La espera

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Summary

Dos personas se aman. Se piensan, en una vida juntos. Se sueñan, creando y viviendo en su mundo. Sin embargo, la vida, en muchas ocasiones, no es lo que se piensa o sueña. Cuando no es así, hasta que punto se puede continuar; hasta que punto se puede esperar.

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1
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n/a
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18+

La espera

El día de hoy, 29 de enero de…, cumplimos Luis y yo cinco años de estar juntos como pareja. A pesar de ese tiempo, recuerdo, como si fuera ayer, el día en que nos conocimos. Ambos trabajábamos en una empresa de atención al cliente. Él, como asesor ejecutivo. Yo, como secretaria del director de operaciones. Recuerdo, muy bien, ese primer día que nos vimos. Ese día, al llegar a mi escritorio, encontré una flor roja sobre mis documentos con una pequeña nota doblada.

“Camino al trabajo, vi esta flor. Desde que la vi, no he podido dejar de relacionar su belleza contigo. Me ha ayudado a entender que desde la primera vez que te vi, eres tú, Karen, quién ha inundado tiernamente mis pensamientos. Quisiera saber si podemos vernos al final del día. Te invito a comer”, decía la nota con una caligrafía torpe, pero que en ese momento me pareció muy dulce y directa.

La carta, la he conservado todo este tiempo. Aun de vez en cuando, en algunos momentos difíciles de nuestra relación, suelo leerla nuevamente. Siento que me da mucha fuerza. Para poder continuar, para poder aguantar la espera.

Salir con Luis, significó encontrar a la persona que completaba mi vida. Nunca me considere una mujer que deseara destacar o que tuviese grandes ambiciones personales. Para mí, una buena vida era suficiente teniendo un empleo que me diera estabilidad, así como hallar a un buen hombre a quién amar y que me amara por lo que soy. Por eso, estar con Luis, de alguna manera, cerraba lo que yo entendía como el circulo de una buena vida, de una vida feliz.

Sin embargo, a diferencia de mí, Luis sí era un hombre de grandes ambiciones. En nuestras charlas, en restaurantes, en bares, en parques, en la cama, no paraba de plantear proyectos de nuestra vida juntos. Negocios que quería que impulsáramos; estudios que deseaba que él y yo realizáramos; lugares que le encantaría que visitáramos, todo lo planteaba con tal entusiasmo y alegría, que a su lado, sabía, que estos sueños podían llegar a ser realidad.

Luis era un hombre alegre, bondadoso, inteligente y muy sociable. Quién entablara una conversación con él, podía sorprenderse de que a pesar de su apariencia “relajada”, era bastante serio y comprometido. Una de sus mejores virtudes, siempre pensé, era la gran capacidad que tenía para cumplir sus objetivos. Por eso el día en que me aviso de su ascenso a director, para mí no fue una sorpresa. Sabía que era capaz de llegar ahí. Y de mucho más.

Su ascenso, lo celebramos con una cena en su restaurante favorito. Lleno de alegría, no dejaba de hablar sobre realizar proyectos. De lograr grandes sueños. “Ves, hermosa, todo lo que queramos, lo que anhelamos, lo podremos lograr. Este solo es un paso más. Por eso, sueña conmigo, aférrate conmigo, como dos locos. Seamos felices siempre. Amémonos eternamente, solo tu y yo,”, eran palabras que susurraba en mi oído, mientras en la cama yo me aferraba con fuerza a su espalda. “Ya lo soy, créeme. No necesito nada más. Te amo con todo mí ser. A tu lado estoy completa, amor mío”, le dije con las ultimas fuerzas que me quedaban, entonces, en el cuerpo. “Él y yo, juntos, luchando por nuestros sueños”, recuerdo haber pensado toda esa maravillosa noche.

Tras esa noche, me quedo claro que estar uno a lado el otro era el camino indicado. Sin embargo, el día siguiente a ese ascenso el me planteó algo que fue sorpresivo: “deja de trabajar, hermosa”. “Vamos a tener un hijo. Tal vez sería mejor que te quedaras a cuidarlo”, me dijo muy alegre. “¿Y los planes? Yo puedo continuar trabajando. Ni siquiera vivimos aun juntos”, le dije con algo de preocupación. “No te preocupes. Esperemos un poco. Mi ascenso ha sido un gran paso. Ya lo podremos hacer todo en su momento”, me contestó con tanta seguridad, que me hizo sentir mal conmigo misma por la desconfianza que le mostré.

Aceptar que dejaría mi trabajo no fue algo sencillo. No obstante, amaba a Luis y confiaba muchísimo en él. Mis padres, al saber que tendríamos un hijo se pusieron muy felices. Aunque, el que hubiera renunciado no les agradó para nada. “Con la situación económica actual, ¿crees que Luis podrá solo con los gastos, los tuyos y los del bebé?”, me preguntaron en varias ocasiones. Yo les contaba que la idea había sido de él, pero que no había de qué preocuparse, pues era un buen hombre. Que tenía muchos planes para nosotros. Que estaba segura que podríamos llevarlos a cabo. Y que solo estaría un breve tiempo con ellos. Pues la intención de nosotros era vivir juntos, en una casa o departamento.

