H 1 (Importancia de la misión)
Narrativa de autor.
El mundo yacía en ruinas. Lo que alguna vez fue un crisol de civilización, un refugio de luz y progreso, ahora no era más que un cementerio de concreto y metal retorcido. Rascacielos mutilados se alzaban como huesos gigantes contra un cielo teñido de rojo, una herida abierta en la bóveda celestial. La ciudad olvidada no era solo un lugar muerto, sino un reino de pesadillas donde la supervivencia se había convertido en una cruel moneda de cambio.
Entre los escombros y las sombras que se alargaban como garras en las callejuelas, una figura avanzaba con pasos calculados. Su capucha azul ondeaba en la brisa amarga, ocultando su rostro de la mirada de los espectros que aún merodeaban entre los restos de la humanidad. No necesitaba un nombre. Para la mayoría, era solo un cazador, una sombra más en el juego despiadado de la supervivencia. Pero para aquellos que sabían lo suficiente, él era Adrian.
Su cuerpo era una obra de arte letal. Pequeños cuchillos afilados cubrían su figura como una armadura improvisada, cada hoja reflejando un brillo espectral bajo la tenue luz filtrada entre los edificios destrozados. No quedaba humanidad en sus ojos; hacía mucho que el mundo lo había obligado a enterrarla bajo capas de pragmatismo y sangre derramada.
El enemigo acechaba en cada rincón. No eran solo los cadáveres errantes con ojos rojos, sino los Emperadores, abominaciones que alguna vez fueron humanas y que ahora desafiaban la lógica misma. Seres con habilidades imposibles, monstruos de carne y horror, cada uno con su propia marca de condena. Adrian los había enfrentado antes, había visto lo imposible convertirse en realidad demasiadas veces como para asombrarse.
Pero aún quedaban preguntas sin respuesta.
Nadie sabía exactamente cómo comenzó todo. Solo había teorías, susurros de locura entre los sobrevivientes. Algunos hablaban de experimentos prohibidos, de rituales fallidos. Otros, de una sustancia traída desde la luna, un fragmento orgánico de otro mundo, la chispa que encendió la pesadilla.
Y en algún lugar, enterrada entre escombros y muerte, estaba la verdad.
Por eso estaba aquí.
Su misión era recuperar una caja de un convoy militar que se había estrellado en la ciudad semanas atrás. Un contenedor que, según los rumores, albergaba información crucial sobre el origen de los mutantes y los poderes que ahora moldeaban este mundo roto. Un secreto demasiado grande para ser acaparado por un solo grupo… o destruido por los Emperadores.
Adrian no permitiría que cayera en manos equivocadas. No importaba quién se interpusiera: militares, carroñeros, monstruos o supervivientes desesperados. Nada ni nadie lo detendría.
En un mundo donde la moral se había vuelto un lujo extinto, la misión era lo único que importaba.
Había oído rumores de un levantamiento rebelde en Duluth, Minnesota. Un grupo numeroso y bien armado, compuesto por individuos formidables, se alzaba contra la guerra que consumía el sur del continente. Incluso en un mundo sumido en el caos, la humanidad seguía aferrándose a sus antiguos vicios: el poder, el control, la lucha sin fin.
Adrian no sentía simpatía por ninguno de los bandos. Su único compromiso era con la misión. No importaba quién viviera o muriera, ni qué facción prevaleciera, mientras el siguiera con vida. Lo único que importaba era la caja y la información que contenía.
Sus ojos brillaron con un resplandor rojo intenso. El mundo se transformó ante su mirada: los detalles se afilaron, los sonidos se intensificaron, los movimientos más sutiles se volvieron evidentes. Sentía el pulso de la ciudad en ruinas, como si el propio suelo le susurrara los secretos de quienes osaban caminar sobre él.
El mundo no era lo unico que habia sido retorcido, tambien las personas en el, incluyendolo a el, hace ya mucho tiempo que paso de ser un simple hombre a ser un monstruo.
