Capítulo 1
Gente borracha, bailes, gritos de victoria inundaban la cantina. Los soldados celebraban la victoria de la batalla que habían ganado.
Eren Jaeger, uno de los soldados, se levantó de su asiento y dirigió sus pasos hasta la barra del establecimiento. Al llegar a su destino, estiró su diestra y dio pequeños toques en el hombro de su amigo con su dedo índice.
—Armin —llamó en tono tranquilo.
—Oh, hola Eren —respondió él mientras intentaba evitar que un Connie ebrio se cayese al suelo.
—Quería decirte que ya me marcho a dormir; estoy cansado y toda esta gente ebria me está dando dolor de cabeza. —Se quejó el chico. —¿Estarás bien cuidando de Connie tú solo? Puedo ayudarte si quieres.
—¡No te preocupes! Estaré bien, tú ve a descansar. Lo necesitas después de todo. Mañana iré a visitarte —comentó Arlert con una sonrisa a lo que Eren asintió con la cabeza para después despedirse de su amigo.
Al llegar a la puerta, Eren cogió su chaqueta del perchero y salió a la calle. El cielo estaba oscuro, después de todo era de noche, hacía un poco de frío, por lo que no dudó en ponerse su chaqueta y tras soltar un suspiro pesado, comenzó a caminar a paso lento en dirección a su hogar.
A mitad de camino algo había llamado su atención, o mejor dicho, alguien. Un hombre con barriga salió de mal humor de un callejón abrochándose su cinturón mientras maldecía en un susurro;sus nudillos estaban ensangrentados. Es por eso que decidió hacer un pequeño alto en su camino y dirigirse hacia el callejón de donde salió aquel hombre tan desagradable para él.
Los ojos color esmeralda del joven se agrandaron en cuanto giró su rostro y vio a una chica con un vestido blanco bastante desgastado y rasgado. La joven estaba sentada en el suelo, mientras que su pecho se encontraba recostado sobre una caja de madera. Sus brazos y cabellera negra cubrían su rostro.
Jaeger no dudó en acercarse a la chica a paso lento. La sangre comenzó a hervir de enojo interno al ver que las piernas y brazos de la chica estaban heridas y amoratadas.
—Disculpa...—logró decir a lo que recibió una mirada por parte de la chica.
Aquellos ojos rasgados y grises hinchados de tanto llorar conmovieron al corazón del chico.
—Perdona.— Se disculpaba ella levantándose del suelo mientras limpiaba sus lágrimas.
Gracias a que la chica se puso de pie, Jaeger notó que su rostro había sido golpeado. Sin duda, cada segundo que pasaba y descubría algo nuevo, Eren se enfadaba aún más.
—El hombre que salió de aquí hace unos minutos...—
—Es un cliente—responde ella interrumpiendo al Jaeger.
Con esa corta y simple respuesta por parte de la fémina hizo que Eren entendiera todo en cuestión de segundos.
—Vivo cerca, si quieres puedes pasar la noche y... —Hizo una breve pausa, quitándose su chaqueta y colocando ésta sobre los hombros de la chica de cabello oscuro—. Esto te servirá para el frío. Vámonos —añadió agarrando la mano izquierda de la chica y guiarla hasta su hogar.
Al llegar a su hogar, Eren comenzó a iluminar la sala que correspondía al living.
—Mi nombre es Eren Jaeger aunque puedes llamarme Eren —se presentó dedicándole una sonrisa.
—Mikasa Ackerman —respondió ella en tono bajo, casi en un susurro.
—Es un nombre curioso, pero muy bonito al mismo tiempo —admitió él, era la primera vez que escuchaba un nombre tan exótico.
—Mi madre es japonesa y a mi padre le pareció bien ponerme un nombre asiático —informó para mirar al chico finalmente a sus ojos. —Entonces, ¿dónde lo vamos a hacer?
—¿Perdón? No entendí tu pregunta.—
—Me refiero al sexo, quiero saber dónde vamos a follar.
Los ojos del chico se agrandaron de sorpresa al escuchar las palabras ajenas. Segundos más tarde soltó una risa divertida.
