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Frío, hambre, soledad, tristeza, desamparo y mil y una sensaciones más.
Nene Yashiro caminaba rápidamente por las calles de ciudad Kamome mientras pensaba en todos y cada uno de los problemas que habían azotado su vida hasta el momento, el impacto de los mismos era tan fuerte como el golpe repentino de la brisa de aire gélido sobre su rostro.
La muerte de sus padres en un accidente automovilístico.
La infidelidad de su novio, que evidentemente llevó a una ruptura.
El despido de su puesto como editora después de no aceptar salir con su jefe.
El casero de su edificio estaba por echarla de su apartamento si no lograba juntar el dinero suficiente para finales de mes.
Y sobre todo...
¡Maldito Fuji-kun!
No sólo la había engañado con alguien de piernas esbeltas, sino que también había aprovechado el tener una copia de la llave de su hogar para robar los pocos ahorros que tenía en caso de emergencia.
—¡Aaaaaah! Ojalá se convierta en un... en un... ¡en un perro! —gritó furibunda mientras pateaba un poste de luz, atrayendo la mirada asustada y curiosa de los transeúntes.
Continuó con su andar pues no podía importarle menos lo que un montón de desconocidos pudieran pensar de ella.
Por ahora lo único que quería era llegar al café en el cual Aoi, su mejor amiga, le había citado con la promesa de tener la respuesta a sus plegarias.
Esperaba que se tratara de un rey asquerosamente rico con una propuesta de matrimonio o una celebridad reconocida que por azares del destino tuviera algún fetiche con los tobillos anchos.
—¿Un qué? —Volvió a preguntar.
Si bien no era una propuesta de matrimonio por parte de alguien asquerosamente rico ni tampoco se trataba de un chico guapo, era mejor que nada.
—Un trabajo, Nene-chan. —Repitió nuevamente Aoi sonriendo.
—¿En el local del tío de Akane-kun?
—Así es. Akane-kun me dijo que es bastante sencillo lo que tienes que hacer. Sólo deberás de ayudar con la limpieza de los estantes y el baño de empleados. Por lo regular él ayuda con esas labores durante sus días libres pero desde que su jefe lo ascendió ya no tiene tiempo. Y la paga es bastante buena, son 1000 ¥ por hora.
Nene lo pensó, era cierto que la paga era mejor de lo que normalmente se le pagaría a un conserje y tampoco era como si pudiera darse el lujo de rechazar cualquier ingreso monetario a su bolsillo. Si todo marchaba bien, lograría juntar al menos la mitad de lo que le debía al casero para finales de mes y entonces tal vez podría negociar un mes más en lo que juntaba el resto del dinero.
—Acepto.
—¡Muy bien Nene-chan, mañana mismo pasaré a recogerte para llevarte al lugar!
—Gracias Aoi. Y a todo esto, ¿qué es lo que vende el tío de Akane-kun?
—Antigüedades.
La noche había pasado lenta mientras se dedicaba a buscar en su armario el conjunto ideal para presentarse ante su nuevo jefe, las primeras impresiones eran importantes a final de cuentas.
No quería verse demasiado formal pero tampoco demasiado desaliñada. A final de cuentas su puesto sería el de afanadora y debía usar ropa cómoda. De preferencia algo que no le importara mucho que se ensuciara con los productos de limpieza que tendría que usar.
Sus ojos a duras penas se habían podido cerrar debido a la emoción.
Estaba inquieta, el motivo era desconocido pero algo dentro de ella le decía que en definitiva todo empezaba a arreglarse.
La idea de limpiar el polvo de estantes y lavar baños no era muy atractiva pero no podía dejar de pensar en toda la gente interesante que conocería ahí. Quien sabe, a lo mejor y conocería a su alma gemela.
Ah~
Siempre había sido una romántica empedernida.
El par de jovencitas llegaron a la tienda.
Aspecto lúgubre, con vidrios polarizados y un reloj del abuelo pintado sobre la puerta de entrada.
No era sorpresa que al entrar las recibiera un anciano de lentes y barba larga, para caminar usaba un bastón y su voz era rasposa, grave, se sentía como si cargara sobre sus hombros algo más que los años vividos.
En definitiva era el aspecto que Nene le daría a una persona que se dedicaba a vender ese tipo de objetos.
Mientras Aoi y el viejo hablaban luego de haber sido presentada ante su nuevo jefe, la joven de tobillos anchos deambuló entre los estantes para “familiarizarse con el lugar”, tal y como había dicho el adulto mayor que respondía al nombre de Kako.
Joyería, espejos, relojes, libros, juguetes, discos, cuadros y fotografías, incluso animales disecados, máscaras y objetos de uso cotidiano como tijeras para cortar el cabello, adornaban sin un orden en concreto cada repisa que veía.
De repente, un silbido la hizo voltear; sin embargo, no había nadie.
Cuando se disponía a regresar con su mejor amiga, nuevamente el sonido de alguien queriendo atraer su atención la hizo girar para encontrarse con la nada.
“Probablemente es mi imaginación, es mi culpa por no haber dormido bien”, pensó mientras seguía su camino.
Pero entonces...
