Criminal (Chestappen)

Summary

But mama, I'm in love with a criminal And this type of love isn't rational, it's physical Mama, please don't cry, I will be alright All reason aside, I just can't deny, love the guy

Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

00

—¡Maldición con estos putos hispanos! ¡¿Es que nadie puede encontrarlos o qué carajos?!


Los ojos del rubio se cierran ligeramente disgustados por los fuertes gritos de su padre, quien no deja de maldecir y despotricar hacia la llamada que lleva alrededor de quince minutos atendiendo.


Sin embargo, no se va, se mantiene ahí, esperando.


—¡Me importa un carajo si se necesitan más recursos o más gente, los quiero tras las rejas antes de que el maldito mes acabe, ¿Entendido? —el silencio se instala mientras espera la respuesta del otro lado de la línea, y cuando al parecer no tiene la respuesta que quería, bufa molesto —. No pueden hacer nada, pero está bien, lo haré yo. Hablaremos de esto mañana a primera hora, los quiero a todos puntuales, ¿De acuerdo?


Y sin más, cuelga en un movimiento brusco y rápido.


Max casi salta sobre su sitio por esa acción, soltando un pequeño jadeo de sorpresa, uno que, para su suerte, llama la atención de su padre. 


Los ojos antes furiosos del neerlandés mayor ahora cambian, volviéndose neutros pero Max puede captar una capa de cariño en ellos.


—Max, ¿Que haces ahí?


El delgado cuerpo del rubio se balancea con duda.


—Uhm, papá, yo... —juguetea con sus manos de manera nerviosa.


—Solo dilo, Maxie. Papá no se enojara.


Lo sabe. Sabe que no se molestará porque Max simplemente nunca le ha dado motivos para que se moleste, él siempre ha sido el hijo ejemplar que todo padre envidia y quiere.


Además, Max es el bebé de mami y papi.


Ellos le darían todo en bandeja de plata si se los pidiera.


Suspira tembloroso, bajando la mirada para soltar finalmente la petición.


—Yo quería saber si podría quedarme en casa de Lando está noche. Él quiere hacer un pijamada y me invitó —explico, sintiendo que una gota de sudor bajaba por su nuca.


Su padre lo miro fijo, analizandolo arduamente como normalmente no haría con cualquiera, no siendo capaz de dejar atrás sus habilidades de detective con facilidad.


Sin embargo, no hay razón para preocuparse.


Este es Max, su niño dorado. Max jamás haría algo malo, y no importa si su sexto sentido le dice que está actuando de manera sospechosa y que sus palabras parecen más mentira que nada, decide ignorarlo porque él jamás dudaría de su bebé.


Así que asiente, dando un paso más hacia él y apoyando su brazo sobre su hombro.


—Puedes ir —le concede, viendo cómo su hijo levanta el rostro y le sonríe con sus preciosos ojitos azules brillando —pero te quiero de vuelta antes del almuerzo, ¿Entendido?


—Si, papá.


Asiente energético, frunciendo el ceño cuando su padre gira el rostro y se queda esperando.


Pero sonríe cuando se da cuenta de lo que espera.


Max se para de puntillas lo justo para alcanzar su mejilla y dejar un adorable beso sobre ella, sintiéndose de repente de nuevo ese niño que hacía lo mismo cuando sus padres iban a dejarlo al preescolar. 


—Te daré algo de dinero para que puedan pedir pizza o lo que sea. Y sabes que si algo pasa tienes que llamarme de inmediato, ¿Bien? —indica, recibiendo un asentimiento de su hijo —. Quiero que mantengas siempre tu celular contigo y que contestes si te llamo, ¿Ok?


—Okey.


Su padre lo mira, preguntándose si olvida otra cosa más, y cuando se asegura de que no es así, suspira y palmea su hombro.


—Bien, ¿Necesitas que te lleve?


El rubio mueve su cabeza de un lado a otro negando.


—Nop. El papá de Lando pasará por mi.


—¿El papá de Lando? —pregunta y busca en sus recuerdos su rostro, cuando no lo encuentra hace una mueca y frunce el ceño —. No lo conozco, necesito que me des su número de teléfono por si algo pasa.


Entrando en pánico, Max siente que su rostro se enrojece al maximo por los nervios, pero se recuerda a si mismo que tiene que controlarse y guardar la compostura.


