PARTE I: CON EL AMANECER NACE EL DESTINO
Érase una vez, en un reino muy, muy lejano, del cual el nombre me he olvidado, vivía una princesa, una princesa encarcelada en un castillo. Desde lo más alto de la torre, una torre rodeada por espinas y enredaderas, ella se preguntaba: “¿Dónde están mis rosas? Mis preciosas rosas que mueren desangradas por la pasión. Mis hermosas rosas que me sonríen con el tintineo del rocío mañanero”. Tal eran sus suspiros que los pueblerinos que escuchaban sus lamentos temían que se quedara sin aire. Pero sus rosas habían desaparecido, se habían marchitado, se habían pulverizado con las llamaradas ardientes que salían de las fauces del monstruo verde. El monstruo verde, al cual no se le dio nombre por temor. El monstruo verde que apareció tres primaveras atrás buscando un nuevo hogar. Su llegada se anunció con los truenos y relámpagos de una implacable tormenta. Nunca ha sido avistado, solo se han intuido sus llamas, rugidos, el centelleo de sus escamas verdes y su sombra.
Pero todo cambió cuando los campesinos, desconsolados por cosechas perdidas e indignados contra el holgazán que se proclamaba rey, asaltaron el castillo. Sus gritos de guerra fueron oídos por los guardias, traídos por la brisa del atardecer, pero poco pudieron hacer contra un pueblo enfurecido. La princesa oía el sonido de metal golpeando metal, gritos, llantos. El caos se había desatado y lo único que lo pararía sería ella misma. Con la gracia nacida de la paciencia de sus rosas, la princesa apoyó sus delicadas manos sobre la puerta de roble macizo y la abrió con delicadeza, con suavidad y decisión. Los gritos cesaron, el sonido de las espadas y hachas cayendo al suelo retumbó entre las antiguas paredes de piedra. Todos la observaban. Todos la admiraban. Con la cabeza alta comenzó a caminar entre todo el caos hacia la salida, donde los últimos rayos del sol embellecían el reino desertado.
Los pueblerinos la siguieron, decididos a llevar a cabo su cometido. A llevar a cabo el sacrificio. Llamaron a la bestia:
¡Ven, ven, dragón!
¡Ven, ven y llévate mi temor!
¡Ven, ven, dragón!
¡Una doncella para tu honor!
¡Ven, ven, dragón!
¡Llévatela para saciar tu furor!
Los cánticos y súplicas seguían mientras guiaban a la princesa hacia la muralla, donde su tumba la esperaba, y donde su destino tomaría forma de dragón. La ataron a un pilar, despojándola de sus ricas joyas y largos ropajes, dejándola solo con una túnica blanca. Lo único que no le habían arrebatado era su dignidad. Si iba a ser sacrificada, sería por su propio honor.
¡Ven, ven, dragón!
¡No te conviertas en nuestra perdición!
¡Ven, ven, dragón!
¡Llévatela como bendición!
Un rugido retumbó entre los recovecos de la montaña y viajó a través de las rocas y piedras del castillo amurallado hasta llegar a los oídos del reino. El reino entero tembló bajo la fuerza del monstruo verde. Una ventisca se levantó de la nada, revolviendo los espíritus.
El dragón respondía a la llamada. Las nubes negras advirtieron de su presencia, traídas por los huracanes que se formaban con el batir de sus alas. Sus escamas se percibían entre las bolas de algodón y pronto la aterradora majestuosidad de su ser se hizo presente, descendiendo de los cielos como un mal augurio. Tenía una cola más larga que el río más extenso de todo el reino, adornada con espinas que le recorrían todo el cuerpo hasta llegar a la cabeza. Poseía garras grandes y afiladas, perfectas para desgarrar con fuerza a su presa, y creaban terremotos al posarse sobre el suelo. Sus ojos, notó la princesa, estaban fijados en ella, dorados como su cabello.
La princesa estaba petrificada. Había intentado mostrar valor, gracia y honor, pero la realidad era muy diferente. El monstruo era imponente, feroz y aterrador, a la vez que hermoso y elegante. Se movía con una gracia inusual en una bestia de sus dimensiones, y sus temibles ojos escondían una inteligencia mayor que la de un simple dragón. El monstruo resopló y gruñó, haciendo que el reino entero temblara y comenzaran a suplicar.