Con el pasar del tiempo, y tras el nacimiento de nuestro hijo, vivir en casa de mis padres se volvió más complicado. Sus cuestionamientos cambiaron, eran más incisivos, y de cierta manera, más dolorosos: “¿cuándo se irán a vivir juntos?... ¿no te parece que se está tardando en proponerte matrimonio?... lo que aportas al gasto de la casa no es suficiente, además se gasta más con tu hijo… ¿no crees que deberías pedirle más dinero a Luis?”. Siempre que empezaban con este tema, no podía evitar sentir un dolor que se me encajaba en el pecho y unas ganas inmensas de llorar. “¿Por qué deje de trabajar?”, me cuestionaba todas las noches, después de esas discusiones.

Todos los días, ya sea afuera del trabajo o por videollamada, veía a Luis. “¿Qué tal el trabajo?, ¿Ya le está echando más ganas Edgar (su asistente) o sigue flojeando?, ¿cómo están todos por allá?”, eran preguntas que solía hacerle todos los días con la intención de que supiera que me interesaba por su trabajo. “Todo bien… todos están bien”, era la misma respuesta fría de siempre que recibía. “Y… ¿cuándo crees que podamos vivir juntos?... aunque sea en tu departamento…digo es pequeño, pero podemos estar los tres”, le preguntaba, tratando de que no se sintiera presionado. “Ya vas a empezar con eso…siempre lo mismo…porque me preguntas si ya sabes que lo tenemos todo planeado… sabes que tan solo necesitamos juntar el suficiente dinero para tener todo lo que requerimos… para dar ese gran paso… tu sabes, mi bella Karen, que no tengo un refrigerador o una estufa, todo eso se necesita antes”, me contestaba algo alterado. “Yo puedo regresar al trabajo, para que consigamos el dinero más rápido”, trataba de explicarle siempre. “No, no es necesario. Con lo que gano podemos llegar a la meta, solo que no tan pronto. Además ya empecé algunos negocios. Te acuerdas…de los que te hable alguna vez. Solo espera, te pido. Un poco más, mi hermosa Karen. Ya casi llegamos. Te prometo que estaremos juntos”, me interrumpía rápidamente siempre que le tocaba el tema de vivir juntos.

“¡Espera, tan solo un poco más!”, me repetía yo misma todas las noches que no podía dormir. “¡Sé que lo amo! Además, es un gran hombre. Es trabajador, inteligente, amoroso conmigo y con su hijo…espera, espera un poco más, Karen”, eran palabras que se habían vuelto como una especie de rezo, todas las noches.

De eso, ya han pasado cinco años. A pesar de todo ese tiempo, por distintas circunstancias, aún no hemos logrado vivir en la misma casa. Luis se ha esforzado bastante, pero no ha logrado ascender en el trabajo. Los negocios que inicio, no funcionaron. Lo que me preocupa siempre, es que poco a poco he visto como ese entusiasmo y alegría que tenía se han ido apagando. Ahora lo veo todo el tiempo triste, pensativo, enojado, distraído. Muchas veces he intentado motivarlo, que esa pasión que tanto amaba en él, regrese: “¿Y si intentas esto…en el negocio?, ¿Y si le preguntas a mi papa sobre…? Pero siempre rechaza mi ayuda. “Todo está bien. Nos hemos retrasado, pero todo saldrá como lo planeamos, ya verás”, me contesta siempre con una mirada que me lastima. Una mirada apagada, como si el peso de la vida lo hubiese derrotado.

Plantearle que yo regrese a trabajar ha dejado de ser una opción. Lo único que logro es que se moleste y discutamos por días. “Me amas, ¿verdad? Me amarás eternamente, como tantas veces me has dicho, ¿cierto? Entonces, espera un poco más mi hermosa Karen. Solo un poco más. Que no nos importe lo que piense el mundo de nosotros. Haremos todo lo que hemos planeado. Solo somos tú, nuestro hijo y yo, juntos por siempre”, continua diciéndome al oído, después de que dormimos juntos. Ahora, cuando me las dice, siento como si esas palabras me desgarraran algo por dentro. Como si al escucharlas, mi corazón se quebrara en miles de pedazos, de forma muy dolorosa, de manera muy lenta.

Ahora, después de escucharlo, la duda me aborda siempre. “¿Estará bien que sigamos juntos?... ¿cuánto tiempo podemos esperar nuestro hijo y yo a que él se sienta listo?... ¿llegará ese día?... ¿acaso no sería mejor opción que yo buscara trabajo, sin importar si nos separamos?”, me pregunto cada vez que lo veo dormir tranquilamente a mi lado.

“En verdad que lo amo como sé que jamás amaré a nadie más”, me digo a mi misma todo el tiempo. Vuelvo a leer la carta que me dejó aquel día, en el que me invito a comer. En esas palabras busco nuevamente consuelo y aliento. Recuerdo aquella noche, en que un simple ascenso nos había regalado un par de alas. Y que como dos aves, no nos importaba más que ser libres; más que explorar el mundo; más que amarnos mutuamente. Entonces, siempre pienso: “sé que puedo esperar, un poco más, tan solo un poco más”.

Alberto Pascual