Tiene que seguir fingiendo.


Así que dibuja una sonrisa inocente.


—Claro, papá. Te lo enviaré por mensaje.


Su padre asiente satisfecho.


—Bien, no lo olvides.


—No lo haré.


Max se da la media vuelta, alejándose de su padre. Y antes de que pueda abandonar el lugar por completo, escucha por última vez a su padre con un tono preocupado.


—¿Max?


—¿Si?


—Ten cuidado por favor. El mundo es bastante peligroso allá afuera, ¿Entiendes?


Y sonríe, aunque su padre ya no pueda verlo.


—Claro, papá.


Entonces sale, dejando atrás a su padre y corre hacia su habitación para tomar su mochila con lo necesario previamente preparada y manda dos rápidos mensajes.


Se lo he dicho a mi padre. Ten cuidado con el tuyo.


No espera respuesta, de inmediato sale del chat para entrar al otro y siente que su pulso vuelve a acelerarse rápidamente.


Sus dedos tiemblan cuando teclea el mensaje.


Estoy listo, ¿Vienes?


El mensaje se marca rápidamente como leído ni bien es entregado, y Max muerde sus labios cuando su celular vibra en sus manos con dos respuestas.


Una es de Lando diciendo que será cuidadoso pero lo ignora y se concentra absolutamente en el otro mensaje:


Estoy afuera

.


Su piel se crispa y puede sentir una ligera capa de entre emoción y miedo recorriendo su cuerpo.


La adrenalina inunda todo su ser, y no puede esperar a salir de casa y correr hacia ese lujoso auto negro que lo espera a un par de casas de la suya.


Max trota hacía el ansioso.


La puerta del copiloto se abre desde adentro y él apresura su paso. Una vez que está ahí, se lanza al interior y siente su cuerpo aligerarse cuando una fresca colonia masculina inunda sus cosas nasales.


Su corazón tiembla cuando se encuentra con esos ojos cafés que tanto le gustan y suspira como un enamorado antes de sonreír todavía más y arrojarse hacia esos brazos que lo esperan ansiosos.


Unos brazos fuertes cubiertos por una costosa camisa negra de fina tela lo rodean por el torso, haciendo que casi se encime sobre el otro.


Pero no le molesta.


En su lugar, Max envuelve los suyos en su cuello y se apoya más en él.


—¿Me extrañaste,

güerito

?


Esa voz gruesa lo hace derretirse y sus mejillas se sonrojan dulcemente.


Asiente, aspirando más de su aroma.


—Si, mucho.


—¿Que tanto? —pregunta, robándole otro suspiro cuando su fría mano se cuela debajo del suéter holgado azul del rubio, tocando directamente su cálida piel.


—Bastante, no podía esperar a verte —responde, alzando el rostro para encararlo y volver a fundirse en esos profundos ojos que lo devoran con la mirada.


—Yo tampoco podía esperar a verte, bebé. Pero me reconfortaba cuando pensaba que te iba a tener por toda la noche.


Max muerde su labio inferior, sintiendo su cuerpo arder por sus palabras.


—¿Y Lando?


El pelinegro sonríe, pasando suavemente su mano por el cabello rubio del holandés antes de sujetar su mandíbula y acercarlo más a él.


—Carlos me dijo que ya estaba con él... Ahora, ¿Vas a besarme?


Sus labios rozan con los suyos a la hora de hablar, tentando al rubio a dejar que el otro haga lo que quiera con él. 


Max asiente, acomodándose mejor sobre sus piernas y aferrando bien sus manos sobre su nuca.


El hombre sonríe complacido.


Y sin esperar más, jala de su barbilla bruscamente hasta pegar sus labios a los suyos en un beso apasionado que, lejos de ser tierno, es hambriento y casi salvaje, chocando una y otra vez sus dientes mientras su lengua de abre paso entre sus bocas.


Max acaricia el pelo en su nuca cuando siente el músculo probar cada parte de su boca y se remueve sobre él en busca de más contacto. La mano que aún lo sostiene de la cintura por debajo de su sueter aprieta con más fuerza su piel, enterrando sus dedos en ella adviertiendo que dejara una marca ahí.


La primera de muchas, lo sabe.


La experta boca abandona la suya para bajar hacia su mandíbula y cuello repartiendo húmedos besos que lo hacen suspirar.