El edificio objetivo se alzaba entre los escombros, su estructura apenas mantenida en pie por el capricho del destino. Desde el exterior, Adrian captó indicios de presencia humana: un tenue resplandor tras las ventanas rotas, ecos de conversaciones filtrándose a través de las paredes desgastadas. Se deslizó hacia adentro, un espectro entre sombras.
En el segundo piso, los soldados del convoy militar se encontraban reunidos. Sus voces rompían el silencio opresivo del lugar.
--¿Qué demonios crees que hay en esa caja?.--. preguntó un soldado mientras removía con desgana un paquete de comida instantánea sobre un pequeño fuego improvisado.
--No lo sé, pero el jefe ha estado inquieto desde que la encontramos. Ni siquiera el asunto del Emperador Blanco lo puso así.--. respondió otro, limpiando su arma con movimientos mecánicos.
--Dicen que estamos demasiado cerca del Emperador Raven.--. murmuró un tercero, ajustando el abrigo grueso que lo protegía del frío nocturno.--Y que el Lancero ha sido visto rondando por aquí desde hace meses, pero no hay de que preocuparse, tenemos suficientes municiones como para mandar a la mierda a uno o dos emperadores.--.
Adrian escuchaba sin inmutarse, cada palabra encajando en su mente como piezas de un rompecabezas. No le preocupaban los Emperadores. No le preocupaban los soldados. Solo la caja.
Sus movimientos fueron precisos, su cuerpo una extensión de la oscuridad misma. Cruzó el umbral de la habitación donde otro grupo de soldados dormía, su respiración acompasada con el latido del mundo. En ese instante, una voz del pasado resonó en su mente, una voz que nunca había olvidado.
--¿No estás cansado de todo esto?.--. Las palabras flotaban en su memoria, envueltas en la nostalgia de un momento que lo había marcado para siempre.--Pronto, la Tierra será inhabitable para los débiles e indeseables para los demás, es realmente logico... ¿No quisieras ser parte del cambio?.--.
El recuerdo se materializó ante él como un espejismo. Un hombre alto e imponente, de cabello negro y ojos rojos como brasas encendidas, le extendía la mano. Dos pares de cuernos blancos adornaban su cabeza, una imagen que en cualquier otro tiempo habría sido aterradora. Pero en aquel instante simbolizaba algo más, un tiempo de esperanza.
--¿Qué te parece si nos ayudas con ese cambio?.--.
Adrian recordó su respuesta. Recordó la sensación de tomar esa mano, de cruzar la línea sin retorno.
De vuelta en el presente, sus ojos resplandecieron con un rojo más profundo. La determinación ardía en su pecho, templada por la frialdad de un hombre que había dejado atrás su humanidad mucho tiempo atrás.
--No te defraudaré, Emperador Negro.--. susurró, una promesa hecha al vacío.
Adrian se deslizó en la penumbra con la precisión de un depredador acechando a su presa. Cada paso era un susurro en la madera podrida del suelo, cada movimiento, una sombra devorando la luz. Los soldados, ajenos al peligro que se cernía sobre ellos, seguían conversando, sus voces resonando en la quietud opresiva del edificio abandonado.
Entonces, la muerte cayó sobre ellos.
El primero apenas tuvo tiempo de girar la cabeza antes de sentir el frío acero abrirle la garganta. Su intento de gritar quedó sofocado en un burbujeo de sangre, su cuerpo cayendo pesadamente sobre el suelo.
--¿Qué demo…?.--
La voz del segundo soldado se apagó antes de completarse. Adrian ya había lanzado su cuchillo, la hoja silbó en el aire antes de incrustarse con precisión quirúrgica en su corazón. Un breve espasmo, un suspiro ahogado y luego… el silencio.
El tercero intentó reaccionar, su mano yendo instintivamente al arma en su cinturón. Pero Adrian era más rápido. Se abalanzó sobre él con una velocidad imposible, sus ojos rojos brillando como brasas en la oscuridad. Dos cuchillos relampaguearon en el aire, cortando la garganta del hombre antes de que pudiera siquiera desenfundar.
Tres cuerpos ahora yacían inertes en el suelo, y Adrian no había emitido ni una palabra.