El dragón parecía impacientarse y se acercó un paso hacia la multitud, que estaba flanqueada por la princesa sacrificada. Su mirada no se apartaba de ella, incluso cuando los guardias del palacio se posicionaron en posición de ataque. No parecía inquieto ante la amenaza; su atención estaba únicamente centrada en su sacrificio.
La princesa respiraba aceleradamente, intentando evitar desmayarse como una simple doncella. Pero la impresión del majestuoso animal frente a ella era casi incontrolable, y sentía su cuerpo más ligero, como si su alma se hubiera separado de su cuerpo.
De entre la muchedumbre, un hombre coronado dio un paso al frente y se dirigió a la bestia, suplicando:
—¡Temible dragón! No te lleves a esta doncella, que muy apreciada es ella.
El dragón apartó la mirada de su princesa atada y giró su cabeza alargada y angular hacia el rey.
—¿Quién eres tú para dictar mis deseos? ¿Qué convierte este sacrificio en mi más preciado trofeo?
Su voz resonó en las cabezas de todos los presentes, provocando aullidos de terror.
—¡El sacrificio más preciado en la princesa se ha transformado! —anunció un pueblerino.
El mismo hombre que había gritado esas palabras desató a la princesa del poste y, con un fuerte empujón, la tiró al suelo, a los pies del monstruo. La princesa gritó por el impacto. Podía sentir un dolor agudo atravesando su tobillo y su hombro. Entonces, las lágrimas, que hasta el momento había conseguido contener, se desataron, junto con su miedo y desesperación.
El dragón levantó su cabeza, abriendo sus fauces con un crujido ominoso. De su garganta emergió un sonido gutural; primero, era como un arrullo distante que iba creciendo en intensidad hasta convertirse en un rugido atronador que desgarró el aire y estremeció el alma de todos los presentes. El rugido era un recordatorio, un eco de la escalofriante supremacía de la bestia. Era un grito de guerra.
Bajo tan solemne proclamación, el reino se arrodilló, suplicando, lamentándose, rogando piedad y perdón.
Con furia, la bestia desató su ira, expulsando humo negro y aturdiendo a los presentes. Aprovechando la situación, el dragón acercó su hocico a la princesa, olfateando sus heridas y demorándose en su cuello, inspirando su aroma natural. Con un gruñido, se apartó de ella, la rodeó con su larga escamosa cola, alzándola hasta posicionarla sobre su lomo.
Con otro rugido aterrador y de advertencia al reino, se elevó sobre las nubes de tormenta y, junto con ellas, desapareció en el horizonte, devolviendo al reino el sol y la luz.
El dragón atravesó los cielos hasta llegar al bosque encantado donde sus súbditos habitaban. Una montaña se elevaba entre la niebla y las nubes bajas hasta rozar el sol que comenzaba a desaparecer con el paso de las horas, el atardecer provocando una ilusión sobre el bosque.
La princesa, que dormía plácidamente, comenzó a despertarse. Se sentía acolchada y protegida sobre un soporte blando y cálido que la mecía hacia otro sueño. Pero el dolor de sus heridas la obligó a abrir los ojos. Lo primero que sus ojos pudieron descifrar fue que, a pesar de la oscuridad de las paredes rocosas, la luz era fuerte y luminosa, dejando todo el espacio al descubierto. Una cueva, una cueva repleta de tesoros, adornada con pilares de roca retorcidos y arcos naturales, como si fueran vestigios de un templo antiguo dedicado a la bestia. Pero ni los tesoros ni las otras maravillas fueron lo que encapsuló a la doncella. Fueron las velas que iluminaban la estancia, los muebles de piedra tallados a mano que se asemejaban a aquellos que adornaban el palacio y el lecho en el que se encontraba. Un lecho para un humano. Era grandioso, pero no del tamaño de un dragón tan imponente como el que la había secuestrado.
