Ojos malditos, cadenas rotas (HxH)

Summary

Paralelamente al mundo de Hunter x Hunter que conocemos, hay una chica cuya historia no ha sido contada. June es una persona que ha vivido marcada por las secuelas de su pasado y ahora quiere expiar sus pecados al pagar el precio de aquello que deseo y trajo tanta miseria a la vida de personas inocentes.

Genre
Drama
Author
mariveth284
Status
Complete
Chapters
43
Rating
n/a
Age Rating
18+

De la historia de June: Niñez parte 1

June Star Lucifer, ese fue el nombre que se me dio al nacer. Es curioso como un nombre, lo que identifica a un ser durante toda su existencia, puede tener tal impacto en la vida de la persona que lo lleva, o al menos para mí, oír a la gente cuando me llama, es recordar parte de la historia y de las personas que me han moldeado:

Nací un 28 de Junio en la ciudad de las estrellas fugaces (o ciudad meteoro). De mi mes de nacimiento, deriva mi primer nombre “June”, que fue asignado por mi padre Christopher (“Chris”); aunque parezca una elección surgida por la pereza, en realidad mi padre quería simbolizar el significado que encontró en aquellos libros arrojados a los basurales de la ciudad, y que según él, describían lo que sentía por mí: “la reina de los dioses” o “la protectora”.

De la ciudad donde nací, proviene mi segundo nombre “Star”, este fue pensado por mi tío Chrollo, quien me llamó de esa manera tanto para que nunca olvidara el lugar de donde venía, como haciendo alusión a la luz y a la esperanza que las estrellas inspiran a las personas que las observan, aunque irónicamente, mis ojos no observaban más que el lúgubre negro.

Lucilfer, mi apellido, fue heredado por parte de mi madre, Mashiro (“Shiro”), en común acuerdo con mi padre, quien prefería ir borrando de a poco su verdadera procedencia; para el momento de mi nacimiento, no era un apellido de renombre, solo era el reflejo de un desdichado diablo que adoptó a otros dos desechados por padres y madres inhumanos.

A medida que fui creciendo, y como es de suponerse, a falta de uno de mis sentidos, los demás comenzaron a reemplazar su función, de tal manera que era difícil para otras personas, ajenas a mi contexto, identificar que poseía algún tipo de discapacidad.

Una vez superadas las primeras barreras físicas, y dado el ambiente hostil que implica vivir en aquella ciudad olvidada y marginada, comencé a aprender las artes del robo, el ultraje y el asesinato, para que pudiera defenderme sola si algo les llegase a pasar a mis familiares, o peor, si “algo” decidiese venir a por mí como habría venido por otros infantes en tiempos y épocas diferentes, algunos antes, otros luego, convirtiéndolos únicamente en fragmentos de videos que alimentan el morbo de la gente.

A pesar de su naturaleza tranquila y cándida, mi padre era quien se encargaba de supervisar que aprendiera de la forma correcta, no tenía tapujo alguno a la hora de enseñarme qué puntos débiles del cuerpo humano debería atacar si necesitaba defenderme, o cómo sobrellevar una pelea con un oponente que físicamente fuese más dotado que yo.

Recuerdo que mi tío solía decir que, después de cierto incidente, mi padre fue en contra de sus principios y se dedicó a instruirle a él y al resto de la futura araña lo que sabía, por lo que siempre supuse que, muy a su pesar, me estaba educando de la manera que más le desagradaba.

Si lo miro en retrospectiva, tenía todos los fundamentos para sentir repulsión hacia lo que su conocimiento forjaba, porque incluso aunque mi familia comentaba vérselo venir, al ser yo una mente tan joven e inmadura, muchas de las enseñanzas que recibí las comencé a utilizar lejos del ámbito de la defensa personal, más bien para conseguir lo que quería, y terminé intimidando a muchos en el proceso.

Recibía regaño tras regaño, los típicos sermones que podrían verse en una película de super héroes, aburridos e insulsos a mi joven parecer, llenos de hipocresía a la vez, porque de todos modos <<¿Cómo es que quienes incentivan un grupo ilegal tienen el coraje de reprender lo que predican?>>.

Mis días de infancia temprana se la pasaron en esa absurda monotonía, hasta que un día, a mi tierna edad de 7 años, arribó a la ciudad un acontecimiento que cimentó las bases de la reputación del ryodan:

En una noche, desapareció un grupo de 6 niños, menores a los 10 años y de sexo indiscriminado, cosa que, en realidad no era algo poco común, no obstante, la araña, que apenas había sido formada, decidiría tomar cartas en el asunto de una vez por todas.

Por lo que se había podido investigar, una nueva banda de traficantes de niños estaba merodeando cerca de la ciudad, y al parecer, se les hizo fácil llevarse a los pequeños que jugueteaban a las afueras sin supervisión alguna. Siguiendo ese mismo patrón, el ryodan decidió que yo sería una buena carnada, jugosa por mi condición, enviándome así a uno de los basureros circundantes para atraer a los desdichados.

