Carmín profundo |Hibari Kyouya|Lectora|

Summary

Kyouya sobrevive, y sigue adelante, y deja a su paso un camino de rubíes brillantes, para cumplir la promesa que hizo mucho tiempo atrás. (...) existe, y los días pasan, y deja a su paso un camino de rubíes brillantes, porque siempre supo que ese era su destino. Ambos se encuentran: El perro sin dueño y el vástago sin hogar. Ambos aprenden a vivir. |One shot| Au; Edo.

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Un perro sin dueño y un vástago sin hogar

i.

En verano, las noches poseían una brisa cándida y suave, arreciaba sobre los árboles meciéndolos en una lenta danza que reflejaba el calor de la época; el festejo, la felicidad y la prosperidad junto a la familia. Cuando aún era niño, Hibari recordaba que su madre le dejaba dulces de wasanbon cerca del futon, tal vez como una manera de caracterizar aquellas noches pegajosas, infestadas del canto de los grillos y el brillo de las luciérnagas; nunca había sido amante de ese tipo de aperitivos, prefería lo salado, pero era su madre, así que siempre los comía, grabando durante muchos años la sensación de la textura deshaciéndose dentro de su boca, la fragancia sutil y el dulzor sedoso, menos empalagoso que el del azúcar blanco, tan difícil de conseguir.

Y a pesar de que muchas veces hubiese puesto mala cara cuando casi de manera espontánea su madre le empujaba un dulce a la boca, nunca lo rechazó, así tuviera que masticar resignado; irónicamente, eso era lo que estaba más fuertemente arraigado a él después de la muerte violenta de la mujer a la que más respeto y admiración tuvo. No se consideraba alguien nostálgico, sin embargo, en esos momentos, prefería divagar en el wasanbon y el significado que encerraba su sabor, a estar consciente del acto social en el que estaba presente.

El olor a sake de arroz, la risa estridente de las bailarinas y las palmadas rítmicas para sazonar la celebración lo sacaron de su estados de apacible quietud. Aún permanecía con los párpados cerrados y los brazos cruzados, sabía que si prestaba demasiada atención a su entorno, el poco autocontrol que le quedaba se iría por la borda.

¿Pero por qué estaba ahí si era tan reticente a las multitudes?

Para un individuo como él, saber manejar una espada era lo único que podía hacer para sobrevivir. Kyouya odiaba que lo calificaran de samurai, pues lo único que tenía de eso era la katana; no le importaba en lo más mínimo el código de honor que seguían. Si tenía que matar, lo haría, si tenía que vigilar el gordo trasero de un bastardo rico, lo haría, pero sin jurar lealtad absoluta, pues eso significaba atarse a alguien.

“El perro callejero” le decían, o “El demonio vagando entre las sombras”

En una época donde el samurai ya no era respetado como en antaño, era excepcional encontrar alguno sin “dueño”. Hibari era contratado con frecuencia, pues la limpieza de su metodología y el escarlata de sus víctimas impregnando sus dedos le habían forjado un nombre, uno que le había asegurado por mucho tiempo que no tendría que bajarle la cabeza a nadie.

De repente, el grito horrorizado de una de las mujeres lo hizo levantar la mirada de golpe, a tiempo para ver una silueta escabullirse por la ventana.

—¡Hibari! —Otro de los escoltas trataba de auxiliar al hombre que ante él ya era una causa perdida, el potente veneno que había entrado en él de alguna manera ya había hecho de sus órganos un mejunje de carne, que ahora vomitaba a los pies de los presentes estupefactos—.¡Necesito tu ayuda aquí! —Él solo dejó de prestarle atención y se deslizó por el mismo lugar que el asesino, para darle caza, dejando a todos atrás—.Maldita sea... callejero —masculló entre dientes, lleno de rabia.

"Un perro sin dueño solo tiene lugar pudriéndose bajo la tierra”

ii.

(...) escupió, más para eliminar los posibles rastros de veneno en sus papilas gustativas, que por la misma sensación áspera de los labios de aquel asqueroso viejo. Se suponía que no habría contacto físico, pero durante la noche las cosas se fueron complicando y al final, por el bien de la misión, no tuvo más alternativa que tomarlo por la nuca y hacer que tomara el líquido de una vez por todas. Horas atrás había masticado un par de plantas para inhibir la toxina en caso de ser necesario, un alivio, o estaría en las mismas condiciones que Yosiratsu, su más reciente objetivo.

Se acuclilló para beber del arroyo al que había llegado, prefería tomar más medidas de las necesarias para evitar terminar con el interior molido. Suspiró una vez con la garganta fresca y procedió a retirarse el kimono de colores alegres, el cual había utilizado para pasar desapercibida, dejando entrever el traje de tela suave y obscura adecuado a su cuerpo. Pero no hubo terminado cuando percibió un filo agudo ser blandido a sus espaldas con fiereza; como acto reflejo se lanzó al agua, el vestido de fiesta fue el que recibió el ataque y quedó hecho jirones sobre la hierba. (...) se incorporó empapada, con la pupila opaca y cada uno de sus sentidos alerta. Ante ella y con la postura elegante e imponente de un guerrero, permanecía el demonio de las sombras; la leyenda lo describía a la perfección:

Aquel con la piel pálida como los rayos de la luna.