Pero el sigilo terminó. Desde la habitación contigua, los soldados que aún quedaban ya estaban alertas, el murmullo del combate había sido suficiente para despertarlos.
--¡¡MALDITO BASTARDO!!.--.
La puerta se abrió de golpe y tres figuras armadas emergieron, sus armas ya listas. No hubo vacilación. Dispararon en cuanto vieron la silueta de Adrian en la penumbra.
Pero él ya no estaba allí.
Moviéndose con una velocidad cegadora, se lanzó hacia adelante, girando sobre sí mismo. Una patada certera desvió el primer fusil, haciendo que el soldado disparara contra uno de sus propios compañeros. El eco de la detonación llenó el aire, seguido por un grito sofocado cuando el impacto atravesó carne y hueso.
Adrian aterrizó en el suelo, su mano ya lanzando un cuchillo que se hundió en la cabeza del herido, silenciándolo de inmediato. El segundo soldado, el único aún en condiciones de reaccionar, retrocedió, intentando levantar su rifle. Pero Adrian, sin darle tiempo, arrojó su último cuchillo contra el arma, inutilizándola.
El soldado, desesperado, se tambaleó hacia atrás.
--¡Dios mío… es un monstruo…!.--.
Su terror lo paralizó. Sus compañeros yacían a su alrededor, cuerpos inertes, ojos vacíos. Y frente a él, Adrian lo observaba con la indiferencia de un gato que mira a un ratón atrapado.
Pero el soldado tenía un último recurso. Con un movimiento tembloroso, sacó un pequeño revólver escondido en su chaqueta y lo apuntó con manos temblorosas.
No tuvo oportunidad.
Un destello plateado cortó el aire y el cuchillo de Adrian se clavó en su pecho con una fuerza brutal. El impacto lo lanzó hacia atrás, golpeando contra la pared antes de deslizarse lentamente al suelo. El revólver cayó de sus manos, girando sobre el suelo polvoriento.
Silencio.
Adrian permaneció inmóvil unos segundos, escudriñando el lugar con sus ojos brillantes. No quedaba nadie. La sangre empapaba el suelo, tiñéndolo de un rojo oscuro bajo la luz tenue.
Sin prisa, se inclinó sobre el cuerpo del último soldado y recogió el revólver. Le quitó las balas, las examinó con aire crítico y las deslizó en su bolsillo. Luego, sin decir palabra, se acercó al pequeño fogón donde los soldados habían estado preparando su comida. Tomó un poco sin importarle el sabor y la masticó con la indiferencia de quien ha visto morir a demasiados.
La caja seguía ahí. Intacta.
Adrian la tomó con firmeza y se dirigió hacia la salida. Afuera, la noche seguía tan fría y despiadada como cuando había llegado. En las afueras de la ciudad, una moto lo esperaba oculta entre los matorrales.
Sin mirar atrás, se adentró en la oscuridad, aunque los planes de otros harian dificil su huida.
El destino de Adrian no le pertenecía por completo. Al menos, no según quienes lo acechaban desde las sombras.
Como espectros surgiendo de la penumbra, un grupo de figuras encapuchadas emergió, rodeándolo en silencio. Sus armas lanzas, machetes y flechas reflejaban el pálido resplandor de la luna, mientras sus ojos, duros y resueltos, brillaban con un fuego inquebrantable. Uno de ellos, el líder, avanzó con paso seguro y dejó caer un nombre que retumbó en los cimientos de la memoria de Adrian.
--El Rayo Silente.--.
Adrian no se inmutó, pero sus manos, instintivamente, se acercaron a sus cuchillos. Su voz salió baja y firme.
--Te equivocas de persona. Ya no soy quien respondía a ese nombre.--.
--Pero lo fuiste.--. replicó el líder, su mirada fría como una hoja de acero.--Y eso me basta, maldito asesino.--.
El ataque fue fulminante. La lanza del líder se lanzó hacia el pecho de Adrian con la velocidad de una ráfaga de viento, pero él ya se estaba moviendo. Deslizó su cuerpo con precisión quirúrgica, girando sobre su eje en un destello de acero. Sus dagas danzaban en la penumbra, una de ellas desviando la lanza en el último instante mientras la otra barría el aire para cortar el vuelo de una flecha enemiga.