—No vamos a follar, te traje a mi casa para curarte las heridas, no soy igual de asqueroso como los hombres que piensan que las mujeres solo existen para complacer sexualmente al hombre.
Los ojos grises de Mikasa comenzaron a brillar, era la primera vez que un hombre, que no era su padre, le trataba con amabilidad.
—Toma asiento mientras voy a buscar el botiquín, prometo no tardar. —
Mikasa asintió con la cabeza para tomar asiento en el sofá, tal y como había pedido el chico, mientras que él se dirigió al baño y del mueble sacó una caja blanca que era el botiquín médico.
Cuando Eren comenzó a curarla, ella se mantuvo en silencio y bastante quieta. Solo emitía un sonido y se movía solo cuando la herida escocía.
Después de unos minutos, Eren terminó de curar las heridas. Tras finalizar, el chico guardó el material usado, dejando solo los algodones que usó para desecharlos a la basura.
—Te haré una sopa para que entres en calor, tú puedes explorar la casa o ponerte cómoda.
—¿Puedo usar el baño? —Eren asintió señalando una puerta oscura cerrada localizada en el fondo del pasillo, ese era el cuarto de baño—. Gracias —agradeció ella en tono bajo dirigiéndose al lugar indicado por el chico.
Mikasa apoyó su cuerpo sobre la madera de la puerta en cuanto se encerró en el cuarto de baño. Llevó ambas manos a su rostro, el cual cubrió por completo. Sus lágrimas comenzaban a salir de sus ojos y recorrían sus mejillas. No podía evitar llorar, se sentía querida y socorrida, sin embargo, también tenía algo de miedo porque sentía que no se merecía tener un buen trato.
Ackerman no quería preocupar a su ángel de la guarda, por lo que intentó recomponerse de manera rápida. Para ello, se acercó al lavabo, abrió el grifo y se llenó las manos de agua para limpiar sus lágrimas y rostro. La chica sacudió sus manos y cuerpo con la intención de relajarse, incluso soltó un gran suspiro antes de abrir el pomo de la puerta.
—¿Todo bien?—preguntó Eren sonriendo mientras colocaba el bol de sopa y el vaso de agua sobre la mesa.
—Sí, todo está bien. Gracias —respondió ella con amabilidad tomando asiento.
—Ten cuidado, la sopa está recién hecha y es probable que queme un poco. Si quieres algo más no dudes en pedirlo —comentó el chico quien tomó asiento a su lado.
Mikasa no dudó en tomar la cuchara, coger algo de sopa y probarla, no sin antes soplar.
—¡Está deliciosa! —exclamó feliz hasta que sus ojos volvieron a brillar de felicidad. Eren, por su parte, no pudo evitar esbozar una amplia sonrisa, quedando orgulloso de su trabajo.
—Me alegro de que te guste.
«También me alegro de verte sonreír.» Pensó también Eren y es que desde que la ayudó no vio ese rostro de felicidad en la chica hasta este momento.
—Mikasa... ¿Puedo hacerte una pregunta muy personal?—
—Déjame adivinar, quieres saber por qué tengo este trabajo, ¿verdad? —Eren asintió con cierta timidez por ser descubierto enseguida.—Fui obligada.
Eren se quedó completamente en shock al escuchar aquella respuesta directa y sincera.
—Mis padres fueron asesinados cuando yo tenía nueve años por unos hombres que resultaron ser unos traficantes de personas, entonces… — A pesar de que Mikasa quería seguir relatando su historia, ella se cayó enseguida en cuanto Eren colocó su diestra delante de su rostro.
—No sigas, por favor, no quiero hacerte recordar el pasado que lamentablemente sigue en tu presente —pidió Eren. No era tonto, con esa corta explicación ya adivinó por sí mismo que vendieron a la chica y acabó siendo prostituida en contra de su voluntad. Tampoco podía negar que tenía ganas atroces de matar a todos los culpables.
—¿Puedo saber a lo que te dedicas? —Cuestionó Mikasa evadiendo el tema y evitando que el ambiente terminase bastante tenso.