Y los ojos descarnados de una bestia, del color del mismo acero que usa para desgarrar a las pobres almas que perecen a su merced...

—Ropajes siempre negros para fundirse con la noche, y una katana con un rubí incrustado en la empuñadura —murmuró finalizando la cita, mientras deslizaba de su funda el sable que llevaba consigo a todas partes—.Tus compañeros deben estar en medio de una emboscada ahora mismo, ¿no te importa? —Kyouya avanzó hacia ella con lentitud—. ¿Dónde está tu código de honor? Samurai... —El destello de la hoja cuando arremetió contra ella la cegó por un instante. Ambos metales chocaron con fuerza, provocando que un par de chispas saltaran. Se deslizó hacia atrás un par de centímetros por la presión ejercida. El agua les cubría los tobillos.

—Yo no sigo ningún inútil código de honor(...) sonrió de lado. Tal vez su fuerza no pudiera llegar a compararse con la de él, pero su estilo se basaba en la agilidad y velocidad. Con un rápido movimiento, pateó la muñeca de Hibari, provocando que soltara su arma y terminara clavada a unos metros, se alejó de su rango, buscando alguna abertura para darle fin. Creyó que tenía la victoria asegurada, pero se descolocó por completo cuando él corrió en su dirección con una sonrisa satisfecha.

—¡¿Pero qué?! —En un parpadeo él sacó algo de entre sus ropas. Apenas reaccionó para bloquear el golpe que le fue lanzado y sintió los brazos arder por el impacto, apretó los dientes y distinguió lo que había sido.

—¿Tonfas? —Trató de ejercer más presión sobre él, pero al notarlo, Hibari se adelantó y lanzó un golpe con su brazo libre. (...) no tuvo más opción que saltar y alejarse de él para evitarlo—.¿Esas son tu remplazo del wakizashi*? ¿Cómo piensas rajarte la tripa después? —Provocó apuntándole con el sable. No hubo terminado de hablar, cuando una de las tonfas fue lanzada hacia ella, apenas la pudo evadir, dejando un pequeño rasguño en su mejilla; escuchó el arma incrustarse en el tronco de algún árbol y cuando su atención se dirigió de nuevo a su rival, ahogó una maldición cuando lo vio casi sobre ella, empuñando la tonfa restante en una mano y la espada en otra. Tan rápido como pudo, le lanzó un par de kunais y bloqueó con todo lo que tenía el fuerte corte que caía sobre ella, sus piernas flaquearon por un segundo y cayó de rodillas, aún con el filo de su sable mascando el de la katana, un poco de sangre goteó en su rostro y frunció el ceño cuando vio los kunais hundidos en el brazo de Hibari, a pesar de que de los agujeros escurrieran torrentes carmín, no se detenía, al contrario, un hambre abrasadora fracturaba sus pupilas como un depredador letal.

—Si continúas creyendo que estás luchando con un samurai honorable, pierdes tu tiempo —Apretó los dientes cuando la fuerza ejercida sobre sus brazos trató de aplastarla—.Te morderé hasta la muerte —Su pupila se achicó, pero antes de que Kyouya pudiese lograr su cometido, se desestabilizó y se cubrió la boca para toser. (...) aprovechó para escapar de esa prisión de acero, saltó un par de veces para posarse en la rama más cercana y se dio la vuelta para verlo; él aún se cubría con la manga del kimono mientras tosía con violencia, pero la observó de reojo y la señaló con la punta de la espada, lanzando una promesa silenciosa.

“Te voy a encontrar”

(...) desvió su atención para canalizar la incomodidad que le provocó, después, desapareció entre las copas de los árboles como un soplo de viento.

Transcurridos unos minutos, Hibari pudo estabilizar su respiración, algunas gotas de sudor bajaban por su rostro y su pecho dolía, se acuclilló junto al lago y bebió un poco para tratar de apagar su malestar, enfundó sus armas y al ponerse de pie, prestó atención a la manga que había utilizado para cubrirse. Tenía sangre.

Chasqueó la lengua y emprendió su camino.

El tiempo se le acababa.

iii.

Las joyas favoritas de su madre eran los rubíes; decía que era la reina de las gemas, y que su color representaba vida; la que se derrama cuando un bebé nacía o se protegía un lugar precioso en la guerra. Para Hibari, el color rojo significaba muerte y dolor, era el mismo que brotaba de la carne desgarrada del cuello de su hermano mayor.

Había enfundado sus armas para ir a pelear a las guerras civiles del norte y perdió la vida en nombre de un señor que de seguro nunca supo de su existencia. Si el batallón perdía, las cabezas de los guerreros eran enviadas río abajo, sobre una balsa improvisada. Kyouya apenas era consciente, pero nunca olvidaría los alaridos desgarradores de su madre, los revueltos cabellos obscuros de una de las cabezas y todo el rubí líquido que manchaba el agua ondulando alrededor de los troncos.

Aún no había cumplido los once años cuando un grupo de samurais sin dueño atacó su aldea, en ese momento sí era consciente de todo, y tenía la mirada perdida en las lágrimas corriendo por las mejillas de su madre, con un hombre asqueroso sobre ella, con el rostro contorsionado de placer y otro más saqueando lo que podía. No recordaba mucho más, aparte del “¡Huye!” desesperado de ella y sus pequeñas manos empuñando con fuerza la katana oxidada que había dejado su padre años atrás, para dar fin a su vida en la guerra, de la misma forma que su primogénito.

