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Heilungsweg —Anatomía de un corazón—

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Summary

«La ciencia no sólo es una disciplina de la razón, sino también del romance y de la pasión». Stephen Hawking Nicklaus Varick Schmidt: Klaus. Un joven científico prusiano que a pesar de sus humildes orígenes, consiguió convertirse en el jefe de cirugía en el hospital Santo Spirito y en el más joven catedrático de la prestigiosa universidad La Sapienza. A pesar de sus brillantes logros científicos y su carácter alegre y jovial, ocultaba un triste pasado, marcado por una gran decepción amorosa. Tras la repentina muerte de una amiga muy especial, el dr. Schmidt cayó en una profunda depresión que lo llevó a ceder ante los más básicos de los instintos. En esa espiral de vicio y perdición, estuvo a punto de arriesgar incluso su prometedora carrera. Fue allí, en el fondo del obscuro pozo de su miseria que un inesperado encuentro brindó a su vida un rayo de esperanza. En la elegante Roma decimonónica, capital de un recién nacido Reino de Italia, caracterizado por los abismales contrastes entre clases sociales, la desaparición de varios jóvenes sembró el pánico entre las calles de la Ciudad Eterna. Debido a unas series de extrañas casualidades, el joven científico alemán se vio implicado en la búsqueda de la verdad para salvar su reputación, su carrera e incluso su propia vida. Descubre la historia de Klaus, su nuevo amor y los personajes que le acompañan en su "Camino de sanación".

Status
Ongoing
Chapters
61
Rating
5.0 7 reviews
Age Rating
18+

Annamaria

Con el sombrero caído sobre los ojos y el cuello del paletó levantado, el doctor Schmidt lanzó una rosa roja al oscuro vacío del hoyo que iba llenándose rápida e irremediablemente de tierra húmeda, que aún conservaba el aroma de la reciente lluvia.


Una ráfaga de viento dispersó las hojas secas recogidas en pequeños montículos debajo de los árboles, esparciéndolas por los caminitos del cementerio Delle Porte Sante, creando unos diminutos remolinos.


La preciosa fachada de San Miniato al Monte, se alzaba majestuosa bajo un cielo plomizo, repleto de nubes pesadas y cargadas de lluvia, azotadas por la tramontana.

A sus pies, se extendía la maravillosa ciudad de Florencia.

A pesar de la ligera y húmeda neblina, se podía vislumbrar perfectamente el Duomo, El Battistero y el Campanile del Giotto.


Octubre llegaba a su fin.

Se notaba en el aire, cada vez más frío, mientras el olor de las primeras chimeneas encendidas, se mezclaba con el sugerente aroma de las castañas asadas.

El alegre canto de las golondrinas había desaparecido hacía tiempo, dejando paso al vuelo de gorriones, pinzones y de jaraneros estorninos.

El verde de los abetos y de los altos cipreses que parecían múltiples dedos anhelando rozar el grisáceo cielo, contrastaba con los tonos amarillentos, rojizos, morados y marrones de tilos, arces, almendros y nogales.


Klaus no pudo resistir ni un momento más en aquel lugar. La escena del entierro de su amante era tan desgarradora que el corazón no podía soportar la carga de seguir latiendo sin sangrar y desfallecer, muriéndose de dolor.


Se dio la vuelta, instintivamente, apartándose del pequeño cortejo de personas afligidas y enlutadas y de las grandilocuentes palabras vacías de un clérigo charlatán que no tenía ni la más remota idea de lo hermosa, apasionada y divertida que era la persona de la que hablaba tan trivialmente.


Al llegar a la salida, encendió un cigarro, observando como el humo, mezclándose con el vapor de su aliento, se disipaba, perdiéndose entre las nubes del cielo de otoño. Como la vida de Anna, quien acababa de marcharse abruptamente, sin un adiós.


En toda su vida, había amado una sola vez: a Elena. La hermana de su mejor amigo, Enrico, conde de Farnese.

La experiencia había sido intensa a la par que devastadora.

No obstante los profundos y mutuos sentimientos y pese a esperar una hija suya, ella decidió renegar de la relación para casarse con un joven y exitoso hombre de negocios español.