—Soy soldado, es algo agotador, pero estar con mi amigo de la infancia minimiza un poco los problemas—reconoció él, soltando una risa nerviosa—. Eso sin contar que estoy muy pocas veces en casa. —Un pequeño puchero se hizo presente.
—Yo vivo en la habitación del burdel y a veces me gustaría salir de ahí, pero lastimosamente no puedo. Después de todo, nadie querría contratar a una prostituta—. Aunque lo dijo como si nada pasara, el rostro de la joven mostraba inmensa tristeza pidiendo ser liberada de su sufrimiento.
—Yo lo haría —confesó Eren, a lo que Mikasa le miró con sorpresa. — Si tuviese un negocio te contrataría sin dudarlo, es la única forma de poder ayudarte a vivir una segunda oportunidad.
Un silencio se hizo presente en la sala una vez que Eren terminó de hablar, ambos jóvenes estaban ligeramente sonrojados.
—Seguro que tienes sueño, te enseñaré tu habitación —habló el chico rompiendo el silencio y levantándose de su asiento. Ackerman asintió levemente con su cabeza antes de levantarse de la silla y seguirlo.
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A la mañana siguiente, Armin como de costumbre, estaba en la puerta de la casa de Eren. No dudó en golpear con su puño enseguida.
—¡Ya voy! —exclamó el Jaeger en alto, dirigiendo sus pasos hacia la entrada de su hogar.— ¡Armin, hola! —saludó en cuanto vio la figura de su amigo al abrir la puerta. Dicho aquello se retiró hacia la derecha para dejar entrar al rubio.
—¿Qué tal dormiste? Yo casi no pude pegar ojo porque tuve que llevar a Connie a su hogar a plena madrugada y él vive algo lejos —se quejó Arlert soltando un suspiro cansado.
—Buenos días—interrumpió Mikasa.
Los ojos azulados del mejor amigo de Eren se abrieron por completo. ¿Desde cuándo su amigo tenía novia? Y lo peor de todo, ¿por qué no se lo informó?
—E... Eren —tartamudeó el rubio—. ¿Por qué tienes una chica golpeada en tu casa?
—Es Mikasa —comentó Jaeger,guiando a su amigo hacia el lugar donde estaba la chica para que ambos se quedasen frente a frente y se viesen mejor—. Está aquí porque curé sus heridas, la encontré en un callejón y...
—¡¿Eres prostituta?! —habló Armin mirando a la chica con cierto temor—. Perdona, fui demasiado directo —añadió tranquilo disculpándose.
—Tranquilo, no me ofendió, yo también estoy sorprendida de que un hombre sea amable conmigo —confesó ella y Armin asintió con la cabeza mirando a continuación a su amigo.
—Espero que no digas nada en el cuartel, puedes meterte en problemas... probablemente.
Eren suspiró cansado.
—Me da igual lo que digan nuestros superiores.
Mikasa estaba demasiado tímida, no sabía cómo reaccionar ni qué decir exactamente.
—Tal vez debería de regresar al burdel, pero antes de irme... ¿Puedo saber dónde compraste las campánulas moradas que tienes en la mesita del living?
Eren sin decir palabra alguna, dejó a solas a Mikasa y Armin, el chico se había ido al living regresando segundos después con la maceta redonda de campánulas.
—Te las regalo.
—¿De verdad? —preguntó incrédula la chica.
—Por supuesto, después de todo son unas simples flores y seguro que en tu habitación quedan mejor.— Sonriente hablaba el Jaeger entregando las flores a Mikasa quien terminó aceptando aquel regalo.
—Muchas gracias y... — Hizo una breve pausa, mirando al rubio con una pequeña sonrisa—. Fue un placer conocerte —finalizó y terminó por salir de la casa del Jaeger.
Después de que Ackerman se marchase, ambos amigos optaron por no seguir hablando del tema y segundos después ellos también abandonaron el edificio y se dirigieron al cuartel militar.
La suerte le sonrió a Mikasa, nadie se había enterado de su ausencia ni su regreso al burdel. Al llegar a su habitación, colocó la maceta de campánulas sobre la cómoda que tenía debajo de la ventana; una sonrisa se dibujó en el rostro de la chica al ver aquellas flores que le recordaban a él, a Eren Jaeger aquel chico que le tendió la mano y le ayudó sin pensarlo.