Después, fueron charcos de rubíes en todos lados y él sentado junto a su madre moribunda por las hemorragia y las heridas internas.

—Lo siento tanto, Kyouya... —sollozó. Hibari no entendía porqué se disculpaba, si ni siquiera él podía hacerlo al estar cubierto de sangre y tener la certeza de que no había llegado a tiempo para salvarla. Él le sostenía la mano debilitada—.Vive... —Y cuando cerró los ojos para siempre, se preguntó qué era lo que veía bello en el color rojo. Era repugnante. Porque siempre hacía que un doloroso líquido salado escapara de sus párpados y que se le comprimiera el corazón.

...

Cuando tuvo dieciséis, encontró a un tipo rubio que por fin le sostenía pelea, y podía entretenerse durante horas en ello.

Pero al final, cometió sepukku por honor.

Mientras Hibari observaba con seriedad la forma sistemática en la que Dino hundió la hoja del cuchillo en su abdomen y cortaba de izquierda a derecha, con los labios apretados por el dolor. Una sola palabra escapó de sus labios, con asco, en medio del silencio respetuoso y sepulcral.

—Idiota.

iv.

(...) nunca imaginó lo que sería ser perseguida por un demonio, incluso al dormir tenía la necesidad de hacerlo con un ojo abierto en caso de algún ataque desde las sombras, la última vez habían caído en medio de una boda, luchando en medio de los gritos desesperados de los invitados y ella tratando de evadir los novios, que casi estaban entre sus piernas pues no habían podido huir como los otros, a él no parecía importarle, y ella tenía que defenderse o sus entrañas estarían regadas por el templo; suficiente profanación con dejar todo destruido.

No entendía porqué de repente se había ensañado con ella de aquella manera, parecía odiarlo todo, pero a través de los meses que se habían consumido en un juego como el del gato y el ratón, pudo distinguir un pequeño fulgor lleno de vida en sus pupilas y este solo ardía cuando los metales de sus armas se trituraban mutuamente.

—No tienes un código a seguir —Le había dicho en una ocasión, con los cortes de su previa lucha ardiendo y apenas bloqueando su tonfa—.¿Cuál es tu propósito entonces?

—Vivir... —Y luego de esa breve respuesta, la contienda siguió, sin embargo, a pesar de toda la actividad física, (...) sentía el corazón detenido y la garganta cerrada.

—¿En qué estará pensando ese tipo? —susurró con la barbilla apoyada en las rodillas, observando desde la rama de un árbol el lienzo nocturno pintado por cientos de estrellas. Luego de un ligero soplo frío y calmante del viento, divisó un pequeño punto amarillo acercarse a ella. Parpadeó creyendo que el sueño comenzaba a afectar su vista, pero conforme más avanzaba, un casi imperceptible aleteo se oía, y poco a poco pudo darle forma—. ¿Qué es esta cosa tan adorable? —Reprimió un chillido emocionado cuando una pequeña ave mullida se posó entre sus manos ahuecadas, al parecer estaba domesticada por la naturalidad con la que se acurrucó en ellas, (...) hundió uno de sus dedos en el suave plumaje esponjado y lo acarició con cuidado, el animalito cerró sus redondos ojos negros en señal de aceptación, pero poco después emprendió el vuelo de nuevo.

—Hibari, Hibari.

—¿Hibari? —Extrañada por el nombre o apellido desconocido, se asomó en la dirección por la que se había ido. Y su alma cayó por los suelos cuando lo vio hacerse un ovillo entre las hebras oscuras de su perseguidor.

—Pequeña bola de algodón traicionera —murmuró cuando lo vio sonreír desde la distancia al advertir su presencia. Sin perder un segundo más de su tiempo, bajó a tierra firme, por lo general prefería evadir la confrontación todo lo que fuera posible, pero cuando estaba a pocos metros, como en ese momento, huir era inútil.

—¿Ese es tu nombre? ¿Hibari?

—¡Hibari, Hibari! —A pesar de haberla ignorado, el avecilla sobre su cabeza aleteó eufórico y repitió sus palabra como respuesta. (...) sonrió poniéndose en guardia.

—Bien, de ahora en adelante te diré Hibari, supongo que al menos tu apellido debe ser. Puedo decirte el mío por cortesía si es lo que quieres. Llevamos cinco meses en esto después de todo.

—No aprendo los nombres de los que morderé hasta la muerte —Kyouya salió de entre las sombras proyectadas por las copas de los árboles. (...) frunció el ceño al notar la palidez que reflejaba a causa de ser bañado por los rayos plateados de la luna llena, parecía un espectro desde ese ángulo. Él desenfundó su katana y la tiró a un lado, sacando de inmediato sus tonfas para adquirir también una posición amenazante, (...) arqueó una ceja; por lo general no las usaba de inmediato, eran como la cereza del pastel, el cierre con broche de oro.

—Veo que hoy quieres terminar rápido.

—Hibird, Roll —De su hombro bajó un pequeño erizo que no notó hasta ese momento, y el pájaro que supuso era Hibird dejó su posición inicial para evitar cualquier golpe mal dirigido. Le parecía sorprendente que alguien que aparentaba un corazón glacial, tuviera tanta afinidad con los animales.