—No quiero perder más tiempo. Quiero tenerte ya sobre mi cama mientras te follo tan duro que tu maldito padre se dará cuenta cuando vea que su preciado hijo ni siquiera puede caminar sin temblar.


Max ahoga un gemido, volviendo a morder sus labios, pero un par de palabras logran escaparse en forma de un jadeo suplicante.


—Ah, Sergio...


Los dientes del pelinegro capturan un pedazo de piel sobre su cuello y lo chupan, tirando cuando se aleja para apreciar la marca que acaba de dejar. 


—¿Que, bebé?


Max lo toma del rostro por las mejillas obligándolo a verlo.


—Vámonos.


El otro le sonríe lujurioso.


—No tienes que pedirlo dos veces.


Deja un último beso sobre boca antes de sujetarlo por las caderas y acomodarlo cuidadosamente sobre el asiento del copiloto y abrocharse el cinturón de seguridad.


Lo mira mientras lo hace aguantando las ganas de aventarlo al asiento trasero y tomarlo ahí mismo sin piedad cuando mira el rojizo rostro del menor.


—Será la última consideración que tendré contigo, amor. No pienso dejarte descansar una vez que lleguemos a casa, ¿Bien?


El rubio asiente desesperado, despertando más el deseo en el otro, que no pierde más tiempo y rápidamente vuelve a encender el motor para abandonar la privada en la que están a toda velocidad.


La rapidez y la adrenalina hacen que el holandés se sienta cada vez más atrevido y lleno de adrenalina, por lo que su mano viaja de manera traviesa hacia la rodilla de Sergio subiendo lentamente hasta llegar a su entrepierna en dónde comienza a masajear por sobre la superficie del pantalón negro.


Hace un adorable puchero cuando sus intentos por llamar su atención son en vano ya que el mexicano está absolutamente concentrado en el camino , así que vuelve a acomodarse sobre su asiento, cruzando casi caprichoso sus brazos.


Pero el tacto de una mano sobre su muslo lo hacen verlo de nuevo.


El mexicano no lo mira ni dice nada, solo se encuentra mirando al frente con una mano sobre el volante y la otra aún sobre él. Su negro cabello rizado ligeramente desacomodado y una pequeña capa de barba creciente hacen que Max desee que el auto se detenga ya.


Y cuando lo hace, Max ni siquiera es capaz de asimilar el momento en el que el otro sale del auto para arrastrarlo con él a paso apresurado.


Tropieza un par de veces intentando seguirle el ritmo.


—Sergio, mi mochila se quedó en el auto —informa de manera cortada.


Él no se detiene, solo sigue tirando de él hasta llegar a una habitación en la segunda planta.


—Le ordenare a alguien traerla en unas horas. Por ahora, ¿Empezamos?


Max no puede decir nada porque rápidamente se encuentra estampado contra una pared mientras el mayor le devora la boca.


Solo espera que su padre no intente llamarlo porque su celular se quedó en la mochila y sabe que no podra tener acceso a ella por lo menos durante las próximas ocho horas.


O quizá no hasta que sea hora de irse al día siguiente.


Aún así, no se detiene mucho a pensarlo, solo se limita a recibir lo que el otro le da.


Total, su padre ni siquiera debe de tener tiempo para llamadas, lo escucho tan enfrascado en el trabajo antes de salir de casa que apenas y tendrá tiempo para cenar.


Así que deja de preocuparse y solo se concentra en el otro.







El ruido de la cabecera de la cama golpeando constantemente con la pared lo hacen sentirse ligeramente vergonzoso.


Sabe que esa casa está literalmente repleta de seguridad y de personal esperando recibir órdenes, seguramente ya todos han escuchado lo que están haciendo porque no son precisamente los más silenciosos.


Pero no puede hacer nada, por más que le preocupe ese hecho, solo puede concentrarse enteramente en la carne del mexicano saliendo y entrando una y otra vez de él.


Sus movimientos son erráticos y fuertes, por lo que su delicado cuerpo se mueve repetidamente debajo del suyo cuando sus cuerpos se encuentran para unirse.


Sus suaves manos buscan algo de que agarrarse, siendo una almohada bajo su cabeza y el hombro de Sergio el perfecto balance.


Echa la cabeza hacia atrás una vez que el falo dentro de él toca un punto sensible y se siente desfallecer.


