Capítulo 1
En la Academia de Aurores había una máxima en cuanto a la relación entre los alumnos: ningún problema se soluciona peleando con magia. ¿Absurdo? bueno, en un lugar lleno de magos jóvenes, con las hormonas a tope y la mano de la varita muy suelta, era conveniente prevenir maldiciones y otros accidentes mágicos. Pero claro, la violencia estaba igualmente presente, en forma de puñetazos.
Sirius pasaba por la puerta del gimnasio que usaban los de segundo año cuando escuchó jaleo en el vestuario. Por lo general, no intervenía en estos casos. Desde el final de la guerra había abundancia de peleas y estaba aburrido de separar niñatos que peleaban porque alguien había insultado al padre o hermano o abuelo mortífago de alguien. O porque alguien acusaba a alguien de haber sido un cobarde durante la guerra por no participar en la Batalla. O simplemente por una mala mirada, un insulto en voz baja o un roce durante la clase de duelos.
Con un suspiro, atravesó la puerta del gimnasio y cruzó con calma hasta el vestuario. No sacó la varita, ya le habían apercibido desde la dirección dos veces por hechizarles el culo a los malditos niños. Aunque se arrepintió en cuanto entró y vio a los dos enzarzados a golpes. De entre todos los niñatos, tenían que ser su ahijado y el hijo de Lucius Malfoy.
Golpeó fuerte la puerta contra la pared, consiguiendo que el público que jaleaba a los dos púgiles callara un momento y le prestara atención. En el silencio, la respiración pesada de Harry y los puñetazos de Malfoy, a horcajadas sobre él, resonaban de un modo desagradable, haciendo eco en las paredes de baldosa.
— Todo el mundo fuera, ya —dijo, con voz contenida.
Malfoy le ignoró, o simplemente no le escuchó en medio de su frenesí de violencia, así que se dirigió hacia él con decisión y le rodeó el cuello con la mano, cortándole la respiración para obligarle a parar y ponerse de pie.
— Ron, llévate a Harry a la enfermería —ordenó, sin apartar la mirada de la Malfoy, que estaba empezando a ponerse morado — Ahora.
En el momento que la puerta se cerró tras la pareja, el alto pelirrojo sujetando a su compañero, liberó el cuello del muchacho. Los ojos grises, tan Black como los suyos, le miraron altivos desde el rostro que se descongestionaba despacio.
— ¿Qué cojones pasa contigo, Malfoy?
— No te importa una mierda, Black —respondió con voz ronca— . No veo que le cojas a él del cuello cuando es el que golpea.
Sirius caminó hasta pegar el pecho al de su alumno.
— Cuidado con el tono, chaval.
— No te tengo miedo —le respondió, un poco de chulería Black asomando.
— Pues deberías. Y ahora metete en la ducha de una puta vez antes de que sea yo el que te parta la cara —gruñó.
Draco sacó de la taquilla las cosas de aseo y se encaminó a la ducha, golpeando con fuerza la puerta, el sonido del metal haciendo eco en las baldosas.
Al salir de la ducha, con la toalla enrollada en la cintura, tuvo que limpiar de vaho uno de los espejos para poder peinarse. Entonces lo vio, clarísimo en su blanco cuello, el cardenal, la marca de la mano que casi lo asfixia. Lo acarició con la punta de los dedos. Gimió, cerrando los ojos y apoyándose con la otra mano en el lavabo. Era una suerte que hubiera podido escaparse de su instructor sin que se diera cuenta del efecto que había tenido en su polla el que le agarrara del cuello. Y casi le matara. Merlín, era un puto pervertido, se dijo a sí mismo, apretando un poco más sus dedos sobre el morado.
Apretó la entrepierna contra el mármol del lavabo. Gimió un poco más al sentir el roce de la felpa de la toalla contra su pene. Se había masturbado como un loco en la ducha, dos veces, y aún así volvía a estar duro. Ese moratón iba a darle material para muchas pajas a lo largo de la semana.
La mezcla entre el dolor, la sensación de sometimiento y la falta de aire había encendido una mecha. Nunca se había visto a sí mismo como un hombre de disfrutar con el dolor, aunque no podía negar que le gustaba que el sexo fuera duro y amanecer con alguna marca. Mordeduras, las impresiones de unos dedos en las caderas, incluso alguna palmada fuerte en el trastero. Su polla vibró bajo la toalla al recordar un polvo especialmente duro en esas mismas duchas, y la apretó con fuerza contra el lavabo.
Comenzó a moverse con fuerza, colocando su propia mano sobre la marca en su garganta y dando ligeros apretones acompasados con los movimientos de su cadera. Y el rostro de Black mientras le cogía del cuello... lo había visto, había visto una sombra de disfrute al doblegarlo.