—Me estás provocando muchos problemas, Hibari —dijo mientras ambos se rodeaban con cautela—. También estás siendo perseguido, ¿verdad? Desde aquella vez que dejaste al tal Yosiratsu ahogándose en sus tripas. Samurais y mercenarios quieren tu cabeza por alta traición, y yo quedaré envuelta en toda esa encrucijada.

—Hmp —Arremetieron al mismo tiempo, (...) había aprendido a leer algunos de los movimientos del joven, si al principio ponía el pie derecho al frente era porque atacaría por la izquierda y viceversa, por eso, cuando lanzó un golpe, pudo bloquearlo con facilidad.

—¿Perdiste fuerza? —Parpadeó extrañada. Pero no hubo terminado de formular su pregunta cuando él trató de golpear su nuca. Pudo evitarlo por pocos centímetros y se regañó por distraerse estando frente a un individuo que podía cortarle el cuello como mantequilla.

Tal vez había sido una imaginación suya.

El estruendo producido por las armas al chocar, y la eventual patada que podía dar certera en alguno de los dos era lo único que se escuchaba, entremezclado con el croar de las ranas y la sonata aguda de los grillos.

Poco había pasado cuando (...) encontró una abertura en su ataques y cortó con rapidez a través de ella, desgarrando los ropajes y provocando un corte superficial sobre la piel de su pecho, muy pequeño, apenas y se denotaba una línea de color rojo. Aún así, todo se detuvo por un instante, y hubo un lapso de segundos en los que Kyouya vio la marca sobre su piel impoluta, y como un rayo, rememoró la cantidad de veces que buscó entre sus víctimas alguien que pudiera sostenerse más de un suspiro y lo sacara de ese bucle de monotonidad; la profunda cicatriz en su brazo ardió en anticipación, la única que adornaba todo el mapa sin lineas de su cuerpo y que había sido provocada por un idiota que era capaz de renunciar a la vida (La que muchos añoraban postrados desde un futon desgastado) por mantener la paz entre dos familias que al final terminaron rasgándose la tráquea mutuamente, sin importarles el primogénito de Cavallone que se había entregado poco tiempo atrás.

(...) notó el color plomizo de sus retinas fundirse con algo que ella nunca había visto; ese fulgor de excitación que recorre al humano que encuentra lo que estuvo buscando por tanto tiempo. Hibari pareció recobrar toda su fuerza y rapidez, porque arremetió contra ella como un animal embravecido, y la batalla aumentó de nivel en un segundo, con los movimientos casi parpadeantes y la potencia que hacía sentir sus brazos a punto de despegarse, cuando hubo un suspiro de descanso entre tanto golpes feroces, mientras forcejeaban bloqueando sus armas él se acercó su rostro, apenas dejando un par de centímetros entre ellos.

—Pelea —Le lanzó una patada que ella esquivó agachándose—, o morirás ante el menor descuido —(...) trató de barrer sus piernas para hacerlo caer, él saltó para evitarla y desde esa altura se lanzó hacia ella para darle el golpe final. Y sin contemplaciones (...) se dio la vuelta, Hibari apenas pudo digerir el momento en el que una daga se hundió en la palma de su mano.

—No eres el único que puede tener un arma bajo la manga —murmuró, mirándolo a través de las hebras de su cabello—.Tal vez no tiene un rubí o alguna piedra preciosa como tu espada —La sangre se deslizó espesa a través de la hoja plateada—, pero tiene filo, y es suficiente para atravesar carne.

Hibari sonrió.

—Wao.

v.

—¿Tienes un resfriado, (...)? —Una anciana vertió jengibre rallado en agua hirviendo, mientras la mencionada permanecía envuelta en una frazada frente a las llamas ardiendo dentro del pequeño cuadro de tierra en el centro de la humilde cabaña. Tenía la esclerótica y la nariz enrojecidas como tomates, fruto de la última misión que tomó y la llevó a descuidar mucho su salud, pasando por diferentes climas, y hasta cambiándose a la intemperie a falta de tiempo.

Do —La anciana carcajeó al escuchar la terrible congestión que se cargaba la chica.

—De acuerdo, no tienes nada —Se sentó frente a ella extendiéndole una taza llena de infusión de jengibre y otras raíces más que (...) no pudo reconocer mientras era preparado—. ¿Te sientes cómoda con esa cobija?

—Huele a viejito. Y tiene alguna que otra pelusa. Pero está suave y caliente, no me quejo —Sorbió un poco de la bebida, para hacer una mueca dolorida cuando se quemó la punta de la lengua. La anciana entornó los ojos.

—(...), combates con mercenarios y samurais todo el tiempo y no puedes aguantar un poco de medicina.

—Acabo de peder la mitad de mi dengua, vieja —Pudo articular, tratando de abanicarse el daño con las manos—.Do tomaré esa cosa.

—Bébetelo.

Do.