Los labios del mexicano lo atacan de inmediato, como si hubiera estado esperando la oportunidad durante mucho tiempo.


Su mano abandona su hombro para aferrarse al cabello del hombre mientras siente como chupa y lame la sensible piel de su cuello.


Gime, enredando y apretando sus piernas alrededor de la cadera del pelinegro en un intento por forzar más el contacto.


—M-mas, papi. Quiero más.


El otro hombre gruñe, apoyando un brazo a un lado de su cabeza mientras sujeta bien una de las piernas que lo rodean y lo mira fijamente.


—Lo que pidas, bebé.


Y entonces aumenta el ritmo de sus embestidas, abalanzandose tanto sobre él que siente que lo partirá por la mitad por la forma en la que sus piernas se abren y el miembro entra y sale.


El ruido mojado de las pieles chocando una y otra vez lo hacen estremecerse, perdiendo el aire cuando vuelve a tocar ese punto sensible.


Está cerca, puede sentirlo, y sabe que el otro también porque se mueve con más desesperación sobre él buscando su liberación como si su vida dependiera de ello.


Aunque Max siente que no está muy lejos de ser así, porque siente que podría morir en cualquier momento por la sensación claustrofobica de no terminar.


Y justo cuando su boca se abre y la saliva se le escapa, un ruido desconocido lo hace abrir los ojos y buscar de dónde proviene.


Lo descubre cuando gira el rostro y encuentra el celular de Sergio vibrando sobre la mesita de noche a un lado de la cama sobre la que están.


Sin dejar de embestirlo, Pérez alcanza su celular y observa la pantalla, frunciendo el ceño cuando un número desconocido se presenta en ella.


Max suelta un jadeo quejumbroso, estirando ambos brazos en su dirección para abrazarlo por los hombros. 


—Papi, no pares —lloriquea, molesto porque aún no termina.


Sergio besa uno de sus brazos antes de medio erguirse y seguir viendo hacia la pantalla.


Los segundos pasan, los gemidos siguen y el contacto desaparece por el tiempo límite. Y estaba por dejarlo pasar e ignorarlo cuando una llamada nueva entrante lo hace detenerse.


Bien, eso ya es importante.


Nadie salvo su familia, Carlos y Max tienen su número telefónico.


Sea quien sea que este llamando, debe de tener una razón importante porque lo ha hecho dos veces y tiene su número.


Así que mira al rubio debajo de él, que le devuelve la mirada llorosa con los ojos entrecerrados, el cabello revuelto y pegado a la cara por el sudor y los labios apretados rojos e hinchados. Su pálido cuerpo no deja de temblar y moverse por las embestidas, reluciendo con orgullo los múltiples chupetones y marcas que sus manos dejaron al tomarlo con tanta fuerza.


Carajo, no puede dejarlo así, simplemente no puede.


Sea cuál sea la emergencia, es incapaz de dejar de probar su cuerpo por una estúpida llamada.


Así que, sin más opciones, Sergio le sonríe coqueto y con ayuda de sus manos sujeta los tobillos del rubio para después colocarlos sobre sus hombros.


Max lo miro confundido entre sus pestañas. Sus bonitos ojos azules brillan con curiosidad.


El mexicano besa suavemente su pierna sin quitar sus ojos de los suyos.


—Tengo que atender, bonito, lo siento mucho —dice, aumentando la confusión del rubio.


—¿Que? —logra pronunciar entre jadeos.


Sergio lleva el celular a su oreja y abraza con su brazo libre sus muslos para mantenerlo en su lugar.


Max abre los ojos cuando entiende lo que quiere hacer, pero antes de que pueda quejarse o hacer algo para evitarlo, el mexicano contesta la llamada, mirándolo malicioso con un brillo juguetón y retador en sus ojos. 


—¿Bueno? ¿Quien habla? —pregunta con un claro toque de agitación en su voz.


Y no es para menos, llevan horas encerrados en esa habitación haciendo de todo. No es de extrañar que su constante actividad se vea reflejada en su voz.


La persona del otro lado de la línea responde luego de un segundo de silencio, escuchándose claramente aunque la llama no esté en altavoz.


Buenas noches, siento la interrupción, ¿Hablo con el papá de Lando? Max me ha dado este número como referencia.


Los ojos del holandés se abren de par en par asustado y de repente siente que el aire ya no entra a sus pulmones.


Carajo.


Definitivamente está muerto.