Mantuvo los ojos cerrados, imaginando que era Black de nuevo el que le apretaba la garganta. Era jodidamente guapo, debajo de esa melena desastrada y los tatuajes, el hombre era duro. Esa era la palabra, todo músculo duro que lucía de vez en cuando. Solía darles clase de lucha muggle y se pavoneaba a menudo sin camiseta, el torso musculoso y brillante por el sudor. Esa imagen le hizo golpear más fuerte y apretar su propia garganta un poco más hasta correrse con un largo gemido, manchando la toalla blanca.
Una semana después el cardenal aún era visible en el cuello de Malfoy. Cada vez que lo veía en clase, Sirius sentía un pequeño resto de culpabilidad. Se había extralimitado, el muchacho tenía razón, era un uso excesivo de la fuerza con un alumno, algo que no haría con ningún otro seguramente. Maldito Malfoy, tenía la misma actitud de mierda que su padre y era agresivo como un Black, se pasaba la vida metido en peleas.
Y lo que no eran peleas. Lo había pillado un par de meses atrás en las duchas con un muchacho del tercer año, grande como un armario, que le estaba dando tan fuerte que desde la distancia se escuchaban los dientes de Malfoy chocando unos con otros. Le quedó claro que le gustaba rudo y que le importaba una mierda quien le viera.
No podía negar que la escena le había alterado un poco, que más de un día al meterse en la cama había rememorado esos pocos minutos de voyeurismo, los sonidos de los cuerpos húmedos al chocar, los gemidos ahogados de Malfoy y los dedos engarfiados del otro chico en sus blancas caderas, dejando seguramente marcas que tardarían en irse. Se había masturbado fuerte pensando en cómo sería agarrar esas caderas estrechas y golpear dentro de él con fuerza, que fueran sus marcas las que portara con el mismo orgullo que llevaba el cardenal del cuello.
La clase ese día era de lucha cuerpo a cuerpo. Mala idea, porque ver ese morado ya le ponía cachondo, así que trataba de evitar acercarse a Draco, pero claro, no iba a ponérselo fácil. Cuando quiso darse cuenta, estaba corrigiendo la postura del compañero de Malfoy en una llave mataleones. Muy mala idea, porque en cuanto alineó su cuerpo al del chico, él se pegó con un movimiento muy poco sutil. El espejo frente a él le mostró que, cuanto más apretaba la llave, más se abultaba la entrepierna del chico. Y la suya, pero no podía parar, no hasta que sintió que se quedaba inerte en sus brazos.
Horas más tarde no recordaría cómo había terminado la clase, ni tan siquiera como había regresado a su despacho. Pero su cuerpo traidor sí recordaba la expresión en la cara de Draco justo antes de desmayarse y la pequeña mancha que había aparecido en los pantalones grises de entrenamiento.
Así estaba, con los codos apoyados en la mesa y la cabeza entre las manos, cuando un golpe sutil en la puerta le alertó. Ni tan siquiera se levantó de la silla, se limitó a decir adelante, porque de pie el bulto no lo disimulaba ni la túnica más amplia.
Maldijo entre dientes cuando Malfoy entró en su despacho, cerrando con cuidado la puerta tras él, y se contoneó hasta dejarse caer en la silla frente a él. No dijo nada, no hacía falta, se limitó a acariciar con las puntas de los dedos el cardenal de su cuello y a sonreír con malicia.
— Márchate, Malfoy —graznó, los puños apretados sobre la mesa.
— Acompáñame hasta la puerta y me iré como un buen chico a mi habitación.
— Tu no has sido un buen chico en tu puta vida.
— Vamos, profesor Black, no hable así de la familia.
Gruñó, pero se puso en pie y se acercó a la silla para tomarle del brazo y acompañarle a la puerta. Pero Draco, sin dejar de sonreír, la bloqueó apoyando la espalda contra ella.
— Malfoy...
La mano del brazo libre de Draco se paseó desde el la marca morada hasta el duro pecho del profesor. Luego se paseó despacio hasta abajo, causando que los ojos de Sirius se quedaran colgados de los grises más claros, las cejas arqueadas por la sorpresa. Y siguió bajando y bajando hasta llegar a la parte que abultaba bajo la túnica.
— ¿Sí, profesor?
— Deberías quitar la mano antes de que te la arranque.
Con una sonrisa más oscura, Draco apretó la polla de su profesor, que saltó en respuesta. Notó que Sirius tensaba lla mandíbula, así que apretó de nuevo, esta vez incluyendo los testículos.
— Draco, basta — exigió con voz ronca, intentando echarse hacia atrás para que le liberara.
Pero el muchacho era fuerte, le agarró más, clavando ligeramente las uñas a través de la ropa en la carne inflamada, y se acercó hasta pegarse a él y hablarle al oído.