—¡Bébelo o te daré el estómago de pollo que he estado guardando para situaciones especiales como esta! —Como un rayo y temiendo ese asqueroso destino, bajó todo el té de dos tragos; casi desfalleció al sentir el interior de su garganta despellejarse por el brebaje hirviendo. Se dejó caer en el suelo, sobreactuando su sufrimiento—. Dije que te lo bebieras, no que lo hicieras de una vez. Ahora te dolerá la garganta peor —(...) consideró el homicidio accidental en ese momento y le dedicó una mirada de muerte que hubiese erizado los vellos de la nuca de cualquiera, sobre todo si venía de una ninja experta en el arte del asesinato, pero la anciana, acostumbrada a los pacientes revoltosos solo se limitó a reír con ganas. Sabía que tanto ella, como cualquier otro no le haría nada, sobre todo sabiendo que era la única que aceptaría curar en la medida de lo posible las dolencias de los que no tenían lo suficiente para comprar medicinas por las que cobraban disparates debido a la escasez.

—A veces pienso que intentas matarme, vieja.

—La muerte no es algo que se tome a la ligera. Y es por eso que hago todo lo posible por retrasarla, sobre todo en personas jóvenes, como tú o más pequeños. Es triste ver niños morir por algo que pudo haberse tratado a tiempo. No tengo el poder de las medicinas que han estado importando últimamente, o la capacidad de revertir una enfermedad terminal, pero usaré todo lo que tenga en mis manos para que un alma joven viva. Por eso, (...) no digas que quiero matarte cuando sabes que aprecio tanto la vida —Finalizó con voz suave.

—Lo siento... —Su atención se clavó en la leña que comenzaba a agotarse. El tema era delicado de tocar con la anciana, que había visto tantas personas morir entre sus brazos, entre ellas su hija, que no sobrevivió al segundo año de haber nacido.

Para (...), la vieja era como una segunda madre, la suya biológica, también era ninja, y la había instruido por ese camino durante un par de años, hasta que fue contratada en una tierra lejana para servir de espía, quedando al cuidado de la anciana, que aún herida por la pérdida de su niña, la acogió sin recelo. Después de adulta, (...) la visitaba de vez en cuando, llevando todas las plantas medicinales que pudiera, fueran exóticas o ya bien conocidas, era la única manera en que podía expresar su agradecimiento, pues sabía que jamás aceptaría una pieza de oro manchada con la existencia de alguien más.

—Por cierto —El intenso silencio fue disuelto por la misma anciana—. Esa mirada de hace un rato, es casi idéntica a la de uno de mis pacientes. ¿No será que estás viéndote con él de casualidad?

—¡¿Hah?! ¿Cómo interactuar con alguien hará que pueda copiar su mirada? —La mayor se encogió de hombros.

—Es una posibilidad, ¿sabes? Esa capacidad no la logra nadie excepto él, me sorprendió cuando vi que hiciste un gesto muy similar al suyo, fue curioso.

—Claro —inhaló, notando que podía respirar mejor—.No tiene mucho sentido, pero hablas como si lo conocieras bastante, ¿viene seguido?

—Sí, desde hace un par de años, pero últimamente sus visitas son más constantes —explicó mientras agregaba más leña al fuego, con algo de tristeza reflejada en su rostro—. Ese joven ha pasado por mucho; lo encontré hace años, cuando llegué a un pueblo que había sido recientemente atacado por samurais sin dueño, eran una plaga en aquel tiempo. Me sorprendió que a pesar de estar cubierto de sangre no tuviera ni una sola herida.

—¿No era suya entonces?

—Es lo más probable. Su madre e incluso los atacantes estaban muertos, no tuve que pensarlo mucho para hacerme una idea de lo que ocurrió.

—Y... ¿Lo adoptaste o algo así?

—Claro que no. Lo hubieras conocido cuando eras pequeña si ese hubiera sido el caso. Ese niño era un alma perdida, pero una que podía aferrarse a sobrevivir con uñas y dientes si se diera el caso. Nunca había visto tantos deseos de vivir en una criatura, por lo general en la guerra, el brillo en los ojos de los que han presenciado la crueldad se opacan, pero los suyos eran diferentes, aunque ya no tenía inocencia en ellos, no estaban muertos del todo. Oh querido, y ahora carga con algo tan pesado en su espalda —(...) frunció el ceño.

—¿Qué tiene? —La anciana se mostró algo sorprendida por su interés, pero pronto dejó escapar un suspiro resignado.

—A él no le queda mucho tiempo de vida.Es injusto ver como se marchita gradualmente. Pero a pesar de la enfermedad, Kyouya se levanta cada mañana con el único propósito de vivir la vida a su manera, es lo que he visto en él. No es de muchas palabras.

—¿Kyouya? —(...) sintió su corazón descomprimirse con alivio—. No conozco a nadie que se llame así.

—Tal vez fueron solo ilusiones mías, o casualidad que quisieras morderme hasta la muerte, jajaja —Todo el color drenó de su piel , conjunto a un escalofrío aterrador que recorrió su espalda. Se incorporó alterada, pero no había emitido palabra, cuando la puerta principal se abrió de golpe, dejando entrar una ráfaga helada y a un joven vestido con kimono negro, apenas cubriéndose la boca mientras tosía con violencia.

—Oh Kyouya, te ves terrible, vamos pasa y caliéntate un poco, iré a preparar tu medicina —Para (...), el suelo bajo sus pies había desaparecido. No podía dar explicación al temblor en sus manos, o el nudo apretado en la boca del estómago; solo estaba ahí, de pie, como si de repente el tiempo se hubiese detenido, presenciando al demonio del que no sabía nada desde dos meses atrás, cuando pelearon por última vez y él había sonreído lleno de vitalidad. Estaba más delgado y pálido... comprendió entonces que en aquel momento, su color espectral no era debido a la luna, o la perspectiva.