Cuando conoció a la marquesa degli Albizzi, prima hermana de su anterior amante, su corazón dio un vuelco inesperado, debido al asombroso parecido entre las dos mujeres.


A pesar de ser mayor que él y de vivir en Florencia, a tres días a caballo lejos de Roma, la encantadora dama había conseguido que su amistad se convirtiera en una relación íntima e intensa, cada día más similar al amor.


Ella conocía su pasado, los sacrificios para llegar a ser el mejor cirujano de la ciudad y el tormento de haber amado, ser rechazado y tener que esconder su verdadera identidad ante su adorada niña.

Entre sus brazos y a través de su correspondencia epistolar, el joven científico había encontrado paz y fuerza para mirar hacia el futuro con esperanza y entusiasmo.

Además, su amistad con el doctor Gottfried von Waldeyer-Hartz, con quien amaba intercambiar opiniones acerca de las teorías del francés Jean-Martin Charcot, le llevó a enfrascarse en un interesante estudio sobre neurología que, según él, contribuiría a la evolución de la medicina y la cirugía cerebral.


Debido a esa obsesiva labor, pospuso el encuentro con la marquesa, que en varias ocasiones le había exhortado a pasar unos días en su compañía, antes de la vuelta de su hijo Paolo, que estudiaba en Turín.


No pudo ser.

Nunca más volvería a abrazarla. Se había marchado de repente, cayéndose del caballo durante una cacería.

Su corazón se sumió en la más profunda de las miserias.

Jamás tendría la oportunidad de hacerla feliz confesándole, por primera vez en varios años, que él también la amaba.


Una mano le tocó el hombro, desde atrás, devolviéndolo a la triste y abrumadora realidad de los interminables días de desconsuelo que, irremediablemente, le aguardaban sin ella.

— Te has marchado sin despedirte de nadie. La tía Augusta pregunta por ti, y Ferran nos invita a comer algo en una posada cerca de aquí.

— Lo siento, Enrico. La verdad es que no tengo ganas de ver a nadie, pero dame solo un momento y vuelvo con vosotros— contestó el alemán, cabizbajo, sin mirarlo a la cara.


— Pobre Klaus— se escuchó desde lejos. Marta no tuvo el valor de acercarse y se quedó mirando hacia el portal, ahogando sus sollozos con las dos manos.


Durante el viaje de vuelta no habló mucho. Se limitaba a actuar como un autómata, alimentándose únicamente para no desfallecer. No consiguió descansar en ninguna de las paradas.

Cuando llegaron a Roma, logró levantar sus vidriosos ojos azules para mirar a sus amigos, antes de despedirse.

Finalmente, consiguió soltar sus lágrimas, permitiéndoles brotar con toda la fuerza de su dolor.


Enrico le observaba asintiendo, apretándole un hombro, mientras Marta le abrazó sollozando.


— Vente al palacio— dijo el conde contemplándolo con sus ojos verdes, enrojecidos por el llanto.


— Vente, Klaus— le suplicó Marta, sumándose al ruego de su marido.


— Es tarde— contestó el teutón, suspirando— los niños ya estarán durmiendo, y no es buena idea alborotar a estas horas. Además, estoy muy cansado y quiero volver a mi casa, aunque sea para que el descarado de Fulvio deje de beberse mi vino y fumarse mis puros— concluyó, intentando lograr una sonrisa mínimamente verosímil.


La pareja comprendió que lo mejor era dejarlo marchar, para quedarse a solas con sus sentimientos, enfrentándose a su dolor.


Cuando llegó a su palacete, una pequeña mansión en la zona oriental de Roma, exhaló casi aliviado. Sabía que aquella iba a ser la noche más solitaria de su vida, pero la necesitaba. Si lograba tocar el fondo de su desconsuelo, solo le quedaría la opción de emerger y volver a empezar. Pero eso, en aquel momento, parecía una utopía: un espejismo muy lejano.


— ¡Doctor! Por fin ha vuelto a casa. Me tenía muy preocupada. Pase, pase. He dejado la chimenea encendida hasta tarde porque sentía que iba a volver—.