— Si quisieras realmente que parara, ya estaría en el pasillo camino de mi habitación, Sirius.
Quiso negar la acusación, pero Draco había pasado de apretar a masturbar sobre la túnica, y siguió hablándole al oído.
— Podrías haberme parado como hace una semana, cogiéndome del cuello, privándome de oxígeno. ¿Eso te pone? ¿Saber que has dejado una marca en mi cuello? ¿Quieres tocarla como hago yo? Me gusta acariciarla mientras me masturbo o mientras me meto dos dedos en el culo e imagino que eres tú follándome contra la pared mientras me sujetas del cuello.
— Bastaaaa —trató de exigir Sirius, pero en lugar de un gruñido le salió un largo gemido que causó una risita en su oído.
— Sé que quieres, veo como me miras. Y como se te pone dura.
Un intento de negar con la cabeza y un jadeo fueron las únicas respuestas que consiguió el profesor. Pero obviamente a Draco le dio igual, se puso de rodillas y con gestos calmos abrió la túnica y liberó la polla de Sirius, que le miró con ojos desorbitados justo antes de que se la metiera en la boca.
La mínima cordura de Black salió volando cuando el chico se la metió hasta la garganta y la dejó ahí unos segundos, mostrándole lo que le gustaba. Antes de darse cuenta, lo había sujetado del pelo y ahora era él quien susurraba palabras sucias.
— Te gusta que te ahoguen —movimiento brusco de cadera— ¿eso es lo que quieres, que te ahogue con mi polla?
Draco acertó a afirmar con la cabeza antes de que Sirius le agarrara más fuerte con una mano del pelo y con la otra del cuello morado y empezara un ritmo rápido, disfrutando de los gorgoteos y el enrojecimiento de la cara del chico.
Un golpe en la puerta detuvo el enloquecido vaivén.
— ¿Sirius?
Harry... era habitual que se pasara por su despacho a esa hora. Miró al demonio de rodillas en el suelo, haciendo ademán de liberarse, pero las manos de Draco se agarraron de su cadera, volviendo a metérsela hasta que su nariz se apoyó en el oscuro pelo pubico y pudo escuchar claramente una arcada.
Maldijo entre dientes antes de volver a mover la cadera, causando una segunda arcada y luego otra, y otra. Una de las manos de Draco se soltó de su cadera y se perdió en su propia ropa la otra le dio un apretón en la mano que había apoyado en su hombro para que la volviera a poner en su cuello.
Los nudillos de Harry volvieron a sonar contra la madera. Un golpe de cadera especialmente violento hizo que los ojos de Draco se pusieran en blanco y sintió algo caliente en los tobillos antes de correrse duramente en su garganta.
Sirius pensaba que la estancia en Azkaban había acabado con muchas cosas en él, incluida la conciencia. Pero no, llevaba tres noches sin apenas dormir, en cuanto cerraba los ojos escuchaba la voz del difunto Remus echándole una bronca monumental.
Lo que había hecho... Merlín lo iba a castigar haciendo que se le cayera la polla a trozos. Un alumno, había tenido sexo con un alumno que además era el hijo de su prima. Y el cabrón seguía pavoneándose por la Academia, mandándole sonrisas malvadas y acariciándose el cardenal casi desaparecido.
Al cuarto día caminaba por el pasillo hacia su despacho, arrastrando los pies y frotándose la frente, tratando de decidir si debía volársela o tomar una poción para el dolor de cabeza, cuando lo vio. En esta ocasión no se pavoneaba, de hecho la pareció que caminaba arrastrando una pierna, y tenía un ojo morado y la nariz inflamada. Con un gruñido, se acercó hasta él.
— ¿Qué cojones te ha pasado?
El muchacho se encogió cuando escuchó la voz furiosa junto a él. Se encogió, ese chico que parecía capaz de dominar el mundo. Suavizó el tono antes de volver a hablar.
— ¿Con quién te has peleado esta vez, Draco?
— No es asunto tuyo —contestó malhumorado, echando a andar pasillo abajo.
Masculló un “mierda”, seguido de otras coloridas palabrotas, y le siguió. Al llegar a la altura de su despacho, lo tomó del brazo y, sin darle ocasión a protestar, lo metió dentro.
— ¿Quién te ha dado una paliza?
— Déjame en paz, Black —le contestó, un resto de su habitual chulería saliendo a flote mientras caminaba hacia la puerta.
Murmuró un hechizo para cerrar la puerta antes de sentarse en su sillón.
— Abre la jodida puerta.
— Cuando contestes a mis preguntas.
Draco apretó la mandíbula y le miró con la barbilla levantada. Era toda la pose que podía poner de rebelde, porque le dolía la cara y tenía al menos dos costillas rotas.