Lo sabe cuando capta esa burlona mirada de su novio que lo mira desde su posición con nada más que malas intenciones en sus ojos.


Traga hondo.


—Si, soy el papá de Lando —confirma, acariciando suavemente el muslo de Max mientras retrocede sus caderas deslizando suavemente su miembro fuera de él —¿Que necesita?


Un suspiro de alivio resuena.


Ah, gracias a Dios. —

dice

—¿Está Max por ahí? Llevo tiempo llamándole y no contesta, ¿Le pasó algo?


Sergio soltó una risilla baja, y aunque no puede verlo, está casi seguro de que él otro está frunciendo el ceño.


—No, Max está más que bien ahora mismo, ¿Le gustaría hablar con él?


Por favor si, no puedo más con la angustia.


—Bien, se lo voy a pasar.


Sergio estira su brazo y le tiende el teléfono, y a Max no le queda de otra más que aceptarlo porque si no lo hace solo hará que su padre se vuelva loco.


Lleva el aparato a su oreja y abre la boca, luchando por controlar su respiración y que su tono no se vea afectado.


—¿Si, papá?


Su cuerpo entero tiembla cuando el miembro de Sergio sale por completo de él, pero antes de que pueda respirar aliviado, siente los brazos del mexicano abrazar fuertemente sus piernas y lo mira, descubriendo su rostro capturando entre sus tobillos con una expresión hambrienta y lasciva.


¡Max, que alegría escucharte!

—exlama contento —.

Creí que algo malo te había pasado, como no contestabas, entre en pánico y no me quedo de otra más que llamar al número que me diste, ¿Estás bien?


Antes de que pueda responder, Sergio vuelve a entrar en él de golpe llenandolo rápidamente y sacándole todo el aire contenido en un jadeo que fue más un quejido.


Su cabeza fue hacia atrás al igual que sus ojos y sus piernas temblaron bajo su fuerte agarre.


¿Max, hijo?


El mexicano volvió a besar sus muslos, sonriendo socarron mientras volvía a retroceder.


—¿Que pasa, Max? Contéstale a tu padre —le murmura solo para que él pueda escuchar y no la persona del otro lado de la línea.


Pasa saliva, intentando recomponerse y sujeta el celular con fuerza.


—Si, papá, estoy... ¡Ahh, bien!


Su tono se eleva cuando otra embestida lo hace perder el control.


Y lucha por no gritar cuando está vez ya no se detiene y sigue golpeando contra su culo una y otra vez.


—¿Max, que está pasando? ¿Estás seguro de que todo está bien?


Max se aferra a las sábanas, formando puños y soltando el teléfono que cae a un lado de su rostro.


—S-si, to-todo está bien —su voz sale atropellada, luchando por contener un gemido.


El mexicano ríe, mordiendo juguetonamente su piel.


—¿Por qué no le dices con quién estás, Max? ¿Por qué no le dices que el tipo que llevas meses buscando te está cogiendo ahora mismo como un puto animal, eh? ¿Por qué no le dices lo mucho que te gusta mi polla?


Max solloza, sintiendo como gordas lágrimas de placer resbalan por sus mejillas.


Él es tan descarado...


Y lo ama.


Le encanta que sea así.


Ama que sea tan jodidamente peligroso que lo hace sentirse tan bien incluso en un momento como ese.


Está mal y lo sabe, pero no quiere hacer nada para dejarlo.


No lo hará.


Lo quiere. Está enamorado de él.


Lo ama desde aquella primera vez que se vieron en un club clandestino al que Lando lo convenció de ir porque quería encontrarse con él español que solía entregarle paquetes extraños a los chicos que vendían drogas en su universidad.


Lo ama desde que él se acercó con descaro hacia él sin importarle nada.


Lo ama aunque a veces tenga que saltarse sus clases para verlo.


Lo ama aunque sepa que sueñe enviar a sus matones a causar desastres del otro lado de la ciudad solo para que su padre salga de casa y él pueda ir por él.


Lo ama aunque sepa que su padre jamás estaría de acuerdo con eso.


Simplemente lo ama.


Se enamoro del jodido blanco de su papá y no puede importarle menos.


—¿Maxie? ¿Que sucede? ¿Max? ¡¿Max, está bien?!


Notando que Max no podrá responder por lo delirante que lo tiene su miembro, Sergio vuelve a tomar el celular y contesta por él.