¿Por qué se sentía observada?
Bah, era imposible que hubiera alguien ahí y que no lo hubiera notado. A final de cuentas el lugar todavía estaba cerrado al público y tampoco era como si fuera el local más grande del mundo.
—Nene-chan debo irme, en unos minutos la florería abrirá y tengo una entrega de rosas pendientes para una boda —dijo la pelimorada mientras tomaba sus cosas del mostrador donde se encontraban reunidos y se dirigía a la salida—. ¡Suerte en tu primer día!
—Gracias Aoi, que te vaya bien —se despidió la albina.
Una vez su mejor amiga se había ido, regresó al lado de su nuevo jefe.
—¿Por dónde empiezo?
—Podrías empezar por limpiar los estantes de libros, solo ten cuidado de no abrir los libros rojos —indicó mientras le entregaba una cubeta con diferentes productos de limpieza.
—Entendido.
Y así lo hizo.
Cuidando de no abrir ni por error los preciosos libros de cubierta gruesa y rojiza, fue limpiando uno por uno cada texto.
Aun cuando la curiosidad le carcomía cada que pasaba el trozo de tela con que sacudía las pastas, no abrió ni uno sólo de los libros que habían ahí, ya fueran rojos, blancos o negros. No podía arriesgarse a ser despedida en su primer día.
—Ya terminé, Kako-san.
—Eres rápida. Podrías continuar limpiando los relojes, sólo de manera superficial, Akane se encarga de limpiarlos por dentro.
—Está bien.
Con delicadeza y suavidad pasaba el trapo de limpieza sobre las estructuras de madera y vidrio.
De repente, una risa detrás de ella la hizo voltear.
Nadie.
“Oh vamos Nene, de seguro son los nervios que te traicionan”, pensó mientras devolvía la mirada al último reloj que tenía por limpiar.
La hora del almuerzo llegó y su nuevo superior la invitó a compartir el momento con él.
Llegaron al cuarto de empleados donde Nene pudo observar maravillada como habían distintos tipos de alimentos.
Salados, dulces, ácidos, fritos, horneados, asados, hervidos. La variedad era enorme y de solo pensar en clavar el diente ya se sentía babear.
—Puedes servirte lo que quieras —dijo el anciano tomando un plato con donas que a simple vista no parecían tener glaseado o algún tipo de cubierta.
—¿No va a comer conmigo?
—Oh sí, sólo debo de llevar esto primero y luego vendré a hacerte compañía.
—Está bien.
Sin decir más el adulto mayor salió y la peliplata comenzó a comer. Le provocaba un poco de curiosidad saber a dónde se dirigía su superior con ese plato de donas pero su hambre era mayor.
¡Al diablo!
Tal vez no quería compartir sus donas o se las llevaría a alguien más, ese no era su problema.
Limpia los relojes con cuidado.
No toques las muñecas de trapo.
No mires tu reflejo a los ojos mientras limpias los espejos.
No te obsesiones con la posición de los personajes dentro de las pinturas.
No abras los libros rojos.
No cambies de lugar las máscaras.
No toques el plato de donas que dejo cerca del aparador número siete.
Esas eran algunas de las reglas que en dos semanas Nene ya había aprendido de memoria.
Eso y el que una vez que Mirai, la nieta de Kako, llegara a la tienda debía mantenerla alejada de cualquier dulce habido. No quería volver a pasar por el mismo incidente que cuando se conocieron.
Un total de dos telescopios, un reloj y cinco muñecas de porcelana eran el saldo de víctimas dejado tras el mortífero rastro de la pequeña niña de colitas.
Le parecía extraño tener que seguir esas reglas; pero, todo fuera por mantener ese empleo mientras buscaba un trabajo más acorde a su campo de preparación en sus días libres.
Lástima que las ofertas de trabajo no fueran tan atractivas o simplemente no cubriera con el perfil requerido.
A veces se sentía como si algo no le permitiera encontrar un buen empleo.
“Ya sólo me falta el baño y podré irme”, pensó la peliplata alegrándose de por fin terminar con su jornada laboral.
El trabajo había sido mucho más laborioso de lo normal y todo por culpa de aquel extraño, pero guapo, muchacho que se le acercó para ofrecerle dinero a cambio de fotos de sus piernas desnudas.
Evidentemente no había hecho caso alguno y en cuanto había visto la oportunidad se alejó de aquel asqueroso ser para continuar con sus labores; sin embargo, no contaba con que semejante pelmazo fuera a tropezarse mientras la seguía, impactando contra el estante de libros rojos que Nene había acomodado previamente.
Antes de que siquiera pudiera reclamarle por su estupidez pudo notar el horror en su mirada al verla, o mejor dicho al ver detrás de ella.
Sus ojos se habían abierto de forma casi caricaturesca y su quijada por poco rozaba el suelo.
Fuera lo que fuera que hubiera visto detrás de ella, hizo que huyera tan rápido como sus piernas se lo permitieron.
Nene nunca sabría que aquel estúpido joven fue atropellado por un camión de carga tres cuadras más adelante. Muriendo en el acto y con nada más en mente que una sonrisa burlona y un par de orbes ambarinos que lo retaban a seguir molestando a aquella joven de tobillos anchos.