— Malinterpreté las señales de un tipo.
— Tendrás que explicarte mejor.
— Invité a alguién a follarme y en lugar de eso me dio una paliza.
Se hizo un silencio, tenso e incómodo, ni siquiera se miraban. Tras cinco minutos, Sirius tiró de madurez y decidió ser un adulto responsable.
— Voy a curarte.
— Puedo hacerlo yo mismo.
— ¿Y por qué no lo has hecho?
Draco apretó los labios y miró con obstinación la pared.
— Draco, ¿por qué no has ido a la enfermería o te has curado tú mismo?
— El sanador no cura a los que se pelean. Y perdí mi varita en el forcejeo.
Sacó la varita y comenzó por la nariz rota.
— ¿Y tu compañero de habitación?
— ¿Qué pasa con él?
— Podrías haberle pedido que te curara —comentó con el ceño fruncido mientras curaba el ojo morado.
— Cree que soy una puta y seguramente me lo merecía.
— Se puede ir a la mierda. Si el tipo no quería nada, bastaba un no. Enséñame las manos.
Draco lo miró un minuto en silencio antes de extender las manos llenas de magulladuras. Sirius siguió curando sin relajar el ceño.
— No necesitas hacer esto para follar, Black.
Levantó los ojos y le sostuvo la mirada antes de enderezarse.
— No seas gilipollas, Malfoy.
El chico cerró un momento los ojos y relajó los hombros. Por un momento vio al chaval de 21 años, el que había pasado un calvario durante la guerra, viviendo en la misma casa que el maldito Voldemort.
— Si follar es tu manera de celebrar que sigues vivo, hazlo. Eso no te convierte en una puta, te convierte en un superviviente, y creeme, sé algo de eso —le dijo bajo, curando la última magulladura—. Ahora ábrete la túnica, voy a curarte las costillas. Y no, no quiero follar, olvídate —le amonestó cuando Draco abrió la boca para decir algo, avisado por el brillo travieso de sus ojos.
La academia cerraba por Pascua. Incluso el internado de los alumnos, todo el mundo debía marcharse a casa. Sirius salió con la bolsa al hombro de su despacho y bajó al gimnasio a asegurarse de que todo estaba en orden, tenía el pálpito de que olvidaba algo. O quizá estaba demorando el llegar a casa. Esa maldita casa, llena de recuerdos infames y oscuridad. Y sin Harry, que había preferido pasar las vacaciones con los Weasley.
Bufó al abrir la puerta del recinto y ver que las luces del vestuario estaban encendidas. Cuando se asomó por la puerta, lo primero que escuchó fue el ruido de la ducha y tuvo un dejavú. Deseó con fuerza no volver a encontrarse la misma imagen que la última vez, llevaba semanas luchando consigo mismo por sacar de su cabeza todo lo que concernía a Draco y el sexo.
Cuando lo vio, la cabeza gacha bajo el agua, soltó el aire. Estaba solo.
— ¿Qué cojones haces aún aquí, Malfoy? —le ladró—. Ya deberías estar en tu casa.
El muchcacho no le contestó, pero apagó el grifo. Salió de la ducha sin mirarle, envolviéndose en la toalla, y pasó por delante de él de camino a su taquilla.
— Las chimeneas ya las han cerrado —avisó Sirius, revisando su reloj.— Tendrás que salir a los puntos de aparición.
— Da igual.
Entonces se dio cuenta. Fue algo en su tono plano o en su postura abatida.
— ¿Dónde vas a pasar las vacaciones, Draco?
No le contestó, se limitó a cerrar la puerta de la taquilla y sentarse para atarse los cordones de las botas.
— Te he hecho una pregunta.
— Tú y tu puta manía de meterte donde nadie te llama, Black —masculló Draco entre dientes, sin mirarle—. En un hotel.
Sirius le miró unos minutos, con los brazos cruzados sobre el pecho.
— Mientes.
Los ojos gris claro se alzaron, llenos de ira.
— ¿Y a ti qué cojones te importa qué hago yo en vacaciones?
— ¿Por qué no vas a casa?
— ¡¡¡Porque mi padre no quiere verme!!! ¿Contento?
— ¿Y a casa de un amigo?
— ¿Qué amigos? ¿los que murieron en la guerra? ¿los que no me hablan por acabar cambiando de bando? no sabes una puta mierda de mi vida, Sirius. Déjame en paz y vete a casa con Potter.
— Ven a mi casa.
Nada más dejar salir las palabras, se arrepintió. ¿En qué coño estaba pensando?
— ¿A tu casa? ¿con Potter? estás más sonado de lo que pensaba —le contestó, levantándose del banco para ir a peinarse.