(Solo estaba muriendo)

—Hibari —Escapó de sus labios, fue entonces cuando él dejó de toser para levantar la mirada.

El fuerte sonido de un portazo, conjunto a una maldición sobresaltó a la mujer inmersa en sus plantas medicinales. Se dio la vuelta para ver a (...) ajustarse las botas con prisa.

—¿Qué pasó? —No respondió—.No puedes salir con este clima, empeorará tu resfriado —dijo preocupada. Pero se detuvo al notar la expresión perdida de (...), llena de desesperación y dolor.

Parecía ser que siquiera ella sabía lo que hacía.

Solo fue tras la silueta que se fundía con la noche ventosa.

—¡Hibari! —No hubo respuesta—. ¡¡Kyouya!! —gritó cuando estuvo cerca de él e intentó tomarlo por el hombro. Pero rápidamente él se dio la vuelta y atenazó su cuello para estamparla contra el tronco de un árbol. (...) no prestó especial atención al dolor que estalló en sus huesos ya de por sí adoloridos. Solo permaneció en silencio, repasando las ojeras obscuras de Hibari y su respiración errática.

—No me sigas —murmuró, tratando de apretar con toda la fuerza que le quedaba la piel cremosa entre sus dedos. (...) llevó sus manos a la muñeca que la mantenía aprisionada y con solo ejercer un poco de presión logró que la soltara, reparó en la furia del joven, y en su debilidad. Si él lo hubiera intentado unos meses atrás el paso del aire a sus pulmones ya hubiera sido cortado.

—Estás enfermo —Él chasqueó la lengua, retrocedió un par de pasos y acarició el rubí en la empuñadura de su espada.

—¿Lucharás contra mi? —Tosió otra vez, cubriéndose con la manga. (...) juntó las cejas.

—No podría —Negó—. No voy a pelear contigo en ese estado —Hibari estuvo quieto por un par de segundos, como una estatua de hielo, con asco por la lástima que profesaba hacia él a no verlo en su mejor condición.

Maldijo internamente.

Después de haber encontrado un buen rival...

—No me sigas —Fue lo único que pronunció mientras seguía su camino—. Si te vuelvo a ver, te morderé hasta la muerte. No soporto a los de corazón blando —Ella solo apretó el puño contra su pecho, una tormenta emocional se había desatado en ese lugar, pero no lloró, era lo menos que podía hacer para respetarlo.

...

—¿Tuberculosis?

—Más o menos, hace un año llegué a esa conclusión, pero estoy segura de que él adquirió la enfermedad desde mucho tiempo atrás. Porque en meses anteriores a eso, cuando venía por su revisión mensual, me comentaba despreocupado que creía que tenía asma, porque durante la noche en su respiración se escuchaba un silbido, o incluso que sentía sus pulmones extraños —La anciana suspiró masajeándose las sienes—. Conociendo la fuerza de Kyouya, estoy segura que los síntomas eran más fuertes de lo que describía, pero ese chico parece una bestia imparable, fue una gran sorpresa cuando llegó aquí casi ahogándose en su propia sangre. Cuando pude encajar todas la piezas, ya era muy tarde. No existe manera de curar eso, él solo viene semanalmente para buscar algo que alivie sus pulmones destrozados y que le provean algo de energía, cargar con eso es agotador.

—¿Cómo pudo contagiarse?

—¿Recuerdas el pueblo que hace dos años fue barrido de toda existencia en una sola noche? —(...) asintió, sin entender qué tenía que ver ese suceso con lo que había preguntado—. Después de eso, pequeñas aldeas aledañas también fueron aniquiladas, fue una purga que se extendió durante dos semanas. Nadie podía escapar porque la noticias corren lento, solo personas que tienen muchas conexiones, como tú por ejemplo, se dieron cuenta primero —Pausó. El único ruido era el del fuego consumiendo la madera—. El responsable de esa masacre fue una sola persona, era como una especie de leyenda urbana, villas del norte que se teñían de horror en unas horas, y después ardían en llamas, se dijo que estaban dentro de un círculo maldito, porque todos los asesinatos se dieron en un área geográfica específica, una que formaba un círculo casi perfecto.

—Pero-

—¿No entiendes hacia dónde se dirige todo esto? Bien, te explicaré: Todo fue una medida del shogunato para erradicar un brote de tuberculosis que estalló en ese lugar, nadie lo supo nunca, pero era mejor adelantar la muerte de montones que ya no tenían salvación a continuar arriesgando soldados a una epidemia —La anciana alzó los hombros mostrando su obvia disconformidad con la medida— .Obviamente, creyeron factible darle el trabajo a un demonio que vagaba por ahí sin dueño. A veces la gente se olvida que Kyouya sigue siendo un humano, y puede terminar enfermando, sobre todo al tener que manipular montones de cuerpos infectados durante semanas, ¿no crees que es injusto? —(...) permaneció en silencio—. Estoy algo preocupada porque es terriblemente contagiosa, no necesito que me lo digas para saber que se conocen desde hace tiempo, puede que también tú...