La contraofensiva de Adrian fue tan rápida como letal. Atrajo la lanza del líder hacia sí, atrapándola con su daga y desarmándolo en un solo movimiento. Sus ojos brillaron con un destello carmesí mientras su otra daga surcaba la oscuridad y dibujaba una línea superficial en el pecho del líder. Un instante después, una patada explosiva lo arrojó hacia atrás, derribándolo con violencia.
El silencio que siguió fue breve. La emboscada cobró vida con un rugido de batalla cuando el resto de los atacantes, llenos de furia, se abalanzaron sobre Adrian.
El primero, un hombre con un machete alzado, lanzó un tajo descendente que buscaba partirlo en dos. Adrian se deslizó a un lado y, con un golpe seco de su codo, lo hizo tambalearse hacia atrás, su arma cayendo con un estrépito metálico.
Un segundo atacante intentó aprovechar la distracción, blandiendo una lanza para apuñalarlo por la espalda. Adrian percibió el peligro antes de que siquiera se materializara. Giró con precisión felina, desviando la lanza con su daga y rematando con un golpe veloz al plexo solar. El atacante se dobló en dos antes de desplomarse en la tierra.
Los arqueros, apostados en la distancia, no dudaron en disparar. Las flechas surcaron el aire con silbidos letales, pero Adrian se movió como una sombra. Se agachó en el último instante, esquivando por centímetros las flechas que pasaron rozando su mejilla y hombro, dejando un delgado rastro de sangre.
Los dos últimos atacantes, armados con lanzas, intentaron una ofensiva coordinada. Pero Adrian se deslizó entre ellos con precisión quirúrgica, esperando los momentos exactos en los que sus armas chocaban contra sus dagas. Apenas necesitó moverse para desviar sus ataques, inclinándose con sutiles gestos que parecían coreografiados. Sus cuchillas respondieron con cortes precisos en los brazos y piernas de sus oponentes, obligándolos a retroceder, tambaleantes y heridos.
Solo quedaban los arqueros, ahora temblorosos, con sus manos vacilantes sobre las cuerdas de sus arcos. La mirada de Adrian se fijó en ellos con una intensidad cortante.
--¿A qué esperan?.--. su voz fue un eco frío en la noche.--No tengo todo el maldito día para atenderlos.--.
El peso de la decisión cayó sobre los arqueros como una losa. Finalmente, cedieron al instinto y dispararon.
Las flechas se lanzaron hacia Adrian, pero él no titubeó. Con reflejos de depredador, movió sus dagas en un destello de obsidiana. La primera flecha fue desviada con un ágil barrido; la segunda, partida en dos con un golpe certero. Una tras otra, las flechas fueron interceptadas y desviadas, hasta que la última se clavó, impotente, en la madera de una puerta cercana.
Los arqueros quedaron paralizados. Sus armas inútiles. Sus mentes quebradas.
Adrian bajó lentamente sus dagas. No necesitaba decir nada más. El resultado de la batalla hablaba por sí mismo.
Los proyectiles silbaron alrededor de Adrian, cortando el aire con una velocidad mortal antes de caer al suelo, inofensivos. Los arqueros, finalmente conscientes de la inquebrantable destreza del encapuchado, retrocedieron un paso tras otro. La confianza en su habilidad para alcanzarlo se desvaneció, y su intento de emboscada se convirtió en una retirada forzada.
La tensión se palpaba en el aire. El silencio entre los combatientes era pesado, solo roto por el leve crujido de los pasos vacilantes de los arqueros mientras abandonaban la confrontación. Adrian los observó fijamente, su postura firme y sus ojos ardientes como si aún estuviera dispuesto a acabar con ellos si lo deseaban. La amenaza había sido neutralizada, o eso pensó.
Pero antes de que pudiera relajarse, algo rompió la quietud. Algo que hizo que la vida se desvaneciera de las miradas de los arqueros.