— Harry se va con los Weasley. La casa es grande, ni siquiera tienes que verme si no quieres, pero es la casa de tus antepasados. Y apuesto que no puedes pagar un hotel —adivinó, mirando la ropa sencilla que llevaba puesta.
Cuando se aparecieron en el vestíbulo de la casa Black, lo primero que pensó Draco fue que era tan lúgubre como recordaba de su niñez, cuando acompañaba a su madre a visitar a la madre de Sirius. Lo segundo fue “¿Cómo mierda he acabado aquí?“. Ese hombre conseguía fundirle las neuronas, no sabía si era su voz ronca o su olor a tabaco, o simplemente la forma en que le miraba. Que lamentable era, estaba muy colgado de un tío que estaba claro que no volvería a tocarle ni con un palo, pero al cabrón le había dado por ponerse paternal y cuidarle. Draco sabía que estaba falto de cariño y cansado de cuidarse solo, pero joder, Sirius Black era la peor elección del mundo.
— Te enseñaré tu habitación —le dijo, señalando la escalera oscura.
Caminaron uno junto al otro en silencio. Al llegar a la segunda planta, abrió la primera puerta junto a la escalera.
— Esta tiene baño propio. La mía está en el piso de abajo. Cuando te hayas instalado baja si quieres, la cocina está en la planta baja.
Y se fue, sin mirarle, cerrando la puerta tras él. Se dejó caer en la cama y miró al techo. No bajaría. Se quedaría allí esa noche y a la mañana siguiente saldría a buscar un sitio donde pasar las vacaciones.
Se despertó unas horas más tarde, todavía vestido sobre la cama. Un poderoso rugido en sus tripas le informó de que lo que le había despertado era el hambre, se había saltado la cena. Se incorporó y, varita en mano, bajó las crujientes escaleras, despacio. Cada sombra en esa maldita casa le parecía amenazante. Al pasar por el vestíbulo, vio luz bajo la puerta que sabía que era de la biblioteca. No lo pensó, simplemente caminó y abrió la puerta con cuidado. Allí, sentado frente a una ornamentada chimenea y rodeado de libros estaba su anfitrión, con un vaso en la mano y mirando una gran fotografia enmarcada que colgaba sobre la chimenea. Tuvo que mirarlo dos veces para reconocer a las personas en él: el moreno con gafas y aire de comerse el mundo era sin duda Potter padre, el parecido físico lo hacía inconfundible; a su lado una versión joven y sonriente del profesor Lupin le pasaba un brazo por los hombros a un Sirius Black que le miraba con ojos enamorados.
Con cuidado volvió a cerrar la puerta y giró sobre sus talones, dirigiéndose de nuevo a su habitación. ¿Cómo lo había olvidado? Había escuchado la historia de labios de su tía, la mismísima asesina de Remus Lupin. Durante el enfrentamiento en el ministerio, Bellatrix había intentado asesinar a su primo, pero Lupin se había interpuesto en el último momento y caído a través del velo. La psicopata de su tía lo contaba riendo, burlándose de los gritos de dolor de Sirius, que quería seguir a su pareja mientras Potter lo sujetaba.
Volvió a encoger su bolsa y se la guardó en el bolsillo. Busco polvos flu en la repisa de la chimenea, pero nada. Decidió bajar las escaleras y salir por la puerta para desaparecerse a donde fuera. Cuando ya tenía la mano en el pomo de la puerta, la voz ronca a sus espaldas le hizo apretar los ojos con fuerza.
— ¿Dónde vas, Draco?
— Afuera.
— Eso ya lo veo. Son las dos de la mañana.
No se giró, siguió mirando la oscura madera, la mano aún en el pomo.
— Necesito salir... no, no ha sido buena idea.
— No seas idiota. Es tarde, vuelve arriba y duerme, mañana podrás irte a donde quieras.
Giró el pomo igualmente. El olor a tabaco y brandy y esa maldita voz ronca, necesitaba aire fresco.
— Draco, aquí estas a salvo.
Esas pocas palabras le cortocircuitaron el cerebro.
— ¡Deja de hacer eso! no te he pedido que me cuides, joder. No soy tu maldito ahijado, no necesito otro padre —le gritó, girándose por fin y empujándolo para volver a subir las escaleras.
— Deja a Harry fuera de esto.
— ¿De qué, Sirius? ¿De qué mierda quieres que lo deje fuera? ¿Qué cojones hago aquí?
— Irte a dormir es una buena idea ahora mismo —le contestó con un gruñido bajo.
— ¿Para qué puedas volver a la biblioteca? ¿A lamentarte por los muertos?
— Vete a dormir, Draco, o lárgate, pero deja a mis muertos en paz —le gritó por fin, con los puños apretados.
— ¿Qué diría él, Sirius? ¿Qué le parecería al perfecto profesor que andases por ahí con ganas de follarte al sobrino de su asesina?