No la dejó continuar.

—Soy más fuerte de lo que crees, abuela —Se puso de pie y tomó un costal para comenzar a empacar un par de hierbas—.¿Me darías algo de carne seca? Me suele dar mucha hambre durante los viajes.

—¿Qué piensas hacer? —(...) la miró de reojo y sonrió de lado.

—Ese idiota olvidó sus medicinas —La anciana sintió sus retinas cristalizarse, pero rió y se puso de pie para buscar lo necesario para ella.

—Ten mucho cuidado.

—Siempre lo tengo.

...

Dos noches después, Kyouya encontró un costal lleno de medicinas en la ventana de su habitación, se limitó a parpadear un par de veces, después lo tomó con brusquedad y se internó de nuevo entre las sábanas para continuar descansando, no sin antes ingerir un poco.

Por fin pudo dormir sin dolor.

vi.

(...) maldijo a los cuatro vientos, sin importarle estar en medio de una calle abarrotada, es más, los fulminó deseando darles muerte, por dobles cara y regalados. Llevaba poco de seguir los pasos de Kyouya, no más de una semana, y ya lo había perdido de vista, lo que más rabia le causaba es que los mercenarios contratados para darle caza también lo habían encontrado, y los dueños de la posada le habían dado la dirección en la que se había marchado. Ella sabía todo eso porque escuchó a varios aldeanos comentando sobre la pronta caza del demonio, y a pesar de que ella les preguntó por dónde se habían ido permanecieron mudos; sabían que de algo estaba relacionada con Hibari.

Frustrada, acometió contra el lugar en el que él se quedó a dormir, casi sacando la puerta de sus gonces con tremenda patada que le dio (Al parecer si estaba adoptando muchas mañas de Kyouya), cuando vio al dueño pasmado, lo tomó por las ropas y lo acercó a su rostro con violencia.

—¡¿Dónde?! —Exigió—.¡¿A dónde los enviaron?! —Lo lanzó al suelo, el varón siquiera pudo moverse un poco, pues la punta de un sable se clavó a milímetros de su mejilla. Al levantar la cabeza, pudo ver la figura de un demonio sin cadenas materializado sobre él—. Se quedan con el dinero cobrado por su habitación, y a pesar de que cuando llegó aquí le rogaron de rodillas se encargara de los bandidos que rondaban los alrededores, lo entregan como si no fuera nada —Su pecho hervía—. ¿A dónde se fue? —susurró con la sed de asesinato impregnada en sus palabras.

...

Kyouya se detuvo en un claro cuando escuchó una rama quebrarse a sus espaldas y miró de soslayo el lugar de donde provino. Hibird dejó la comodidad de sus cabellos al sentir el peligro llegar como un tigre hambriento.

—¿Compañía? —Varios samurais salieron del bosque con calma, formando un círculo a su alrededor, bloqueando alguna ruta de escape, Hibari se mofó de solo pensar en huir.

Nunca lo hacía.

—Es todo, callejero —Fue apuntado con una katana. Él se dio la oportunidad de empuñar la suya, y mientras la deslizaba de su funda, tosió levemente.

—Vengan a mi —Se preparó para la batalla—, los morderé hasta la muerte.

...

—Maldita sea, Kyouya —(...) corría frenética por el bosque, a veces saltando a las ramas más altas para intentar localizarlo, pero era inútil, la vegetación era espesa. No dudó en salir disparada cuando aquel viejo le explicó en lo que consistía la emboscada.

A (...) no le preocupaba el número de samurais que iban tras él, Hibari era hábil, y a pesar de su estado y con la posibilidad de terminar con varias heridas profundas, podía acabar con todos. Lo que realmente estaba consumiendo sus nervios era tener consciencia de lo que llevaban como último recurso. Una de esas armas con pólvora que estaban arribando últimamente desde China. Si él no lograba divisar el lugar donde estuviera escondido el francotirador, sería su final. Debía darse prisa, advertirle, o liquidar al tipo, pero era difícil encontrar alguna pista que la llevara hasta ellos.

Las esquinas de sus ojos ardieron, y se maldijo, no recordando cuándo fue que ese idiota hizo que sus emociones se desnudaran de esa manera.

...

Hibari gruñó cuando rebanó la tráquea de uno de sus atacantes, giró casi de inmediato para atravesar la cabeza de otro que intentó lanzarse sobre él. La fatiga que venía cargando desde días atrás estaba ralentizando sus movimientos y no había empezado a defenderse cuando ya bufaba cansado.

Maldijo su enfermedad.

Dos samurais más lo interceptaron con las espadas en alto. Él intentó defenderse, pero en ese instante un ataque de tos lo interrumpió, apenas y pudo cortarlos entre jadeos, tratando de recoger aire. De repente, escuchó un crujido y miró de golpe hacia la rama de donde provino un pequeño destello.

Pero fue tarde...

El rugir del arma al disparar hizo eco por el bosque, (...) sintió su corazón dejar de latir en ese instante, y sin esperar a que volviera a bombear, corrió con todas sus fuerzas en esa dirección.

—Maldita sea, maldita sea, maldita sea —Otro disparo hizo eco, después otro, y otro más. Las lágrimas escaparon de sus ojos y se mezclaron con el viento debido a su velocidad. Mientras los ruidos se hacían cada vez más fuertes, contó cada balazo, sintiendo alguna fibra de su interior desgarrarse cuando los escuchaba venir uno tras otro.