Un ave de proporciones colosales, con ojos brillantes que reflejaban un brillo extraño, descendió del cielo y se posó en lo alto de un automóvil destruido. Su mirada era fija, penetrante, como si estuviera observando a cada uno de los presentes con una comprensión macabra. Los dos arqueros, paralizados por la visión, quedaron completamente inmóviles, tan quietos como el propio Adrian, quien también se sintió absorbido por la presencia de la criatura.
Retrocediendo lentamente, Adrian pensó con desesperación.
—El emperador Raven... fui demasiado descuidado...
El ave avanzó, sus patas grandes y firmes arrastrándose por el metal retorcido de lo que alguna vez fue un vehículo. Al acercarse más a uno de los arqueros, Adrian pudo ver que su apariencia era un reflejo de algo antiguo y monstruoso. Lo que había sido un animal, un ser primitivo en su forma original, ahora estaba retorcido, alterado por los efectos de los lunaroides y el virus extraño que había dado vida a las criaturas semejantes a los muertos vivientes. Era un ser que había evolucionado de manera macabra, alcanzando una etapa distorsionada, casi irreconocible, un monstruo que había superado los límites de su propia naturaleza.
El emperador Raven era uno de esos resultados más suaves, pero a la vez más peligrosos, de la llegada de los lunaroides al planeta. Un recordatorio de la corrupción que había invadido este mundo.
Adrian exhaló un suspiro, observando la escena que se desplegaba ante él. Sin una palabra más, se alejó de los atacantes derrotados y de la criatura que ahora se acercaba lentamente al rostro del hombre más cercano.
Entonces, la escena dio un giro espantoso. Un destello de plumas oscuras y ojos brillantes descendió con velocidad, y en un abrir y cerrar de ojos, el emperador Raven se abalanzó sobre uno de los arqueros, arrancándole la mitad de su rostro con un festín macabro de carne y hueso.
El aullido desgarrador del hombre herido se mezcló con el frenético aleteo del ave, creando una sinfonía de horror que resonó en el aire. El sonido era gutural, espantoso, un grito de desesperación que fue ahogado por el retumbar de las alas del ave depredadora. La escena era dantesca, un espectáculo de terror puro, una pesadilla convertida en realidad.
Adrian, mientras se alejaba de la ciudad, no pudo evitar detenerse un momento. La imagen de esa carnicería se quedó grabada en su mente, una que jamás podría borrar. Era un recordatorio de la brutalidad que dominaba este mundo, un motivo adicional para su lucha, un impulso renovado para cambiar lo que ya parecía irremediable. Un mundo consumido por la locura y la desolación, donde las criaturas más aterradoras acechaban, y la esperanza parecía tan lejana como nunca.
—Oh, lo lograste… —dijo Estela, su voz entremezclada con alivio y la preocupación latente de quien había temido lo peor—. Me preocupaba mucho que no regresaras. Avisaré a la base y al grupo de Duluth. Los Santificadores Rojos estarán encantados con esto…
Adrian se dejó caer al suelo con un suspiro pesado. Su expresión era una mezcla de cansancio y resignación mientras encendía un cigarrillo, dejando que la brasa roja iluminara fugazmente su rostro. El humo ascendió en espirales perezosas, volviendo la atmósfera aún más densa, casi como si la tristeza flotara en el aire, dispuesta a instalarse en el lugar.
—¿En serio pensabas que no lo lograría, Estela? —soltó con una débil sonrisa irónica, exhalando el humo con desinterés—. Qué bien se ve que confían en mí… Jajaja.
Estela, sin dejar de acomodar las cajas, rodó los ojos con una sonrisa genuina.
—No te hagas el resentido, jajaja. Los camiones de transporte llegarán en cuatro días y, por ahora, los Emperadores del Desierto no han dado señales de movimiento. Todo está saliendo mejor de lo esperado últimamente… y eso me encanta.
El ambiente tenía un tinte esperanzador, pero Adrian lo rompió con una frase cortante, pronunciada con una determinación que no daba espacio para dudas.
—Me marcharé a Duluth.
La alegría se apagó en un instante, como si alguien hubiese extinguido una llama con un soplido. El silencio que siguió fue más elocuente que cualquier palabra.