Mi actuación era sencilla, estaría recogiendo chatarra de aquí a allá, tropezándome un poco para verme más vulnerable, y no habría nadie alrededor mío, aparentemente. La presa no tardó en morder el cebo, apareciendo un hombre grande y algo gordo que se acercó a mí con voz amistosa.

— Hola, pequeñita ¿Qué haces por aquí tan sola? ¿No te han advertido tus padres que están desapareciendo niños como tú últimamente? - aunque tratase de ser silencioso, podía escuchar como iba sacando lentamente una soga de su equipamiento de secuestrador -

— Sí, pero no creo que haya problema alguno - con una de las botellas rotas que había recogido antes, corte de un solo movimiento la cuerda que tenía en sus manos - usted no es una mala persona ¿verdad?

— ¿Quieres apostar? - soltó una leve carcajada y silbó, saliendo de todos lados sus secuaces - algunos niños son algo rudos por aquí, pero nada que no se pueda manejar.

Entre todos, se lanzaron a atacarme; los esquivaba o golpeaba ocasionalmente para mantenernos alejados, y admito que comenzaba a impacientarme la tenacidad de los adversarios, claramente, no eran tipos cualquiera; de un momento a otro, mi instinto de supervivencia se apoderó de mis reflejos y logré esquivar, a rajatabla, una bala que rozó mi mejilla derecha.

— ¡¿Qué demonios estás haciendo?! - gritó uno de ellos - ¡No podemos llevarla muerta!

— ¡Silencio! si al menos no puede caminar será más fácil, la maldita mocosa es más hábil de lo que parece; si nos demoramos más tiempo aquí, llamará la atención de los demás ciudadanos de esta pocilga y...

Antes de que pudiera terminar de hablar, un solo movimiento cayó su voz para siempre; solo se escuchó un ruido seco, producto de algo que caía con brusquedad contra el suelo, como muestra de la separación inminente producida en su cuello.

— Es una lástima, ya tardaron mucho - dijo mi tío acercándose hacia mi y cargándome en sus brazos, por un breve momento, pude sentir que temblaba, más no tardó en calmarse - Machi, no los elimines a todos, necesitamos a uno de ellos vivo para dar con los niños.

— Entendido - respondió la peli rosada, quien con algunos extraños hilos cumplía con su trabajo con facilidad -

— ¿Qué son esos hilos, tío? son mucho más fuertes que otras armas que haya visto - increpé. Lo sentí sorprendido por un instante, como si no esperase que notara lo que ocurría -

— Hablaremos de eso con más calma más tarde - se limitó a decir, con cierta alegría en su tono de voz - por ahora solo te dejaré de tarea que pongas atención a lo que haremos, dependiendo de tu respuesta puedo enseñarte o no ¿Entendido?

Y como si se tratase de un juego de niños, escuché y percibí atentamente, llena de emoción, lo que ocurría a mi alrededor, hasta que solo quedó un único superviviente que llevaron hacia un sitio recóndito de la ciudad; no estuve presente en el “amigable” interrogatorio que experimentó, pero al cabo de media hora, me indicaron que fuera con el hombre, y ellos volverían a seguirme.

Me ataron como si realmente estuviera secuestrada, dentro de una bolsa y al hombro de aquel tipo que solo andaba todavía debido a lo que podía entender y percibir que era obra de algún tipo de control por parte de Shalnark.

En una hora, llegué a un refugio improvisado, en donde fui depositada como mercancía y escuchaba la típica conversación en la que negociaban mi precio y otras cosas. Allí, sentí la presencia de los niños desaparecidos, al parecer, todavía no habían conseguido contacto con el comprador y los tenían guardados hasta que viniesen por ellos. La situación nos fue de maravilla a la araña y a mí, los “adultos” se encargaron de limpiar el lugar de la existencia de esas personas, mientras mi trabajo consistía en guiar a los demás niños a un sitio seguro.

— Pero qué... - se escuchaban murmullos de sorpresa y desconcierto entre los habitantes cuando regresamos de nuevo a la ciudad -

— ¿Qué fue lo que sucedió...? ¿Cómo hallaron a los niños? - se acercó a nosotros lo que parecía ser una especie de alcalde -

— De ahora en adelante, la escoria temblará, lo pensarán dos veces antes de acercarse a ciudad meteoro. Vamos a rediseñar esta ciudad - y dicho esto, lo que quedaba de los secuestradores se izó cual bandera por la ciudad, como un recordatorio de la promesa de la araña, y como una advertencia a futuro -

A partir de ese momento, la araña comenzaría a movilizarse incluso por fuera de ciudad meteoro, haciendo que hasta la mafia pusiera sus ojos en ellos, luego, la asociación de cazadores, y por último, el nombre de ese grupo criminal comenzaría a tener renombre por todo el mundo, inclusive con las personas del común, transmitiendo sus fechorías como una leyenda urbana.