— ¡¡¡Cállate, joder!!! —le gritó, dando un puñetazo a la pared más cercana.
El instinto de supervivencia actuó por una vez y Draco cerró la boca. Sorprendido, vio a Sirius ser sustituido por un gran perro negro que desapareció por la puerta de la biblioteca. Con el corazón acelerado y la adrenalina a tope subió las escaleras y se encerró en su habitación.
Cuando despertó horas después, lo primero que hizo fue avergonzarse por lo que había hecho la noche anterior. Se estaba comportando como un niñato celoso sin ningún motivo. Se levantó de un salto y se metió en la ducha, dispuesto a bajar en busca de Sirius y disculparse.
Quince minutos después estaba entrando en la cocina. El desayuno estaba sobre la mesa y olía increíble, haciendo sus tripas rugir de nuevo, pero allí solo había un viejo elfo que trasteaba en el fregadero murmurando entre dientes.
— Buenos días.
La criatura se giró, los ojos saltones iluminados.
— El señorito Draco ya está despierto. Kreacher le ha preparado un buen desayuno porque ayer no cenó.
— Gracias Kreacher, pero necesito hablar primero con tu amo, ¿sabes dónde está?
Al elfo le cambió la cara y apenas contuvo una mueca de desprecio.
— En la biblioteca.
Draco salió de la cocina, preguntándose si habría pasado la noche allí. Justo al ir a abrir la puerta, lo escuchó.
— Me siento un mierda, Remus. Ese chico... me tiene la cabeza trastornada. Ya, ya lo sé, de normal mi cabeza ya no está muy centrada.
Estaba borracho, como una cuba, se trababa con las palabras, y Draco sospechaba que hacía falta mucho licor para tumbar a un hombre como ese.
— Pensaba que podía hacerlo, ¿sabes? borrarlo, sacármelo de dentro, solo fue una mamada, por Godric. Pero no es tan fácil. Quiero follármelo, Remus, no puedo pensar en otra cosa. Lo jodido es que no sé si seré capaz de dejarlo ir después. Y solo es un crío y yo un maldito hijo de puta que está muerto por dentro.
A Draco se le puso toda la piel de gallina. Quería entrar y gritarle que él también quería follar con él hasta la extenuación, y que dejara de verlo como a un crío. Y que quizá, solo quizá, podrían resucitarse el uno al otro. En lugar de hacer lo que su estúpido corazón le gritaba, dio media vuelta y volvió a desayunar a la cocina.
A la hora de la comida ya no pudo aguantar más y entró con decisión en la biblioteca. Abrió las ventanas, porque el lugar olía a humo y alcohol como un bar de mala muerte, y se inclinó sobre el hombre inconsciente tirado en la alfombra ante la chimenea. Tomó aire y le sacudió por el hombro.
— Sirius.
Un montón de gruñidos y palabras ininteligibles salieron de la boca del hombre, pero no abrió los ojos.
—Sirius, tienes que levantarte. Necesitas una ducha y comer algo.
— Lárgate.
— Vamos, hombre. Abre los ojos.
Un ojo gris, legañoso e inflamado, hizo un esfuerzo por abrirse.
— Tengo poción para la resaca, —Le enseñó el vial que llevaba en el bolsillo— pero necesitas espabilarte un poco primero.
Apoyó un codo con esfuerzo para intentar incorporarse, hasta que Draco se apiadó de él y le ayudó a sentarse. Le tendió la poción abierta, que se tomó de un trago, y una taza de café.
— ¿Qué hora es? —consiguió articular tras media taza.
— Las dos. He pedido a Kreacher que se asegurara de que la comida no se enfriara. Por cierto, tu elfo me adora.
— Qué sorpresa —gruñó.
Se sentó en el sillón mientras lo veía acabarse la taza de café.
— ¿Qué miras?
— Tienes una pinta terrible.
Le contestó con una palabrota murmurada.
— Sirius ... yo, —Tomó aire— siento lo que te dije anoche. Soy un desagradecido.
Sirius hizó un gesto con la mano, echando lo de la noche anterior al olvido, y se agarró al sillón para ponerse en pie. Al estar erguido, todo se movió por un momento. Cerró los ojos un momento y al abrirlo el muchacho estaba junto a él, sujetándolo. No dijo nada, se dejó acompañar hasta su habitación.
— ¿Necesitas ayuda para meterte en la ducha?
Negó con la cabeza despacio.
— Te espero abajo entonces.
Pasaron el resto del día prácticamente en silencio, cada uno en un sofá del salón con un libro. El ambiente era más tranquilo y menos tenso de lo que cabía esperar siendo ellos dos. Tomaron el té, servido por un gruñón Kreacher, cada uno concentrado con su libro. A las siete de la tarde, Sirius se puso en pie y estiró la espalda.