—¿Ya estás despierta? —preguntó su superiora al abrir la puerta de su habitación y verla despierta. Mikasa se giró de cuerpo completo para ver a la mujer y asentir con la cabeza—. Ponte ropa limpia y oculta tus heridas, debes parecer impecable, no una mujer pobre y poco higiénica —añadió la mujer en tono grave antes de cerrar la puerta dando un gran portazo.
—Aquí nada es higiénico y soy pobre —se quejó la joven en un susurro para sí misma. Finalmente, decidió hacer caso a su superiora antes de que ésta regrese y la regañase por no hacerle caso.
Eren y Armin, al llegar al cuartel, hicieron fila para el recuento matutino. Algunos de sus compañeros todavía tenían la resaca de la noche anterior y se quejaban entre susurros sobre el dolor que tenían de cabeza. Después del recuento, comenzaron a repartirse por grupos las tareas de mantenimiento antes de empezar con el entrenamiento habitual.
Eren.
Eren.
—¡EREN! —exclamó en alto y con cierto enojo Jean, uno de sus compañeros que estuvo un buen rato llamando al chico, quien se quedó parado y embobado viendo unas campánulas moradas que había en el patio del campo militar.
Para suerte de Kirstein, Eren logró escucharle y eso lo comprobó gracias al sobresalto que dio el chico de ojos esmeralda.
—J... Jean, ¿qué haces aquí?
—Eso es lo que debería de preguntarte yo a ti, Eren —refunfuñó cruzando sus brazos—. Fuimos llamados para empezar a entrenar y tú llevas como dos minutos viendo esas estúpidas flores.
—Perdón, no te escuché. Enseguida voy —respondió en derrota el castaño.
Jean soltó un bufido comenzando a caminar hacia el pabellón de entrenamiento. Eren le siguió segundos más tarde después de mirar por última vez aquellas flores que le recordaban a Mikasa.
No solo Armin y Jean se habían dado cuenta de que Eren estaba bastante despistado, el resto de sus compañeros e incluso sus superiores se dieron cuenta. Sin embargo, Eren les había mentido diciéndoles que no había dormido muy bien. Por suerte, todos le creyeron.
No fue hasta la hora de comer cuando Eren les contó la verdad a Connie y Jean, la verdad de que sus pensamientos estaban en Mikasa.
—Haberte enamorado de una prostituta es un problema bastante serio —opinó Connie, llevándose un trozo de pan a la boca.
—Connie, no me enamoré de ella —respondió Jaeger con un leve rubor en sus mejillas mostrando timidez—. Solo quiero ayudarla, sacarle de ese mundo tan oscuro.
—Eso es peor todavía, estamos hablando del tráfico de personas y en eso no creo que podamos hacer nada —opinó Jean esta vez.
—Jean tiene razón, nosotros somos simples soldados y no seremos capaces de hacer gran cosa. — Aquellas palabras por parte de Armin causaron que Eren mirase a su amigo con una mirada que mostraba un sentimiento de haber sido traicionado.
—Ustedes digan lo que quieran, yo haré hasta lo imposible para sacar a Mikasa de ese lugar de porquería —bufó él comiendo con rudeza, estaba enfadado con sus amigos.
*𝙵𝚕𝚊𝚜𝚑𝚋𝚊𝚌𝚔*
Mikasa tenía nueve años cuando tres hombres que se dedicaban al tráfico de personas, interrumpieron la agradable mañana familiar de los Ackerman.
Mikasa y su madre estaban tejiendo mientras que su padre estaba pelando y cortando patatas para la comida.
El patriarca fue el primero en morir y es que el hombre, quien fue a abrir la puerta, recibió una puñalada en el estómago.
—Buenos días —saludó el hombre mostrando el cuchillo ensangrentado—. Si nos hacen caso no les ocurrirá nada malo —añadió mientras entraba lentamente al hogar.
La madre de Mikasa no dudó en abalanzarse a ellos con unas tijeras en mano a modo de defensa.
—¡Mikasa, huye! —gritó la mujer que se encontraba forcejeando con otro de los hombres que portaba un hacha.