—Max está ocupado ahora mismo, señor. Lo llamaremos de nuevo más tarde. Adiós.


—¿Que? ¡No, espe...


Corta la llamada, arrojando el celular lejos de ellos para volver a centrarse en el lindo rubio que a dejado de contenerse y grita como si fuera el final.


—¡M-mas rápido, papi, más rápido!


Sergio resopla, siguiendo sus indicaciones y sintiendo que está por explotar.


—Claro que si, bonito, tu papi te dará más.


Se precipita con un ritmo arrasador y exquisito, intentando llegar a la boca del rubio sin soltar sus piernas. Y Max gime cuando lo logra y puede sentir sus propios muslos sobre su pecho.


Está seguro de que mañana no podrá moverse por eso.


Pero no le importa.


Porque ahora mismo se deleita con la sensación del miembro dentro de él moviéndose continuamente y sus pieles sudadas estimulando su miembro rojizo que pide atención.


La sensación de estar sofocado y necesitado llega. Max se aferra al cuerpo del otro enterrando sus uñas en la espalda de Sergio antes de explotar y manchar su torso con su propia corrida.


Un grito ahogado escapa de sus labios, quedándose quieto mientras la estimulación del orgasmo lo aborda y puede sentir como sus paredes se aprietan alrededor del falo que lo penetra, escuchando como Sergio gruñe por eso.

—Voy a llenarte de nuevo, bebé.


Y luego de un par de embestidas más, siente como se derrama dentro de él un líquido caliente y viscoso que lo hace suspirar y tararear satisfecho.


El mexicano intenta hundirse más en él, queriendo que su semen llegue hasta lo más profundo de Max para que se quede ahí por siempre mientras jadea en busca de aire.


Sus mentes se mantienen tan nubladas y fuera de si hasta que el aire vuelve a entrar a sus pulmones de manera normal.


Entonces Max siente un beso sobre su mejilla que lo regresa a la realidad.


—Tienes que llamar a tu padre de nuevo, Maxie. No queremos que sepa en dónde estás y con quién, ¿Verdad?


Max niega cansado, sonriéndole bobamente.


—Te odio.


—Yo te amo.


Su estómago revolotea, contento tanto por la sensación de estar lleno y completo como por sus palabras.


—Quiero tomar algo.


Sergio sonríe sobre su boca y luego besa su frente, alejándose lo suficiente como para soltar sus piernas y salir suavemente de él.


—Ya mismo ordenó que te traigan algo, ¿Quieres comer?


Max asiente.


—Mhm, ¿Podemos pedir pizza?


—Lo que quieras, mi vida. —accede, levantándose de la cama y caminando hasta el otro extremo de la habitación, dándole al rubio una clara vista de su fuerte espalda arañada por todos lados.


Se sonrojo, sintiéndose todavía más satisfecho. Así, si alguien llegaba a verlo sin camisa, podría ver qué ya tenía a alguien que lo complacía y lo hacía feliz.


Max se dejó caer sobre la cama encantado y alegre.


—Necesito que traigan agua y pidan algo de pizza —lo escucha hablar con un tono severamente duro y frío, uno que jamás le ha dirigido y está feliz por eso porque puede sentir su piel erizarse al escucharlo —. ¿Hay alguna señal de Carlos?... Bien, díganle que se comunique en cuanto pueda.


Vuelve a colocar el teléfono de cable sobre su sitio y se gira, su semblante cambia por completo volviendo mas suave y lleno de adoración cuando sus ojos se encuentran con los de Max.


Lo ama profundamente.


Más que a su vida y que a cualquiera en el mundo.


No le importa si sabe que la peor decisión de su vida ha sido enamorarse del hijo del tipo que lleva toda su vida persiguiendolo, se niega completamente a dejarlo.


Max fue ese capricho que se convirtió en una obsesión y de repente ya se encontraba queriendo más y más.


Se complementan a la perfección porque él es suyo, completamente suyo, y él es de Max.


Así es y así será siempre.


Vuelve a dibujar una sonrisa llena de anhelo y regresa a la cama, en dónde rodea al rubio con sus brazos y planta un cariñoso beso sobre su cabello revuelto.


—Tomemos una ducha.


El rubio rodea su torso, pegandose más a él sin quejarse por la cantidad de besos que le da.


—Vamos.