— ¿Te apetece hacer algo?
Draco no pudo evitar una sonrisa malévola que le dejó claro que se le ocurrían algunas cosas interesantes.
— Draco...
— ¿Vamos a ignorar que los dos queremos follar? Podemos si quieres obviarlo, pero no se va a ir.
— Y yo pensaba que yo tenía el filtro roto...
El chico se puso en pie y se acercó, invadiendo su espacio personal con una expresión nueva en la cara.
— Dime ahora que eso no va a ocurrir y esta vez sí seré un buen chico y me iré a mi habitación a matarme a pajas a solas. Pero sé sincero conmigo y contigo. Tenemos una semana de vacaciones que podemos pasar cada uno sentado en un sillón con un libro, aguantándonos las ganas, o en la cama.
— No es una buena idea.
— ¿Por qué?
— Porque deberías juntarte con un chico de tu edad —respondió sin mirarle, sacando un cigarrillo—. Con Harry, por ejemplo.
— ¿Y eso a que mierda viene? —contestó más sorprendido que cabreado.
Dio una larga calada antes de soltar el humo hacia el techo.
— Estoy hasta los huevos de parar vuestras peleas. Seguramente si follarais entre vosotros yo viviría más en paz.
— ¿Y podrías follarte a otro alumno? —acusó apretando los dientes.
— Podría follarme a tu padre, que es más de mi edad — exhaló otra bocanada con chulería.
— Yo no veo que importa la edad para echar un polvo.
— Los dos sabemos que no va a ser uno solo.
— ¿Y?
— Joder, Draco. ¿Necesito explicarte todo lo que está mal en esta historia? —gruñó, dando otra larga calada antes de aplastar el cigarrillo en un horrible cenicero de cristal.
— Deberías. Explicámelo como si fuera un niño incapaz de tomar decisiones. Tengo veintiún años, Sirius, no quince. Hace tiempo que tomo mis propias decisiones y asumo las consecuencias. ¿Tanto te cuesta entender que quiera estar contigo?
Sirius se quedó callado un momento, con los labios apretados y los puños pretos, los tendones marcándose entre los tatuajes. Después lo soprendió cerrando la distancia entre ellos y agarrándolo de la nuca para besarle hasta dejarlo sin aire. En cuanto se repuso de la sorpresa levantó las manos para enterrarlas entre la larga melena y estirar ligeramente, ganándose un gruñido y un mordisco en el labio. Le dio igual, lo mantuvo bien sujeto y lo besó con todas sus ganas, con dientes, lengua y mucha saliva.
Soltó un largo gemido cuando Sirius liberó su boca y se dedicó a morder y chupar su garganta, dejando marcas a su paso, mientras le abría la camisa de botones a tirones. Reaccionó a un mordisco especialmente fuerte junto a la clavícula metiendo las manos bajo la camiseta negra de Black para arañarle la espalda. En respuesta, Sirius lo empujó contra el sillón que tenía detrás. Le dio la vuelta, quitándole la camisa destrozada, y atacó su espalda mientras forcejeaba con sus pantalones.
— Las manos en el respaldo —le gruñó mientras mordisqueaba su nuca.
Draco se limitó a obedecer, concentrado en los labios que recorrían sus hombros y luego comenzaban un lento descenso por su columna, acompañados de la lengua, dejando un rastro húmedo tras él mientras Sirius acaba de liberarle de los pantalones. Se removió, mostrando su desacuerdo porque los calzoncillos no los hubieran acompañado, pero recibió una sonora palmada en el trasero que dejó una sensación de picor y envió un corrientazo directo a sus testículos.
— Quieto. Si te mueves vuelvo a empezar desde arriba.
Gruñó, molesto, porque quería frotarse contra el respaldo del sillón y no le dejaban, y Sirius cumplió con su amenaza y volvió a subir a su nuca.
— Voy a follarte, Draco —le explicó entre mordisco y mordisco—. Así, contra este sillón, porque llevo días que solo puedo pensar en esa imagen que me describiste de ti mismo follándote con dos dedos mientras tocabas la marca que te hice en el cuello. Y tú vas a dejarme hacerlo sin moverte como un buen chico. ¿O necesito inmovilizarte?
Sirius supo la respuesta sin necesidad de escuchar el sí que el muchacho había murmurado. Lo vio sujetarse fuerte contra el respaldo del sillón y echar el fantástico culo, aun envuelto en calzoncillos negros, hacia atrás.
— ¿Eso quieres? ¿mis marcas en tu cuello? Contéstame Draco —le exigió mientras le bajaba los calzoncillos y dejaba un gran chupón entre los omoplatos.
— Quiero ver toda la semana las huellas de tus dedos en mi garganta —le contestó por fin entre jadeos.