—Tengo una misión allá —continuó él, sin mirarla—. Es un encargo crucial. Un grupo necesita ser rescatado y trasladado a la base principal… y probablemente me quede allá de manera permanente.
Las últimas palabras cayeron como una losa. Un adiós implícito, un quiebre en la rutina que ambos habían compartido hasta ese momento.
Estela bajó la mirada, escondiendo su expresión tras su cabello. Cuando habló, su voz sonó más baja, casi temerosa.
—Me alegro mucho por ti… al fin podrás reunirte con el señor Juan…
La frase quedó inconclusa en el aire, como si dijera mucho más de lo que sus palabras permitían. Trató de recomponerse y preguntó con un deje de incertidumbre.
—¿Cuándo te vas?
Adrian llevó el cigarrillo a sus labios y dio una última calada antes de responder, su tono sereno, pero con un matiz melancólico.
—Mañana por la mañana.
El tiempo, de pronto, pareció moverse más rápido, como si el reloj hubiera acelerado solo para separarlos. Pero Estela no estaba dispuesta a dejar que la tristeza se instalara sin dar pelea.
—Esto no tiene que ser una despedida… —murmuró, con una chispa de esperanza titilando en sus ojos—. Prométeme, Adrian, que nos volveremos a ver en Duluth. Que esta no será la última vez que estemos juntos.
Antes de que él pudiera responder, la puerta se abrió lentamente y un hombre apareció en el umbral. Roger. Un viejo compañero de batallas. Su expresión era un reflejo de sentimientos encontrados: la felicidad de ver a Adrian con vida, la tristeza de saber que pronto partiría de nuevo.
—Adrian… —dijo con una sonrisa forzada pero cálida—. Ten cuidado allá afuera, amigo. Sé que eres un tipo duro, pero, como tú mismo has dicho… las cosas en este mundo pueden cambiar en un segundo. No puedo esperar a escuchar tus historias cuando nos volvamos a encontrar.
Adrian apartó la vista de Roger y la fijó en Estela. En su mirada vio la súplica silenciosa, el deseo de que todo esto no fuera un punto final, sino apenas un punto y seguido.
Inspiró profundamente, apagó el cigarro contra el suelo y asintió.
—Prometo que nos volveremos a ver en Duluth.
Sus palabras no eran una simple declaración, eran un pacto.
—Esta no será la última vez que estemos juntos.
La habitación quedó sumida en un silencio cargado de emociones. Entre ellos flotaba la tristeza de la despedida, pero también la esperanza de un reencuentro. En un mundo sumido en la incertidumbre, esa promesa era lo único que podían aferrarse.
Con el primer resplandor del alba, Adrian encendió el motor de su motocicleta, rompiendo el silencio matutino con un rugido profundo. Su equipaje estaba asegurado, sus armas listas, y su mente enfocada en el camino que tenía por delante.
Antes de partir, recibió noticias que le dieron un respiro de alivio: la Emperatriz de las Navajas llegaría al refugio para supervisar los movimientos de los soldados rivales en la zona. Saber que sus amigos quedarían bajo la protección de una de las figuras más poderosas del continente—una de las pocas que había sobrevivido a la infección zombi y emergido con habilidades sobrehumanas—le permitió partir sin la sombra de la incertidumbre pesándole en los hombros.
El camino hacia Duluth se extendía ante él, una franja de asfalto agrietado y tierra, rodeado de un paisaje desolado donde la civilización se mezclaba con las cicatrices del mundo que una vez fue. Mientras avanzaba, las imágenes de Estela y Roger permanecían en su mente como anclas, recordándole que su viaje no solo era por una misión, sino también por ellos. Sabía que regresaría. Lo sentía en los huesos.
El viento azotaba su rostro, y el rugido de su motocicleta era la única compañía en aquel páramo de incertidumbre. Cada kilómetro recorrido lo acercaba a su destino, pero también a algo más grande que él: un cambio que debía iniciar, una transformación de la que sería parte.
El futuro era incierto, como lo era siempre en un mundo donde todo podía cambiar en un parpadeo. Pero había algo que tenía claro: esta no sería la última vez que estuvieran juntos.