El sonido de alas batiendo la sobrecogió y dirigió su mirada a la gran obertura de la cueva hacia el exterior. Perdida entre las escarpadas rocas y envuelta en una neblina perpetua, la entrada de la cueva estaba flanqueada por estalactitas afiladas que colgaban como guardianes silenciosos. El aire alrededor de la cueva vibraba con una energía antigua y misteriosa, impregnada con el eco de leyendas olvidadas y susurros de tiempos de antaño. El dragón se acercaba con los últimos rayos del sol poniente. La princesa se levantó de la cama y agarró el candelero dorado que se encontraba sobre una mesa, empuñándolo como un arma y preparándose para defenderse contra el monstruo.
Pero no fue una bestia alada con dientes afilados lo que atravesó aquella neblina misteriosa, sino un hombre: robusto, alto. Su cabello ondulado del color de la tierra mojada le caía en cascada hasta los hombros. Con un semblante duro, solemne, angular, hermoso. Sus ojos eran dorados como los tesoros que recubrían cada rincón de la cueva, como el cabello de la princesa. Su cuerpo desnudo se movía con agilidad, gracia y la arrogancia de poseer el título de la criatura más poderosa que haya existido jamás. Su belleza era única, irreal, temerosa y gloriosa. Sus largas y fuertes piernas se movían en su dirección, sus ojos indicando sus intenciones. La princesa, cuyas heridas todavía no habían sanado, intentó alejarse de la imponente figura, pero nada más dar un paso hacia atrás comenzó a caerse. Cerró fuertemente los ojos esperando el impacto, pero en su lugar un par de brazos la rodearon por la cintura, evitando así su caída. La ayudó a erguirse, pero la princesa, asustada, se negó a abrir los ojos. El dragón frustrado soltó un gruñido y posó una de sus manos sobre su mejilla.
Eran cálidas, notó la princesa. Cálidas, fuertes y raspaban como si hiciera labor manual. Finalmente, accediendo a las demandas del dragón, abrió los ojos. La miraba intensamente, sus ojos observando cada trazo de su rostro, memorizándolo, adorándolo. Sus dedos acariciaban su delicada piel, rozándola como si del más preciado tesoro se tratase. Y así lo era. Porque desde el instante en que su aroma se apoderó de sus sentidos hasta impregnar su sangre, supo que sería suya. Supo que la convertiría en su reina.
La princesa pareció olvidar su temor inicial y se quedó ensimismada por la atención de aquel hombre que la miraba con tanto deseo. Pasando una mano detrás de sus rodillas, la levantó en sus brazos y la llevó hasta su lecho, hecho de la lana más esponjosa que la princesa jamás había apreciado. Posándola con delicadeza asombrosa, tendió a sus heridas. Aplicando un ungüento verde hecho de plantas medicinales sobre su tobillo y hombro antes de vendarlos con trozos de tela.
La princesa lo observaba atenta, atónita y ruborizada. ¿Era este dulce hombre aquella bestia despiadada? Su corazón no quería creerlo, pero las escamas que recorrían parte de sus brazos y torso eran indicios de que hombre y bestia compartían un único corazón. Sin pensarlo, cuando el hombre abandonó su tobillo para ocuparse de su hombro, aprovechó para palpar aquellas láminas de color verde que brillaban bajo la sombra de las llamas de las velas que recorrían la cueva. Fascinada, la princesa siguió el camino de las escamas hasta su cuello, sin percatarse de que el hombre se había detenido y estaba inmóvil, analizando sus reacciones y emociones.
Cuando comprendió la tensa atmósfera, la princesa retiró su mano, avergonzada por su atrevida reacción, pero el hombre agarró su mano deteniéndola y la atrajo hacia él hasta que sus labios se rozaban. Lo único que podía ver, oír, oler y sentir era él. Su corazón comenzó a latir descontroladamente y su respiración se entrecortó. Este hombre había atormentado durante años a su pueblo, debería querer alejarse de él, tenerle miedo. Pero había una inexplicable conexión entre ellos, algo que los unía y que venía de más allá del mundo físico. Pero no podía evitar pensar en todas las desgracias ocurridas por su causa, todo el dolor que había infringido en su reino. Todo el dolor.
Apartó la vista de su penetrante mirada. Odiándole por lo que había hecho y por hacerla sentir tantas contradicciones.
—La verdad no es la que creéis, escuchad y veréis —levantó su barbilla para que volviera su atención hacia él.