Natalina, una mujer de unos cincuenta años, huesuda, de pelo canoso y grandes ojos negros, se había ganado un sitio muy especial en el corazón de Klaus, desde que, junto con su marido, Fulvio, entró a trabajar al primer piso del doctor Schmidt, siguiéndole en sus continuas mudanzas, hasta llegar hacía unos meses, a la nueva mansión: Villa Asclepios.

— Ya empieza a hacer frío ¿Verdad? ¿Quiere comer algo calentito?

— No gracias— contestó él sin apartar la mirada de la hipnótica danza de las llamas, dejándose caer en un elegante sillón de su amplio salón de estilo barroco.

— Por favor, dile a Fulvio que prepare la bañera.

— Sí, señor. ¡Fulvio!— voceó la mujer saliendo de la estancia— ¡despierta y ve a llenarle la bañera al doctor!

— Por Dios— suspiró el joven científico, llevándose las manos a las sienes— no grites, Natalina.

— Es que mi marido tiene el sueño pesado— contestó la criada volviendo al salón.

— Creo que te han escuchado desde Ostia Antica…

— No sea tan exagerado, señor. La olla está en el fuego. Le vamos a preparar una bañera calentita con sales y aceite de lavanda, que se va usted a quedar en la gloria ¿Seguro que no quiere tomar nada mientras espera?

— Tráeme una copa de coñac— contestó el hombre, apoyando la cabeza en el respaldo de terciopelo canela y oro del sillón.


Cuando se desnudó para sumergirse en la humeante y perfumada tina de cerámica y esmalte dorado, dejó su copa de cristal de Murano en el suelo, hundiéndose y mojándose el pelo rubio con las dos manos.

Con la mirada perdida en las decoraciones del techo, se rindió antes las incontenibles ganas de llorar. No le serviría de nada: ella no volvería. Pero le vendría bien desahogarse para aliviar aquel abrumador peso que le aplastaba el corazón.

Escondió la cara entre las rodillas, abrazando sus propias piernas y meciéndose lentamente, echó a llorar de rabia y dolor, hasta agotar sus lágrimas, perder la noción del tiempo y notar como el agua se había quedado helada.

Ya amanecía cuando Fulvio llamó a la puerta, acercándose lentamente con una toalla de lino y terciopelo. Lo envolvió y, rodeándole con los brazos, lo sostuvo para que saliera de la bañera y se fuera a la cama.

— Por el amor de Dios, doctor: como se quede un minuto más en remojo le van a salir escamas. Cielos, ¡está usted tiritando! Usted se queda en casa hoy, señor.

Está usted fatal, necesita descansar— sentenció mientras le llevaba al dormitorio, secándole la cara, congestionada y enrojecida de tanto llorar.

Klaus asintió, castañeando los dientes y apoyándose en el hombro de su criado, mientras su cabeza vagaba vertiginosamente entre innumerables recuerdos y remordimientos.


El tortuoso y accidentado viaje de su largo duelo acababa de empezar y, sin embargo, él se notaba ya extenuadamente abatido.


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Good Writing

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Compelling Plot

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Great Character

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Strong Dialog

4

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View 9 previous comments…
author

Me gustó bastante, pero siento que debe leer primero la historia anterior....

2 months
1
author

Hola, muchas gracias por tu visita. Bueno, la novela puede ser leída por separado porque he intentado no dejar ningún cable suelto, pero sí que si quieres conectar mejor con la historia está bien conocer Tempus fugit. De todas maneras, esta entrega se centra en Klaus, un personaje de la primera parte al que le cogí tanto cariño que no pude desprenderme de él. También te confieso que Tempus, al ser mi primer trabajo (le tengo mucho cariño) es algo más simple respecto a Anatomía. Pero a lo largo de los capítulos notarás cómo voy creciendo y afinando mi narrativa. Gracias por estar aquí. Cuenta, por supuesto, con mi apoyo. Un abrazo

2 months
author

Pobre Klaus, no tiene ni un momento de felicidad duradera. He quedado en shock, la forma en que termina la novela anterior es contraria a cómo empieza esta, pero no por ello mala si no todo lo contrario, en serio no esperaba que sucediera algo así, necesito saber más 🥲

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