Sin paciencia para quitarse su propia ropa, directamente tomó su varita de su bolsillo y murmuró un hechizo para desnudarse. Y otro lubricante. Sin parar de lamer y morder los hombros y el cuello de Draco, se pegó a él para que pudiera sentir el efecto que todo aquello estaba teniendo en su polla. Obediente, Draco no se movió, pero gimió sonoramente cuando un dedo entró en él con brusquedad.
— Sé que te gusta brusco —le murmuró, moviendo profundamente el dedo, sintiendo como el interior del rubio se abría para amoldarse a él—. Pero necesito confiar en que me vas a avisar si es excesivo. ¿Puedo confiar en tí, Draco?
— Puedes.
Tomó una de las manos blancas y finas que agarraban con fuerza el viejo sillón y puso su mano izquierda debajo.
— Aprieta mi mano si necesitas parar, ¿sí?
Un largo sí le contestó cuando palmeó el terso trasero, dejando una roja marca. Introdujo igual de bruscamente un segundo dedo, causando un jadeo en su compañero, que se convirtió en un gemido y un gruñido cuando giró la muñeca y dio con la próstata. Siguió siendo brusco, sabiendo por la tensión de la espalda ante él que Draco estaba muy cerca de correrse. Murmuró un hechizo de contención e introdujo el tercer dedo, impidiendo el orgasmo. Esperó lo justo para moverlos en su interior y sentir que los músculos se relajaban antes de sacarlos y alinearse a sí mismo contra el agujero que pulsaba, llamándole.
Un sonoro gruñido salió de su garganta mientras se introducía en el estrecho calor, sujetando a Draco de la cadera con fuerza. Un breve apretón en la mano le hizo detenerse y preguntar entre jadeos.
— ¿Qué necesitas?
— Quita el hechizo y muévete, por favor, necesito...
Obedeció, quitando el hechizo a la vez que se hundía de golpe hasta el fondo, causando que un aullido saliera de la joven garganta. Golpeó con fuerza, empujando a Draco contra el respaldo del sillón, mientras la mano libre se apoyaba en el blanco cuello, ahora lleno de marcas de chupones y mordiscos. Apretó despacio, a la par que aumentaba la velocidad. Sintió como el interior de Draco se estremecía en cada empujón, apretándole cada vez más, como un torno.
La mano de Draco apretó ligeramente la suya cuando su recto se tensó alrededor de su polla e inmediatamente aflojó la mano, escuchando satisfecho un ronco quejido a la par que ambos se corrían brutalmente.
Abrazó a Draco con cuidado antes de comenzar a salir despacio de él, consciente de que a ambos les temblaban un poco las piernas. La visión de un hilillo de su esperma saliendo del irritado agujero consiguió que su polla diera un pequeño brinco, pero lo ignoró. Sin decirle nada, ayudó a Draco a caminar hasta el sofá y a sentarse. Después se acercó a sus pantalones, tirados a unos metros, para tomar el paquete de tabaco y sentarse junto al chico. La culpabilidad comenzó a arañarle el estómago en cuanto lo miró dos veces. Tenía los ojos cerrados y aún respiraba con dificultad mientras se aariciaba el cuello. No había apretado tanto como la primera vez, pero sin duda en unas horas las marcas de sus dedos serían perfectamente visibles.
— ¿Estás bien? —preguntó bajo mientras encendía un cigarrillo, más por tener las manos ocupadas que por verdaderas ganas de fumar.
Draco abrió los ojos y se incorporó un poco para mirarle. Esbozó una sonrisa y le robó el cigarrillo, dando una larga y sensual calada antes de contestar.
— Muy bien. ¿Tú estás bien? tienes cara de remordimiento.
No contestó, se limitó a encender otro cigarro y apartar la vista del pálido cuello.
— Sirius, yo también quiero confiar en ti. Y en que me vas a decir “no” si te agobia hacerlo.
— Me asusta perder el control y hacerte daño.
Malfoy dejó el cigarrillo en el cenicero y se levantó con cuidado, sentándose a horcajadas sobre él. Le pasó los brazos tras el cuello y le besó despacio.
— No lo vas a hacer —murmuró sobre sus labios.
— No hablo solo del sexo.
— Lo sé. Soy un Black también, fuerte, un superviviente, ¿recuerdas?
Asintió antes de besarle a su vez despacio, maravillado porque ese chico, ese hombre, estuviera depositando su confianza en él. Había perdido la esperanza de volver a desear ganarse la confianza y el respeto de otro hombre de esa manera. Respiró hondo, sintiendo que el aire comenzaba a llegar a sus pulmones con más fluidez, sintiendo que respiraba mejor y volvió a besarle.Empieza a escribir aquí...