó sola esperando que la realeza entrara a la fiesta, después de eso podía entrar ella.


La música era agradable y dejando de lado un poco el mal rato, miró a todos lados y se alegró al ver tantos vestidos preciosos. Bailes que solo ella bailaba sola en su habitación, comidas de todo tipo, voces diferentes y risas, mucha gente riendo, disfrutando de la velada.


—Tú debes ser Astria —dijo una mujer agarrando su mano y posándolo en su brazo—. Eres la sombra de tu madre. Yo soy Alice.


—Princesa Alice —dijo ella con gran asombro. No podía creer que la primera princesa estaba ahí delante de ella.


—Siempre he pensado que todo lo que ocurrió contigo no es tu culpa, quizás tu madre decía la verdad, quien sabe —dijo encaminándola sin voltear a verla—. Hay tantas cosas en este mundo que nunca sabremos por qué tu pelo es diferente.


—Lo lamento yo...


—No lamentes nada, así son las cosas y no hay nada que hacer. Te presentaré a los invitados, después de todo, hoy, eres como mi hermana pequeña, así que no me decepciones.

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