La primogénita de los Ackerman Azumabito no logró huir y hacer caso así a su progenitora. Sus piernas temblaron de miedo y peor fue la sensación al ver como su madre, quien recibió un hachazo en su cuello, caía al suelo muriendo completamente en el acto.
El hombre que mató a su madre se acercó a ella y, sin dudarlo ni un segundo, le golpeó el rostro haciendo que ésta se desmayase de manera directa.
Cuando la pequeña niña volvió a recuperar la consciencia, se había percatado de que había sido vendida a un señor que le resultaba bastante desagradable. Aquel hombre le llevó a un edificio grande, por un momento pensó que el señor era un hombre rico; sin embargo, se equivocó. Al entrar al interior, Mikasa vio un sin fin de hombres y mujeres yendo de un lugar a otro, y también escuchaba gemidos.
—No te preocupes pequeña, aquí todos te querrán mucho. Ya lo verás. —Con una sonrisa habló el hombre que acariciaba con su índice de la mano izquierda la mejilla de la niña.
En ese momento, Mikasa deseó estar muerta.
*𝙵𝚕𝚊𝚜𝚑𝚋𝚊𝚌𝚔 𝙴𝚗𝚍*
Las lágrimas recorrían las mejillas de la Ackerman la cual estaba sentada en el borde de la cama. Siempre que recordaba el cómo llegó al burdel, no podía evitar llorar.
—Mikasa, ¿estás aquí? —dijo una voz dulce. La dueña de dicha voz abrió la puerta después de llamar a esta usando sus nudillos para golpear la madera.
Mikasa se levantó de un salto secándose las lágrimas rápidamente. Una sonrisa se hizo presente cuando vio a Kamali aquella chica de tez y cabello oscuro que la cuidó desde el primer momento como si fuese su hermana pequeña.
—Kamali, qué alegría verte —saludó Ackerman—. ¿Qué te trae por aquí? —añadió mostrando curiosidad.
—Vine a darte esto —informó, entregando a la azabache la carta que llevaba consigo.
Mikasa no dudó en aceptar dicho papel, el cual abrió y leyó de manera rápida, una sonrisa se dibujó en su rostro al ver que el remitente se trataba de Eren. Desde que ellos se conocieron, decidieron mantener el contacto a través de cartas. El contenido de estas era muy variado, desde contarse qué tal habían pasado el día hasta contarse cosas personales como deseos que querían cumplir en un futuro próximo.
—¿Es Eren? —Mikasa asintió. Kamali era la confidente de Mikasa por eso, la mujer sabía sobre el hombre—. ¿Y está todo bien?—preguntó con preocupación debido a que la sonrisa que tenía su amiga en su rostro, se borró en cuestión de segundos.
—Va a ir al campo de batalla y no recibiré más cartas de él por el momento —dijo, soltando un suspiro triste mientras miraba nuevamente a Kamali. —Creo que estaré bien, pero dime, ¿qué tal llevas tu embarazo?
Al mencionar su estado actual, Kamali acarició su barriga ya pronunciada.
—He de decir que he aprendido a querer a mi futuro bebé. Después de todo, él o ella no tiene la culpa de nada, ¿verdad?
Ackerman asintió dándole la razón a la fémina.
—Estoy segura de que serás una gran madre y tu bebé te querrá pese a todo.
—Mikasa, escucha... —Hizo una breve pausa, llevando su mano al mentón de la chica de ojos grises para elevarlo—. Eres joven, tienes veinte años, estás en plena juventud, debes salir de aquí. Por favor.
—Tú más que nadie sabes lo difícil que es salir de esta vida —se quejó ella— Tú vas a tener un bebé y, tal vez, consigas rehacer tu vida, pero yo no puedo.
—Eso es mentira Mikasa. —Los ojos de la nombrada se agrandaron debido a la sorpresa que le produjo las palabras de Kamali—. Tú tienes a Eren, él te salvará si tú se lo pides —dijo, convencida de sus propias palabras.
—¿Tú crees? —preguntó ella con un atisbo de esperanza de que así suceda.
—Estoy segura de ello.