Contó hasta seis.

«No es una maldita alimaña»

Si para matar a una persona era suficiente una.

Ante ella, fue visible la espalda del francotirador. Después, solo fueron sus entrañas esparciéndose en el pasto, siquiera se dio cuenta cuando saltó al árbol, y hundió el sable en su carne. Desde esa posición vio a Kyouya recostado contra un tronco.

—Kyouya... —Bajó de ahí y corrió hasta dejarse caer de rodillas frente a él. Vio a Hibird acurrucado en el hueco de su cuello, sin importarle mancharse el plumaje de rojo.

—Da asco ver a un ninja llorar —Solo al escuchar esa voz entrecortada se dio cuenta de sus mejillas empapadas, sollozó sin importarle lo que dijo.

—¿Aún estás vivo? —Él no respondió, tenía el color de sus ojos opaco y la observaba profundamente. Aún respiraba, pero por su estado, no lo haría dentro de poco. (...) se acercó mucho a él, para poner las manos sobre su pecho y estómago con suavidad, él siseó adolorido, su piel fue humedecida en abundancia por la sangre viscosa que escapaba de sus frescas heridas.

—Lo siento —masculló entre dientes, bajando la cabeza llena de impotencia—.Lo siento tanto... —Se entregó a un llanto incontrolable, Hibari, entre los bordes borrosos de su visión y la negrura que comenzaba a inundar su consciencia vio sus hombros agitarse con violencia.

—En algún momento ocurriría —Tosió y reprimió un gemido de agonía al sentir los agujeros en su cuerpo estallar en cientos de dagas abriéndose paso a través de sus entrañas—. Solo que el escenario cambió un poco —Roll tocó con su pequeña pata uno de sus dedos, él empleó toda la energía que podía para acariciar la cabeza del erizo con la yema del índice. Frunció el ceño—. No llores, tonta, es molesto —(...) moqueó y trató de limpiarse con el antebrazo.

Hubo un momento en el que se sumió en el mutismo, y (...) pudo pensar con claridad, parpadeó con fuerza, quitando la pantalla empañada cubriendo sus orbes, y levantó el rostro para verlo, tenía los párpados a punto de cerrarse. No le quedaba mucho más que un par de dolorosos suspiros.

En ese instante tomó una decisión.

Pasó los brazos por debajo de las axilas de Hibari, sin importarle mancharse de carmín, y los aferró fuertemente su espalda, después, trató de incorporarse junto a él; sintió como Kyouya se tensaba y dejaba escapar un quejido ahogado por el dolor que de seguro estaba experimentando.

—Levántate —le susurró al oído. Él espabiló un poco—. Juraste vivir hasta el final, ¿verdad? No lo vas a cumplir si durante los últimos momentos agonizas sentado, eres muy fuerte, tanto que aguantaste una enfermedad y seguiste mordiéndolos a todos hasta la muerte —Su voz se quebró—, tanto que me hiciste retroceder muchas veces en combate. ¿De qué sirve aguantar todo eso si al final no lo vas a hacer bien? —Él apretó los puños sobre su ropa y trató de mantenerse en pie, pero perdió el equilibrio, (...) lo sostuvo con fuerza, aferrándose a él como si fuera la pieza más preciosa e importante que tenía, él apoyaba la barbilla en su hombro, tratando de regularizar sus erráticos jadeos—. Tranquilo —murmuró tratando de confortarlo. Cuando supo que no caería lo soltó con lentitud, grabando en su piel la sensación de los roces que nunca más saborearía en su vida, y retrocedió un par de pasos—, yo te daré un regalo de despedida —Sonrió con más lágrimas goteando por su barbilla mientras desenfundaba su sable—, vivirás hasta el último segundo, porque luchar es lo que te hace sentir vivo, ¿verdad? —Hibari resopló y sujetó tembloroso sus tonfas ensangrentadas. (...) ablandó sus labios cuando vio ese fuego lleno de vitalidad arder en sus pupilas.

«Esto es lo que quisiste todo el tiempo, ¿no es así, Kyouya?»

Como en antaño, arremetieron con todo lo que tenían, sin subestimar a su rival, dándolo todo.

Bastó un solo movimiento para que el filo de su sable traspasara la carne blanda y profanada de su abdomen, se desplomó en sus brazos, como un muñeco al que se le terminó la cuerda y (...) se dejó caer de rodillas, abrazándolo.

No emitió palabra o sonido, lo último que hizo antes de dejarse llevar por el descanso eterno, fue apoyar sus labios en la piel desnuda del hombro de (...)

Tal vez como agradecimiento.

Tal vez para declarar algo más.

Nunca lo sabría.

—Descansa Kyouya... te lo mereces —De repente, sus bronquios ardiendo estallaron en una violenta tos seca que trató de reprimir apretando la frente contra el pecho de su amado demonio. No le importó mucho cuando el líquido granate se deslizó de sus labios pues desde el principio supo que la vieja tenía razón—. Nos vemos pronto.


Juro vivir hasta el final de la misma manera que tú.

Llevando en mis hombros el peso de esta enfermedad.

Y levantándome si llego a tropezar.

En honor a tu memoria.


—Te amo.