Capítulo 1
i.
Había ocurrido contra todo pronóstico, (...) dejó la charla con sus compañeros cuando fue embriagada por una esencia dulce y espesa, se había ensimismado en su propio deleite e incluso abrió la boca para capturar el aroma que solo podía pertenecer a un omega, el primero que embotaba sus sentidos de esa manera. Curiosa se levantó de su asiento, buscando al dueño, sin embargo, cuando se topó a lo lejos con la mirada de muerte de nada más que el demonio de Nanimori, Hibari Kyouya, abrió la boca cual pez fuera del agua. De repente los engranajes de su cerebro ya no funcionan.
ii.
Tanto los omega como los alfa eran escasos, los más abundantes eran los beta, y aparte de ella solo habían dos o tres alfas más en Nami-chu, sus olores eran demasiado característicos, pero nunca se había tomado el tiempo para encontrarse con cada uno de ellos. Por lo general, fueran agresivos o calmados, los alfa desprendían un aura de respeto e imponencia, lo quisieran o no, y por eso mismo, (...) creyó desde que ingresó a estudiar allí, que Hibari era uno de eso pocos vástagos contados.
Nunca, ni un su sueño más demente habría pensado en Hibari como un Omega.... joder no.
Había sido automático cuando fue tras él, y el mismo se había retirado al ver que un maldito alfa había detectado su naturaleza, le dedicó un vistazo afilado, parecía que sus intenciones no bajaban del homicidio.
—Solo un maldito día de no tomar supresores y ya estoy siendo seguido por un asqueroso alfa —(...) trató de tocarle el hombro con la punta de los dedos y aunque apenas se acercó un par de centímetros, él se dio la vuelta con furia, lanzando un golpe con una de sus tonfas, (...) retrocedió por instinto, salvándose de no terminar con un par de dientes menos. Frunció el ceño.
—¿Qué crees que haces?
—Escúchame bien —La empujó contra la pared y presionó la tonfa contra su garganta —, no soy tu alivio sexual, ni el de nadie más en todo Nanimori; si crees que por poseer esta condición no soy capaz de arrancarle los órganos a cualquiera que intente sobrepasarse estás muy equivocada. He infundido autoridad en toda esta manada de herbívoros durante años y el que de repente hayas descubierto algo que no debías, no cambiará las cosas.
Era la primera vez que Kyouya decía algo más aparte de: “Te morderé hasta la muerte”, ella parpadeó, mitad sorprendida por la rebelión de un omega contra el eslabón más alto, mitad fascinada por la forma en la que brillaban las retinas metálicas, ardiendo contra su forma apresada. (...) no se vio demasiado intimidada, aunque lo respetaba, sus instintos a veces bloqueaba su uso de la razón y esta vez no era la excepción.
Cual suicida, se inclinó un poco hacia él y tomó una honda aspiración de sus hebras de tinta obscura.
—Hueles de maravilla, Kyouya~ —susurró. Cosa que nunca hubiera hecho de amar un poco su vida y lo afirmó al segundo siguiente, cuando un certero golpe se hundió en su estómago con rabia. Un hilo de sangre se deslizó de la comisura de sus labios y de inmediato Hibari se fue de ahí —.Bien, esa me la busqué —murmuró y se limpió el rastro rojo con el dorso de la mano. Sabía que no debía meterse con su orgullo, y ahora, estaba más quebradizo que nunca. Tan pronto como el arrepentimiento llegó, así se fue, una sonrisa de lado surcó sus facciones mientras miraba como se alejaba por el pasillo.
iii.
Cada tres meses, los omega pasaba por un celo o calor que duraba tres días. (...) se preguntó con mucha seriedad cómo Hibari había soportado ese fuego interno durante tantos años y cómo había ocultado esa temporada de manera perfecta, no había ningún fallo en su camuflaje, el único desliz había sido ese día, cuando su reserva de medicamentos se había terminado y los próximos llegaban hasta el siguiente. Después de eso, aunque continuara sus medicamentos, el aroma ya había sido captado por (...) y le era perceptible ese delgado hilo disperso en el aire.
Solo había una manera, inyecciones supresoras que servían para ese fin, que por cierto, valían una fortuna, pronto recordó que él tenía alguna conexión en el hospital (O a más de un médico amenazado en su defecto); aunque él tuviera alguna manera de obtener la medicina, tenía entendido que los efectos secundarios eran terribles, casi insoportables: Náuseas, mareos, debilidad y hasta vómito o desmayo en casos más graves. Ahora que lo pensaba, tal vez por eso era que Hibari tenía temporadas en las que te le acercabas y ya te mandaba a volar por la ventana, el último había sido Sawada.
De repente, un fuerte vaho alertó sus sentidos al máximo, y dentro de ella, algo primitivo se encendió, se dejó guiar por su nariz, con las manos temblorosas, la garganta seca y las pupilas desgarradas.
Su omega había entrado en celo.
No había caminado mucho cuando ya estaba frente a la puerta del comité disciplinario. Permaneció allí unos momentos, escuchando, sintiendo y analizando con atención. Al otro lado escuchó un resoplido tembloroso, Hibari se había dado cuenta de su presencia. Joder. Ese olor era abrumador, no faltaba mucho para que los otros alfa lo percibieran.
Casi de inmediato vio como un chico, un poco mayor que ella, cabello rizado ébano y lentes de montura gruesa, caminaba casualmente por ahí, muy atractivo en realidad, pero olisqueaba el aire como cazador. (...) era la única mujer alfa en Namichuu, pero su condición no le limitaba la posibilidad contra un macho. Un gutural gruñido vibró desde el fondo de su garganta, marcando una frontera invisible, alegando que ese omega ya tenía compañero. Él le dedicó un gesto despreocupado y se dio la vuelta para marcharse.