Al fin lo había logrado.
La joven peliplata había juntado la mitad del dinero que necesitaba para saldar el pendiente de la renta; pero, al momento de llegar con el casero de su edificio, este se había negado rotundamente a aceptar el pago, argumentando que alguien ya había pagado su deuda.
—Debe haber un error, no conozco a nadie así —respondió extrañada.
—Aquel muchacho me entregó el dinero exacto y se fue sin siquiera recibir el comprobante de pago, sólo me pidió que te dijera que el lunes no irías a trabajar.
—¿Entonces qué hago con el dinero que junté para pagarle?
—Es tuyo. Puedes usarlo para pagarme más meses de renta o gastarlo en lo que quieras.
—Supongo que puedo adelantar unos cuantos meses de renta.
Mientras el hombre frente a ella contaba el dinero y lo anotaba en su registro, Nene trataba de recordar los rostros de cada uno de sus conocidos.
Cabello oscuro, ojos color ámbar, corte de tazón, piel pálida, ligeramente más alto que ella...
Nadie encajaba con semejante descripción. Le parecía raro pero tampoco era como si pudiera hacer algo al respecto.
¿Y si se trataba de un acosador?
¿Nuevamente alguien la buscaba por sus piernas?
¿Y si tuviera que pagar este favor con algo más que no fuera dinero?
Su rostro se sonrojó y hubiera jurado que estaba por salir humo de sus orejas de no ser por la repentina interrupción de su casero al entregarle el recibo. Sin más que decir regresó a su hogar y se dispuso a dormir, después de todo, era domingo y el lunes tendría que trabajar.
No importaba si un caritativo desconocido había dicho que no lo haría, debía seguir trabajando si no quería tener problemas económicos.
La llamada de Akane la sorprendió.
No era típico de él llamarla a no ser que se tratara de Aoi, y mucho menos era algo común que la contactara a esa hora.
Aunque el motivo por el cual lo había hecho era más que justificable.
En ese momento no importaba el frío de diciembre, el hecho de que hubiera salido rápidamente de su casa sin siquiera arreglarse, o el que llevara su pijama con estampado de hámster puesta todavía. Necesitaba llegar a la dirección que el joven de lentes le había dado. Cada segundo y minuto que pasaba era una fracción de tiempo que nunca más regresaría.
Y así fue como llegó.
Bañada en sudor, cansada, sin aliento, con el cabello alborotado, con ojeras y rastros de lágrimas que se habían secado gracias a las ráfagas invernales propias del mes. Así fue como Nene llegó a la casa de Kako.
—Yashiro-san, vamos, no hay tiempo que perder —dijo Akane una vez la vio y la dirigió a un cuarto donde Mirai no paraba de llorar—. Mirai, Yashiro-san necesita hablar con Kako.
—Pero...
—Vamos por unos cuantos dulces a la cocina mientras hablan, cuando terminen podrás venir a compartirlos con el anciano.
No muy convencida, la pequeña se bajó de la cama y siguió a su mayor.
Una vez que la puerta fue cerrada detrás del par de dolientes, el hombre que se encontraba recostado abrió la boca.
—Nene-chan, lamento haberte llamado a estas horas.
—No se preocupe ¿Cómo se siente?
—Como la mierda...; pero no estamos acá para hablar de eso. Has sido de gran ayuda estas últimas semanas y por eso te harás cargo del negocio una vez que yo ya no esté.
La joven de tobillos anchos sonrió, en verdad que su jefe sabía cómo hacer bromas incluso en los momentos menos indicados.
—Estoy segura de que se sentirá mejor. Sólo necesita descansar y dejar de comer tantos pastelillos rellenos. —Trató de bromear, aun cuando el semblante serio del hombre mayor no se hubiera movido en absoluto.
—Ojalá las cosas fueran tan sencillas, pero estoy seguro de que este será el adiós. Él me lo dijo y ahora que ha cumplido con su parte del trato me toca pagar.
—¿A qué se refiere? ¿No sería mejor que Akane-kun se quede con el negocio?
—Akane no puede hacerlo, su trabajo no se lo permitiría. En cambio tú... Sé que tú cuidarás muy bien de la tienda; además, te has vuelto de su agrado.
—No entiendo muy bien a que se refiere.
—No trates de razonarlo. Sólo acéptalo como parte de tu destino. Akane sabe que tú serás la nueva dueña del lugar y está de acuerdo siempre y cuando dejes que Mirai esté contigo después de clases hasta que él pueda pasar por ella.
—Kako-san, en verdad no hay necesidad de esto. —Empezaba a ponerse nerviosa—. Se pondrá mejor, todavía tiene que enseñarme mucho sobre las antigüedades de la tienda, sobre las leyendas de cada una y también prometió mostrarme aquellos libros de romance que guarda en el mostrador bajo llave.
—No te preocupes por eso, él te lo enseñará todo y te ayudará a no meterte en problemas. Le agradas y está más que encantado con la idea de tenerte como su asistente.
—¿De quién habla?
—De Hanako.