Se permitió abrir la puerta, y cuando lo hizo, casi perdió el aliento ante el abrumador perfume. Vio a Kyouya jadeando apoyado contra una pared, tratando ante todo de sobreponerse a su maldito ciclo. Gruesas gotas de sudor se deslizaban por su rostro y el cabello desordenado se adhería a su frente, un sonrojo imperceptible permanecía en sus oídos, aunque sus mejillas seguían siendo pálidas.
—Estás desesperado.
—¡¡No vengas!! —Después de aquella vez, Hibari había vuelto a ser el mismo de siempre, frío, tratando de morder hasta la muerte a aquel que se atreviera a romper las normas y más cortante que un vidrio roto con ella. Parecía ser que tendía a estallar con agresividad cuando lo encontraban de una manera tan vulnerable. Sin hacer caso a su grito ronco, caminó hacia él. Ante ella de repente parecía un demonio enjaulado, uno que a través de los barrotes podía devorar su alma —.Lo juro. Si me tocas, si te atreves a poner un solo dedo sobre mí. Te mataré —Sabía que era verdad. Pero no se detuvo, en ese estado un débil omega no podría hacerle nada, y ella...
Ella...
Ya tenía cada uno de sus sentidos nublados por la lujuria.
Estuvo a punto de golpearla cuando extendió su mano hacia él, pero fue tan flácido que ella tuvo la oportunidad de tomar su muñeca, el toque lo estremeció, apretó la mandíbula llenándose de odio y repulsión con cada sensación viajando como electricidad a través de su cuerpo.
Miró con asco cómo (...) acercaba el rostro a su cuello y delineaba con la punta de la nariz sobre la vena sobresaliente, dejando un rastro explosivo e invisible hasta la base de su clavícula, después pasó su lengua por el camino dejado hasta llegar al lóbulo de su oreja, Hibari estalló en ese momento, con la esclerótica inyectada en sangre trató de zafarse con toda la fuerza bruta que pudo reunir, pero estaba en un estado completo de inutilidad; y ante su arrebato violento, fue jalado con fuerza para que su espalda chocara contra el escritorio.
Malditos alfas.
Maldita debilidad.
Maldita sea...
Kyouya gruñía como una animal encolerizado, sus colmillos se habían hecho un poco más prominentes y tenía la pupila desgarrada y temblorosa, tratando de liberarse del agarre de hierro de (...). No cedería hasta el último momento. Incluso si ella llegaba a marcarlo se encargaría de destrozarla en algún momento, cuando su maldito cuerpo no cediera solo por unos minutos de debilidad y el aroma repugnante que lo obligaba a mantenerse inmóvil. Permaneció observando el techo, como si los dientes pastando sobre la piel de su cuello no estuvieran ahí, como si el sofoco que le provocaba el cuerpo contra el suyo no existiera. Tratando de hacer que su mente se perdiera antes de que llegara lo peor.
Entonces, (...) se detuvo.
—Esto está mal —Un poco de lucidez había vuelto a ella—, está mal —Se incorporó para mirarlo a los ojos. (...) juntó las cejas arrepentida y aún sin soltarlo buscó frenéticamente en los cajones hasta que dio con una jeringa en un delicado estuche de terciopelo negro.
—Te mataré.
—Lo sé, lo sé —dijo (...), su voz era suave, casi temblorosa. Sacó la jeringa e hizo que se sentara en el escritorio —.Soy una mierda irrespetuosa, no quería que las cosas se dieran así. Ugh, maldita sea.
—Eres una mierda —escupió lo único que se dignó en oír de sus murmuraciones. (...) asintió, con los ojos cristalizados y hundió la aguja en su brazo. Conforme el líquido transparente iba ingresando a su sistema, el cosquilleo insoportable entre sus muslos y el infierno ardiendo dentro de sus venas fue apaciguándose poco a poco, dando paso a un mareo profundo y náuseas, se tambaleó y hubiera impactado contra el suelo, de no ser por (...), que lo atrapó, dejando reposar su cabeza en el hueco de su cuello.
—Sé que ahora me vas a odiar por lo que hice, y... que será difícil, pero haré lo que sea para que me perdones —Hibari apenas fue consciente de cómo lo levantó con algo de dificultad para ponerlo en la silla esponjosa negra ubicada a pocos pasos de ahí; luego de pensar en cómo fue posible que lo aguantara, recuperó su consciencia de entre todo el mar de somnolencia y la rabia nuevamente lo poseyó. Sin miramientos hundió los dientes en el hombro de (...) y mordió tan fuerte que arrancó un grito adolorido —.¡Dios mío! ¡Estás loco! —Rápidamente lo puso en la silla, y miró horrorizada la sangre deslizándose por la barbilla del chico, después el líquido abundante deslizándose por su brazo —.¡Era cierto eso de morder hasta la muerte! —Hibari se puso de pie con la piernas temblorosas y por más alfa que fuera, (...) retrocedió un paso ante su instinto de supervivencia.
—Morirás.
—Mierda —Se saltó el escritorio que medio segundo después fue partido a la mitad por el golpe que Hibari lanzó. Las astillas volaron hacia todas direcciones y (...) puso el seguro en la puerta antes de deslizarse fuera de allí.
A veces un alfa tenía que huír.
Y a pesar de ello. El mordisco, el golpe... todo...
(...) era testaruda.
Sería difícil, pero haría que el carnívoro se enamorara de ella. Esta vez, procurando hacerlo de la mejor manera.